lunes, 26 de noviembre de 2007

Fusilado: Thomas Lynch



En los ensayos de Thomas Lynch se juntan sus dos oficios que son a la vez sus pasiones: poeta y empresario de pompas fúnebres. Siempre en ellos la muerte y la búsqueda de la palabra precisa. Pero también no sé qué jugueteo con los tiempos verbales que en ocasiones aceleran la narración y otras la detienen… no sé si me explico, y si no, ahí está abajo el ensayo con que abre su segundo libro en castellano, Cuerpos en movimiento y en reposo. Éste y el anterior libro fueron publicados por Alfaguara, y traducidos por colombianos: el primero, El enterrador, fue traducido por Adriana de la Espriella y publicado en el 2004. El segundo, Cuerpos en movimiento y en reposo, estuvo a cargo de Juan Manuel Pombo —debo decir que ers un pelín descuidada esa traducción— y está en librerías desde mediados del 2006. Esperamos el tercero, el cuarto, el quinto… y que alguna editorial se apiade y traduzca así de bien la poesía de Lynch. Después llega la Parca y…

Cuerpos en movimiento y en reposo

Estoy en casa de los Horton con mi camilla, mi furgón y mi aplicado asistente, el joven Matt Sheffler, porque encontraron al viejo George, el sacristán del cementerio, muerto en su lecho este jueves por la mañana a una hora normal. La policía ya vino para descartar la posibilidad de acto delictivo alguno y también el equipo paramédico para enviar una grabación del dictamen, de manera que algún médico en alguna sala de urgencias debidamente conectada al mundo pueda declararlo muerto a distancia prudencial. Y ahora nos toca el turno a nosotros, a Matt y a mí, de pasar a George de la cama a la camilla, negociar la curva cerrada en la parte alta de las escaleras y salir por la puerta principal hasta el coche fúnebre que espera con el motor prendido en la entrada para conducirlo de vuelta a la funeraria donde recibirá su último adiós —bien velado y recordado— durante un servicio fúnebre que tendrá lugar un sábado a mediados de abril, bien cumplidos todos los deberes que su muerte implica, sus impuestos pagados.

Somos cuerpos en movimiento y en reposo: allí, en el dormitorio de George, a la luz plomiza de la media mañana, más o menos una hora después de que su hija lo encontrara tras negarse a contestar al llamarlo por teléfono, porque él siempre contesta y ella siempre llama, entonces la mujer se metió en su automóvil, vino y lo encontró tal y como nosotros ahora lo encontramos: inanimado, sin respirar, a todas luces indiferente ante nuestro alboroto. Y aquí está, en efecto, dispuesto en su cama como si no hubiera ocurrido nada, todavía recostado sobre su hombro izquierdo, oreja izquierda contra la almohada, pierna derecha montada sobre la izquierda, mano derecha oculta bajo la otra almohada que otrora ocupara su ex mujer antes de dejarlo hace veinte años y, bajo la susodicha almohada que perteneciera a la señora Horton, como le señalo al joven Matt, una pequeña pistola calibre .22 de mango nacarado con la que George dormía desde que volvió a dormir solo. “Por seguridad”, decía. Alegaba que así dormía mejor.

Y la verdad, no hay nada que no esté en perfecto orden: ni la menor señal de pánico o lucha o dolor y, excepto quizá por el tinte cardiaco que le asoma en las orejas, el tenue olor que deja la temperatura de un cuerpo y una minúscula rigidez presente en sus extremidades, cosa que facilita moverlo, nadie podría sospechar que George no estaba simplemente durmiendo esta precisa mañana, es decir, apenas recuperando unas horas de sueño, porque, por ejemplo, quizá estuvo hasta tarde jugando póquer con los muchachos o porque quizá se trasnochó un poco cenando con su novia o simplemente porque estaba cansado de excavar y rellenar tumbas y, sea lo que sea, esta mañana el hecho es que no tenía tumba para excavar para ningún muerto del vecindario.

Sin embargo, esta mañana, George Horton está realmente muerto y siendo desalojado de su residencia por Matt y por mí al tiempo que lo envolvemos en sus sábanas de lino, sigilosamente lo rodamos sobre la camilla, alzamos esta última para sortear la curva difícil en la punta de las escaleras y bajamos cuidadosamente por las escaleras haciendo lo posible porque las rodachinas no golpeen los peldaños cada vez que quien carga la parte más pesada del empeño da un paso abajo. Y la verdad es que da mucha pena el asunto, porque a pesar de todo, aquí tenemos a un George digamos que, hoy por hoy, más o menos en la flor de la vida, no todavía muy cerca de los sesenta, sus hijos criados y educados, su casa pagada y una novia todavía en sus treinta con la que se le veía dos veces por semana. “Aprovechar mientras se puede”, solía decir. Y juega al golf con handicap cero, es dueño de un pequeño negocio con empleados de fiar y un gran acumulador de millas aéreas que gasta en viajes a Las Vegas dos veces al año en donde se enloquecía un poco jugando a los dados y con las coristas de cualquier espectáculo. Y tiene dinero invertido en casas que arrienda y en fondos de inversión inmobiliaria y cantidades de amigos que hablarían bien de él y una hija que está a punto de convertirlo en abuelo por primera vez y, la verdad sea dicha, todo parecía indicar que George lo había logrado todo. Si no fuera porque esta mañana lo estamos sacando con los pies para delante de su propio hogar, podría decirse que George tenía toda la vida por delante.

Y es justamente aquí, en el rellano del primer piso, a unos pocos metros de la puerta principal, en donde su hija de preñez avanzada espera, en sudadera, darle el último adiós al abuelo de su bebé que aún no ha nacido. La cara de Matt está colorada de tanto alzar, jadear y resoplar o, por qué no, conmovido ante la triste belleza de la mujer al tiempo que ésta deja correr su mano sobre las mejillas de su padre, casi sin aliento, con los ojos rojos y lacrimosos. Entonces, la mujer levanta su rostro, me mira y dice:

“¿Por qué?”.

“Su corazón, Nancy…”, fue todo lo que le pude decir. “Todo parece indicar que murió mientras dormía. No se dio cuenta de nada”.

Son palabras consoladoras de comprobada eficacia que uno aprende tras veinticinco años dedicado a estos asuntos.

“¿Pero por qué?”, pregunta de nuevo la mujer, y ahora resulta evidente que explicarle cómo ocurrió lo que ocurrió no va a ser suficiente.

Entonces me veo pensando en todos los posibles sospechosos: las hamburguesas de queso, el whisky, los Lucky Strike, los diez o quince kilos de más que todos nosotros, bueno, algunos de nosotros, nos echamos encima, las caminatas que no hicimos, la medicación preventiva que siempre ignoramos, el trabajo y las preocupaciones y los impuestos, las malas rachas, la bestia que en el fondo somos, las cosas del mundo, la mierda que simplemente pasa porque pasa.

Pero Nancy tampoco está preguntando por esos detalles. Lo que ella quiere saber es por qué. Por qué, en el más sobrecogedor y ampuloso sentido de la palabra, no somos eternos; por qué nos tenemos que morir. Por qué estamos condenados a la orfandad y al desamparo. Por qué dejamos de existir, por qué no nos deja en paz natura. Por qué no somos inmortales. ¿Por qué esta mañana? ¿Por qué George Horton? ¿Por qué, por qué, por qué?

No son pocas las veces en mi vida que, como dueño de una funeraria o director de pompas fúnebres, me han preguntado lo mismo colegiales, viudas recientes, cavilosos clérigos, peregrinos compañeros de viaje… quizá todos piensen que yo fui el de la idea. Quizá a todos les gustaría verme retorciéndome incómodo ante la idea de un mundo en donde todos los seres humanos no tuvieran necesidad de ataúdes y coches fúnebres y en donde yo y mis colegas estaríamos siempre y en todo momento, sin solución de continuidad, a sus pies y servicio. O quizá en realidad sólo se preguntan, como yo, la pregunta verdadera.

“Pura cuestión de matemáticas”, hubiera dicho George Horton o no es más que “la última cuenta de cobro” o “así es la vida” o, incluso, “está escrito en la Biblia”. Y si ninguna de las respuestas anteriores le hubiera parecido suficiente, entonces hubiera dicho “lo único que quiero es no estar allí cuando me llegue la hora”. Bajo la presión de los enemil calificativos adverbiales que pueden llegar a cruzar por una cabeza al tiempo que se excavan o tapan tumbas, George era un tipo del que se podían esperar respuestas sencillas y claras. Autodidacta en lo que concierne a los asuntos del mundo, sus lecturas se limitaban a la Biblia protestante del rey Santiago, el Wall Street Journal y Golf Digest, el catálogo sobre Victorias’s Secret en lo que a la decoración del hogar concierne y el Gran Libro de los Alcohólicos Anónimos. Sus gustos televisivos se reducían a C-SPAN, The Home Shopping Network y los partes meteorológicos. La mayoría de las tardes se adormecía mirando el programa de Oprah Winfrey, de quien estaba irremediable e ilusamente enamorado. En los días tranquilos navegaba por la red o examinaba su portafolio en la misma. Los domingos observaba programas de opinión en la TV y luego salía a comer por fuera y a cine con su novia. Entre semana se tomaba un café en el Summit Café con los muchachos antes de hacer su ronda de los doce cementerios de los que estaba a cargo. Miércoles y sábados, en principio y sobre todo, jugaba al golf.

“Es pura matemática”, le oí decir un día desde la cabina de su retroexcavadora a propósito de nada; estaba rellenando una sepultura en el cementerio Milford Memorial. “Si vas a tener hijos, hay que abrirles espacio: el asunto es bíblico”.

En otra ocasión, recostado contra una pala, mientras esperaba a que el cura terminara, soltó lo siguiente:

“Copular, poblar, aspirar, expirar; mera matemática: sumar, multiplicar, restar y una división más o menos complicada… a eso se reduce lo que estamos haciendo aquí, pura matemática. En resumidas cuentas, nos entierran a razón de mil por media hectárea o nos incineran y entonces cabemos en dos cuartos de galón, poco más o menos”.

Imposible saber cuándo iba a salir con una de esas ocurrencias sabias.


*

Sin embargo, mientras embalsamaba a George más tarde esa misma mañana, a mí se me ocurrió que las cifras nos dan consuelo porque, en último término, cuadran. Los guarismos conocidos, no importa qué tan precarios, son como un bálsamo. Cualquier año dado, en lo que falta para culminar el milenio, morirán 2,3 millones de estadounidenses. El 10% de los embarazos no habrán sido buscados. Se darán 60 millones de casos de gripe común. Se trata de cifras que uno casi podría ir y consignar en un banco. Nacerán, más o menos, 3,9 millones de niños. Definitivamente bíblico el asunto. Y todos estos recién nacidos serán obsequiados con unos 76 años de expectativa de vida. Los varones alcanzarán una estatura promedio ligeramente por encima de los 1,70 metros y las mujeres un poco por debajo de 1,70. De todos ellos, el 25% será cremado, el 35% sufrirá de obesidad y un 53% lidiará con el alcohol. Cada año se divorciarán dos millones de los cuatro que contraerán matrimonio y el número de suicidas estará cerca de los 30 mil. Unos pocos se ganarán la lotería, otros cuantos más buscarán ser elegidos para un cargo público y a un buen manojo los matará un rayo. Y cualquier día normal de estos, 6.300 ciudadanos como nuestro querido George, dejarán de respirar y serán sacados tiesos en una camilla y en adelante se hablará de ellos (o ellas) en pasado. Y la mayoría será arropada en sus mejores vestidos, tal y como hoy arropo a George en su mejor atuendo azul, lo descanso en un ataúd con la ayuda de Matt Sheffler y miro a ver cómo organizo las 2 0 3 docenas de arreglos florales, los 100 o 200 parientes y amigos, y los 60 o 70 automóviles que seguirán el cortejo fúnebre a 30 kilómetros por hora a lo largo de la ciudad hasta llegar a la sepultura número 4 del lote 17 en la sección C del cementerio Milford Memorial que se convertirá, como decimos en el gremio, en su última morada sobre la cual se erguirá una lápida de granito sobre la que se tallarán su nombre y fechas, una de las cuales, restada de la otra, dará cuenta de lo que fue su tiempo. Lo corruptible será incorruptible, dirá el clérigo que oficie, lo inmortal será inmortal.

“Sé que voy a morir, pero espero que el día que ocurra no esté presente” como dijo Woody Allen, será una de esas cosas que ya nunca jamás le escucharemos decir a George Horton.

Así como tampoco podemos ver ahora, al observar los ojos de su hija Nancy, la mañana azul del mes de mayo próximo cuando ella, erguida, llena de dolor, alzará su recién nacido bebé al pie de la tumba de su padre, su único padre, en honor al cual bautizará a su hijo. Y tampoco oiremos las promesas mudas que hará de mantener a su padre vivo, de recordarlo por siempre jamás en el fondo de su corazón. No hay matemáticas ni versículo de la Biblia que valga a la hora de dar cuenta del instante o el misterio que aquí (y luego allí) la embarga.
Lo fusilamos de: Thomas Lynch, Cuerpos en movimiento y en reposo, Bogotá, Alfaguara, 2006, pp. 31-37. Traducción de Juan Manuel Pombo.

viernes, 23 de noviembre de 2007

Alquimia de escritor, compilado por Roberto Rubiano Vargas


Para aprender a escribir no hay fórmulas mágicas, sólo se necesita mucho trabajo, lectura juiciosa y quizá atender una que otra recomendación de escritores que ya transitaron el camino que el pichón de escritor apenas empieza a recorrer.

Pues bien, Alquimia de escritor recoge algunas de esas recomendaciones de escritores profesionales. Pero no se trata de una compilación de consejos ni de frases al estilo “Para escribir bien debe usted…”. No. Aquí el compilador, Roberto Rubiano Vargas, él mismo un escritor dedicado y delicado, pone a conversar a múltiples escritores de diferentes épocas y tradiciones alrededor de temas como la pluma o el teclado (“Hoja en blanco, un segundo de terror mientras suspendo sobre las teclas de la Olivetti mi perpleja yema de Damocles”, dice Gesualdo Bufalino en la página 79), la técnica (“La técnica es una bolsa de procedimientos, trucos, engaños, gimnasia formal, superestructuras simbólicas, metodología, en una palabra”, advierte el recientemente fallecido Norman Mailer en la página 49), el estilo (el inmenso Marcel Proust: “El estilo para el escritor, al igual que el color para el pintor, no es cuestión de técnica sino de visión”, p. 85) y hasta la crítica (“Se hace crítica cuando no se puede hacer arte, del mismo modo que se trabaja de espía cuando no se puede ser soldado”, ataca Flaubert en la página 188), pasando por cine y escritura, la nostalgia como materia literaria, mujeres y literatura y el cuento como género perfecto.

El compilador pone el tema y da la palabra a autores, como dije, de todas las tradiciones, de todas las épocas, de todos los géneros. Ha tomado las citas de prólogos, cartas, entrevistas, conversaciones, artículos de periódicos, y las ha organizado para que los lectores sepamos qué pensaron sobre esos asuntos nuestros escritores favoritos.

Ya había comentado aquí un libro similar, muy escaso en Colombia y aun en México, su país de publicación, y feo. Pues bien, esta es una versión corregida y aumentada, mejorada, de ese Manual del narrador. Y además mucho mejor editado: los libros de Icono son muy bellos en su sencillez (buen papel, fuente proporcionada, márgenes generosos), e incluyen lo que uno necesita para complementar la lectura: cada capítulo se abre con un comentario lúcido y gracioso del compilador, y al final se incluye un completo índice de autores, por si lo que quiere es escuchar sólo a uno de los escritores que conversan en este buen libro. Qué maravilla que pudiera hacer uno eso en las fiestas y cenas a las que lo invitan por ahí.


Roberto Rubiano Vargas (comp.), Alquimia de escritor, Bogotá, Icono Editores, 2006, 222 páginas.

domingo, 18 de noviembre de 2007

Fusilado: Jorge Ibargüengoitia



Columnista de Vuelta, Proceso y el Excélsior, dramaturgo de un acto y muchas gracias, cuentista (sus relatos fueron recogidos en el volumen La ley de Herodes), mamagallista como pocos, Jorge Ibargüengoitia salpimentó las letras mexicanas entre 1954, cuando apareció su primera obra, Susana y los jóvenes, y 1983, cuando se vino a tierra cerca de Madrid el avión de Avianca en que viajaba, y que también se trajo a tierra a Martha Traba, Ángel Rama, Manuel Escorza y otras 177 personas, entre pasajeros y tripulación.

De sí mismo escribió: “Nací en 1928 (el 22 de enero) en Guanajuato, una ciudad de provincia que era entonces casi un fantasma. Mi padre y mi madre duraron veinte años de novios y dos de casados. Cuando mi padre murió yo tenía ocho meses y no lo recuerdo. Por las fotos deduzco que de él heredé las ojeras [...] Crecí entre mujeres que me adoraban. Querían que fuera ingeniero: ellas habían tenido dinero, lo habían perdido y esperaban que yo lo recuperara. En ese camino estaba cuando un día, a los veintiún años, faltándome dos para terminar la carrera, decidí abandonarla para dedicarme a escribir. Las mujeres que había en la casa pasaron quince años lamentando esta decisión ‘lo que nosotros hubiéramos querido’, decían, ‘es que fueras ingeniero’. Más tarde se acostumbraron”.

En 1964 Monsiváis se le fue encima —bueno, no a él, a sus artículos—, y en la última crítica de teatro que escribió se despidió de él y de sus lectores con estas palabras: “Los artículos que escribí, buenos o malos, son los únicos que puedo escribir, si son ingeniosos [...] es porque tengo ingenio, si son arbitrarios es porque soy arbitrario, y si son humorísticos es porque así veo las cosas, que esto no es virtud ni defecto, sino peculiaridad. Quien creyó que todo lo que dije fue en serio, es un cándido y quien creyó que todo fue broma, es un imbécil”.



De la castidad y otros malos hábitos

Ante la amable petición de quien tan acertadamente dirige, redacta, forma, etc., esta revista, en el sentido de que escribiera alguna cosilla acerca de los paraísos artificiales, me dirigí al docto Mimí Pinzón, quien me proporcionó el fichero que adjunto a continuación. Dice así:

Alpipsia. Vicio de Alpeps. Consiste en llegar de la oficina a las siete de la noche, o a más tardar al cuarto para las ocho, quitarse los zapatos, el saco y la corbata, guardar todo con esmero y luego, en calcetines, entrar en la cocina y preparar un batido de lo siguiente: soletas, leche condensada, mermelada de zarzamora, un poco de vainilla y tres huevos, se le agrega ron al gusto y luego, se lo toma uno frente a la televisión. Este vicio, como puede verse fácilmente, es de principiantes y de asalariados.

Cenotipia. Consiste en trabajar bombas centrífugas, autosebantes o tractores diesel, sudar copiosamente, caminar una hora antes de llegar a casa, no tener luz eléctrica en la casa, encender un quinqué, quitarse la camisa y los pantalones que huelen a diesel, y ponerse otros medio limpios, pero que no huelen a diesel, llenar una palangana de agua limpia, y lavarse la cara y los brazos con jabón Heno de Pravia, cenar hojas de naranjos y tacos de frijoles con chile, y luego, sentarse en una chaise longe a leer Vogue, Harper’s Bazaar y las obras completas de Eudora Welty.

Cornucopia. Consiste en tener un pleito con la novia a raíz de una discusión acerca de si es conveniente o no comer tortas en los camiones, arrojar siete pesos de tortas por la ventanilla, bajarse en una esquina imprevista, ver cómo se aleja el camión con la novia llorosa, caminar veinticinco cuadras, llegar a casa, poner en el tocadiscos la pieza predilecta de la novia, apagar las luces y acostarse en el piso de la estancia despatarrado, mirando al techo con una mueca de dolor.

Disotermia. Consiste en vivir en pecado con una joven durante tres años, aburrirse de ella, descubrirla cuando un hombre, de preferencia de origen argentino, le besa la mano, comprar un boleto para los ejercicios de encierro del padre Pérez del Valle S. J., pasar dos días levantándose a las cinco de la mañana, bañándose en agua fría, comiendo comida de monjas y haciendo otras mortificaciones, y luego, en un orgasmo de santidad, confesar: “¡Padre, he vivido en pecado!”.

Dipsomanía. Consiste en prometerse uno mismo no tomar copas en dos semanas. Entrar el primer sábado a las doce del día en el Sorrento, encontrarse con media docena de periodistas de segundo orden (cada uno de los cuales se ha prometido a sí mismo no tomar copas en dos semanas), caminar los siete hasta La Universal, saludando gentes en la Avenida Juárez, tomar cuatro cervezas en La Universal, Pagar la cuenta, caminar hasta La Mundial, tomarse otras cuatro cervezas y gastar cuarenta pesos en las rifas de pollos; no sacarse ninguno; organizar una expedición punitiva para ir a comprar tacos, ir a comprar tacos, comerse los tacos con otras cuatro cervezas, pagar la cuenta, caminar hasta Ambos Mundos, pedir ron Castillo, hablar del pecado original y tirar la tercera copa de ron Castillo, despedirse de los que se van, ayudar a vomitar a los que se quedan, hablar de la vida íntima, y del pasado, tirar otra copa de ron Castillo, pagar con un vale, caminar hasta el Caracol, bailar, beber, y luego, después de un pleito con los meseros, dejar empeñadas las plumas fuente y los relojes.

Eupepsia. Consiste en no dar limosnas a los pobres. Es más, consiste en contestarles de mala manera. Por ejemplo: si un niño se acerca a pedir un “quinto para un pan”, se le contesta: “desde luego que no te lo doy, muchachito”. Y se agrega, como para uno mismo: “Desde chiquitos se acostumbran a no trabajar”. A ésos que vienen a pedir trabajo, se les contesta: “¡Pero si usted tiene la cara llena de pústulas!”. A los que vienen de Querétaro y no tienen con qué regresar: “Usted lo que quiere es emborracharse, en su rostro se ven los estigmas de todos los vicios”. A las mujeres que traen receta y no tienen para la medicina: “Vaya a la Cruz Roja, allí todo lo regalan”. A los ciegos que quieren cruzar la calle: “Cómprese un perro de esos amaestrados, hay unos muy buenos”.

Geodesia. Es el vicio de los Magallanes frustrados. Consiste en tener enmarcado un plano de la Ciudad de París del siglo XVIII, beber Pernod de 45 grados, poniendo el hielo primero y teniendo cuidado de que se queme antes de agregar el agua, pasar queso Camambert en una tabla después de la comida, probar el vino y decir “este vino era mejor antes”, comprar un libro que se llama Europe Gourmand y dejarlo olvidado arriba de una consola, y discos de Katyna Ranieri y “la Piaff”, y luego, en momentos de intimidad, decir a los amigos:; “si Dios me socorre, el año que viene llevaré a los niños a que conozcan el mar”.

Godonia. Es un vicio femenino. Consiste en leer las obras completas de Eric Fromm y luego, ir descubriendo rasgos femeninos en el marido, que es un orangután; en decirles a los amigos neurasténicos, que no saben amar; en hablarles a las amigas embarazadas de Jonás y la Ballena; en rechazar amistades por “negativas”; en descubrir en sí misma talentos para la poesía y sentirse frustrada ipso facto; en cambiar de peinado cada quince días; en sentir la vida vacía, y luego, en una borrachera, romper una puerta de un puñetazo.

Megapopsis. Consiste en haber tomado Chabils hace cinco años y mencionar el hecho cada vez que se juntan más de cuatro personas; en mezclar en la conversación las aventuras de Carlos (Fuentes), Elena (Poniatowska) y Jaime (Torres Bidet); en recordar vívidamente los detalles de aquella noche sublime en que Serge Lifar inventó el mambo; en conocer a la perfección los hábitos sexuales del Megaterio y del Leviatán y en admirar los sombreros de Jackie. Los adictos a este vicio acostumbran pasar temporadas de un mes en Toluca y platican que estuvieron en Bermudas.

Misticomanía. Consiste en leer el Manual de quiromancia sentado en el excusado, en voltear tazas de café turco, en quedarse absorto contemplando la propia mano, en hacer expediciones a la Colonia Nápoles para consultar a una cartomanciana; en comprar en la Librería Francesa los doce libros de Barbault; en decirles a los amigos que no son del signo que se imaginan, sino de otro mucho más desagradable; en encontrarle a la gente parecido con Lord Robert Baden Powell, e insultarla; en no lavar los platos y decir “es que soy Picis”, o romper la piñanona y decir “es que soy Aries”, o matar al gato y decir “es que soy Cáncer”; en tomar la mano de la recién llegada y decirle “Veo en tu mano que no sabe usted vestirse”, o la del recién llegado y decirle: “Veo en su mano que es usted muy atractivo sexualmente”; o decirle a un hombre: “Tú me vas a amar, yo soy bruja y lo siento en la punta del estómago”.

Positiluxia. Consiste en saber todas las respuestas sin haberlas aprendido; en estar avergonzado de tener casa propia; en comprar un Volkswagen en abonos, y un refrigerador en abonos; en decir la frase: “el sistema bancario mexicano es el agio legalizado”; en abrir una lata de jamón jaleado de $80.00, acordarse entonces de los menesterosos de la India, y comerse el jamón de mala gana; en ir a la representación de las Brujas de Salem; en decir al plomero que en México priva la injusticia y obligar a la criada a recitar Pipa pases para solaz de la concurrencia.

Todos estos vicios están debidamente comprobados, catalogados y sancionados por la Academia de la Lengua, el Instituto de Investigaciones Escatológicas y el Colegio de Cardenales. Esta publicación y yo en particular, nos hemos hecho acreedores de toda clase de bendiciones, agradecimientos y loas por haberlos dado a conocer como lo que son, poniendo de esta manera un hasta aquí a su propagación y ejercicio entre personas ignorantes y distraídas.

Lo fusilamos de: revista S.NOB, n° 7, 15 de octubre de 1962, pp. 11-12. Edición facsimilar, México, Conaculta y Editorial Aldus, 2004. Gracias a Mario Jursich por mostrármela y prestármela.


jueves, 15 de noviembre de 2007

Historias en la palma de la mano, de Yasunari Kawabata


Qué bueno que estén distribuyendo en Colombia el fondo reciente de Emecé. Hace poco me jalaron los relatos de Cheever en impecable edición y al fin pude saldar esa deuda de lectura, y hace unos días me encuentro con estas Historias en la palma de la mano. Trajeron también mucho Borges, más de Kawabata… una delicia. Y en traducción directa del japonés realizada por la delicada Amalia Sato.

Y esto de la traducción directa se nota en la primera frase que uno lea, sobre todo si ya ha leído otras traducciones, como la de Juan Forn, que pasó primero por el inglés, o la de Primera nieve en el monte Fuji, que hizo para Norma Jaime Barrera Plana (que está muy bien, pero que no es tan "Kawabata" como esta de Amalia Sato). Aquí la frase es puntuda, directa al centro de placer lector: el narrador se detiene a mirar una escena de coqueteo entre dos vendedores, una joven y un muchacho, en la noche de Tokio. Pilla una sonrisa de la señorita que seguro iba dirigida al muchacho, y dice: “Me sentía avergonzado por haberles robado un secreto. Seguí caminando”, y se acaba el cuento (p. 117). Y por más secas que parezcan esas frases, por más notariales, se les percibe en tantos casos un halo erótico, o al menos coqueto: “Mi esposa tiene la misma levedad de verano que un ramo de lilas” (p. 134): sin comentarios.

No sé por qué me da por pensar que el tema, en estos relatos, no es muy trascendente. Lo que destaca aquí es una imagen, una sensación, un clima, una atmósfera. El tema, la peripecia, está en el segundo plano para Kawabata. Una mujer cae postrada y el corsé que solía llevar queda abandonado en el jardín. “Cuando nevaba, el corsé se volvía blanco con el resto del jardín. En las dos aberturas abiertas en el pecho, en esas pequeñas ventanas redondas por donde asomaban los senos, se posaban los gorriones, sus cabezas moviéndose de un costado a otro en una perfecta escena de nevada matinal, como en un triste cuento de hadas” (p. 195). ¿Los vieron? ¿Los gorriones? ¿El corsé tirado allí, blanco? Yo sí, y me bajó una gotica de frío por la espalda.

Son relatos muy cortos, que empiezan en cualquier momento de la historia y se van, dejándola que siga sucediendo. Son ejercicios de estilo, son lecciones de perspicacia, de observación. “La joven tenía los dedos delgados y la cintura de una niña nacida en el seno de una familia pobre en algún antiguo suburbio de Tokio (p. 116). No sé cómo tengan la cintura esas chicas, pero yo pude identificar a la señorita del cuento.

Son relatos muy cortos, repito. Como para pasarse por uno o dos cada día, mientras hierve el café y su aroma empieza a llenar la mañana.


Yasunari Kawabata, Historias en la palma de la mano, Buenos Aires, Emecé, 2007, 294 páginas. Traducción de Amalia Sato.

miércoles, 14 de noviembre de 2007

El economista camuflado, de Tim Harford



Cada uno de los diez capítulos de este libro presenta una o unas pocas teorías económicas y las aplica a asuntos de todos los días: el poder de la escasez, la información asimétrica, la selección adversa, la teoría de los juegos, la ventaja comparativa, las externalidades, los fallos del mercado.


Como buen escritor de divulgación, Harford sabe establecer conexiones entre fenómenos diversos, explicar en términos amables las cifras y presentar con gracia esa información: hablando de la venta de droga al menudeo en las calles americanas se detiene en un soldado raso, y nos cuenta que su “salario promedio es menor de 10 dólares la hora. Esto no es mucho si consideramos que, en un período de cuatro años, un miembro típico de una banda criminal tiene la posibilidad de recibir dos disparos, de ser arrestado seis veces y una posibilidad entre cuatro de que lo maten” (p. 39).

En un primer momento esta capacidad de hacer conexiones y reducir las variables que intervienen en determinado fenómeno para explicarlo con claridad puede parecer una fortaleza, pero leyendo dos veces es la más notable limitación de este libro. Y me perdonarán su medio millón de compradores y sus decenas de comentaristas entusiastas. Porque, en aras de la discusión y sobre todo de la divulgación, está bien no mirar con mucho detenimiento un par de factores que inciden en alguna tendencia del mercado y dedicarse a los que pueden ayudar a explicar esa tendencia. Lo que es feo es olvidar olímpicamente variables, vectores, procesos que puedan contradecir la hipótesis del autor, o que es necesario considerar con detenimiento para dar un panorama más completo y certero de un fenómeno. Por ejemplo, “En 1998, los productores nacionales [de Estados Unidos] de azúcar disfrutaban de un subsidio de 1.000 millones de dólares, la mitad del cual se distribuía entre sólo diecisiete granjas. (Debido a las distorsiones provocadas por la protección, esto les costaba a los consumidores cerca de 2.000 mil millones [sic; en un momentito hablamos de la traducción y la corrección de este volumen] de dólares, de los cuales la mitad era un desperdicio total.) Esta protección ha perjudicado a los productores de azúcar colombianos, quienes han cambiado su producción por la de cocaína” (p. 260). No escogí este ejemplo motivado por indignación nacionalista: lo escogí porque quizá aquí conocemos al menos otras variables que han intervenido para que algunos productores de azúcar se hayan pasado a la producción de cocaína.

Ya la reducción de variables para explicar la existencia —y aun más, la permanencia— de maquilas (sweatshops) es escandaloso e indignante, así como es insidioso el estudio detallado de Camerún para explicar “Por qué los países pobres son pobres” (pp. 215 y siguientes). El propio autor es consciente de esto cuando dice en la página 110: “Como de costumbre, he estado simplificando excesivamente las cosas”. ¿Y entonces? Propongo que este libro y los de su tipo incluyan una advertencia similar a las que traen los espejos retrovisores de los carros: “Los objetos en el espejo aparecen más grandes (o más pequeños) de como son en realidad”. Así tal vez leamos esta cantidad de información, bien escrita por demás y en muchos casos útil, con beneficio de inventario, como parece que no han hecho sus comentaristas.

Antes de terminar debo mencionar el trabajo de traducción, realizado por “Redactores en Red”, una empresa sin nombres visibles y reconocibles en su página web. Y como tal, responsable de un trabajo que me deja serias dudas: cuando en la página 95 me hablan de los “cien metros lisos” y en la 32 me preguntan “cómo podemos hacer para notar…”, yo comienzo a desconfiar del traductor y del corrector. Y no son los únicos casos, el libro adolece de múltiples erratas y de frases francamente feas, que debemos asignarle al traductor y al corrector, no al autor, que como escritor es más que competente.

En fin, El economista camuflado es un libro ameno, que suaviza al lector conceptos duros de la teoría económica y los pone a jugar en la arena de las decisiones que tomamos todos los días. Hay que andarse con cuidado, porque el economista camuflado es un abanderado sin cortapisas del libre mercado y amaña con maestría algunas variables para presentar de manera implacable su argumentación en favor de mercados completamente abiertos. Está lleno de datos sabrosos y viene muy bien escrito, pero los Traductores en Red y los correctores han metido sus manos en algunos puntos y los han ensuciado. En últimas, repito, en lugar de las frases mercachifles de la carátula (“Bestseller mundial: más de 400.000 ejemplares vendidos”, en la parte inferior y “Un libro de lectura obligatoria”, en la superior), debería venir con una advertencia, y aquí la pongo para terminar: Léase con precaución.

Tim Harford, El economista camuflado, Madrid, Temas de Hoy, 2007, 344 páginas. Traducción de Traductores en Red.

viernes, 9 de noviembre de 2007

Fusilado: Gaetano Volpi



Con Gaetano Volpi y su generación comienza a perfilarse la moderna figura del editor: ya no se trata sólo de impresores y tipógrafos, además de eso comienzan a comercializar los libros en tiendas parisinas y ferias alemanas, buscan modos de catalogación para las bibliotecas, maneras de implementar registros legales… Pero a Volpi se le conoce sobre todo como bibliómano, gracias al opúsculo del que a continuación fusilo un fragmento. No conozco traducción al español del texto completo, apenas el aparte que viene, aparecido en la buena Gaceta del Fondo de Cultura Económica en 1995.


Varias advertencias útiles y necesarias a los amantes de los buenos libros, dispuestas de manera alfabética


AJENJO: Hierba amarguísima, puesta por algunos al principio y al final de los Libros y que se tiene por un gran preservante para la carcoma; pero, a mi parecer, casi del todo inútil a tal efecto: mientras que la carcoma es tan astuta e ingeniosa que a veces perfora enteros y gruesos volúmenes sólo en los espacios interlineares, esquivando la tenue amargura del estampado, ¿cómo no sabrá evitar algunas hojas de esta amarguísima hierba en sólo dos lugares situada? Además de que, abriéndose los libros, caen por demás las dichas hojas de hierba, y, ensuciando primero las Bibliotecas, se pierden.

ARMAS: Las Armas de los poseedores de Libros, impresas sobre las cubiertas de éstos, ya sean prensadas o con hierro candente, son fáciles de deteriorarse y borrarse y ofenden las lisas cubiertas de los Libros vecinos.

BARBAS: Así se llaman los bordes desiguales de los Libros encuadernados en rústica, y mayormente en cartón. Muchos dejan juiciosamente los volúmenes con sus barbas y sin hacerlas redondear; y así quedan siempre como nuevas, con su entero margen de cada parte. Circunstancia de los libros antiguos e importantes, que los hace más valiosos y que viene subrayada en algún ordenado Catálogo.

BIBLIOTECAS: Algunos las aprecian tan poco que las tienen como un inútil estorbo en sus casas o palacios. En cierta ciudad de Italia, algunos Señores pidieron por una, que ocupaba toda una estancia, el mezquinísimo precio de sólo treinta escudos romanos; acordado enseguida por un astuto y erudito bibliotecario; habiendo tenido el escrúpulo de descontarse un quattrino; y la estancia, a su vez, fue enseguida llenada de sillas y de otros utensilios a la moda. Hay quien las tiene demasiado expuestas, y hay quien las conserva demasiado cerradas. De los primeros era cierto Señor en un lugar de Italia, que como yo vi con náusea y desprecio, hacía extender el grano en medio de la Biblioteca dejada por sus antepasados; incitación a los ratones luego de haber gustado su comida habitual, para probar también los libros; los cuales estaban horriblemente cubiertos de polvo y de telarañas. Pero, señalándoselo a un amigo erudito, me di cuenta que aquél no era el único en practicarlo, y que había en el presente algunos que lo imitaban y hasta lo superaban, extendiendo también las uvas; e invitando así a las avispas y las moscas a ensuciar los Libros. De los segundos, fueron por varios siglos ciertos Eclesiásticos de una Catedral, los cuales poseyendo una preciadísima Biblioteca, rica en antiquísimos Códigos manuscritos, no tenían noticia de poseerla; y finalmente, hace pocos años fue descubierta, con mucho provecho de la erudición y la literatura sacras. Tal fue también cierto Señor que, teniendo en una cámara subterránea cierta copiosísima Biblioteca, abundante en óptimos y antiguos Códices griegos y latinos, manuscritos e impresos, que habían sido de un antepasado suyo estudiosísimo, toda encajonada con cubiertas que se abrían de arriba hacia abajo, no sabía que la tenía; y advertido por un íntimo confidente, la vendió por poco precio a quien quizás ni siquiera acabó de pagarle. Algunos, con gran dificultad, admiten en ellas a los estudiosos, y deseosos de verla. Otros no quieren ni carteles impresos, ni títulos escritos detrás de sus libros, sino sólo letras y números, reservándose el encontrarlos por la vía de Catálogos en donde dichos aparecen; y ello por temor de que le sean robados. Pero esto resulta incómodo, poco decoroso y dañino; como demostraré en otro párrafo. Utilícense las debidas cautelas para guardarse de los ladrones, y no se quite la antigua y utilísima usanza de marcarles los libros a los estudiosos que visitan las Bibliotecas famosas e importantes. Advirtiendo que, aunque el fuego excita a veces muchos dañinos incendios, no por ello se le apaga, sino que se le deja siempre encendido en las casas para muchísimos y utilísimos usos; utilizando además diligencias para que en el futuro no excite estos.


CANES: De hecho conviene desterrarlos de las Librerías, considerando su instinto de alzar la pata al orinar; principalmente donde los estantes llegan casi hasta el suelo; siendo a los Libros perniciosísima su orina.

CAPITELES: Así se llaman esos cordoncillos que se ponen arriba y abajo por los encuadernadores en el interior de las cubiertas de los libros encuadernados en cuero o en pergamino (que en rústica no se usa ponerlos). Sirven ellos tanto de decorado como de utilidad notable a éstos, mientras cierran el acceso a insectos varios y al polvo. Pocos, sin embargo, son aquellos encuadernadores que los hacen a la perfección, redondos, gruesos, estables, de seda y de varios colores. Único en eso era Lorenzo Tudesco, aquí en Padua. En su mayoría, se hacen con negligencia, y, por impericia o por desgano, sutiles, esmirriados, poco ajustados y, por lo mismo, casi enseguida se desprenden de las cubiertas de los libros, con desprecio y fastidio de los amantes de éstos; fuertísimos se tejían e introducían por los antiguos, aunque de hilo simple.

CARTONES: Quien quiera una encuadernación de poco espesor y elegante en su tipo, llamada in rustico, casi a guisa de tal orden en la Arquitectura, haga encuadernar sus libros en buenos y finos cartones, y que sostengan la escritura de los títulos. Aquí en Italia tenemos, mayormemente los fabricantes de la Riviera de Saló, que al menos a mí me parecen notorios y experimentados. Así los libros se mantienen siempre nuevos, y si las cubiertas se embadurnan o desgarran con facilidad, con el menor dispendio se renuevan. En algunos países los cartones son tan desgarbados, viles y deformes, que dan revoltura de estómago a quien en tal materia está dotado de algún buen gusto.

COLA: Poquísima utilizaban nuestros antepasados al pegar en pergaminos sus libros, sin forro de cartón; y así eran más inmunes a la carcoma, y a los ratones, de los cuales suele ser gratísimo manjar. Algunos, como preservante, meten en ella el oropimiente; que echa fuera un dejo amarillento que marcha las primeras y las últimas hojas de los Volúmenes; por lo cual será mejor no usarlo.


CUBIERTAS DE PERGAMINO: Cuando los Pergaminos son bellos, y están secos e inmaculados, son la materia más apta y más a propósito que cualquiera otra para cubrir Libros; aunque se ensucian con el tiempo, se raspan con facilidad y quedan como nuevas. Los Holandeses las tienen maravillosas: las Fabbriane en Italia son también bastante nítidas y decorosas.

GATOS: Estos infestan las librerías con su natural costumbre de aguzarse las uñas en el papel, disfrutando con el ruido que producen; arañándolas a menudo malignamente; y dañándolas con su pestilente orina, aunque por otro lado las resguarden de ratones, que son aún más dañinos. Por eso Petrarca quería muchísimo a una Gata suya, cuyo esqueleto, celebrado con versos, todavía se ve en Arqua, Villa de Padovano, en la casa por éste habitada.

ÍNDICES: O Catálogos de las Librerías; como son necesarios, y casi el alma de ellas, asimismo hacerlos bien es cosa difícil y laboriosísima. La manera más útil es anotar a los Autores por sus apellidos, puestos en exacto orden alfabético; pues siendo los apellidos, por lo general, únicos y singulares, el ojo corre poco entre ellos; allí donde se registran por los nombres, éstos a veces se repiten, y antes de encontrar el Autor buscado, hay que pasarlos casi todos. Pero cuando los nombres sean tan célebres que no sólo equivalgan a los apellidos, sino que desde hace tiempo los hayan sustituido, v. g., se nota primero Dante que Alighieri, etc. Y los santos se registran más bien por los nombres que por los apellidos, por la misma razón. Los Catálogos que deben servir de utilidad pública, es útil que no sólo registren los Libros de cada Autor, sino que marquen también los opúsculos de los mismos que están dispersos por aquí y por allá en otros Libros; y de tal género son aquellos de las Librerías de los Cardenales Imperiales, del Marqués Capponi, y del S. Guiseppe Smith, los dos primeros hace pocos años que fueron impresos en Roma, y el tercero recientemente en Venecia; entre éstos, aquél del M. Capponi, aunque más escaso, es el más razonado, es decir, está adornado con útiles noticias sobre los Autores, y las Ediciones de sus Obras. Por otro lado, queriendo extender un Catálogo para mostrar el número, el valor, y la preciosidad de los Códigos, estos resultan poco apropiados, por estar estorbados por demasiadas citas y noticias por las cuales los Libros quedan como ahogados y oprimidos, por no decir perdidos de vista: crecen los Volúmenes, sin medida, y de precio, y resultan, en consecuencia, poco exitosos, contra la intención de quien los hace extenderse, que es ciertamente que sean disfrutados y gustados por muchas personas. En el mío actual he encontrado el justo medio, deteniéndome algunas veces en observaciones útiles sobre los Autores, o algunas de sus Obras; que si hubiese querido imitar los referidos en las citas de Opúsculos, etc., habría excedido quizás el tamaño de cada uno de ellos. Muchas otras advertencias habría en materia de buenos Catálogos, que por brevedad dejamos de lado.

INSECTOS: Dejando los Libros abiertos, quedan expuestos a la infestación, y a las injurias de varios insectos, y principalmente de las sucias e insolentes moscas, que a veces bordan todos los frontispicios de ellos con sus excrementos; algunos de los cuales se quitan fácilmente: mientras que otros resultan indelebles. Los Naturalistas sabrán aducir la razón de ello.

MANOS: Si non lotis manibus manducare, como dice el Señor (Mat. 15, 20), non coinquinat hominem; pero manejando los libros con las manos sucias, éstos se embarran. Y sin embargo, no faltan aquellos que no se abstienen de tratar a algunos, incluso preciadísimos, con manos muy embadurnadas, con gran prejuicio y deterioro de éstos. San Buenaventura quería que sus Frailes voltearan las páginas de sus libros Corales, que por aquel entonces se escribían mayormente en pergamino, y estaban adornados con miniaturas iluminadas en oro, con varillas de marfil, para preservarlas de la grasa, y del sudor de las manos. La Venerable Orsola Benincasa Teatina acostumbraba lavarse sus virginales manos antes de utilizar los Libros Sagrados.


NARIZ: Todos los lectores, sobre todo de Libros escogidos, raros y preciados, deberían ser, como metafóricamente decían los antiguos latinos, Emunctae naris; pero sucede a menudo que sin ningún cuidado algunos dejan caer de su nariz en los Libros, gotas acuosas, de tabaco, y de sangre, embadurnando con las segundas y terceras los Volúmenes de manchas indelebles, pudiéndose quitar las primeras como el agua sobre el papel podrido, como se puede ver en el párrafo LAVAR.


NIÑOS: A éstos conviene cerrarles las Bibliotecas y esconder los Libros buenos y escogidos, ya que, cumpliéndose siempre por desgracia aquella frase de las Escrituras, Stultitia colligata est in corde pueri (Prov. 22, 15), los niños plebeyos, por natural instinto maligno son traídos a deformar la disposición de las casas blanqueadas y de las puertas coloreadas, o qué sé yo; así, los aplicados a los estudios, en su mayoría de condición civil, por la misma razón son incitados a embadurnar y ensuciar, a cortar, agujerear y todas las maneras de maltratar los Libros que utilizan, no perdonando siquiera a los Sacros y siquiera en la Misa y en la propia Sacristía. Una vez encontré un óptimo libro, donde más de cincuenta páginas estaban escritas en el margen inferior con un injurioso título, siempre diferente, signo evidente de aguzado ingenio en alguno de ellos. Abundan los Libros antiguos con figuras ridículas, con tontas apostillas y máximas en los frontispicios, y al final asquerosamente embadurnados y además cortados y agujereados con agudos hierros. Esta es la funesta razón por la cual, v. g. el Virgilio Aldino del 1501 que es el primer libro impreso en cursivas, inventadas por Aldus; y que las Epístolas Familiares de Cicerón y todas las óptimas Ediciones antiguas, y otros libros semejantes, usados en las Escuelas, no se encuentran, o si se encuentran, están tan arruinados o incompletos, que provocan náusea y disgusto entre los diletantes. En varias Librerías públicas y privadas se conservan preciados Manuscritos en pergamino deformados con príncipes pintados y con iniciales gastadas y doradas. Yo vi y tuve entre manos un antiguo Breviario excelentemente escrito en Pergamino, con figuras y miniaturas elegantísimas para aquel tiempo, incompleto de muchas de ésas (y sin duda de las mejor conservadas, dado que las que quedan íntegras estaban bastante esparcidas y arruinadas). Pero un ejemplo en esta materia, sucedido aquí en Padua hace muchos años, en la casa de un hombre docto, que había reunido una buena Biblioteca, ocupando una entera estancia, supera todos los otros. Algunos insolentísimos niños (en los cuales es pródigo nuestro siglo) de dicho Señor, penetrando a menudo en la Biblioteca paterna, incluso en ausencia del padre, y dándose cuenta de que muchos de aquellos libros estaban adornados al comienzo con bellas figuras y grabados delicados en cobre (como en su mayoría son los de Inglaterra y Holanda), con el tiempo las cortaron todas o las despegaron, para usarlas en adornar pequeños altares y otros tontos e infantiles usos. De lo que, finalmente, dándose cuenta el padre, estuvo a punto de morir de tristeza por ese gravísimo descaro y daño, y por tan enorme deformación de sus amados Libros; y luego de haber hecho empachar algunos lo mejor posible, se desahogaba de tanto en tanto con los amigos, entre los cuales me contaba, narrándoles tan funesto incidente. Pero se me dirá quizás: “¿Qué remedio puede utilizarse contra tales desórdenes? ¿Acaso se deben suministrar a los niños Libros de pésima e incorrecta impresión (de los cuales tampoco carecemos hoy día), con el peligro de que en vez de aprender se embeban de prejuicios y de errores? Esto sería imitar a aquel que “incidit in Scylliam, cupiens vitare Charybdim”. Respondiendo a esto, digo, en primer lugar, que conviene poner en práctica la sugerencia de la propia Escritura Divina inmediatamente consiguiente a la sentencia poco antes aducida sobre la estulticia de los niños, que es: Et virga disciplinae fugavit eam: y visitando a menudo el desván de sus Libros, y tomando en cuenta sus maliciosos deterioros, hacérselos pagar caro castigando a los autores. Es decir, darles Libros de óptima impresión, pero mal conservados, o carentes en los lugares no necesarios; los cuales abundan ya mucho por la gracia de sus antiguos pares; los cuales con tal desorden habrán causado al menos para la posteridad el remedio y orden oportunos; imitando así (aunque de manera diferente) a aquellos que serunt arbolres quaae alteri saeculo prosint; por haber arruinado en su época esos libros que, usándose en la nuestra, vienen a preservar enteros los escogidos, los raros, y esos que por la mayor antigüedad, son de mucho más valor, y que aún subsisten.

OLORES: Los Libros de varios países huelen, a quien lo advierte, diversamente. Los de Inglaterra tienen un olor grave y sombrío, y así, más o menos, también los de Alemania, aunque de manera diferente. El mejor olor lo tienen los de Francia y Holanda; poco sensibles son aquellos de Italia. Lo cual según creo, proviene, principalmente, de las aguas. Olores buenos o malos contraen también los Libros en dependencia del sitio en el que yacen hace mucho tiempo, como sucede en los cofres olorosos: o en lugares subterráneos, nitrosos, encerrados, o de maligno aire, o cerca de las inmundicias. Nosotros conservamos un bello texto griego de Sófocles en octavo, impreso por Colineo en París en 1528, de gratísimo olor. Véase las Cartas de S. Caterina de Siena, en cuarto, de Venecia del 1562, que espira una suave fragancia.

ORIENTE : Al Oriente, por disposición de Vitruvio, deben situarse las Bibliotecas, por ser la parte más templada, evitando el calor del Mediodía, y de la Tarde, y el aire húmedo, y pésimo, de Tramontana.

POBREZA: Bajo pretexto dé ésta, algunos religiosos encuadernan sus libros de manera sórdida y horrible, utilizando vilísimos pergaminos, incluso escritos, cartones tosquísimos y papeles de resguardo escritos e impresos: además, gran cantidad de cola y de hilo, lo que es contrario a la Pobreza, mientras que así se tienta a la carcoma a perforarlos y a los ratones a roerlos; allí donde la Pobreza industriosa enseña a conservar los dones y las limosnas de los fieles. San Filippo Neri solía decir: Paupenas semper mihi placuit, sordes numquam. Las Bibliotecas son como los Palacios de la Sabiduría, a propósito de los cuales se lee, aunque con místico y alto sentido: Sapientia aedificavit sibi domum, excidir columnas septem; ¿cuál decoro se percibe en las Bibliotecas llenas o rellenas de tan mal remendados y envilecidos Libros?: Algunos Santos dicen que la Biblioteca, después de la Iglesia, es la cosa más preciada en un Monasterio.

TABACO: Hierba usadísima en nuestros tiempos, aunque resulta sórdida, y muy a menudo empuerca los vestidos; y sobre todo los Libros, con manchas indelebles. Confieso la verdad, y con ella mi debilidad: siempre he temido que nuestros libros fuesen dañados por los perros y por tabaquistas; cuando los primeros entran en la Biblioteca, y cuando los otros abren, y manejan los Libros, principalmente impresos en papel distinguido, raros, y encuadernados con elegancia.

TINTA DE IMPRENTA: Líbrenos Dios de la malicia de aquellos prensistas que para evitar fatiga, o para disminuir la tenacidad de la tinta, ¡la mezclan con aceite crudo de cualquier tipo!, mientras que los Libros que se imprimen con esto, cuando son batidos por los encuadernadores, incluso después de largo tiempo, quedan todos ofuscados, comunicándose mutuamente la impresión. Esta es desgracia frecuente en las imprentas y le tocó incluso a varios libros de la Cominiana, como el Cornelio Celso de nuestra primera Edición, a las Obras Vulgares de Sanazzaro, y algún otro. Tenemos un Eutropio en octavo impreso en el célebre Teatro Seldoniano de Oxfort [sic], arruinadísimo por tal (así puede justamente llamársele) asesinato del prensista, o del hacedor de la Tinta; que también de éstos puede ser la culpa, por descuidar el buen cocido del aceite de linaza, porque se requiere mucho tiempo. Conviene sin embargo advertir que incluso los Libros impresos en tinta legítima, encuadernados enseguida o poco después de ser terminados, producen el mismo efecto maligno; por lo cual en uno o en otro caso los impresores diligentes, luego de haber hecho la prueba, percibiendo la falta, baten las hojas impresas, insertadas en otras tantas hojas blancas, de papel ordinario, y con poca cola, cosa que todos los encuadernadores no saben hacer a la perfección por varios motivos.

VINO: Hay algunos que profesando el deleitarse con más raros Vinos que Libros, aunque no del todo ignorantes y privados de éstos, para mostrar el desprecio por aquéllos más estudiosos que ellos, teniendo frascos llenos detrás de algún estante, los invitan a veces a ver sus Bibliotecas, y fingiendo extraer de ella algún rarísimo Libro, sacan frascos y botellas de preciados licores; pero uno de ellos pagó hace poco el precio de tal mofa, cuando sirviéndose de éstos, manchó feamente un estante entero de óptimos libros, inferior al estante de los frascos, con manchas indelebles; y así como se usa decir por proverbio, la culebra picó al charlatán.

Traducción de Claudia Ponzone y Ernesto Hernández Busto

domingo, 4 de noviembre de 2007

Relatos, de John Cheever


Algunas primeras frases de estos cuentos, elegidas al azar: “Cuando Jim se despertó a las siete de la mañana, saltó de la cama y recorrió todas las ventanas del dormitorio” (p. 36); “Jim e Irene Wescott pertenecían a esa clase de personas que parecen disfrutar del satisfactorio promedio de ingresos, dedicación y responsabilidad que alcanzan los ex alumnos universitarios” (p. 53); “El señor Hartley, su mujer y su hija Anne llegaron al hostal Permaquoddy un atardecer de invierno, después de la cena…” (p. 89); “El domingo por la mañana, Deborah Tennyson esperó en el cuarto de los niños la señal de su padre que significaba permiso para ir al dormitorio conyugal” (p. 99); “La alarma empezó a sonar a las seis de la mañana. Sonó débilmente en la vivienda del primer piso que Chester Coolidge ocupaba como pago parcial de su puesto de superintendente en un bloque de apartamentos, pero lo despertó al instante” (p. 238). ¿Notan algo en común? Correcto: todas tienen un nombre propio. Con Cheever estamos desde la primera línea —en el peor de los casos antes de la cuarta, en muy escasas ocasiones antes de que termine el primer párrafo— en el ojo del conflicto, conocemos quién es el centro de atención. O la víctima, como se quiera ver. Y eso es algo que se agradece.

Se le agradece también a John Cheever la educación con que visita los apartamentos de la clase media de la costa Este americana. Casi no se siente su presencia ahí, en la sala donde discute ese matrimonio (“La monstruosa radio”), en la casa vacacional donde se encuentra una familia para pasar las fiestas —que se amargan por la llegada de un perfecto malnacido (“Adiós, hermano mío”, desde su título toda una apuesta shakesperiana)— o a la que llega una señorita a veranear y comienza a rondarla un galán tacaño, extraña combinación (“La casta Clarissa”). La fracesita que cuela en el relato la desolación llega como sin querer la cosa, como cuando un ascensorista, el día de Navidad, triste por vivir solo y tener que trabajar justo ese día, siente en su caja por la mañana el olor del café y el bacon que le llega de los apartamentos, o cuando le regalan una billetera de cuero… con las iniciales de otra persona (“La Navidad es triste para los pobres”: no voy a comentar este título).

Cheever se detiene casi siempre a pincelar el paisaje, la atmósfera donde transcurren estas tristes historias, pero lo hace de manera efectiva, económica: tres frases, una comparación inteligente le bastan para poner al lector en el punto de la acción, o para redondear una vida: “Con la luz verde del televisor proyectada en su rostro y sus delgadas manos acariciando a la perra, la señora Trencher me pareció una noche un ser desgraciado y de buen corazón” (p. 202, “Tiempo de divorcio”).

Otro rasgo que comparten estos relatos es el final abierto: muchos de ellos terminan cuando los personajes están al borde de tomar una decisión, de hacer un comentario trascendental, o de realizar una acción determinante para el asunto que se trata.

A pesar de la tristeza que rezuman estos relatos, de la medianía y los deseos frustrados que hay en todos ellos, aparecidos en el New Yorker entre 1946 y 1978, uno queda complacido: ha leído piezas perfectas, ha conocido las salas, habitaciones, fiestas y minúsculos conflictos de la clase media de Nueva Inglaterra, de la costa Este americana durante los cincuenta y sesenta. Gracias a Martín por acosarme a cumplir esta deuda de lectura que tenía. Y disculpas a la flaca y malvada, que desde hace años me lo había sugerido y no le había hecho mucho caso.

Para terminar, es una buena y bonita edición esta de Emecé, lástima el error en la contracubierta.

John Cheever, Relatos, 2 vols., Barcelona, Emecé, 2006. Traducción de José Luis López Muñoz y Jaime Zulaika Goicoechea.

jueves, 1 de noviembre de 2007

Fusilado: Daniel Samper Pizano








Con la flaca y malvada, Burgos, Javier Mejía y otros amigos recordamos con mucho gusto las buenas columnas y las mejores recopilaciones de ellas de Daniel Samper Pizano. Los tests testiculados, los tests de desorientación profesional, las lecciones de historia, las vainas varias nos hicieron reír y con frecuencia las extrañamos. Esos libros —Piedad con este pobre huérfano, A mí que me esculquen, Dejémonos de vainas, entre otros— ahora son escasos. Pero hace unos días visité (¿asalté?) la biblitoeca de mi padre y me traje los que pude. (Con razón el viejo salió hace unos años con este saludo: “vine a tu casa a visitar mi biblioteca”.) Aprovecho la fecha para fusilar un articulito sin pretenciones de A mí que me esculquen. Mañana, otra reseña. Ahí va pues.



¡Conozca las hazañas de los santos!

La Fiesta de Todos los Santos, que se celebró el primero de noviembre, serviría para demostrar de una vez por todas que la burocracia era más lenta antes que ahora. Gregorio III la instituyó en el siglo VIII y hubo de pasar otro siglo y varios papas antes de que Gregorio IV la pusiera en ejecución. Pero desde entonces se cumple con todo júbilo y solemnidad aunque, seamos sinceros, sin mucho conocimiento de causa.


Es que la ingratitud humana ha logrado enterrar en el olvido las hazañas de la mayoría de los personajes del santoral, o convertirlos, cuando más, en irreverentes slogans como “Santa Rita de Casia, abogada de imposibles” o “San Antonio, santo casamentero”. Sin que se sepa esto último de qué modo, toda vez que ninguno de los tres san Antonios que aparecen en los misales fue casado…


Llega a tal punto la ignominiosa amnesia respecto a los santos, que hasta el más despistado ciudadano sabe que existe un monumento al Soldado Desconocido, pero ignora que, a su manera, la Iglesia ha dedicado un día al Santo Desconocido. Se trata de san Adaucto, cuya fiesta se celebra el 30 de agosto simultáneamente con la de san Félix. Este Adaucto fue un intrépido compañero del sacerdote Félix que, cuando pretendieron martirizar a su amigo, se plantó al lado suyo decidido a correr la misma suerte. Lamentablemente, nadie conocía su nombre —la historia aún lo ignora— y por eso los romanos lo bautizaon Adaucto, que quiere decir “añadido” o “agregado”. Claro está que resulta mejor llamarlo por su nombre en latín, porque, sinceramente, ¿quién puede ser devoto de san Agregado?


Esta nota no pretende otra cosa que recordar a los ingratos algunos santos dignos de ampliación y comentario, cuya lista aparecerá en estricto orden alfabético porque, como dicen, hasta en el cielo hay jerarquías.


San Abdón: Era persa y se dedicó a enterrar cadáveres insepultos de cristianos, cosa que en esa época (siglo II) le granjeó del emperador de Roma la misma antipatía que hoy le habría granjeado de los dueños de funerarias. Lo arrojaron a las fieras del circo romano, pero éstas se limitaban a lamerlo, tal vez convencidos de que se trataba de algún ministro. La historia sagrada no menciona ningún san Augusto pero, de haber existido, seguramente habría sido muy distinto. Porque san Augusto es san Augusto, pero san Abdón es san Abdón.


San Alejo: Tipo curioso san Alejo. El día de su noche de bodas se marchó a peregrinar por los santuarios de Oriente, “dejando intacta a su esposa", y luego regresó y se confinó solitario el resto de sus días en un cuarto ubicado bajo la escalera de su casa paterna. Como Howard Hughes, no volvió a bañarse ni a ver a nadie, ni siquiera a la mujer. Su padre, el senador Eufemiano, tuvo que sostenerlo toda la vida, mientras el pueblo romano sostenía al emperador. Murió en insoportable olor a santidad, aunque después de todo esto, lo justo habría sido declarar santa a la esposa.


San Ambrosio: Cuando este santo estaba aún niño, un enjambre de abejas se posó en su boca, a lo cual se atribuye que después tuviera “dulce y persuasiva elocuencia”. Lo cual hace pensar que, en el caso de Alberto Acosta, seguramente se le posó un hipopótamo. O varios. Se dice que más tarde lo descueraron, y no propiamente en un té de señoras.


San Antonio Abad: Desde los 18 años se marchó a un desierto, pese a que en el año 269 no había televisión de la cual huir. Allí acudía el demonio, de puro cansón, a visitarlo y a tentarlo. Pero san Antonio no se dejaba tentar, gracias a lo cual vivió 105 años, aunque algunos historiadores pensamos que seguramente vivió menos, sólo que el tiempo pasa en los desiertos despacito...


Santos Audifaz y Abacuc: Persas los dos, fueron encarcelados, torturados y ejecutados en Roma, a fin de que no dejaran tocayos.


San Benito: Italiano, de distinguida familia, nace en el año 480 y, luego de estudiar en Roma, resuelve encuevarse tres años como cualquier hippie zarrapastroso y, como si fuera poco, funda monasterios en varias serranías abruptas, cuando el funicular no se conocía. Alguien trató de envenenarlo con un vaso de vino chiviado pero éste se rompió al alzar san Benito el recipiente. Murió de pie, como los árboles, sin reparar en la incomodidad de esa posición y la de quienes lo ayudaban a sostenerse.


Santa Bibiana:
Por proclamarse cristiana en épocas en que era peligroso hacerlo (año 363) fue despojada de todos sus bienes y encarcelada. Allí se vio obligada a rechazar los ataques sexuales de su guardiana, cuyo nombre —grábenselo bien— era Rufina. Finalmente murió atada a una columna, como nos ocurrirá a muchos periodistas.


San Bonifacio: La vida fue para él un valle de lágrimas: lo desgarraron con garfios, le clavaron cañas afiladas entre las uñas, le echaron plomo derretido en la boca y luego lo decapitaron. A ver quién le niega su condición de mártir...


San Casimiro: Amaba la pobreza, repartía entre los mendigos lo poco que tenía, profesaba la castidad como virtud y gustaba de proferirse toda suerte de castigos corporales. En fin, un tipo jartísimo que vino a morir en 1483.


Santa Cecilia: Cuando la casaron con un muchacho de nombre Valeriano, ella le dijo, según el historiador religioso Gaspar Lefebvre: “Mira, Valeriano, que tengo a mi lado a un ángel encargado de velar por mi virginidad; por lo cual, cuídate de tocarme, porque te atraerías las iras de Dios”. Ante tal amenaza, Valeriano se abstuvo de hacerlo pero, hábilmente, pidió que le mostrara el ángel. Luego de bautizar a Valeriano, éste pudo ver junto a su esposa “un ángel radiante con divinos resplandores”. Que fue, a la larga, todo lo que santa Cecilia le mostró a su marido.


San Cirilo: Era de una tenacidad enfermiza. Horrible como enemigo. En vista de que Nestorio, patriarca de Bizancio, negaba la maternidad de la Virgen María, san Cirilo molestó y molestó hasta que logró convocar un concilio ecuménico donde condenaron a Nestorio. Murió, como el libre cambio de moneda en Colombia, en el 444*.


Santa Cristina: A la tierna edad de 10 años rompió las estatuas paganas que adornaban la casa de sus padres. Tal travesura, en épocas en que la pedagogía infantil estaba en pañales, le costó que la mataran a flechazos.


San Diego: Era español. Cuando no estaba rezando o meditando, se dedicaba a atender a los enfermos. Recolectaba dinero para los pobres, de donde seguramente surge aquello de “la recolecta de San Diego”.


Santa Domitila: Cuando ya había dado palabra de matrimonio a Aureliano, y habían comprado muebles y visto apartamento, resolvió “consagrar a Dios su virginidad”. No sin razón, Aureliano la hizo martirizar.


San Erasmo: Mártir del año 303. Se le representa con una vara alrededor de la cual cuelgan sus intestinos (¡Lo que habría gozado El Bogotano con la foto!). Se le invoca en los dolores de vientre aunque, si el dolor es persistente, resulta aconsejable llamar al médico.


Santa Francisca Romana: Se casó a los 11 años y durante 40, lapso que duró su matrimonio, fue esposa perfecta. También se la señala como ejemplo de viudez admirable, aunque hay que reconocer que en su ancianidad la veían por ahí, conversando con un ángel custodio.


San Felipe de Neri: Florentino. Dice el abate Lefebvre que “el Espíritu Santo le había inflamado con tal amor de Dios, que las palpitaciones de su corazón le rompieron dos costillas”. Después de tan dolorosa muestra de cariño, pueden ustedes estar seguros de que no fue san Felipe de Neri quien inició la costumbre de los avisos de prensa en que se dan gracias al Espíritu Santo.


San Francisco de Sales: 1567-1622. Convirtió a 72 mil herejes y prefirió una sotana raída en vez de una jugosa herencia. Lindo ejemplo para quienes se limitan a convertir dólares en pesos y son incapaces de rechazar una herencia. No digo nombres.


San Gil: Vivió en un bosque, alimentándose solamente de raíces y leche de una cierva salvaje. Se cree que, dotado de una gracia especial, había alcanzado a vislumbrar lo que sería el Mandato Claro.


San Gregorio Mártir: Convirtió a varios burócratas de Diocleciano al cristianismo en el siglo IV, sin usar copias por triplicado, lo que le valió que colgaran su cuerpo, lo desgarraran a azotes, le echaran vinagre y sal en las entrañas abiertas, lo asaran en la parrilla y luego lo desnucaran, lo cual, evidentemente, ya era excesivo.


San Gregorio Taumaturgo: Famoso por sus milagros de finca raíz. Hacia el año 200, “mandó a un monte a retroceder a fin de dejar el solar necesario para la construcción de una Iglesia, y el monte retrocedió”. Yo me pregunto si semejante prodigio habría podido obrarse ahora, con ecólogos molestando y la Carterpillar hablando de competencia desleal.


San Hermenegildo: Es una historia un poco complicada. Hijo de Leovigildo, rey de los visigodos, casó con Ingunda, hija de los reyes Francos. (No le habrían echado bola negra en el Jockey, téngalo por seguro). Pero Gosuinda —no confundirla con Ingunda—, segunda mujer de Leovigildo, instigó a que lo encarcelaran y fue martirizado por culpa de sus creencias religiosas y sin duda, de su madrastra.


Santa Inés: Fue un ejemplo asombroso de coraje. El prefecto de Roma quería casarse con ella cuando tenía (Inés) 10 años. Como se negara y fuera cristiana, la mandaron decapitar tres años después, labor que ejecutó el sorprendido verdugo mientras ella —bastante localista— hacía barra a favor del verdugo**.


San Isidro: Madrileño de cepa, vivió en el siglo XII. Los ángeles le ayudaban a arar la tierra, tal vez porque ganaba el salario mínimo. Hizo un milagro que lo volvió famoso: produjo un manantial fresco en medio de agobiador verano, lo que le ha valido aquella estrofa de “san Isidro labrador, quita el agua y pon el sol”, muy cantada por los taurófilos cuando no había corridas nocturnas.


San Jenaro: Decapitado en el siglo V, se conserva sangre suya en Nápoles, que se licúa tres veces al año, los días VIII-9, VIII-26 y XII-26. Es de admirar la puntualidad del milagro.


San Juan Capistrano: Rechazó el ingreso del islamismo a Europa. Mató en un solo día a 120 mil turcos en Constantinopla. (¿Qué tal el santo?) Se le considera el patrono de los lleristas.


San Juan de Dios: Caso parecido al de Guillermo Fergusson, fue muy disipado en su juventud pero luego se dedicó totalmente a los hospitales.


San Juan María Vianney: No es propiamente el más avispado del santoral. Dice el abate Lefebvre: “Aunque de ingenio tardo, aprendió lo bastante para hacerse sacerdote”. Fue párroco durante 42 años en la misma iglesia. Con eso está dicho todo.


Santa Juliana: Nacida en 1270, dice de ella nuestro historiador predilecto que “nunca en el transcurso de su vida levantó la vista para mirar rostro alguno de varón”, debido a lo cual a veces le contestaba al que no era.


San Luis Gonzaga: Casi muere al nacer en Florencia. A los nueve años hizo voto de castidad. A los 16 ingresó de jesuita. A los 22, vestido con su túnica blanca “en la que brillaban las perlas de sus continuas lágrimas”, falleció, sin saber lo que se había perdido. El tipo de futbolista que quiere el tribunal de disciplina de la Dimayor.


San Luis Rey: 1215-1270. Emprendió dos cruzadas, y si le dan tiempo, emprende también varias trasversales, porque desplegó un activismo indigno de gobernantes.


Santa María Magdalena de Pazzis: Desde los 10 años se declaró virgen y, por consiguiente, mártir. Su divisa era “Padecer y no morir”. Murió, después de muchos padecimientos, en 1607, pero su cuerpo se conserva incorrupto, vaya usted a saber por qué.


* No confundirlo con san Cirilo de Jerusalén, muerto en 386, quien declaró la guerra a los arrianos. La existencia de pocos arrianos en mi generación, me hace pensar que triunfó san Cirilo.

** Para completar la trágica historia, a los pocos días estaba su hermana de leche Emerenciana llorando al pie del sepulcro de santa Inés cuando la apedrearon y mataron… La Iglesia la declaró santa, ni más faltaba.

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Lo fusilamos de: Daniel Samper Pizano, A mí que me esculquen, Bogotá, Oveja Negra, s.f.