jueves, 26 de junio de 2008

Fusilado: Gustave Flaubert


Durante buena parte de su vida Flaubert estuvo interesado en componer una obra que acogiera algunas ideas preconcebidas y las organizara alfabéticamente, para que le ayudaran al lector a pasar por persona educada y fina únicamente repitiendo lo que se consideraba de buen ver en la época. Mejor dicho, un manual de lo políticamente correcto cuando faltaban más de cien años para que se inventara el término y los fastidios que provoca. En septiembre de 1850 le escribió a Luis Bouilhet: “Este libro, introducido por un buen prefacio donde se indicaría que el trabajo se preparó con el propósito de vincular al público con la tradición, con el orden, con la convención general, y dispuesto de tal manera que el lector no termine de saber si uno se burla de él, o no, sería quizás una obra extraña y capaz de tener éxito, ya que asumiría una completa actualidad”. En diciembre de 1852 vuelve a mencionar el asunto en una carta dirigida a su amiga Louise Colet: “He vuelto a rumiar una vieja idea, la de mi Dictionnaire des idées reçues […] habré de atacarlo todo. Será la glorificación histórica de todo lo que se aprueba […] En él se encontrará, entonces, por orden alfabético, sobre todos los temas posibles, todo lo que es necesario decir en sociedad para convertirse en una persona decente y amable”.

Comenzó y recomenzó la obra, la pulió y desechó partes, y al final quedaron algo así como cuarenta hojas que contenían unas cuantas definiciones y que fueron publicadas en 1911 por primera vez como apéndice de su novela Bouvard y Pecuchet. Seleccioné algunas; si pica la curiosidad se puede leer la obra completa en línea poniendo el título en Google.

Diccionario de lugares comunes



Academia Francesa. Denigrarla, pero tratar de ingresar a ella si se puede.
Actrices. La perdición de los hijos de buena familia. Son de una lubricidad pavorosa, se dedican a las orgías, derrochan millones, terminan en el hospital, ¡Perdón! ¡Hay algunas que son buenas madres de familia!
Aduana. Uno se debe rebelar contra ella y defraudarla.
Agricultura. Una de las tetas del Estado (el Estado pertenece al género masculino, pero no importa). Se la debería estimular. Falta de brazos.
Ahorros (caja de). Ocasión de robo para el servicio doméstico.
Ajedrez (juego de). Microcosmos de la táctica militar. Todos los grandes capitanes jugaban muy bien ajedrez. Demasiado serio como juego, demasiado frívolo como ciencia.
Alabastro. Sirve para describir las partes más hermosas del cuerpo de la mujer.
Algodón. Es útil especialmente para los oídos.
Almuerzo de solteros. Requiere ostras, vino blanco y cuentos verdes.
Anteojos. Insolentes y distinguidos.
Antigüedades. Siempre son de fabricación moderna.
Aquiles. Agregar “el de los pies ligeros”: eso permite hacer creer que uno ha leído a Homero.
Arrabales. Terribles en las revoluciones.
Artistas. Todos farsantes. Ponderar su desprendimiento (obsoleto). Asombrarse de que se vistan como todo el mundo (obsoleto). Ganan sumas fabulosas, pero las tiran por la ventana. Se los invita con frecuencia a cenar afuera. La mujer que es artista no puede resultar sino una ramera. Lo que hacen no se puede llamar trabajar.
Avestruz.- Digiere las piedras.

Bachillerato. Protestar en su contra.
Baile. Ya no se baila, se camina.
Besar.- Decir “abrazar”, es más decente. Dulce robo. El beso se deposita en la frente de una jovencita, en la mejilla de una mamá, en la mano de una muchacha hermosa, en el cuello de un niño, en los labios de una amante.
Buhardilla. ¡Qué bien se está ahí a los veinte años!

Café. Aguza el ingenio. No es bueno si no viene de El Havre. En una cena de gala se debe tomar de pie. Degustarlo sin azúcar, muy elegante, produce la impresión de que se ha vivido en Oriente.
Caligrafía. La buena caligrafía conduce a las mejores posiciones. Indescifrable: señal de sabiduría. Por ejemplo: las recetas de los médicos.
Campo. La gente del campo es mejor que la de las ciudades: hay que envidiar su suerte. Todo se permite en el campo: ropas humildes, bromas, etc.
Ciencia. Un poco de ciencia provoca el alejamiento de la religión y demasiada ciencia, el acercamiento a ella.
Clarinete. Tocarlo provoca la ceguera. Por ejemplo: todos los ciegos tocan el clarinete.
Concupiscencia. Palabra de sacerdote para expresar los deseos carnales.
Corán. Libro de Mahoma donde solamente se habla de las mujeres.
Crítico. Siempre eminente. Se supone que lo conoce todo, lo sabe todo, lo ha leído y visto todo. Cuando os disgusta, llamarlo Aristarco, o eunuco.
Curas. Habría que castrarlos a todos. Se acuestan con sus criadas y tienen hijos a los que llaman sobrinos. Es lo mismo: también hay curas buenos.
Chateaubriand. Conocido sobre todo por el beefsteak que lleva su nombre.

Dentadura postiza. Tercera dentición. Hay que tener cuidado de no tragársela al dormir.
Departamento de soltero. Siempre desordenado, con baratijas de mujer desperdigadas por todas partes. Olor a cigarrillos. Se deben encontrar en él cosas extraordinarias.
Diderot. Siempre seguido de D'Alembert.
Difunto. “Mi difunto padre”, y uno se quita el sombrero.

Emigrados. Se ganaban la vida dando lecciones de guitarra y preparando la ensalada.
Equitación. Buen ejercicio para adelgazar. Por ejemplo: todos los soldados de caballería son flacos. Buen ejercicio para engordar. Por ejemplo: todos los oficiales de caballería tienen vientres abultados. “Cabalga como un verdadero centauro”.
Erección. Sólo se menciona al hablar de los monumentos.

Fundamento. Todas las noticias carecen de él.

Gótico. Estilo arquitectónico más cercano a la religión que los demás.

Harén. Comparar siempre un gallo en medio de sus gallinas con un sultán en su harén. El sueño de todos los estudiantes secundarios.

Ilegible. Una receta médica debe serlo. Toda firma, ídem.- Ello indica que uno está abarrotado de correspondencia.
Institutrices. Siempre pertenecen a una excelente familia que ha sufrido desgracias. Peligrosas en los hogares, corrompen a los maridos.

Jansenismo. No se sabe qué es, pero resulta muy elegante hablar de él.

Latín. Lengua natural para el hombre. Arruina la escritura. Únicamente resulta útil para leer las inscripciones de las fuentes públicas. Desconfiar de las citas en latín: siempre ocultan algo inadecuado.
Laureles. Impiden dormir.

Madrugador. Serio, es prueba de moralidad. Si uno se acuesta a las cuatro de la mañana y se levanta a las ocho, resulta un perezoso, pero si uno se va a la cama a las nueve de la noche para levantarse al día siguiente a las cinco, resulta un hombre activo.
Maestro. Palabra italiana que significa pianista.
Matemáticas. Secan el corazón.

Padres. Siempre desagradables. Ocultarlos cuando no son ricos.
Párrafo. Cuanto más complicado, más hermoso.
Primo. Aconsejar a los maridos que desconfíen del primito.
Problema. Si se lo formula bien, ya está resuelto.

Racine. ¡Ah, bandido!
Riqueza. Reemplaza a cualquier cosa, incluso a la consideración.

Sirvientas. Más bonitas que sus patronas. Conocen todos sus secretos y las traicionan. Siempre seducidas por el hijo de la familia.
Solteros. Todos egoístas y libertinos. Habría que someterlos a impuestos. Se preparan una triste vejez.

Villorrio. Sustantivo conmovedor. Queda bien en poesía.


jueves, 19 de junio de 2008

Ella y otras mujeres, de Rubem Fonseca




Historias de conquistas y de polvos, de despedidas, de muertas y muertos –quizá más de las primeras que de los segundos, aunque no conté: en las novelas o colecciones de relatos no cuento nada salvo las páginas que me faltan para terminar cuando es muy bueno el libro, o cuando es muy malo–, matrimonios o parejas que se desbaratan, que se engañan, que buscan la manera de permanecer juntos: en estos pocos temas caben los 27 relatos de este libro. Como siempre, este autor toca las precisas cuerdas de nuestro morbo con humor amargo, buena prosa, con una moral deliciosamente torcida.

Fonseca nos pone a ver cosas de todos los días de otra manera: una cuarentona se tira a un peladito de trece, y mientras tanto le va quitando su tartamudez y lo aficiona a la lectura: ¿es una abusadora y debe ir a la cárcel?; la historia de un perturbado sexual obsesionado con su fimosis se convierte en el último párrafo en un cuento de hadas; el matón acaba de despachar a un paralítico y a su enfermera sin que se le caiga una pestaña, y se escandaliza cuando su novia, hermosa como ninguna, le pide que mate a su padre (el matón terminará despachándola a ella)…

Es que en este libro regresa un personaje muy querido por Fonseca desde los tiempos de El cobrador, el matón a sueldo. Quien le encarga los trabajos tiene un apodo a la vez anodino y aterrador: “el Despachante”. Y sólo un escritor con la solvencia del brasileño puede unir todas las historias del matón en un relato final, “Xania”, en el que el protagonista cierra las puertas que dejó abiertas en los otros relatos y despacha al Despachante. No mato el suspenso contando el desenlace: en estos relatos no importa tanto el final, la solución, como la exposición de un statu quo.

Y como en sus demás libros, todos ellos, las frases sabias, los aforismos regados por ahí en su prosa tan profundamente masculina: “¿A qué lugares van las mujeres feas? A la iglesia, por supuesto” (p. 86); “creo que cuando el dolor es muy grande el sufrimiento es silencioso” (p. 51); “Las definiciones simples son siempre las más correctas” (p. 38); “Todo marido canalla come huevos con tocino” (p. 53); “Los atavíos funcionan con las mujeres bonitas, las feas quedan aún más feas cuando se adornan” (p. 90)... Para destacar, la impecable traducción de Elkin Obregón, en un castellano que tiende hacia el colombiano. Qué bueno que se hicieran más traducciones en el país y nos evitáramos tanto “gilipollas” y “capullos” y demás chorradas españolas que nos toca leer.

Una de las cosas buenas de los libros de cuento es que uno puede espaciar la lectura, llevarlo en el bolso para que lo acompañe a uno en las esperas; puede leerse un cuento aquí ya y dejar en la mesa de noche el volumen hasta la próxima semana. Con este no pude: comencé y me lo despaché en la misma sentada. No me resisto a terminar con un relato cortito, justamente “Ella”, para quienes no estén del todo decididos con la reseña que cierro acá:

Ella

En la cama no se habla de filosofía.

Tomé su mano, la puse sobre mi corazón, dije, mi corazón es tuyo, después puse su mano sobre mi cabeza y dije, mis pensamientos son tuyos, las moléculas de mi cuerpo están impregnadas de las moléculas del tuyo.

Después puse su mano en mi verga, que estaba dura, dije, es tuya esta verga.

Ella no dijo nada, me chupó, después chupé su vagina, ella se montó sobre mí, tiramos, ella se puso de rodillas, el rostro en la almohada, la penetré por detrás, tiramos.

Me tendí en el lecho y ella dándome la espalda se sentó sobre mi pubis, introdujo mi verga en su vagina. Yo veía mi verga entrando y saliendo, veía su culo rosado, que después lamí. Tiramos, tiramos, tiramos. Gocé como un animal agonizando.

Ella dijo, te amo, vivamos juntos.

Pregunté, ¿no está bien así? Cada uno en su rincón, nos encontramos para ir al cine, pasear por el Jardín Botánico, comer ensalada con salmón, leernos poesías el uno al otro, ver películas, tirar. Despertar todos los días, todos los días, todos los días juntos en la misma cama es mortal.

Ella respondió que Nietzsche dijo que la misma palabra, amor, significa dos cosas diferentes para el hombre y para la mujer.

Para la mujer, amor expresa renuncia, dádiva. El hombre a su vez quiere poseer a la mujer, tomarla, a fin de enriquecerse y reforzar su poder de existir.

Respondí que Nietzsche era un chiflado.

Pero aquella conversación fue el comienzo del fin.

En la cama no se habla de filosofía.

No me pregunten cómo, pero diría que este relato es más bien un poema. Ahí queda.


Rubem Fonseca, Ella y otras mujeres, Bogotá, Norma, 2008, 198 páginas.

viernes, 13 de junio de 2008

Fusilado: José María Firpo


José María Firpo nació en Paysandú, Uruguay, y en su adolescencia se trasladó a Montevideo. Se graduó como maestro en 1938 y a eso se dedicó hasta su muerte, en agosto de 1970. Además de enseñar, tuvo la gracia de guardar las originales salidas de sus estudiantes, y con ellas compuso el libro ¡Qué porquería es el glóbulo!, publicado por Ediciones de la Flor en 1976. En sus propias palabras, “Leerá Ud. aquí lo que se oye, se escribe, se ve, o, en una palabra, se vive en la escuela. A este recopilador se le dio por el humor, y éste es el resultado. La selección es variada, como puede verse, pero es sólo una parte de lo que posee. Va sin decir que en muy contados casos recuerdo el nombre del autor de cada trozo”. Es variada y simpatiquísima, como se puede ver en la muestra a continuación. El libro se puede leer en línea.


¡Qué porquería es el glóbulo!


—Conozco un hombre que trabaja de desocupado.

—A veces yo tengo el ombligo limpio.

—Yo hago mucha fuerza todos los días en la escuela.

—La encía es la que asujeta los dientes, y los morales sirven para una cosa que es para triturar.

—Los dientes trituran los alimentos y los reducen a polvo.

—Si se me gasta el esmalte me queda el cemento, si se me gasta el cemento me queda el marfil, si se me gasta el marfil me queda la pulpa; si se me gasta la pulpa no me queda nada y después me llaman “la vieja”.

—Yo siempre que veo una estatua, está inmóvil.

—En la boca hay muchas cosas, por ejemplo la saliva.

—Todos los niños de esta escuela tienen ombligo, y el señor maestro también.

—Encima de mi cráneo hay una mosca.

—Ayer estuve pensando una hora seguida.

—A mi me pasaron cosas grandiosas. Cuando tenia dos años me caí adentro de un pozo y me mojé todo. Cuando tenia cuatro fui a ver qué había adentro de una olla y me tiré toda el agua caliente arriba del cuerpo y me llevaron al hospital. A los cinco años me corté con un cuchillo. Una vez me pelié con un grandote y me rompió un ojo a trompadas. Otra fui buscar hielo y al cruzar la calle un auto me pisó. Otra vez que le estaba sacando higos a un italiano que vivía al fondo de mi casa, se rompió la rama y me di un golpe. Yo tengo recuerdos bellos de mi niñez.

—Hay un niño de esta clase que dice que el ano es el culo.

—En el microscopio se ven los clóbulos del tamaño de una pelota de fóbal Nº 5.

—No conviene divertirse mucho porque el corazón empieza a andar mal.

—Ese día mi madre estaba un poco triste y al mostrarle el carnet de calificaciones se puso muy contenta. ¡Qué lástima que mi papá no pudo ver el carnet porque no vive con nosotros!

—¡Qué porquería es el glóbulo!

—Una vez se me infestó el glóbulo.

—Cuando se produce una herida, los microbios pelean con el microscopio.

—La sangre se sabe el recorrido de memoria y siempre va por los mismos lados.

—El corazón hay que tratarlo con mucho cariño.

—Para no complicarle la vida al corazón lo mejor es ir caminando y riéndose, pero no mucho.

—El pulmón es una cosa muy grande y peligrosa.

—El olor de agua podrida que sale del aljibe que hay en este salón me parece que nos va a hacer enfermar.

—Si usted respira por la boca, el aire entra frío y capaz que despierta los microbios.

—Las fuerzas nasales sirven para entibiar el aire.

—El caballo come césped y duerme parado. Siempre que veo un caballo, lo veo tirando de un carro.

—Esta bien que sea un caballo, pero no que le estén dando garrote todo el día.

—El caballo sirve para andar a caballo.

—El caracol es un animal muy molúculo que cuando lo tocan se achica y se mete en el carapach.

—El caracol es así: no corre, no salta, no tiene paz con los perros, pone huevos y se sube a las plantas y de ahí mira a donde puede ir.

—Maestro: Esta ves perdóneme la demora, pero me dormí yo. La madre.

—Maestro Firpo: Después de saludarlo paso a decirle que hoy faltó a la escuela porque me duele la cabeza y me siento medio jodido. Le mando esta carta por manos propias Su discípulo, Jesús

—Muy bien día maestro: José Pedro no va porque tiene un hojo inchado de un golpe que se dio. Lo saluda la madre y que le vaya bien por el mundo.

—Los indios se vestían con ropitas cortas hasta que los católicos les enseñaron a escribir.

—Yo, maestro, me acuerdo de la bebida que bebían los indios porque se llama igual que una prima mía, que es Chicha.

—Los indios nunca se lavaban la cara; por eso eran tan serios.

—El pulpo es un invertebrado con una cara muy desagradable. Tiene la cara de pocos amigos.

—La cabeza del pulpo es como la parte de arriba de la cabeza del maestro, que es pelado.

—La vaca es una gran cosa porque da leche y carne para el pueblo.

—La vaca da carne, leche y terneros. También nos da el cuero que sirve para taparnos de noche.

—La vaca come, come, come, come, come y come, y de noche mastica lo que comió de día.
—La vaca y el toro forman un matrimonio, pero nunca conversan, nada más que cuando tienen que hacer terneritos.

—Todo lo que hay en Montevideo está hecho de átomos.

—El átomo es una cosa como la bomba atómica; si cae acá, revienta y pobres de nosotros.

—Me gustaría ver una molécula, pero me parece que con el microscopio de la escuela no se ve nada, porqué está descompuesto.

—El maestro está compuesto de átomos, pero él tiene más que nosotros.

—Me parece que una bomba atómica es mas grande que el escritorio del señor Director.

—La vaca es un animal muy cuadrúpedo y tranquilo.

—La langosta es imbancable.

—En nuestro cuerpo hay como de aquí al escritorio de la señorita Directora, de intestinos.

—¡Qué hermosa es la digestión!

—Cuando se enllena el estómago se cierra el cardigan y no deja subir la comida, pero menos mal que se abre el píloro.

—Yo tengo una vecina que tiene mucha necesidad.

—Yo tengo un tío que siempre dice que se casó por culpa de la luna, y ahora la tengo que aguantar a ésa.

—Si no fuera por el sol no habría sombra para descansar cuando hace calor.

—La vista es una cosa que se tiene que ciudar mucho que no se enganche en algún lado y la pierda.

—González es una señorita macanuda.

—¡Qué memoria tiene ese ratón que siempre va derecho al agujero!

—Adentro del ojo hay unas cuantas cosas que trabajan y se llaman iris, pupilo y cristalino. La vista sirve para ver y una cuantas cosas más.

—Tengo que cuidarme bien los ojos como si fueran un tesoro, porque si a mi me llegan a sacar uno, después la gente me llama “el tuerto Esteban”.

—A veces el maestro dice hace siete minutos que estoy esperando que se callen.

—Encima mío está mi pelo.

—La digestión causa muchas enfermedades.

—En mi casa todos tenemos estómago porqué es muy útil.

—Después de comer vamos al guatercló porque la diges­tión dice ya terminó y el cuerpo dice con esto alcanza y no quiero lo demás.

—La palabra "alhaja” se debe pronunciar suave.

—El hijo de la vaca es ancho.

—Yo quiero tener un adminículo.

—A él le gusta la música clásica que es esa que demora en terminar, y también le gusta Anibal Troilo.

—El maestro es útil, es ágil, es bueno, es más grande que nosotros pero enseña; tiene el cuerpo corpulento.

—Colón era de Genoveva.

—Colón fue el mejor hombre que hubo en esa época.

—La corriente eléctrica da muy fuertes patadas.

—La radio que hay en casa la estamos apagando por mensualidades.

—Hay mucha gente que muere de electricidad.

—La electricidad es la base de la educación.

—La gallina escarba la tierra como si fuera un chancho y come, indiscutiblemente, gusanitos, granitos, etc.

—La gallina es muy útil por si hay algún enfermo que no puede comer carne de vaca y el doctor lo manda comer carne de gallina, y entonces, si no tuviera gallinas tendría que comprar una y hoy en día una gallina cuesta carisma por la gran crisis que hay. Yo no sé por qué mi mamá no se pone a criar gallinas.

—En primavera las plantas crecen vigorosas porque pueden absorber aire perfumado y tibio que anda libre por ahí.

—Cuando viene la primavera a mí me entra como una musiquita.

—Con sus afiliadas uñas hace tajos importantes.

—El gusano de seda es un bicho muy feo y muy difícil de dibujar, y su capullo tiene como un quilómetro de largo.

—Comen con mucha voracidez.

—Los gusanos pueden medir 1O, 9, 8, 7, 6, 5, 4, 3, 2 o 1 centímetros, según.

—La bataya de Sarandi fue una de las más sangrientas y hermosas del universo.


Lo fusilamos de: José María Firpo, ¡Qué porquería es el glóbulo!, Buenos Aires, Ediciones de la Flor, 1976, 162 páginas.

martes, 10 de junio de 2008

Olor a rosas invisibles, de Laura Restrepo



Entre las novedades nacionales de la pasada Feria del Libro de Bogotá me llamaron la atención dos por cuidadas, por bonitas: Olor a rosas invisibles, que leí ayer, y la Poesía reunida de Mutis, que he ido conociendo durante estos días, ambas de Alfaguara. A las dos les metieron detalles coquetos que no pesan mucho en el costo final de los libros, y todos contentos: la editorial se saca una platica buena y uno se va con un par de objetos agradables para manosear y leer que luego si quiere puede regalar.

De Laura Restrepo había leído 60 páginas de Delirio, que no suspendí por aburrido o porque no me gustara: el libro no era mío, se lo llevó la visita que pasó una noche en mi casa y luego se me fue aplazando su culminación (de la lectura, no de la visita). Ya vendrá. Olor a rosas invisibles es un cuento largo, creo que ni alcanza la clasificación de nouvelle que le dan en el catálogo o en alguna nota de prensa que leí. Sin mayores sobresaltos estilísticos ni complejidades inútiles relata la historia de dos personas de edad que tuvieron un romance alebrestado en la juventud y se reencuentran en la vejez para pasar una semana retirados del mundo. Él está casado, ella ha enviudado hace poco. La historia la cuenta un amigo de él desde los tiempos de juventud, una amistad que no se alteró con los años, durante los cuales el protagonista, Luicé, se fue volviendo más rico y el narrador cada vez más pobre.

La prosa es efectiva, económica: uno alcanza a comprender las razones de ese hombre de bien para salir corriendo a una aventura de una semana lejos de su esposa de toda la vida, de sus hijos y nietos: no es para recuperar los años perdidos, es más bien para entrar a la vejez de manera más sosegada, con las deudas pagadas: “durante todos estos meses escuchar a Eloísa se le había convertido a Luicé en un bálsamo contra los peculiares atropellos que a un hombre de su condición le impone el ingreso en la vejez: el cambio del tenis por el golf, el abandono forzado del cigarrillo, los orificios de más en el cinturón, las dioptrías adicionales en los lentes” (p. 27).

Casi que todo el libro, enfocado en el personaje Luicé, prepara para el encuentro durante una semana en Miami de la pareja otoñal, y el encuentro apenas toma unas cuatro páginas. La autora quiere llamar la atención no tanto en la consumación o en el regreso del deseo, sino en todo lo que trae uno cuando entra a la vejez, en todo lo que pasa por la cabeza y por ese cuerpo que se reblandece. Y lo hace a ritmo de viejo, despacio, paladeado. Claro, no sin conflicto: el señor de un día para otro se torna furibundo con sus secretarias, todos piensan que se ha vuelto intolerante con los años, pero “lo que lo lastimaba de ellas era su extrema juventud, esa lozanía fragante de manzana verde que le ponía de presente su propio tránsito hacia la condición de ciruela pasa” (p. 38).

Un cuento bello empaquetado con gusto, en su cajita y con pasta dura, con la delicada pintura de Brian Nissen en la cubierta, en papel fino y tipografía bien pensada, que se lee en una horita y se guarda en la estantería, o se regala. Con cualquiera de las anteriores se queda bien.


Laura Restrepo, Olor a rosas invisibles, Bogotá, Alfaguara, 2008, 72 páginas.

martes, 3 de junio de 2008

Fusilado: Stephen King




Este tipo sabe contar una historia: domina la técnica de armar una escena y encadenarla con otras de manera sólida para mantener al lector pegado a la página. Ha depurado el arte de crear personajes creíbles, sólidos, complejos. Sabe lidiar con el suspenso y pasarlo a las palabras. Es que, entre otras curiosidades, empezó pronto: cuando tenía cerca de diez años su hermano rehabilitó una imprenta precaria y antigua en el sótano de su casa, y comenzó a editar un periódico con noticias del barrio y la escuela. Su hermanito Stephen, el que después vendería más de 300 millones de ejemplares de sus libros, se convirtió en su colaborador más pertinaz, y cuando escribía prácticamente todo el periódico éste agotaba la edición. En esa prensa y hacia los doce creó su primer bestseller: adaptó una película serie B en forma de cuento, imprimió una docena y las vendió en un solo día en su colegio. Eso se llama de dos maneras: predestinación o empeño.

Además parece que la pasa bien: desde comienzos de los noventa hace parte de los Rock Bottom Remainders, una curiosa banda de rock en la que todos sus integrantes son escritores (¿eran? No sé si todavía toquen): Dave Berry en la guitarra solista, Ridley Pearson en el bajo, Barbara Kingsolver en los teclados, Robert Fulgham en la mandolina y King en la guitarra rítmica. También había tres coristas femeninas: Kathy Kamen Goldmark, Tad Bartimus y Ami Tan.

Justo con esta experiencia musical comienza Mientras escribo, una suerte de memoria y lecciones sobre cómo hace lo que hace este escritor subestimado por los críticos pero adorado por los lectores. O por los compradores, como se quiera ver. Está bien, quizá no sea Joseph Conrad, pero sus novelas son entretenidísimas –al menos puedo asegurarlo por el par que leí hace años–. La primera parte es un recorrido por su infancia, juventud y primera madurez, y como todas las memorias es algo autocomplaciente, aunque está bien contada. La verdadera pepita de este libro está en la segunda parte, “Escribir”, donde cuenta la historia de sus novelas, derrama algunos consejos y hasta pone ejemplos de cómo actuaría como escritor en casos concretos tomados de otras obras y en casos que inventa como ejercicios para el lector aspirante a escritor. A continuación una selección de citas tomadas de acá y de allá. A mí me encantó este libro, y creo que puede servirle mucho a quienes se forman como escritores.


Mientras escribo

Nunca te preguntan por el lenguaje. A un DeLillo, un Updike, un Styron, sí, pero no a los novelistas de gran público. Lástima, porque en la plebe también nos interesa el idioma, aunque sea de una manera más humilde, y sentimos auténtica pasión por el arte y el oficio de contar historias mediante la letra impresa.

He supuesto que a menos páginas, menos paja.

Un aviso para caminantes que no figura en el libro, al menos en formulación directa: "El corrector siempre tiene razón". Se colige que los escritores nunca siguen todos los consejos del corrector o correctora, porque todos han pecado y no alcanzan la perfección editorial. En otras palabras: escribir es humano y corregir divino.

Yo no creo que el escritor se haga, ni por circunstancias ni por voluntad (antes sí lo creía). Es un accesorio que viene de fábrica, y que, dicho sea de paso, no tiene nada de excepcional.

Eula-Beulah [una de las decenas de niñeras que tuvo en su niñez] era propensa a los pedos, en su variedad sonora y olorosa. En ocasiones, avecinándose uno, me tiraba en el sofá, me ponía el culo en la cara (con falda de lana interpuesta) y disparaba, gritando eufórica: “¡Bum!”. Era como quedar sepultado por fuegos artificiales a base de metano. Recuerdo la oscuridad, la sensación de asfixia y las risas; porque, sin dejar de ser horrible, la experiencia tenía su lado divertido. Puede decirse que Eula-Beulah me fogueó para la crítica literaria. Después de haber tenido encima a una niñera de noventa kilos tirándote pedos en la cara y gritando “¡Bum!”, el Village Voice da muy poco miedo.

Si no hay objeción, me gustaría aclarar algo lo antes posible. No hay ningún Depósito de Ideas, Central de Relatos o Isla de los Best-sellers Enterrados. Parece que las buenas ideas narrativas surgen de la nada, planeando hasta aterrizar en la cabeza del escritor: de repente se juntan dos ideas que no habían tenido ningún contacto y procrean algo nuevo. El trabajo del narrador no es encontrarlas, sino reconocerlas cuando aparecen.

Al recibir la nota de rechazo del AHMM, clavé un clavo en la pared de encima del Webcor, escribí “Happy Stamps” [título del relato que le habían rechazado en AHMM] en la nota y la enganché en el clavo [...] Cuando tuve catorce años (y me afeitaba dos veces por semana, hiciera o no falta), el clavo de mi pared ya no aguantaba el peso de todas las notas de devolución que había ido acumulando. Lo sustituí por uno más largo y seguí escribiendo.

A mí que no me vinieran con ñoñerías, mensajes optimistas y Blancanieves y los siete enanitos. A los trece años quería monstruos que devoraran ciudades, cadáveres radiactivos salidos del mar comiéndose a los surfistas y chicas de aspecto barriobajero y sujetador negro.

He pasado muchos años (creo que demasiados) avergonzándome de lo que escribía. Me parece que hasta los cuarenta no entendí que casi todos los escritores de novelas, cuentos o poesía de quienes se ha publicado siquiera una línea han sufrido alguna u otra acusación de estar derrochando el talento que les ha regalado.

—Escribir una historia es contársela uno mismo —dijo él [Gould, su primer editor en un semanario deportivo]—. Cuando reescribes, lo principal es quitar todo lo que no sea la historia.

El día en que presenté mis primeros dos artículos, Gould dijo otra cosa interesante: que hay que escribir con la puerta cerrada y reescribir con la puerta abierta. Dicho de otra manera: al principio sólo escribes para ti, pero después sale afuera. Cuando ya tienes clara la historia y la has contado bien (al menos dentro de tus posibilidades), pertenece a cualquier persona que quiera leerla.



Tabby [su esposa desde la universidad], como feminista, nunca había tenido mucha afición por el catolicismo, una religión donde los hombres hacen las leyes (incluida la directriz emanada de Dios de meterla sin condón) y las mujeres lavan la ropa interior.

Nuestro matrimonio ha durado más que todos los dirigentes mundiales a excepción de Castro, y si seguimos hablando, discutiendo, haciendo el amor y bailando con los Ramones, lo más probable es que siga funcionando.


Todos los aspirantes a escritores que conocí en la universidad estaban convencidos de que sólo se escribía bien de manera espontánea, en un estado de arrebato que era un pecado desaprovechar. El constructor de la “escalera a las estrellas” soñada no podía limitarse a andar por el suelo con un martillo. Quizá el arte poética de 1969 nunca se haya expresado mejor que en una letra de Donovan: “Primero hay una montaña/ Luego no hay ninguna montaña/ Luego sí”.

Me veía treinta años más viejo, llevando los mismos abrigos gastados y con coderas, y con tripa de bebedor de cerveza encima de los pantalones. Tendría tos de fumador por exceso de Pall Malls, las gafas más gruesas, más caspa, y en el cajón del escritorio seis o siete originales inacabados que muy de vez en cuando, casi siempre borracho, desempolvaría y retocaría un poco.

[mientras escribía Carrie:] Aprendí dos cosas: primero, que la impresión inicial del autor sobre el personaje o personajes puede ser tan errónea como la del lector. Segundo (pero no en importancia), darse cuenta de que es mala idea dejar algo a medias sólo porque presente dificultades emocionales o imaginativas. A veces hay que seguir aunque no haya ganas. A veces se tiene la sensación de estar acumulando mierda.

tengo una jaqueca digna de toda una dentadura infectada.

Durante mis cinco últimos años de bebedor, siempre remataba las noches con el mismo ritual: vaciar en el fregadero las cervezas que quedaran en la nevera. Si no, al acostarme las oía hablar y no tenía más remedio que acabar levantándome y coger otra. Y otra. Y otra.

A veces lo callejero acaba en el diccionario, pero sólo cuando está bien muerto.

Poner al vocabulario de tiros largos, buscando palabras complicadas por vergüenza de usar las normales, es de lo peor que se le puede hacer al estilo. Es como ponerle un vestido de noche a un animal doméstico.

la primera regla del vocabulario es usar la primera palabra que se te haya ocurrido siempre y cuando sea adecuada y dé vida a la frase.

Soy de la opinión de que los defectos de estilo suelen tener sus raíces en el miedo, un miedo que puede ser escaso si sólo se escribe por gusto (recuérdese que he hablado de timidez), pero que amenaza con intensificarse en cuanto aparece un plazo de entrega

A menudo, escribir bien significa prescindir del miedo y la afectación.

El lenguaje no está obligado a llevar permanentemente corbata y zapatos de cordones. El objetivo de la narrativa no es la corrección gramatical, sino poner cómodo al lector, contar una historia... y, dentro de lo posible, hacerle olvidar que está leyendo una historia.

Escribir es seducir. La seducción tiene mucho que ver con hablar con gracia. Si no, ¿por qué hay tantas parejas que empiezan cenando juntas y acaban en la cama?

Yo soy del parecer de que la unidad básica de la escritura es el párrafo, no la frase. Es de donde arranca la coherencia, y donde las palabras tienen la oportunidad de ser algo más que meras palabras.

si no tienes ganas de trabajar como una mula será inútil que intentes escribir bien. Confórmate con tu medianía y da gracias de tenerla por cojín.

y a menudo los libros malos contienen más lecciones que los buenos… Leyendo prosa mala es como se aprende de manera más clara a evitar ciertas cosas. Por otro lado, la buena literatura enseña al aprendiz cuestiones de estilo, agilidad narrativa, estructura argumental, elaboración de personajes verosímiles y sinceridad creativa.

Leer es el centro creativo de la vida de escritor. Yo nunca salgo sin un libro, y encuentro toda clase de oportunidades para enfrascarme en él.

La gente bien considera de mala educación leer en la mesa, pero si aspiras a tener éxito como escritor deberías poner los modales en el penúltimo escalón de prioridades. El último debería ocuparlo la gente bien y sus expectativas.

La verdadera importancia de leer es que genera confianza e intimidad con el proceso de la escritura. Se entra en el país de los escritores con los papeles en regla. La lectura constante te lleva a un lugar (o estado mental, si lo prefieres) donde se puede escribir con entusiasmo y sin complejos. También te permite ir descubriendo qué está hecho y qué por hacer, y te enseña a distinguir entre lo trillado y lo fresco, lo que funciona y lo que sólo ocupa espacio.

El espacio puede ser modesto (hasta es posible que deba serlo, como ya creo haber insinuado), y en realidad sólo requiere una cosa: una puerta que estés dispuesto a cerrar. La puerta cerrada es una manera de decirles a los demás y a ti mismo que vas en serio. Te has comprometido con la literatura y tienes la intención de no quedarte en simples promesas.

Pero son necesarias la habitación y la puerta, y es necesaria la decisión de cerrarla. También necesitas un objetivo concreto. Cuanto más dure tu adhesión a estos requisitos básicos, más fácil irá haciéndosete el acto de escribir.

Escribe lo que quieras, infúndele vida y singularízalo vertiendo tu experiencia personal de la vida, la amistad, las relaciones humanas, el sexo y el trabajo. Sobre todo el trabajo. A la gente le encanta leer sobre el trabajo; no sé por qué, pero es así. Si eres fontanero y te gusta la ciencia ficción, plantéate escribir una novela sobre un fontanero en una nave espacial o en otro planeta.

Hay que recordar que no es lo mismo dar sermones sobre lo que se sabe que usarlo para enriquecer una narración. Lo segundo es bueno. Lo primero no.

A mi modo de ver, todos los relatos y novelas constan de tres partes: la narración, que hace que se mueva la historia de A a B y por último hasta Z, la descripción, que genera una realidad sensorial para el lector, y el diálogo, que da vida a los personajes a través de sus voces.

La descripción convierte al lector en partícipe sensorial de la historia. A describir se aprende, que es una de las razones principales de que sólo puedas hacerlo bien si lees y escribes mucho. Resulta que no es cuestión sólo de cómo, sino de cuánto. La respuesta al
cuánto te la dará la lectura, y la del cómo, páginas y páginas de escritura. Sólo
aprenderás practicando.

El primer paso de la descripción es la visualización de lo que quieres hacer vivir al lector, y el último, trasladar a la página lo que ves en tu cabeza. Fácil, lo que se dice fácil, no es.

A mí, la literatura que describe exhaustivamente las características físicas y la indumentaria de los personajes me deja bastante frío. (Me irrita especialmente el inventario de guardarropía. Si tengo ganas de leer descripciones de prendas ya pediré un catálogo.)

La descripción arranca en la imaginación del escritor, pero debería acabar en la del lector.

Para que el lector se sienta dentro de la historia, concedo más importancia al escenario y el ambiente que a la descripción de personajes.

Una de las reglas cardinales de la buena narrativa es no contar nada que no se pueda mostrar.

Sí, pensando en la Legión de la Decencia, pones «¡caray!» en vez de «¡joder!», infringes el contrato tácito que hay entre el lector y el escritor: la promesa de que expresarás verazmente los actos y palabras de tus semejantes por el canal de una historia inventada.

lo importante no es que el diálogo de tu relato sea culto o vulgar, sino cómo suene en la página y al oído. Si pretendes que parezca real, habla tú. Y más importante todavía:
quédate callado y escucha a los demás.

Considero que las historias siempre acaban hablando de gente, más que de acontecimientos. Es otra manera de decir que el motor son los personajes.

en la vida real no hay nadie que sea “el malo”, “el amigo del alma” o “la puta con corazón de oro”. En la vida real nos vemos todos como protagonistas, el no va más. Siempre nos enfoca la cámara a nosotros. Si eres capaz de trasladar esta actitud a la narrativa, es posible que no te resulte fácil crear personajes brillantes, pero caerás menos en la trampa de crear monigotes unidimensionales como los que pueblan mucha narrativa popular.

cuando veo más oportunidades de embellecer y adornar es después de haber cumplido con mis deberes básicos de narrador.

Cuando se sufre un atasco imaginativo, el aburrimiento puede ser muy aconsejable. Mis paseos consistían en aburrirme y reflexionar sobre mi gigantesco despilfarro de páginas.

Ahora hablaremos de las revisiones. ¿Cuántas? ¿Cuántas versiones? En mi caso, la respuesta siempre ha sido dos versiones y una última mano. (Desde que existen los procesadores de textos, pulir se parece mucho a escribir la tercera versión.)

Escribir narrativa, sobre todo larga, puede ser un trabajo difícil y solitario. Es como cruzar el Atlántico en bañera. Surgen muchas oportunidades de dudar de uno mismo. Si escribo con rapidez, desgranando la historia tal como acude a mi mente y retrocediendo lo justo para verificar los nombres de los personajes y las partes relevantes de sus antecedentes, consigo dos cosas: ser fiel al entusiasmo inicial y superar la duda que siempre está al
acecho.

En la primera revisión me hago la gran pregunta, la mayor de todas: ¿es coherente la historia? Y si lo es, ¿cómo convertir lo coherente en música? ¿Qué elementos recurrentes hay? ¿Se enlazan formando un tema? Me pregunto, en resumen, de qué va el libro, y qué puedo hacer para que queden todavía más claras las preocupaciones de fondo. Mi máxima meta es la “resonancia”, algo que perdure un poco en la mente (y el corazón) del lector después de haber cerrado el libro y haberlo colocado en la estantería.

Cuando llega el libro a la imprenta, lo he repasado como mínimo una docena de veces, me sé de memoria párrafos enteros y me muero de ganas de quitarme el tocho de encima.

Lo fusilamos de: Stephen King, Mientras escribo, Barcelona, Plaza y Janés, 2001. Traducción de Jofre Homedes Beutnagel.