miércoles, 25 de marzo de 2009

Fusilado: Javier Naranjo




En realidad el fusilado no es Javier Naranjo: son los niños a quienes él les pidió definiciones de algunas palabras durante su trabajo como maestro, como coordinador de talleres de estimulación poética o como promotor de lectura con niños y jóvenes, actividad que viene realizando desde hace muchísimos años principalmente en el oriente antioqueño. (Ahora Naranjo trabaja en el departamento de Fomento a la Lectura de Comfenalco Antioquia, institución a la que hay que reconocerle el interés que siempre ha prestado a la lectura y su difusión.) Casa de las estrellas, el libro que acaba de publicar Aguilar y de donde tomamos las siguientes definiciones, conoce otras dos ediciones, una primera de la Editorial Universidad de Antioquia y otra, con una carátula que se me hace más bonita que ésta, en otro sello de la casa Santillana, Alfaguara. Esta edición agrega muchas definiciones más y cambia el diseño de las páginas para darles un talante más juguetón e infantil. Pero el acierto no está en el diseño o en la amplitud de la compilación: sin duda está en la frescura y en la desaprensión de los niños para acercarse a las palabras, para jugar con ellas. Como nos pide que lo hagamos el compilador en la presentación: “Este trabajo surgió como un juego y quiere entregarse como juego. En diversos momentos y a lo largo de varios años, invité a niños de primaria a dar el significado de algunas palabras, a que su propia mirada lo revelara...”. Naranjo sólo hizo la selección y pulió la ortografía y algo de puntación. El resto lo hicieron los niños.

Ya antes habíamos fusilado acá una selección que puede emparentarse con la presente, a cargo del profesor uruguayo
José María Firpo. Casa de las estrellas tiene su propia, inmensa gracia, y acaba de publicarse. Es imperdible.


Adulto:
-Niño que ha crecido mucho (Camilo Aramburo, 8 años).

Amor:
-No sé qué es eso (Juan Camilo Hurtado, 4 años).
-Dar un besito a la mamá y a la novia. ¿Sabe quién es mi novia? Mi mamá (Sebastián Santodomingo, 5 años).
-Conseguir una novia por acá y otra por allá y quiero que mi mamá se enflaquezca porque está muy gorda (Orlando Vásquez, 6 años).

Ángel:
-Un señor de la guarda (Juan Guillermo Henao, 8 años).

Anciano:
-Un humano común y corriente, pero con años (Jonathan Ciro, 10 años).
-Es uno que está pobre (Juan Felipe Arias, 7 años).

Blanco:
-El blanco es un color que no pinta (Jonathan de Jesús Ramírez, 11 años).

Colegio:
-Casa llena de mesas y sillas aburridas (Simón Peláez, 11 años).

Colombia:
-Es un partido de fútbol (Diego Alejandro Giraldo, 8 años).

Cuerpo:
-Los cueros y los huesos (Gladys Velásquez, 9 años).
-Caminar, sufrir y mojar las matas (John Fredy Agudelo, 6 años).
-Yo (Mateo Ceballos, 10 años).
-Salud y cuero (Ángela Patricia Betancur, 9 años).

Dinero:
-Es el fruto del trabajo, pero hay casos especiales (Pepino Nates, 11 años).

Dios:
-Es una persona que nos maneja con control remoto como si fuéramos sus esclavos (Juan Esteban Ramírez, 9 años).
-Es el amor con pelo largo y poderes (Ana Milena Hurtado, 9 años).

Envidia:
-La envidia es cuando un niño come (Natalia Escobar, 8 años).

Espíritu:
-Es Dios, es una cosa grande y redonda de oro. ¿Cuánto valdrá eso? (José Pablo Betancur, 4 años).
-Es el que ejerzo todos los días (Simón Peláez, 11 años).

Eternidad:
-Es una parte muy aburrida (Nelson Fernando Londoño, 9 años).
-Es esperar a una persona (Weimar Grisales, 9 años).

Lenguaje:
-El lenguaje es cuaderno (Katherine Ramírez, 7 años).
-Cosa que sale de la boca (Tatiana Ramírez, 7 años).

Loco:
-Persona sentimental (Héctor Alonso Arcila, 12 años).
-Es como si la mente se le saliera de serie (Estephanie Montoya, 9 años).

Madre:
-Mi mamá me cuida mucho, me quiere mucho, me da la comida cuando yo no quiero (Camilo Gómez, 7 años).
-Es como una bicicleta, cuando se desocupa juega con el perro (John Fredy Agudelo, 6 años).

Maestro:
-Es una persona que no se cansa de copiar (María José García, 8 años).

Miedo:
-Ver el diablo y que me molesten los grandes (Santiago Uribe, 6 años).
-Es que mi mamá maneja un carro y unos señores de la cañería no pueden comer y le rompen el vidrio del carro y la matan y matan a mi papá y vivo solo (Orlando Vásquez, 6 años).

Misterio:
-Cuando mi mamá se fue y no me dijo adonde (Gloria María Hidalgo, 10 años).

Muerto:
-Se humano inservible (David Casadiego, 10 años).

Mundo:
-Maravillas (David Piedrahíta, 11 años).

Negocio:
-Juntar las bolas con otro (Alejandro Tobón, 7 años).

Niño:
-Es juguetes de hombres (Carolina Álvarez, 7 años).
-Con huesos, con ojos y juegan (Luis Felipe Agudelo, 5 años).
-Humano en tamaño pequeño (Alejandro López, 9 años).

Novio:
-Cosa con la que se hace el amor (Andrés Correa, 11 años).
-Rango más bajo de matrimonio (Ricardo Mejía, 10 años).

Odio:
-Es la virtud más mala que tiene el ser humano (José Alejandro Zapata, 12 años).

Pensar:
-Es quedarse quieto (Yamile Amparo Castaño, 8 años).

Pereza:
-Sueño que le da a los cristianos (Luis Fernando Ocampo, 10 años).

Poesía:
-Es algo aburridor y sólo lo aprenden los poetas (Olmedo Herrera, 10 años).
-Hay veces que uno no tiene nada que hacer y se pone a escribir poesías (Blanca Yuli Henao, 10 años).

Poeta:
-Alguien que ha descubierto algo en el mundo (Nelson Fernando Londoño, 9 años).

Político:
-Es una persona que nos acaba o ayuda, depende de su situación económica (Pastor Ernesto Castaño, 11 años).

Sexo:
-El sexo es increíble (Rafael David Jurado, 8 años).
-Es una persona que se besa encima de la otra (Luisa Fernanda Pates, 8 años).

Sol:
-El que seca la ropa (Diego Alejandro Giraldo, 8 años).

Soledad:
-La pared (Elizabeth Parra, 8 años).
-Para mí es cuando uno piensa en la vida (Wilson Ferney Rivera, 8 años).

Sueño:
-Con mi mamá mucho (Weimar Román, 7 años).

Universo:
-Un universo es un concurso para las reinas (Walter de Jesús Arias, 10 años).

Vida:
-Un corazón que tengo aquí adentro (Paulina Uribe, 10 años).


Lo fusilamos de: Javier Naranjo (selección), Casa de las estrellas. El universo contado por los niños, Bogotá, Aguilar, 2009.

martes, 17 de marzo de 2009

Un beso de Dick, de Fernando Molano


En este extenso monólogo Felipe relata su encuentro con el amor y la sexualidad. Él es un muchacho común y corriente de 16 años: juega fútbol y habla de los partidos con pasión, a ratos le va mal en el colegio y a ratos le va bien, va a fiestas, se toma los primeros tragos con los amigos y con el papá. Presenta este monólogo una arquitectura inteligente: a la vez que se va desarrollando su relación amorosa, y como para no cansar, va intercalando los diferentes momentos del día a día típico de un adolescente: en el capítulo 2 una escena en las duchas después de un partido; en el 3 un baile típico de pelados; en el 4 un partido de fútbol. Y por allí, chicas y chicos que preguntan si le gusto o si aquél tiene novia, el prefecto de disciplina que obliga a cortarse el pelo, la cartica, el encargo, la discusión en clase, la exposición, la pelea.

Justamente una pelea entre Felipe y su amigo Leonardo, que ocurre antes de que comience el monólogo y que conocemos por referencias de algunos personajes, es la que desencadena el leitmotiv de la novela: la pasión que nace entre estos dos muchachos, que parece irrefrenable. Y que está llena de poesía, porque en un párrafo como éste habita la poesía: “Sentados en las gradas de la pista (porque hemos venido a besarnos; ahora el colegio está vacío, y ya es de noche pero no hace frío) yo quisiera decirle a mi amigo que lo amo. O algo así. Pero a mí sólo me salen besos” (p. 93). Irrefrenable porque en una frase como ésta encuentro una preciosa declaración de amor que hubiera querido que se me ocurriera a mí: “Sólo las cosas que él habla pueden ser más bellas que él” (p. 91). Y hasta sabiduría encuentro en una frase tan simple y bella como ésta: “habíamos marcado goles: nos sentíamos más hermosos” (p. 28).

Felipe es al tiempo trascendental y ligero, grave y burlón. Y nos lleva de la risa a la lágrima con una habilidad pasmosa, siempre sin perder la candidez del muchacho –varón– de 16. Mientras ve un partido de fútbol está pensando: “aunque... ‘aquí tenemos’, como dice el profesor de geografía, a John Jairo Galán: uno de los culos más importantes del colegio, una de las más bellas expresiones del género, como diría la de literatura, pero nunca tan delicioso como Leonardo, digo yo mirándolo. Me tomo otro sorbo de gaseosa y pienso, porque no me dejan ver, que si ahora se me apareciera enfrente el Espíritu Santo le diría que se corriera un poco para poder ver a Leonardo [...] ¿Cuándo, Leonardo?, me digo; y mi gaseosa se acaba” (pp. 23-24). Inescapable llega la sonrisa cuando leemos: “Querido diario, dos puntos, ¡Leonardo me ha dado un beso!... El problema es que no tengo diario. Pero, al menos, habrá que hacer una equis en mi calendario... Mejor una equis: los diarios son una mariconada” (p. 48). Y el dolor, la pesadumbre, nos llegan cuando sabemos que el autor murió temprano, a los 36, y en esta novela, escrita siete u ocho años antes de su despedida final, ha dejado escritas estas líneas premonitorias: “¿Cómo será cuando me muera?... ¿Será que si me muero veo otra vez a Hugo? Si lo veo le hablo, y le pregunto si se acuerda de mí. Y lo abrazo [...] Dios debería matarlo a uno con dos o tres amigos para no irse uno tan solo” (p. 110). Incluso le duele a uno esta palmaria obviedad: “Lo malo de morirse es que uno ya no va a estar vivo” (p. 111).

A pesar de que la atraviesa el día a día tan bien pintado de un adolescente corriente, esta novela está concentrada con terquedad en el amor de Felipe y Leonardo. Se pregunta uno: y si estuviera enfocada con la misma intensidad en un cataclismo de amor semejante, pero heterosexual, ¿nos mantendría tan pegados a sus páginas? ¿Nos conmovería igual? ¿Habrá que hablar, entonces y contra la voluntad, de una “literatura homosexual” u “homoerótica”? No sé y a la final no me importa mucho, porque esta novela me hizo parar de leer varias veces para sentir, para pensar, para sonreírme y para sonarme la nariz. Y hace rato una novela colombiana no me llevaba hasta esos estados, no me llegaba tan hondo.

Fernando Molano, Un beso de Dick, Medellín, Cámara de Comercio, 1992, 166 páginas. Esta novela ganó la segunda edición del premio de novela de la Cámara de Comercio de Medellín. Los jurados fueron Héctor Abad Faciolince, Carlos José Restrepo y Fernando Soto Aparicio.

miércoles, 11 de marzo de 2009

Fusilado: Larry David


La más exitosa comedia de situación de todos los tiempos, Seinfeld, ha terminado. Su cocreador, Larry David, es ahora millonario y vive en Los Ángeles con poco qué hacer. No pareciera un argumento para una comedia, pero lo es: se trata de Curb your Enthusiasm, que ha emitido hasta ahora 61 capítulos en seis temporadas. Comparte con Seinfeld la idea de ser una comedia “sobre nada” y prestarle inusitada importancia a los personajes secundarios: la esposa de Larry, Cheryl; su amigo el también productor Jerry Greene y su esposa Susan, que odia a Larry con odio jarocho; el cascarrabias Marty Funkhouser; el enfermo imaginario Richard Lewis, el único al lado de Larry que hace de sí mismo... También, como su antecesora de los noventa, pone en entredicho un montón de convenciones sociales americanas y se burla con todos los dientes del exceso de corrección política en ese país. Su modo de producción y formato sí son novedosos: no hay guiones fijos, los actores improvisan sobre situaciones apenas esbozadas, y se graba con varias cámaras a hombro. Luego, en posproducción, se escoge el material que saldrá al aire. El resultado: una suerte de documental sobre la vida de Larry y sus amigos. La séptima temporada de la serie se viene demorando más de la cuenta, debido a que el neurótico David trabajó en la película que estrena este año ese otro neurótico irredento que es Woody Allen. Mientras esperamos, seleccioné y traduje unas cuantas escenas de la serie que emite HBO, y que por estos días repite Max Prime.

Lawrence Gene David nació en Brooklyn en el 47 y se graduó en Historia en la Universidad de Maryland. En sus comienzos hizo stand up comedy y luego se dedicó a escribir libretos para
Fridays, Saturday Night Live y otros shows no tan exitosos, hasta que en 1989 comenzó con Seinfeld. En el 2000 se estrenó en HBO la primera temporada de Curb your Enthusiasm. Acá lo dejo.


Curb your Enthusiasm

Tipo: ¿Usted es judío?
Larry: ¿Quiere chequear mi pipí?

Jeff Green [está paseando el perro de su esposa, un pastor alemán, y se encuentra con Larry]: Oye, parece que te gusta Oscar.
Larry: No es muy común que uno pueda ser cariñoso con algo alemán. Eso simplemente no sucede a menudo.

Cheryl: Creo que no te gusta hablar con la gente.
Larry: No me gusta hablar con gente QUE CONOZCO, pero con extraños no tengo ningún problema.

Larry: Bonita casa.
Susan: Sí. Ven te hago el tour.
Larry: Nah, está bien.
Susan: No, ven.
Larry: No, está bien. Ya sé cómo es.
Susan: ¿Ya sabes cómo es?
Larry: Sip. Es una casa. Es nueva. Es bonita. Ya sé.
Susan: ¿Ya sabes? ¿Sabes qué? Lárgate de mi puta casa, Larry.

Larry: ¿Escuchas los pájaros? A veces me gusta imaginar que soy sordo y lo que sería no poder escucharlos. No es tan malo.

Larry: Bien, señoría… creo que es difícil seguir siendo imparcial teniendo en cuenta que el acusado es un negro.

Larry [mira una fotografía en el escritorio de un rabino]: ¿Es usted?
Rabino: Es... Es... Eddie Salomon, mi cuñado. Él... ehhh... murió el 11 de septiembre.
Larry: Ay, dios mío. Ay, de verdad, lo siento.
Rabino: Sí, terrible.
Larry: ¿Estaba en el edificio?
Rabino: No, no. Él... él estaba en la calle 57. Lo atropelló un mensajero.
Larry: ¿En la calle 57?
Rabino: Sí, sí. Un mensajero en bicicleta lo atropelló.
Larry [pausa larga]: Qué vergüenza.

Cheryl [quieren renovar sus votos matrimoniales y le lee a Larry los que ha escrito]: “Nos amaremos el uno al otro por toda la vida e incluso después de la muerte, por toda la eternidad...”.
Larry: A ver, ¿cómo así? ¿Esto va a continuar en la vida eterna?
Cheryl: Sí, esa es la idea. ¿Tienes problema con eso?
Larry: Bueno... yo pensaba que era hasta la muerte. No sabía que íbamos a ir a la eternidad juntos. No es eso lo que quiere decir “hasta que la muerte los separe”.
Cheryl: ¿Tienes problema con la eternidad, Larry?
Larry: Bueno, yo... Creo que tenía otros planes para la eternidad. Creo que... creo que querría ser soltero de nuevo.

Richard: ¡Estás mirando los pechos de mi esposa!
Larry: Primero que todo, Richard, ésos no son pechos. No son pechos. Son solo bolas químicas, ¿no?

Richard: Mejor me llamas más tarde, ¿está bien? Al caer el sol.
Larry: ¿“Al caer el sol”? ¿Qué eres, Gary Cooper? “Al caer el sol”. Ja.

Larry: Yo orino sentado.
Jeff Greene: ¿Orinas sentado?
Larry: ¡Sí! ¿Nunca has intentado?
Jeff Greene: ¡No!
Larry: Es más cómodo. Cuando te levantas por la noche no tienes que encender la luz, y además en el día puedes leer.
Jeff Greene: ¿Qué estás leyendo?
Larry: Un montón de cosas. Si hago pipí veinte veces durante el día puedo leer todo el New York Times.
Jeff Greene: ¿Veinte veces?
Larry: ¡Sí! Mira, mientras tú estás orinándote los zapatos, yo estoy aprendiendo cosas.

Marty Funkhouser: ¿Por qué orinas sentado?
Larry: Por muchas razones.
Marty Funkhouser: Y qué, ¿cagas parado?

Larry: Esto se llama un cuchillo del ejército suizo. ¿Sabes qué es Suiza?
Tara Michaelson [una niña]: ¿No, qué es?
Larry: Suiza es un lugar donde a la gente no le gusta pelear, entonces consiguen gente que pelee por ellos mientras ellos se dedican a esquiar y a comer chocolate.

Larry: ¿De verdad necesitamos Alaska y Hawai? Arruinan todo. Arruinan los Estados Unidos continentales. Tenemos una preciosa costa pacífica, una costa atlántica. Esos son los Estados Unidos continentales. No necesitamos más estados. No somos el Imperio Británico. ¿Alaska y Hawai quieren convertirnos en el Imperio Británico? Y en últimas, ¿qué diablos es Puerto Rico?

Larry: Tú no trabajas. Estás desempleada.
Cheyl: Amarte a ti es mi trabajo, Larry.

sábado, 7 de marzo de 2009

Santa Rita, de Gonzalo Mallarino Flórez



En el primer episodio de esta novela encontramos a Antonio, su narrador –un niño de 10 años– trepándose a un árbol a coger chicharras con un amiguito mayor que acaba de conocer, Eduardo. Es la primera vez que sale a la calle en un nuevo barrio, una nueva ciudad a la que ha llegado con su familia. Arriba del árbol Antonio se muere del miedo, se orina, y su nuevo amigo debe rescatarlo. Más adelante en ese mismo primer capítulo los dos van a bañarse a un río cercano, les roban la ropa, deben devolverse en calzoncillos. Apenas hemos avanzado unas pocas páginas y ya estamos acomodados en una narración bien organizada en clave infantil: “Yo me llamo Antonio y voy a contar lo que pasó el último año que viví en Santa Rita. Y también antes, cuando yo era bien chiquito. Yo apunté todo en un cuaderno y por eso me acuerdo”, se nos dice en el primer párrafo. Ahí está la voz del personaje, que ha sido bien calibrada por el autor y que se mantiene a lo largo de la novela. Antonio es un niño literariamente bien armado: puntuación básica, sutil; ritmo oral; conectores lógicos simples: “pero”, “entonces” y el favorito de los niños, “y”. Y por encima de todo, la sorpresa ante un montón de cosas que está viendo por primera vez: “Llamamos al doctor y él miró a mi papá que ya no podía del dolor. Le hicieron varias radiografías en la clínica y lo volvieron a llevar a la casa en una silla de ruedas. Radiografías es que una máquina lo ve a uno por dentro, como uno es de verdad” (p. 28).

Vemos también desde el comienzo las estructuras fijas de los cuentos infantiles sobre las que llamó la atención Vladimir Propp: alejamiento (Antonio acaba de llegar a un barrio caleño proveniente de “tierra fría”, presumiblemente Bogotá), prohibición (“yo le dije que mi mamá no me dejaba. Pero él me convenció otra vez”, p. 14), transgresión de la prohibición, que pone en marcha la peripecia (subida al árbol, baño en el río). Camino al río, antes de esa segunda transgresión, recorren el barrio que será escenario de la novela, y Eduardo le va diciendo –nos va diciendo a los lectores– quién vive en cada casa. Ahí está, retratada con precisión, la fauna de un barrio colombiano de clase media en los setenta: los extranjeros (“Ellos eran de una parte que se llamaba Argentina”), el señor de la tienda que en este caso también es peluquería (“A veces se quedaba dormido en la silla de la peluquería y nosotros le sacábamos chicles o colombinas de la vitrina sin que él se diera cuenta. O de pronto sí se daba cuenta pero nos dejaba”), el más rico de la cuadra y que por ello se permite cierto grado de excentricidad (“Tenía alfombra en el piso, no como las otras casas que el piso era de baldosín. Por el calor. Además tenía aire acondicionado. Yo no sabía qué era eso y Eduardo me dijo que era un aparato cuadrado como una nevera. Se ponía en un hueco en la pared y botaba viento frío”), el vecino querido (“El día de los padrinos siempre nos daba macetas a todos los niños de Santa Rita”), el malaclase (“Les gritaba a todos porque era bravo”), el personaje medio estrafalario (“Llegamos a la casa de la Americana Cochina y ella nos miró y se rio”).

Y los acontecimientos que viven esos personajes en este escenario son también los típicos de los barrios colombianos de los setenta: el paseo al río, la muerte de la vecina, las reuniones de improviso para atender la urgencia de alguno, la fiesta de navidad, la pelea de dos vecinas por las infidelidades de un marido, los veraneos, los primeros torpes amoríos de los niños, los juegos en la calle y adentro de las casas. Ronda por ahí el coco que a todos nos aterró en la infancia, que aquí se llama El Monstruo de los Magones. Al final de ese año que relata Antonio la familia debe volver a tierra fría, y con la partida al niño se le escapa algo que no sabe qué es, que no entiende. Van de madrugada en el carro familar –destartalado–, y Antonio le pregunta a su mamá qué es lo que está sintiendo, qué pasa. “Me dijo que todo el mundo dejaba cosas atrás. Así era la vida. Ella dejaba unas cosas atrás. Mi papá dejaba unas cosas atrás. Mis hermanos también” (p. 162). Antonio dejará algo más que casas conocidas, amiguitos, aventuras.

Sin estridencias, sin imposturas, con mano firme y oficio el autor ha confeccionado una obra que, como las películas que se estrenan en diciembre y en junio, es una bonita novela para toda la familia.

Gonzalo Mallarino Flórez, Santa Rita, Bogotá, Alfaguara, 2009, 164 páginas.