Fusilado: Gaetano Volpi



Con Gaetano Volpi y su generación comienza a perfilarse la moderna figura del editor: ya no se trata sólo de impresores y tipógrafos, además de eso comienzan a comercializar los libros en tiendas parisinas y ferias alemanas, buscan modos de catalogación para las bibliotecas, maneras de implementar registros legales… Pero a Volpi se le conoce sobre todo como bibliómano, gracias al opúsculo del que a continuación fusilo un fragmento. No conozco traducción al español del texto completo, apenas el aparte que viene, aparecido en la buena Gaceta del Fondo de Cultura Económica en 1995.


Varias advertencias útiles y necesarias a los amantes de los buenos libros, dispuestas de manera alfabética


AJENJO: Hierba amarguísima, puesta por algunos al principio y al final de los Libros y que se tiene por un gran preservante para la carcoma; pero, a mi parecer, casi del todo inútil a tal efecto: mientras que la carcoma es tan astuta e ingeniosa que a veces perfora enteros y gruesos volúmenes sólo en los espacios interlineares, esquivando la tenue amargura del estampado, ¿cómo no sabrá evitar algunas hojas de esta amarguísima hierba en sólo dos lugares situada? Además de que, abriéndose los libros, caen por demás las dichas hojas de hierba, y, ensuciando primero las Bibliotecas, se pierden.

ARMAS: Las Armas de los poseedores de Libros, impresas sobre las cubiertas de éstos, ya sean prensadas o con hierro candente, son fáciles de deteriorarse y borrarse y ofenden las lisas cubiertas de los Libros vecinos.

BARBAS: Así se llaman los bordes desiguales de los Libros encuadernados en rústica, y mayormente en cartón. Muchos dejan juiciosamente los volúmenes con sus barbas y sin hacerlas redondear; y así quedan siempre como nuevas, con su entero margen de cada parte. Circunstancia de los libros antiguos e importantes, que los hace más valiosos y que viene subrayada en algún ordenado Catálogo.

BIBLIOTECAS: Algunos las aprecian tan poco que las tienen como un inútil estorbo en sus casas o palacios. En cierta ciudad de Italia, algunos Señores pidieron por una, que ocupaba toda una estancia, el mezquinísimo precio de sólo treinta escudos romanos; acordado enseguida por un astuto y erudito bibliotecario; habiendo tenido el escrúpulo de descontarse un quattrino; y la estancia, a su vez, fue enseguida llenada de sillas y de otros utensilios a la moda. Hay quien las tiene demasiado expuestas, y hay quien las conserva demasiado cerradas. De los primeros era cierto Señor en un lugar de Italia, que como yo vi con náusea y desprecio, hacía extender el grano en medio de la Biblioteca dejada por sus antepasados; incitación a los ratones luego de haber gustado su comida habitual, para probar también los libros; los cuales estaban horriblemente cubiertos de polvo y de telarañas. Pero, señalándoselo a un amigo erudito, me di cuenta que aquél no era el único en practicarlo, y que había en el presente algunos que lo imitaban y hasta lo superaban, extendiendo también las uvas; e invitando así a las avispas y las moscas a ensuciar los Libros. De los segundos, fueron por varios siglos ciertos Eclesiásticos de una Catedral, los cuales poseyendo una preciadísima Biblioteca, rica en antiquísimos Códigos manuscritos, no tenían noticia de poseerla; y finalmente, hace pocos años fue descubierta, con mucho provecho de la erudición y la literatura sacras. Tal fue también cierto Señor que, teniendo en una cámara subterránea cierta copiosísima Biblioteca, abundante en óptimos y antiguos Códices griegos y latinos, manuscritos e impresos, que habían sido de un antepasado suyo estudiosísimo, toda encajonada con cubiertas que se abrían de arriba hacia abajo, no sabía que la tenía; y advertido por un íntimo confidente, la vendió por poco precio a quien quizás ni siquiera acabó de pagarle. Algunos, con gran dificultad, admiten en ellas a los estudiosos, y deseosos de verla. Otros no quieren ni carteles impresos, ni títulos escritos detrás de sus libros, sino sólo letras y números, reservándose el encontrarlos por la vía de Catálogos en donde dichos aparecen; y ello por temor de que le sean robados. Pero esto resulta incómodo, poco decoroso y dañino; como demostraré en otro párrafo. Utilícense las debidas cautelas para guardarse de los ladrones, y no se quite la antigua y utilísima usanza de marcarles los libros a los estudiosos que visitan las Bibliotecas famosas e importantes. Advirtiendo que, aunque el fuego excita a veces muchos dañinos incendios, no por ello se le apaga, sino que se le deja siempre encendido en las casas para muchísimos y utilísimos usos; utilizando además diligencias para que en el futuro no excite estos.


CANES: De hecho conviene desterrarlos de las Librerías, considerando su instinto de alzar la pata al orinar; principalmente donde los estantes llegan casi hasta el suelo; siendo a los Libros perniciosísima su orina.

CAPITELES: Así se llaman esos cordoncillos que se ponen arriba y abajo por los encuadernadores en el interior de las cubiertas de los libros encuadernados en cuero o en pergamino (que en rústica no se usa ponerlos). Sirven ellos tanto de decorado como de utilidad notable a éstos, mientras cierran el acceso a insectos varios y al polvo. Pocos, sin embargo, son aquellos encuadernadores que los hacen a la perfección, redondos, gruesos, estables, de seda y de varios colores. Único en eso era Lorenzo Tudesco, aquí en Padua. En su mayoría, se hacen con negligencia, y, por impericia o por desgano, sutiles, esmirriados, poco ajustados y, por lo mismo, casi enseguida se desprenden de las cubiertas de los libros, con desprecio y fastidio de los amantes de éstos; fuertísimos se tejían e introducían por los antiguos, aunque de hilo simple.

CARTONES: Quien quiera una encuadernación de poco espesor y elegante en su tipo, llamada in rustico, casi a guisa de tal orden en la Arquitectura, haga encuadernar sus libros en buenos y finos cartones, y que sostengan la escritura de los títulos. Aquí en Italia tenemos, mayormemente los fabricantes de la Riviera de Saló, que al menos a mí me parecen notorios y experimentados. Así los libros se mantienen siempre nuevos, y si las cubiertas se embadurnan o desgarran con facilidad, con el menor dispendio se renuevan. En algunos países los cartones son tan desgarbados, viles y deformes, que dan revoltura de estómago a quien en tal materia está dotado de algún buen gusto.

COLA: Poquísima utilizaban nuestros antepasados al pegar en pergaminos sus libros, sin forro de cartón; y así eran más inmunes a la carcoma, y a los ratones, de los cuales suele ser gratísimo manjar. Algunos, como preservante, meten en ella el oropimiente; que echa fuera un dejo amarillento que marcha las primeras y las últimas hojas de los Volúmenes; por lo cual será mejor no usarlo.


CUBIERTAS DE PERGAMINO: Cuando los Pergaminos son bellos, y están secos e inmaculados, son la materia más apta y más a propósito que cualquiera otra para cubrir Libros; aunque se ensucian con el tiempo, se raspan con facilidad y quedan como nuevas. Los Holandeses las tienen maravillosas: las Fabbriane en Italia son también bastante nítidas y decorosas.

GATOS: Estos infestan las librerías con su natural costumbre de aguzarse las uñas en el papel, disfrutando con el ruido que producen; arañándolas a menudo malignamente; y dañándolas con su pestilente orina, aunque por otro lado las resguarden de ratones, que son aún más dañinos. Por eso Petrarca quería muchísimo a una Gata suya, cuyo esqueleto, celebrado con versos, todavía se ve en Arqua, Villa de Padovano, en la casa por éste habitada.

ÍNDICES: O Catálogos de las Librerías; como son necesarios, y casi el alma de ellas, asimismo hacerlos bien es cosa difícil y laboriosísima. La manera más útil es anotar a los Autores por sus apellidos, puestos en exacto orden alfabético; pues siendo los apellidos, por lo general, únicos y singulares, el ojo corre poco entre ellos; allí donde se registran por los nombres, éstos a veces se repiten, y antes de encontrar el Autor buscado, hay que pasarlos casi todos. Pero cuando los nombres sean tan célebres que no sólo equivalgan a los apellidos, sino que desde hace tiempo los hayan sustituido, v. g., se nota primero Dante que Alighieri, etc. Y los santos se registran más bien por los nombres que por los apellidos, por la misma razón. Los Catálogos que deben servir de utilidad pública, es útil que no sólo registren los Libros de cada Autor, sino que marquen también los opúsculos de los mismos que están dispersos por aquí y por allá en otros Libros; y de tal género son aquellos de las Librerías de los Cardenales Imperiales, del Marqués Capponi, y del S. Guiseppe Smith, los dos primeros hace pocos años que fueron impresos en Roma, y el tercero recientemente en Venecia; entre éstos, aquél del M. Capponi, aunque más escaso, es el más razonado, es decir, está adornado con útiles noticias sobre los Autores, y las Ediciones de sus Obras. Por otro lado, queriendo extender un Catálogo para mostrar el número, el valor, y la preciosidad de los Códigos, estos resultan poco apropiados, por estar estorbados por demasiadas citas y noticias por las cuales los Libros quedan como ahogados y oprimidos, por no decir perdidos de vista: crecen los Volúmenes, sin medida, y de precio, y resultan, en consecuencia, poco exitosos, contra la intención de quien los hace extenderse, que es ciertamente que sean disfrutados y gustados por muchas personas. En el mío actual he encontrado el justo medio, deteniéndome algunas veces en observaciones útiles sobre los Autores, o algunas de sus Obras; que si hubiese querido imitar los referidos en las citas de Opúsculos, etc., habría excedido quizás el tamaño de cada uno de ellos. Muchas otras advertencias habría en materia de buenos Catálogos, que por brevedad dejamos de lado.

INSECTOS: Dejando los Libros abiertos, quedan expuestos a la infestación, y a las injurias de varios insectos, y principalmente de las sucias e insolentes moscas, que a veces bordan todos los frontispicios de ellos con sus excrementos; algunos de los cuales se quitan fácilmente: mientras que otros resultan indelebles. Los Naturalistas sabrán aducir la razón de ello.

MANOS: Si non lotis manibus manducare, como dice el Señor (Mat. 15, 20), non coinquinat hominem; pero manejando los libros con las manos sucias, éstos se embarran. Y sin embargo, no faltan aquellos que no se abstienen de tratar a algunos, incluso preciadísimos, con manos muy embadurnadas, con gran prejuicio y deterioro de éstos. San Buenaventura quería que sus Frailes voltearan las páginas de sus libros Corales, que por aquel entonces se escribían mayormente en pergamino, y estaban adornados con miniaturas iluminadas en oro, con varillas de marfil, para preservarlas de la grasa, y del sudor de las manos. La Venerable Orsola Benincasa Teatina acostumbraba lavarse sus virginales manos antes de utilizar los Libros Sagrados.


NARIZ: Todos los lectores, sobre todo de Libros escogidos, raros y preciados, deberían ser, como metafóricamente decían los antiguos latinos, Emunctae naris; pero sucede a menudo que sin ningún cuidado algunos dejan caer de su nariz en los Libros, gotas acuosas, de tabaco, y de sangre, embadurnando con las segundas y terceras los Volúmenes de manchas indelebles, pudiéndose quitar las primeras como el agua sobre el papel podrido, como se puede ver en el párrafo LAVAR.


NIÑOS: A éstos conviene cerrarles las Bibliotecas y esconder los Libros buenos y escogidos, ya que, cumpliéndose siempre por desgracia aquella frase de las Escrituras, Stultitia colligata est in corde pueri (Prov. 22, 15), los niños plebeyos, por natural instinto maligno son traídos a deformar la disposición de las casas blanqueadas y de las puertas coloreadas, o qué sé yo; así, los aplicados a los estudios, en su mayoría de condición civil, por la misma razón son incitados a embadurnar y ensuciar, a cortar, agujerear y todas las maneras de maltratar los Libros que utilizan, no perdonando siquiera a los Sacros y siquiera en la Misa y en la propia Sacristía. Una vez encontré un óptimo libro, donde más de cincuenta páginas estaban escritas en el margen inferior con un injurioso título, siempre diferente, signo evidente de aguzado ingenio en alguno de ellos. Abundan los Libros antiguos con figuras ridículas, con tontas apostillas y máximas en los frontispicios, y al final asquerosamente embadurnados y además cortados y agujereados con agudos hierros. Esta es la funesta razón por la cual, v. g. el Virgilio Aldino del 1501 que es el primer libro impreso en cursivas, inventadas por Aldus; y que las Epístolas Familiares de Cicerón y todas las óptimas Ediciones antiguas, y otros libros semejantes, usados en las Escuelas, no se encuentran, o si se encuentran, están tan arruinados o incompletos, que provocan náusea y disgusto entre los diletantes. En varias Librerías públicas y privadas se conservan preciados Manuscritos en pergamino deformados con príncipes pintados y con iniciales gastadas y doradas. Yo vi y tuve entre manos un antiguo Breviario excelentemente escrito en Pergamino, con figuras y miniaturas elegantísimas para aquel tiempo, incompleto de muchas de ésas (y sin duda de las mejor conservadas, dado que las que quedan íntegras estaban bastante esparcidas y arruinadas). Pero un ejemplo en esta materia, sucedido aquí en Padua hace muchos años, en la casa de un hombre docto, que había reunido una buena Biblioteca, ocupando una entera estancia, supera todos los otros. Algunos insolentísimos niños (en los cuales es pródigo nuestro siglo) de dicho Señor, penetrando a menudo en la Biblioteca paterna, incluso en ausencia del padre, y dándose cuenta de que muchos de aquellos libros estaban adornados al comienzo con bellas figuras y grabados delicados en cobre (como en su mayoría son los de Inglaterra y Holanda), con el tiempo las cortaron todas o las despegaron, para usarlas en adornar pequeños altares y otros tontos e infantiles usos. De lo que, finalmente, dándose cuenta el padre, estuvo a punto de morir de tristeza por ese gravísimo descaro y daño, y por tan enorme deformación de sus amados Libros; y luego de haber hecho empachar algunos lo mejor posible, se desahogaba de tanto en tanto con los amigos, entre los cuales me contaba, narrándoles tan funesto incidente. Pero se me dirá quizás: “¿Qué remedio puede utilizarse contra tales desórdenes? ¿Acaso se deben suministrar a los niños Libros de pésima e incorrecta impresión (de los cuales tampoco carecemos hoy día), con el peligro de que en vez de aprender se embeban de prejuicios y de errores? Esto sería imitar a aquel que “incidit in Scylliam, cupiens vitare Charybdim”. Respondiendo a esto, digo, en primer lugar, que conviene poner en práctica la sugerencia de la propia Escritura Divina inmediatamente consiguiente a la sentencia poco antes aducida sobre la estulticia de los niños, que es: Et virga disciplinae fugavit eam: y visitando a menudo el desván de sus Libros, y tomando en cuenta sus maliciosos deterioros, hacérselos pagar caro castigando a los autores. Es decir, darles Libros de óptima impresión, pero mal conservados, o carentes en los lugares no necesarios; los cuales abundan ya mucho por la gracia de sus antiguos pares; los cuales con tal desorden habrán causado al menos para la posteridad el remedio y orden oportunos; imitando así (aunque de manera diferente) a aquellos que serunt arbolres quaae alteri saeculo prosint; por haber arruinado en su época esos libros que, usándose en la nuestra, vienen a preservar enteros los escogidos, los raros, y esos que por la mayor antigüedad, son de mucho más valor, y que aún subsisten.

OLORES: Los Libros de varios países huelen, a quien lo advierte, diversamente. Los de Inglaterra tienen un olor grave y sombrío, y así, más o menos, también los de Alemania, aunque de manera diferente. El mejor olor lo tienen los de Francia y Holanda; poco sensibles son aquellos de Italia. Lo cual según creo, proviene, principalmente, de las aguas. Olores buenos o malos contraen también los Libros en dependencia del sitio en el que yacen hace mucho tiempo, como sucede en los cofres olorosos: o en lugares subterráneos, nitrosos, encerrados, o de maligno aire, o cerca de las inmundicias. Nosotros conservamos un bello texto griego de Sófocles en octavo, impreso por Colineo en París en 1528, de gratísimo olor. Véase las Cartas de S. Caterina de Siena, en cuarto, de Venecia del 1562, que espira una suave fragancia.

ORIENTE : Al Oriente, por disposición de Vitruvio, deben situarse las Bibliotecas, por ser la parte más templada, evitando el calor del Mediodía, y de la Tarde, y el aire húmedo, y pésimo, de Tramontana.

POBREZA: Bajo pretexto dé ésta, algunos religiosos encuadernan sus libros de manera sórdida y horrible, utilizando vilísimos pergaminos, incluso escritos, cartones tosquísimos y papeles de resguardo escritos e impresos: además, gran cantidad de cola y de hilo, lo que es contrario a la Pobreza, mientras que así se tienta a la carcoma a perforarlos y a los ratones a roerlos; allí donde la Pobreza industriosa enseña a conservar los dones y las limosnas de los fieles. San Filippo Neri solía decir: Paupenas semper mihi placuit, sordes numquam. Las Bibliotecas son como los Palacios de la Sabiduría, a propósito de los cuales se lee, aunque con místico y alto sentido: Sapientia aedificavit sibi domum, excidir columnas septem; ¿cuál decoro se percibe en las Bibliotecas llenas o rellenas de tan mal remendados y envilecidos Libros?: Algunos Santos dicen que la Biblioteca, después de la Iglesia, es la cosa más preciada en un Monasterio.

TABACO: Hierba usadísima en nuestros tiempos, aunque resulta sórdida, y muy a menudo empuerca los vestidos; y sobre todo los Libros, con manchas indelebles. Confieso la verdad, y con ella mi debilidad: siempre he temido que nuestros libros fuesen dañados por los perros y por tabaquistas; cuando los primeros entran en la Biblioteca, y cuando los otros abren, y manejan los Libros, principalmente impresos en papel distinguido, raros, y encuadernados con elegancia.

TINTA DE IMPRENTA: Líbrenos Dios de la malicia de aquellos prensistas que para evitar fatiga, o para disminuir la tenacidad de la tinta, ¡la mezclan con aceite crudo de cualquier tipo!, mientras que los Libros que se imprimen con esto, cuando son batidos por los encuadernadores, incluso después de largo tiempo, quedan todos ofuscados, comunicándose mutuamente la impresión. Esta es desgracia frecuente en las imprentas y le tocó incluso a varios libros de la Cominiana, como el Cornelio Celso de nuestra primera Edición, a las Obras Vulgares de Sanazzaro, y algún otro. Tenemos un Eutropio en octavo impreso en el célebre Teatro Seldoniano de Oxfort [sic], arruinadísimo por tal (así puede justamente llamársele) asesinato del prensista, o del hacedor de la Tinta; que también de éstos puede ser la culpa, por descuidar el buen cocido del aceite de linaza, porque se requiere mucho tiempo. Conviene sin embargo advertir que incluso los Libros impresos en tinta legítima, encuadernados enseguida o poco después de ser terminados, producen el mismo efecto maligno; por lo cual en uno o en otro caso los impresores diligentes, luego de haber hecho la prueba, percibiendo la falta, baten las hojas impresas, insertadas en otras tantas hojas blancas, de papel ordinario, y con poca cola, cosa que todos los encuadernadores no saben hacer a la perfección por varios motivos.

VINO: Hay algunos que profesando el deleitarse con más raros Vinos que Libros, aunque no del todo ignorantes y privados de éstos, para mostrar el desprecio por aquéllos más estudiosos que ellos, teniendo frascos llenos detrás de algún estante, los invitan a veces a ver sus Bibliotecas, y fingiendo extraer de ella algún rarísimo Libro, sacan frascos y botellas de preciados licores; pero uno de ellos pagó hace poco el precio de tal mofa, cuando sirviéndose de éstos, manchó feamente un estante entero de óptimos libros, inferior al estante de los frascos, con manchas indelebles; y así como se usa decir por proverbio, la culebra picó al charlatán.

Traducción de Claudia Ponzone y Ernesto Hernández Busto

Comentarios

Lucaz ha dicho que…
Hombre Camilo, con razón Hector Abad llamaba a la literatura Quitapesares, si vieras lo bien que me cayó este lexicón en esta helada madrugada de viernes. Salut.
Anónimo ha dicho que…
Con esto de los bibliómanos, bibliófilos, bibliópteros, etc. me acordaste de tres personajes:

Peter Kien, protagonista de Auto de fe, de Elías Canetti, que tenía las paredes de su casa cubiertas de libros, acomodados de cara, no de lomo, y que con frecuencia le hablaban. La imagen les puede ahorrar la lectura, porque es pesada y larga.

También tenían cubiertas las paredes de libros Fabio Botero, en Medellín, a quien le editaste un libro. El cuadro era perturbador, porque terminó viviendo en una casita minúscula, casi sin aire, enfermo, donde apenas podía pasar con su enorme barriga entre los estantes del laberinto.

Y en Bogotá, me acuerdo del apartamento de Álvaro Castillo, el librero, donde en las paredes no había espacio ni para un cuadro y los libros colonizaron hasta los baños, donde la humedad les pasó cuenta de cobro a muchos.

Burgos.

P.S: Franco, a menudo paso por este blog, por el tuyo, por el de los manizaleños y por los de los amigos de Medellín. No asomo mucho la cabeza porque me da mucha jartera el empeliculado, a quien me gané desde hace años.
FRANCO ha dicho que…
Andrés, ya lo decidí: este fin de semana me meteré la mano al dril para comprar "Nunca en cines". He leído un montón que una de tus grandes pasiones es el séptimo arte. Por cierto, ¿te imaginás cómo titularía la prensa internacional si a una de tus novelas le hicieran una super adaptación estilo "El amor en los tiempos del cólera". Se me ocurre pensar que sería algo así como "Andrés (Bur)goes to Hollywood". Mil saludos y te contaré del libro.
William Zapata M. ha dicho que…
Admirados eruditos: permitidme agradecer tanta nominadera al título de la obra maestra de un mamarracho. No es menester de vuestras luminarias y ocupadísimas mercedes botar tanta energía en plumas insolentes que no están a la altura. Dedicad mejor tan valiosa genialidad y tan bondadosas intenciones para mantener el fuego de esta sociedad del mutuo elogio (que tan cálido abrigo os proporciona). Vosotros sois seres excepcionales que un país en guerra no merece. Seguid haciendo escuela, mejor, a punta de lambetazo ventiao'.

El autor.
Anónimo ha dicho que…
Willie: entro a tu perfil y veo tus libros favoritos. ¡Los tuyos! Cara sí tienes, tío. Y por favor, explíclanos qué quisiste decir con eso de "agradecer tanta nominadera al título de la obra maestra de un mamarracho" y con aquello otro de "No es menester de vuestras luminarias y ocupadísimas mercedes botar tanta energía en plumas insolentes que no están a la altura". Pareciera que te refieres a ti mismo, que tú eres la pluma que no está a la altura, que tú eres el mamarracho. Porque supongo que la "tanta nominadera" es al Empeliculado, o sea tú. ¿O no? Agh, no sé. ¿El esfuerzo de escribir dizque elegante te hizo una mala pasada, y te asignaste a ti un insultillo que le dirigías a otro, a otros? Es que no entendí, me perdonarás el poco seso. O explícame tú, Camilo, por favor.

Lectora Perpleja # 57.
m ha dicho que…
todo muy divertido!!
Belladonna Wild ha dicho que…
Una delicia. Gracias por el postrecito