miércoles, 19 de diciembre de 2007

El naufragio del Imperio, de Juan Esteban Constaín



La variedad es producto y muestra de la buena salud literaria de un país, al tiempo que incrementa esa buena salud literaria. Es como la fiebre: síntoma de enfermedad pero también prueba de que el organismo enfermo trabaja. Conviene que publiquen en un país escritores tan disímiles como Ángela Becerra y Enrique Serrano; creo que ganamos los lectores, ganan las editoriales y ganan los autores, tanto los ya posicionados como los que vienen en formación, cuando se publican novelas y cuentos digamos ligeros al lado de novelas y cuentos digamos eruditos, cultos, para usar una palabra complicada. En fin, celebro la publicación de esta novela: una historia rara, que mezcla con razón y sazón hechos de la historia con ficciones del autor. Y que no se parece a ninguna de las que se publicaron este año en Colombia.

Constaín ya había intentado algo similar con su libro anterior, Los mártires, que convocaba hechos documentados por la historia con otros de la invención del autor. En El naufragio del Imperio se viene con una historia desbocada pero muy divertida: unos revolucionarios granadinos quieren ayudar a Napoleón Bonaparte a escapar de su confinamiento en Santa Helena para que venga a América a gobernar. Dos naufragios sucesivos comienzan el relato, y uno imperial lo cierra. Y en el medio, historias varias de las campañas de Napoleón y de los ires y venires de los granadinos por Europa, compuestas a partir de una sólida documentación de lo menudo, de lo que no aparece en los libros de la historia oficial.

Se compone esta novela como los folletines del siglo ya antepasado: cada capítulo es una entrega que recoge puntos esenciales de la anécdota, lanza un par de líneas argumentales nuevas y termina en suspenso. Ah, y además, como esos folletines, cada capítulo está iluminado por una ilustración que recupera algún momento de la acción que se narra en ese capítulo. Y se narran todas ellas con un estilo elegante, cincelado, se nota que trabajado por el autor frase a frase. Segundos antes de encontrarse Napoleón con el protagonista de la historia, Gerardo Bermeo, hay una escaramuza en el campamento del emperador, apostado a las puertas de Moscú: “Algunos de sus hombres pensaron en salir a reprimir semejante falta dentro de las filas, pero Bonaparte los detuvo con el gesto enfático de la mano derecha y él mismo, con aire de curiosidad más que de indignación, se dirigió hasta el sitio cuidándose de no arrastrar consigo ninguno de los testimonios de respeto que los oficiales todos le rendían al paso” (p. 62).

Pero hay que decir que en este encuentro la novela decae un poco: resulta impostada y hasta algo caricaturesca, como forzada, la conversación que sostienen Bonaparte y Bermeo en la tienda del primero. (Y más adelante, ay, también duele un poco ver a Napoleón en un delirio de fiebre llamar con insistencia a Josefina, a su madre y a ¡Gerardo Bermeo!) En la reseña de esta novela que aparece en el más reciente número de El Malpensante, el 83, Luis H. Aristizábal llega a decir que luego de este episodio la novela se le cayó de las manos, y que si la terminó fue por puro rigor profesional. A mí me dejó algo aporreado, pero seguí de largo y terminé la lectura con agrado. Le doy la razón a Aristizábal en que los encuentros de los personajes de la ficción —Bermeo, Antonio Pérez y Cervantes, etc.— con personajes históricos —Stendhal, Talleyrand…— son forzados, pero uno puede bajarle la guardia un poco al rigor y continuar leyendo con gusto, porque hay aquí buen estilo, discursos diferentes bien hilados, personajes construidos con claridad y mucha aventura.

Ese juego de ficción y realidad me puso a buscar historias sobre Napoleón, detalles de su campaña, que desconocía casi por completo y que no me interesaba mucho. Otro aporte de esta novela además del buen rato de lectura que me regaló.


Juan Esteban Constaín, El naufragio del Imperio, Bogotá, Seix Barral, 2007, 212 páginas.



Nota: Durante estas semanas de vacaciones el ojo en la paja se va a actualizar no dos veces a la semana, como es costumbre, sino una. En enero regresamos con la periodicidad de siempre.

lunes, 10 de diciembre de 2007

Fusilado: Antonio Vélez



La increíble historia de la máquina de escribir

Porque si la historia no fuera tan enloquecedoramente retorcida no estaríamos aquí para gozar de ella.
Stephen Jay Gould
Cualquier humano que posea una pizca de curiosidad y que haya puesto alguna vez sus manos en una máquina de escribir o en un computador debe de haberse preguntado por la razón oculta de esa extraña distribución de las letras sobre el teclado, lo más alejado de un correcto diseño ergonómico. El hecho de no aparecer en orden alfabético, el más apropiado si de encontrarlas con rapidez se trata, puede llevarnos a pensar que ese desorden artificial debió de ser la consecuencia de un estudio profundo sobre estadísticas de frecuencias de aparición de las distintas letras y sus combinaciones, con miras a facilitar la escritura.

Cuando se encuentran dificultades al escribir, como la sobrecarga del meñique izquierdo, el frecuente desplazamiento de las manos por las cuatro filas del teclado o la injustificada ociosidad del vigoroso dedo central derecho, encargado de la letra k, uno piensa que tal vez el teclado fue concebido específicamente para optimizar la escritura en su idioma nativo, el inglés. Pero la verdad es muy distinta, y sorprendente: el teclado actual fue diseñado por ensayo y error, buscando que la escritura del inglés resultase lo más lenta posible.
La curiosa historia


Después de múltiples intentos fallidos por parte de inventores y constructores de instrumentos mecánicos, la firma Remington & Sons construyó en 1874 la primera máquina de escribir verdaderamente funcional, utilizando para ello un diseño concebido por el ingeniero norteamericano Christopher L. Sholes. En el modelo primitivo, todas las letras eran mayúsculas y cada tecla iba montada en uno de los extremos de un balancín, con el tipo de impresión situado en el opuesto. Al pulsar una tecla, el otro extremo de la palanca subía y el tipo golpeaba el rodillo portador del papel por su parte inferior (el mecanógrafo no podía ver el texto que acababa de escribir). El regreso del balancín a su posición original se producía de forma muy lenta, por simple gravedad. A causa de este defectuoso diseño, si alguien intentaba escribir con mediana rapidez, los balancines no alcanzaban a regresar a tiempo a su posición de reposo, se enredaban entre sí y bloqueaban la máquina. Obsérvese que algo de esto ocurre todavía en las máquinas de diseño mecánico, cada vez que se pulsan dos o más teclas en forma simultánea, o cuando se escribe con rapidez. En ocasiones, también, cuando la máquina cae en las garras de un niño.

Enfrentado a semejante problema mecánico, el ingeniero Sholes, que pudo utilizar resortes que hiciesen regresar de inmediato los balancines a su posición de reposo, recurrió más bien a la idea, de corto vuelo imaginativo pero de largo futuro, de distribuir las letras sobre el teclado de tal forma que el ritmo de escritura resultase lento. Increíble puede parecernos, pero es cierto. De tan sádica manera resolvió, en parte y quizá para siempre, el problema de embotellamiento frecuente de los tipos.

Sholes partió de la distribución más natural, esto es, repartió las letras sobre el teclado en orden alfabético (en la línea central aparecen las letras f g h j k l, vestigios silenciosos del orden primitivo), luego ensayó algunos cambios hasta lograr su retorcido propósito. Dicen que en el último minuto agregó la r a la fila principal, con la intención de que durante sus demostraciones, los vendedores pudiesen escribir la palabra typewriter sin salirse de esa fila.

Se explica tan absurdo diseño si recordamos que en esa época el tiempo no era oro y que, además, poco importaba gastarse una hora más tecleando una carta, si el correo se movía sin afanes, al ritmo lento de carreteras y barcos de vapor. Por tanto, la preocupación principal del inventor debió ser la de construir una máquina que simplemente escribiese, sin importar cómo ni a qué velocidad. Puede pensarse también que Sholes no hubiese considerado la posibilidad de accionar el teclado con todos los dedos. Es claro que para aquellos que sólo utilizan uno o dos dedos de cada mano, después de unas pocas horas de práctica cualquier distribución de las letras es aceptable. Grande sería la sorpresa del ingeniero Sholes si despertara ahora y se enterara de que, a pesar de su fatal diseño, algunas personas han podido superar la increíble barrera de las 150 palabras por minuto. Y más grande aún si supiera que ha conseguido mantenernos como usuarios cautivos de su atravesada idea por más de un siglo.


Crítica al teclado convencional


A continuación se ilustra el conocido teclado convencional. Salvo ligeras modificaciones, fue el ideado originalmente por Sholes (se ha suprimido, a propósito, la línea superior, portadora de los números y otros caracteres especiales).

q w e r t y u i o p ´
a s d f g h j k l ñ
z x c v b n m , . ; :

Con el fin de verificar lo defectuoso que resulta el teclado convencional (ha sido apodado qwerty, en honor a las seis letras de la fila superior) cuando de escribir textos en español se trata, el autor de este ensayo preparó una muestra tomada de fuentes variadas (casi tres millones de caracteres). Con este material a mano y un programa de computador que permitía simular la escritura del texto, se obtuvo el siguiente resultado confirmador: la fila inferior, zxcvbnm…, se utilizó el 16% del tiempo de escritura; la central, asdfgh…, el 27%; y la superior, qwerty…, el 41%. El 16% restante correspondió al espaciador o barra encargada del espacio en blanco. Lo anterior significa que las manos, que en posición de reposo descansan sobre la fila central, durante la escritura se mantienen virtualmente —el 41% del tiempo—, y en forma por demás incómoda, flotando sobre la superior.

Pero aquí no terminan los sufrimientos. Las cargas de trabajo asignadas a cada uno de los dedos y a cada una de las manos no se apiadan en absoluto de sus destrezas innatas. Es así como, mientras el habil y vigoroso dedo central de la mano derecha está ocupado sólo el 7% del tiempo, el meñique izquierdo lo hace cerca del 10%, sin contar las veces que acciona la tecla para escribir las mayúsculas. La mano derecha permanece activa el 45% del tiempo, mientras que la izquierda, la más débil en la mayoría de las personas, lo hace el 55%. En la tabla que se presenta a continuación puede observarse el desempeño promedio del teclado actual al escribir textos en idioma español.

Desempeño de qwerty en español

Mano izquierda

Meñique 10,1

Anular 6,5

Medio 18,2


Índice 12,0


Pulgar 8,2


Total: 55,0





Mano derecha

Meñique 4,0

Anular 12,5

Medio 7,0

Índice 12,8

Pulgar 8,2

Total: 44,5


A los problemas anteriores debe sumarse el frecuente desplazamiento de un mismo dedo entre filas vecinas, y las secuencias de caracteres situados en diferentes filas, pero que deben ser escritos en forma consecutiva y acrobática por el mismo dedo. Inténtese, por ejemplo, escribir la palabra ceded, y de inmediato se comprenderá lo que esto significa. La consecuencia final de la falta de concertación en las labores y de la injusticia con las manos del usuario es una cuota de fatiga innecesaria, una reducción notable de la productividad y un aumento molesto y más alto de lo necesario en el número de errores cometidos.



La triste historia de Dvorak



El primero en interesarse con seriedad en los problemas del teclado fue el profesor de educación de la universidad de Seattle August Dvorak (emparentado en forma directa con el prestigioso compositor musical Antonin Dvorak). En 1932, luego de una exhaustiva investigación, que en esta ocasión incluyó un estudio de la frecuencia de aparición de las diferentes letras en el idioma inglés, el profesor Dvorak diseñó y patentó un nuevo teclado, conocido con la sigla DSK (Dvorak Simplified Keyboard), cuya distribución se presenta a continuación.

? , . p y f g c r l /
a o e u i d h t n s
‘ q j k x b m w v z

Al quedar todas las vocales al mando de la mano izquierda, y las cinco consonantes de mayor utilización en inglés a cargo de la derecha, la escritura se vuelve rítmica y descansada, ya que, con frecuencia relativamente alta, a una vocal sigue una consonante, y viceversa (dicha alternancia vocal consonante se repite con mayor frecuencia en español que en inglés). En esta situación ideal, mientras un dedo pisa una tecla, otro, en la mano opuesta y en forma independiente, se prepara para teclear la letra siguiente.

Según apreciaciones del profesor Dvorak, su teclado permitía un incremento en la velocidad de escritura, respecto al convencional, de entre un 30 y un 50%, y una tasa de errores muy cercana a la mitad. Jared Diamond, en un ensayo para la revista Discover, calcula que con el teclado qwerty un mecanógrafo en un día de trabajo intenso puede recorrer con sus dedos el equivalente a 3,2 kilómetros; con el teclado de Dvorak, en cambio, la distancia se reduce a 1,6 kilómetros. No sobra añadir que la marca mundial de velocidad mecanográfica, que estaba en 150 palabras por minuto con el teclado convencional, fue superada por uno de los discípulos de Dvorak: logró escribir este superdotado la casi milagrosa cifra de 185 palabras en sólo un minuto.

En 1933, el profesor Dvorak entrenó a un grupo de estudiantes en el manejo de su teclado y lo presentó al ICSC (International Commercial Schools Contest), concurso de habilidad secretarial que se realizaba todos los años en Estados Unidos, y una de cuyas pruebas centrales era la de velocidad de escritura mecanográfica. Los alumnos de Dvorak, aunque sólo llevaban unos cuantos meses de entrenamiento, acapararon los primeros lugares. Y así continuaron su fiesta, año tras año, hasta 1941, cuando se suspendió el concurso a causa de la Segunda Guerra Mundial. Se cuenta que en 1937 el comité organizador del concurso rechazó a los mecanógrafos de Dvorak, alegando que la competencia con los del teclado convencional no era justa. Ante esto, el profesor Dvorak pidió que se reconsiderara el caso, pues uno de los objetivos del concurso era, justamente, promover el incremento de la velocidad de escritura. Ante un argumento tan convincente, sus alumnos tuvieron que ser admitidos de nuevo.

Después de repetidos fracasos en el intento de interesar a los fabricantes de máquinas de escribir en su nuevo teclado, la suerte pareció al fin sonreírle al profesor Dvorak. En 1944, la marina de Estados Unidos reunión en forma experimental a un grupo de mecanógrafos. A la mitad de ellos los entrenó en el DSK; a los otros, en el convencional. Luego de dos meses y medio de prácticas se les midió el aumento de productividad. El grupo convencional mejoró en un 28%, mientras que el grupo DSK, obligado a olvidar lo que sabía y a dominar en forma acelerada el nuevo teclado, aumentó su productividad en un 74%. Fue tal el entusiasmo despertado entre los altos mandos de la marina norteamericana que de inmediato elaboraron un pedido de 2.000 máquinas dotadas del ergonómico teclado. La mala suerte, sin embargo, seguía esperando al profesor Dvorak: la autorización se enredó en la densa maraña burocrática del ejército y a esto se sumó el comienzo [sic] de la Segunda Guerra Mundial. Al final, el pedido quedó sepultado para siempre entre las entrañas de un voluminoso legajo.

Terminada la guerra, se convocó un nuevo concurso secretarial, pero el equipo DSK no pudo presentarse, dado que el doctor Dvorak, su entrenador, aún se hallaba prestando servicio militar. Y no hubo más oportunidades para demostrarle al mundo las bondades del nuevo teclado: el concurso se suspendió de manera definitiva, pues los organizadores juzgaron que ya no tenía ningún objetivo importante.

Al fin, los años y las amarguras de los fracasos terminaron por desalentar la tenacidad del profesor Dvorak. Y con esto terminó, no sabemos si para siempre, una historia triste que nos prueba, una vez más, que la cultura humana es un producto debido en buena parte a circunstancias muy particulares, o al simple azar, y no, como podrían creer algunos, a una elaboración lógica y racional. Nos prueba, además, lo conservador que es el espíritu humano.



Una propuesta de teclado para el español



Las deficiencias ya señaladas sirvieron de motivo para iniciar una investigación encaminada a la búsqueda de un teclado que fuese más amable con los mecanógrafos del idioma español. Merced a la enorme velocidad de los computadores digitales, es posible simular, en minutos, la escritura de un texto de extensión apreciable y con cualquier teclado que se quiera imaginar. La disponibilidad de esta potente herramienta permitió, en unas pocas horas de cómputo, probar infinidad de teclados y llegar a mucho menos de la centésima parte del tiempo invertido por el profesor Dvorak para descubrir la suya.

La primera parte de la investigación arrojó como resultado un conjunto o familia de teclados muy emparentados entre sí (con múltiples lugares comunes y características similares), todos ellos eficientes y superiores en muchos aspectos, tanto al convencional como al DSK. Durante la última parte de la investigación se hicieron ajustes pequeños a los miembros más promisorios de la familia obtenida, para lo cual se utilizaron criterios de optimización más refinados, hasta llegar a la solución que se presenta a continuación, acompañada de la tabla que describe su comportamiento. La ordenación de las teclas numéricas no formó parte del estudio, por considerar que es poco lo que puede obtenerse cuando se modifica el orden natural ascendente utilizado en las máquinas de escribir.

Teclado propuesto y su desempeño en español

c t m g b p h j ñ x
r n s l d u i e a o ‘
k , . q z v y f w ; :

Mano izquierda



Meñique 8,8

Anular 10,4

Medio 10,0

Índice 10,9

Pulgar 8,2

Total 47,8



Mano derecha


Meñique 9,1

Anular 9,3

Medio 12,0

Índice 13,0

Pulgar 8,2

Total 51,5



De las cifras presentadas en la tabla anterior se deduce que la mano derecha realiza cerca del 52% del trabajo, y la izquierda el 48% restante. Los cuatro puntos de diferencia en contra de la mano derecha son deseables, para corresponder a la mayor fuerza y habilidad de ésta en los diestros, mayoría absoluta en todas las poblaciones. De paso, recordemos que el mundo ha sido diseñado para ellos: tijeras, sillas escolares, guantes de béisbol, automóviles (no ingleses), herramientas especializadas, y algunos instrumentos musicales son asimétricos, con un diseño orientado al usuario diestro.

En la tabla anterior se observa que el 63% del texto se escribe con las teclas de la fila central, el 15% con las de la fila superior, y apenas el 5%, lo mínimo posible, con la inferior. El 16% restante corresponde al espacio en blanco, trabajo que se reparte por igual entre los dos pulgares. Compárense estas cifras con las del teclado convencional: 27% para la fila central, 41% para la superior y 16% para la inferior.

Ahora bien, dado que el espacio en blanco se presenta el 16% de las veces y la barra espaciadora se acciona con cualquiera de los pulgares, sin necesidad de mover el resto de la mano, el teclado propuesto permite escribir el 79% del texto (63+16) sin desplazar las manos de la línea de base o de reposo, lo que constituye su mayor virtud (fue esta característica, de alta concentración de escritura en una sola fila el principal criterio de optimización utilizado).

Hay, asimismo, otras ventajas adicionales y no menos importantes. Cada vez que dos caracteres consecutivos deben ser tecleados por la misma mano, el ritmo de escritura se descompone, la fatiga aumenta y la velocidad se reduce. Con el teclado convencional, el 48% del tiempo deben escribirse con la misma mano y en forma consecutiva, dos caracteres (esta información no se presenta en las tablas de resultados). Con el nuevo teclado, en cambio, esta indeseable arritmia se reduce al 35%. Y peor todavía es tener que accionar dos o más teclas de manera consecutiva con el mismo dedo: en el teclado convencional, el 7,4% del texto exige la acción repetida del mismo dedo, contra el 4,3% en el propuesto. En el convencional, el 0,6% del texto debe ser escrito usando el mismo dedo tres veces consecutivas, contra el 0,3%, justo la mitad, con el nuevo teclado.

Los datos numéricos presentados permiten conjeturar que la adopción de un teclado como el propuesto traería enormes ventajas en cuanto a facilidad de operación, rapidez en el aprendizaje y ejecución y disminución de la fatiga. Esto se traduciría, a su vez, en una apreciable disminución en el número de errores y en un aumento adicional de la productividad. Cuántas veces un solo error ha echado a perder toda una página (esto va siendo cosa del pasado, pues no ocurre en las máquinas electrónicas ni en los computadores).


¿Hay futuro para un nuevo teclado?


¿Estaremos condenados a purgar hasta el fin de los tiempos el pecado original de Sholes? Si juzgamos las cosas por lo ocurrido a Dvorak, por la historia larga y sin esperanzas del esperanto y por las muestras de resistencia al cambio que a diario damos los humanos, no tenemos razón para mostrarnos optimistas.

A las indudables ventajas del teclado propuesto se oponen los enormes inconvenientes que se derivarían del cambio. ¿Qué hacer con los millones de máquinas de teclado convencional? Para desgracia del cambio propuesto, las máquinas de escribir mecánicas, justamente las más difíciles de transformar, se caracterizan por su desconsoladora longevidad (en las oficinas públicas se ven en uso máquinas octogenarias que aún disfrutan de excelente salud, auténticas piezas de museo que se resisten a dejarse jubilar). Y ¿qué hacer con los millones de teclados de computador y con las no menos numerosas personas bien adiestradas en el manejo del teclado convencional? Es el mismo problema económico y social vivido en aquellos países que se han aventurado a cambiar su sistema de pesas y medidas. Habría que superar un incómodo periodo de transición y ajuste. En la hipótesis de un cambio de teclado, los mecanógrafos, los usuarios de computador y los digitadores de oficio se verían, por incompetencia, obligados a renunciar a sus cargos, o tendrían que volver a aprender su oficio.

Todas estas observaciones nos conducen, con cierto desaliento, a pensar que un cambio masivo de teclado no está próximo, y podría no ser conveniente que ocurriera a corto plazo. Sin embargo, la nueva tecnología utilizada en la construcción de teclados para máquinas de escribir eléctricas y computadores de todo tamaño nos abre una puerta de esperanza. En estos equipos, las teclas sólo son interruptores eléctricos que activan mecanismos de impresión. Basta, entonces, cambiar los circuitos impresos internos, o “tarjetas”, de fácil y económica construcción, para obtener un teclado a voluntad. Podemos, también, imaginarnos un mundo futuro en el que los fabricantes suministren los teclados sobre pedido, con diseño determinado por el mismo cliente.

Si el mundo no cambia, al menos podremos cambiar nosotros. Consideremos que el futuro que nos espera estará abarrotado de teclados, como consecuencia de la impresionante explosión de los computadores personales. En estos equipos, por fortuna, los teclados son muy baratos, y, además, puede modificarse el orden de los caracteres por medio de programas sencillos. ¿Quién será, entonces, el atrevido que osará tirar la primera piedra?


Lo fusilamos de: Antonio Vélez, De pi a pa. Ensayos a contracorriente, Toledo, Lengua de Trapo, 2002, pp. 131-141.

viernes, 7 de diciembre de 2007

Coco Chanel, de Axel Madsen



Los primeros títulos de Circe aparecieron en el ámbito editorial español en 1988. Al comienzo programaron la publicación de libros de ensayo, narrativa y biografías, y pronto se especializaron en este último género (¿literario?), con una marcada tendencia hacia las vidas de mujeres. Pertenecía en sus orígenes al grupo Océano (creo que todavía) y estaba dirigido por Silvia Lluís, la hija del presidente del grupo, Josep Lluís Monreal. A Colombia empezaron a llegar hacia comienzos de la década del 90 y ahora es casi imposible encontrar un ejemplar en librerías.

Una pena, porque estas biografías son ejemplos decantados de lo que es el género biográfico y su edición profesional. La selección de títulos es finísima, las traducciones muy profesionales, y entrando a los volúmenes, vienen con sus completos índices de nombres, sus listas detalladas de fuentes bibliográficas y personales, sus bibliografías exhaustivas. Inolvidable la de Edie Sedgwick compuesta por George Plimpton a partir de testimonios de quienes conocieron a la actriz y modelo, o la de Camille Claudel impecablemente investigada y escrita por Anne Delbée. Esta de Coco Chanel también es de las buenas, y, carajo, sólo se consigue su versión española en bibliotecas. La edición en inglés puede comprarse por internet.

Axel Madsen conversó con muchas personas que conocieron de frente a Chanel, principalmente su abogado durante más de 40 años, René de Chambrún, sus abogados suizos, el fotógrafo y amigo de Chanel desde la década del cuarenta, Horst, y la periodista –y prometida de Saint Exupery– Louise de Vilmorin, quien conversó varias tardes con Mademoiselle Chanel con el ánimo de hacer la biografía definitiva de la principal diseñadora de modas del siglo XX. Parece que estas conversaciones se convirtieron en un aterrador duelo de egos, al punto de que una vez, cuando se sentaron frente a frente a conversar, Vilmorin le espetó a Chanel: “Hábleme de mí”. Parece que Gabrielle Chanel no encajó de buena manera el chascarrillo de la Vilmorin y hasta esa tarde avanzaron las conversaciones.

Es apasionante la vida de Gabrielle Bonheur Chanel, y Madsen se encarga de pintarla en toda su riqueza, desde su nacimiento en un hospicio pobre de la campiña francesa hasta su muerte en el Ritz mientras le decía a su camarera: “Mira, así es que se muere”, sola, rodeada de lujo, a la cabeza de una empresa que producía ese año –1971– alrededor de 160 millones de dólares anuales. Y en la mitad, la creación de verdaderos símbolos de la moda femenina del siglo XX reconocibles hasta por los más descuidados: el traje sastre, el bolso con cadenita para colgarlo al hombro, los zapatos de dos colores con el talón al descubierto. También, su amistad y colaboraciones con los principales genios artísticos de la primera mitad del siglo XX: Picasso, Cocteau, Stravinski, Diáguilev…

Y desperdigadas por ahí como las perlas que tanto le gustaban, las frases de Coco, esculpidas en piedra con ácido muriático: “Es tan malo ser demasiado rico como ser demasiado alto. En el primer caso no podrá encontrar felicidad; en el segundo, no podrá encontrar una cama”. Sobre la nobleza rusa que comenzó a refugiarse en París luego de la Revolución de Octubre: “Bebían para sacudirse el miedo de encima… detrás no había nada, sólo vodka y vacío”. Jackie Kennedy inmortalizó el vestido Chanel rosa y negro en la película que Abraham Zapruder filmó el 22 de noviembre de 1963 en Dallas, Texas, pero Coco le pagó con esta perla: “Tiene un mal gusto espantoso, y es la culpable de que su gusto se haya esparcido por toda Norteamérica”. “No se puede vivir en una casa que tenga más de dos criados”, le dijo a Cristóbal Balenciaga, el único diseñador hombre que respetó.

Vale mucho la pena esta biografía de Axel Madsen. Razón tenía Cocteau –a quien Mademoiselle financió innumerables amantes y curas de desintoxicación– cuando dijo que Coco Chanel es a la costura lo que Picasso a la pintura.


Axel Madsen, Coco Chanel. Historia de una mujer, Barcelona, Circe, 1999, 428 páginas. Traducción de Roser Berdagué.

martes, 4 de diciembre de 2007

Fusilado: Álvaro Mutis


Puede que la anécdota sea apócrifa, pero es graciosa: algún periodista le preguntó a Winston Churchill cuál era el secreto para que a tan avanzada edad conservara la lucidez y soportara largas jornadas de trabajo. El ex primer ministro apartó el gran cigarro de la boca y le soltó al periodista: “el deporte… (pausa larga)… nunca lo practiqué”. La diversión organizada ha motivado reflexiones enaltecedoras (“Mente sana en cuerpo sano”, “lo importante no es ganar sino bla bla bla”) que casi siempre son aburridas por correctas: que gocen con ellas los seminaristas del gimnasio. Los que despreciamos sudar y encima con reglas y al lado de otra gente gozamos con las diatribas que otros le han dedicado a la actividad física, o con las frases inteligentes a secas, no necesariamente venenosas: “tengo dos problemas para jugar al fútbol” dijo Fontanarrosa, “uno es la pierna izquierda, el otro es la pierna derecha”. En fin, en la irreverente revista S.NOB, dirigida por Salvador Elizondo, Álvaro Mutis publicó esta columna que fusilamos. Nunca he sido muy devoto de Mutis, pero siempre aprecio piezas escritas con humor y buen estilo, sean de quien sean.


Miseria del deporte

Me preocupa el creciente interés del hombre por los espectáculos deportivos. Bien pronto derivaremos a la vida castrada y aséptica de los estadios, respiraremos bien pronto la atmósfera húmeda y densa de las sucias toallas de los atletas.

El deporte es una actividad humillada y miseranda. El deportista nada arriesga, cultiva sus músculos y adiestra sus reflejos para exhibirse ante una multitud enclenque, de ideas usadas y agrias.

El público hace del atleta su ídolo, le atribuye virtudes que quisiera poseer, y, detrás de la opulenta trabazón de músculos, supone atributos heroicos que no existen, aún más, que el atleta niega. Es éste un eunuco que la multitud cubre con deseos imposibles y antiguos, ya perdidos hace tiempo. De allí que el deporte, como la prostitución y el alcohol, se convierta en una pingüe industria en manos de mercaderes inescrupulosos. Mercaderes de atletas. A Grecia debemos esta vergüenza. Los obtusos atletas griegos inventaron el logos y los métodos de razonamiento que rigen hasta hoy y que han ahogado la preciosa fuente del misterio, el fluir natural y fértil del inconsciente que distingue a pueblos anteriores y contemporáneos al heleno. Después, en Roma, cuando quienes vigilaban la vasta frontera del imperio eran soldados de razas nuevas y sanguinarias, los romanos se extasiaban en el circo, clausurando un mundo. Mala época la de los atletas.

Cuando un hombre ha hecho de su cuerpo un instrumento seguro, armónico y potente, debe arriesgarlo a cada paso. Arriesgarlo para su placer, para su enaltecimiento individual, sin testigos ni intrusos. De allí el prestigio imponderable del Renacimiento. El hombre se hizo fornido y ágil con el fin de poder matar e impedir que lo mataran; preparaba su cuerpo para gozar de la vida en toda su densa corriente. Cuando el Condotiero buscó público y paga y, en lugar de matar a su enemigo, le permitió huir maltrecho, se convirtió en matón. Y cuando dos matones, al terminar la pelea, se abrazaron en medio de los vítores del público frenético, nacía de nuevo el deportista. El gran símbolo de nuestra época infame. En la guerra, las gentes respiran hoy embelesadas el aire podrido de los estadios y olvidan la hermosa y casta serenidad de los aeródromos, la gracia de medusa metálica de los submarinos, la gloria de la muerte, de la muerte porque sí.

No es una decadencia esta afición presente por el deporte. Es la señal de que ha llegado nuestra hora más miserable, una hora que ha sonado varias veces para el hombre, pero nunca con tan convincente llamado como ahora. El hombre del estadio, el “fanático” de los atletas, es capaz de todas las ruindades y miserias. Hace mucho tiempo que ya no es hombre. Ha escogido como fuente de su entusiasmo una ruin turba de pobres eunucos adiestrados. El hombre del estadio engrosó las filas de la Gestapo —el nazismo fue una doctrina de estadio—, trabaja para la MVD soviética, lanzó la atómica en Hiroshima, asoló Europa en nombre de la Libertad y, hoy, comercia aterrado en la ONU. Cada día se nos impone como doctrina una nueva miseria ideológica, fermentada bajo las plomizas escaleras de los estadios. La participación colectiva y frenética del ser en sistemas que encierran su destrucción sin gloria, su desleimiento en el ambiente tibio de los gimnasios, se extiende peligrosamente como una plaga.

La peor vergüenza que pesa hoy sobre el hombre es el no poder morir solo. Tener que llegar a su fin compartiendo propósitos e ideales, fraguados por los “mercaderes de atletas”: ellos determinan su muerte y, lo que es peor, la despojan de toda la serena belleza que la distinguió antaño. Los cruzados pudriéndose dentro de sus armaduras al sol del desierto poblado de leones; “El Valentino” desnudo, fija su negra mirada en el claro cielo de una madrugada aragonesa, destrozado su cuerpo por las lanzas de la emboscada; el granadero con la sangre de sus heridas congelada a orillas del Berezina; el piloto de la RAF abatido sobre la campiña bucólica y señorial de su patria, todos estos muertos felices, dueños y señores de su fin, gozaron de un privilegio que le será negado a sus hermanos de hoy.

Denuncio la vergüenza del deporte. Condeno la pantomima dopada de los estadios. Moriremos víctimas de las artimañas de los traficantes del estéril esfuerzo muscular. Nos matará un onanismo colectivo sin “la gloria de un largo deseo”. Dejaremos como herencia a nuestros hijos la habilidosa y ruin gracia de los futbolistas, el rictus congestionado de los routiers, la fea mueca que se pega al rostro de los corredores, la malicia de ghetto de los beisbolistas, la grasa afeminada que rodea la cintura de los nadadores, la falsa furia de los boxeadores, la triste agilidad de barriada de los jockeys. Lamentemos la ausencia luminosa de los guerreros ciegos de lanzas, quietas estatuas de sangre que perpetúan una muerte magnífica. Lloremos por nuestros hijos, nacidos bajo la sombra de los estadios, burdeles de gloria.


Lo fusilamos de: Revista S.NOB, n° 3, julio de 1962, pp. 22-23. Edición facsimilar de Editorial Aldus y Conaculta, México, 2004.

sábado, 1 de diciembre de 2007

Todo pasa pronto, de Juan David Correa




Todavía no me la creo. El autor de esta novela es un brillante editor que desde hace dos años trabaja en Arcadia, una revista de periodismo cultural que, con poquísimas excepciones, con cada número está más buena. También es un despierto y ameno comentarista de libros todos los domingos en el periódico El Espectador. Es pues un lector de oficio, lector y comentarista por igual de manuscritos y de libros publicados. Por eso todavía no puedo creer que con su propia novela haya hecho elecciones tan pomposamente desacertadas.

La historia pintaba bien: el divorcio de un matrimonio de clase media contado desde la perspectiva de uno de los hijos. Pero aquí, en la elección del narrador, estuvo el primer desacierto. Quizá la decisión más difícil para un escritor es encontrar a su narrador. Que puede ser cualquiera, o cualquier cosa —¿no es en una novela César Aira donde el narrador es un tumor cerebral? ¿En cuál es?—, pero una vez decidido debe sostenerse, ser creíble, verosímil. Y Pablo, el narrador de Todo pasa pronto, no es verosímil. Un niño de diez años no dice ni piensa de esta manera: “De un momento a otro todo se quedaba en silencio. Podían oírse el aleteo de los pájaros, el viento acariciando los pinos, el agua corriendo por el caño; durante un minuto podía escucharse el silencio del mundo hasta que alguien tosía, o una voz interrumpía mi momento preferido del día” (p. 85). Ese no es un niño de diez años. Y la decisión de incluir una paginita al final donde se nos dice que “Hoy es 1 de agosto de 2002 y hoy es también 13 de noviembre de 1982: el tiempo ha encontrado su orden” (p. 204) ya no sólo es desacertada, sino tramposa con el lector: durante 200 páginas se nos ha hecho creer que habla y piensa el niño en el momento en que suceden los acontecimientos. Y con esto no quiero decir que la leí hasta el final: lo siento mucho, pero esta novela se me cayó varias veces de las manos, a mí y a cuatro buenos lectores que conozco. Tuve que saltarme muchas páginas.

Alfaguara acostumbra poner en la contracubierta un comentario de la obra y extractos de su contenido, pero en esta hay dos comentarios de personas reconocidas en el medio literario: Marianne Ponsford, la directora de (ojo) Arcadia y Hugo Chaparro. Ella es también una lectora muy juiciosa, quizá haya visto en esta novela valores que no pude ver (no quiero creer que haya avalado esta obra sólo porque trabaja con el autor). De Hugo Chaparro no me sorprende el comentario elogioso: él es un tipo muy generoso y siempre tiende a ver el vaso medio lleno. ¿Por qué comentarios de lectores, y no citas del contenido? ¿No estaban muy seguros de la valía de esta novela?

Tantas preguntas... es que todavía no entiendo las razones que tuvieron la editorial y el autor para publicar esta obra. ¿Habrá presiones muy fuertes en el medio literario colombiano para que sus dolientes publiquen novelas? ¿Si uno no tiene una novela publicada no es nadie, o es menos? Bueno, yo no tengo una novela publicada y no pienso publicar una en los próximos años, y quizá por eso se me escaparon sutilezas, no pude apreciar aquí aspectos destacados diferentes al cuidado en la escritura y una que otra referencia divertida a la vida colombiana en los ochenta. Pero en últimas me aburrí como un hongo leyendo Todo pasa pronto. Me encantaría que alguien me contradijera, o me hiciera ver otros valores de esta obra.


Juan David Correa, Todo pasa pronto, Bogotá, Alfaguara, 2007, 206 páginas.