viernes, 29 de mayo de 2009

Fusilado: Gabriel Zaid (de nuevo)


Hace pocos días, para ilustrarme un asunto que no vale la pena mencionar acá, Mario Jursich me mostró este artículo que viene a continuación. Me pareció oportuno fusilarlo después de los comentarios que generó la entrada anterior, a propósito del libro de Adriana Cantor y las notas de prensa asociadas a su publicación. Sin mayores preámbulos, acá lo dejo.

Sobre la producción de elogios rimbombantes

1. Planteamiento del problema

La industria del elogio necesita modernizarse. El arte del elogio es difícil, poco adaptado a la velocidad y magnitud que la moderna producción de elogios requiere. Hay que encontrar un género de elogios mecánicos que, a diferencia de los malos elogios comunes y corrientes, sean mecánicos de verdad, es decir fabricables con una máquina, de preferencia electrónica. Como las máquinas piensan menos de lo que se cree, esto exige encontrar un modelo estándar de elogio que, con infinitas variantes, sea siempre el mismo. ¿Pero puede bastar un solo elogio para satisfacer la insa­ciable demanda, en un país hambriento de elogios? Si escribir no da dinero, ni poder, ni siquiera lectores, ¿cómo compensar con Gloria, Gloria Inmensa, Gloria Única, a todos y cada uno de los que ponen su ilusión en las Bellas Letras?

2. Antecedentes

Esto da por supuesto que existe una importante industria del elogio. A juzgar por lo que se dice, no existirían siquiera los elo­gios, sino la crítica feroz, pronta a devorar los engendros creadores. Pero, si se hace un mínimo recuento de las notas y reseñas que se publican, resulta que lo único feroz en México es el silencio. Las reseñas y notas son, por lo general, elogiosas, o cuando menos anodinas. Además, un elogio puede leerse en una peluquería, mientras que leer un libro supone un ánimo decidido, aunque sea decidido por la necesidad de escribir un elogio. En la llamada vida literaria, los libros interesan menos que el ruido o el silencio sobre sus autores. El ruido y el silencio son la materia prima que la indus­tria del elogio transforma en solapas, reseñas, artículos, entrevistas, polémicas, balances de fin de año: todo lo cual puede producirse aunque el libro no se lea.

3. Ponderación

Leer grandes elogios de libros no leídos permite sostener nuestro milagro editorial: la sobreproducción en medio del subconsumo. La industria del elogio nos ayuda a olvidar en qué país vivimos. Lo reconocen hasta aquellos que ocasionalmente son maltratados por la crítica: “propaganda que me hacen”, dicen triunfalmente. En efecto, si se tratara de leer, en vez de hablar de libros y escritores, la deflación sería espantosa. Todo escritor que haya superado su primer narcisismo, como para darse cuenta del país en que vive, debe cuidarse de guardar su segundo aire narcisista, porque, si no, dejaría de escribir.

Esto es más llevadero en forma colectiva. Diciendo, por ejem­plo, que llega Nuestra Hora. ¡Al fin América va a ser descubierta! Vamos a ver: dentro de la hora actual, ¿qué presencia histórica ha destacado más que la del Tercer Mundo? Dentro del Tercer Mundo, ¿qué bloque más importante, por sus años de antigüedad en subdesarrollo, que el nuestro? Dentro del nuestro, ¿qué país más significativo que México? Y, si fuera de México todo es Cuautitlán, y en esta capital de envidiosos y resentidos no hay un lugar, como éste, donde se pueda reconocer la verdad, ¿a quién le correspnde el laurel? A ti y a mí.

Fulano: tu libro es tan universal, tan futurizante de nuestro rol latinoamericano en la cultura planetaria, tan incomparablemente superior a todo lo que se ha escrito en español desde el siglo XI, que es el único libro que he leído en mi vida.

4. Solución propuesta

a) Hacer una ficha analítica de la obra o persona que se tenga que elogiar.

b) Sobre las categorías de análisis de la ficha, repasar men­talmente, con diversos libros de consulta o con una base electró­nica de datos, lo que “ha habido” en esas categorías.

c) Cruzar la ficha contra eso, hasta que salte un absoluto. Ejemplo en el que salta fácilmente un absoluto: El señor es de Chamacuero (ficha). En Chamacuero nunca ha habido poetas (fichero). Luego, el señor es Absolutamente el Poeta Más Grande de Todos los Tiempos que ha habido en Chamacuero.

Ahora bien, supongamos que el fichero registra que en Chama­cuero hubo un tal Margarito Ledesma, autor de unas Poesías más o menos cómicas. Todavía es posible un absoluto, si estructuramos el elogio para que no tope con esa limitación: Nunca, en la historia de Chamacuero, ha habido un poeta más grande, en vena seria, que Fulano.

Pero supongamos que en Chamacuero hubiese también nacido López Velarde. A las categorías geográfica (Chamacuero), de género (poesía) y vena (cómica o seria), incorporamos la categoría cronológica y resolvemos el problema: Después de López Velarde, no ha habido, en Chamacuero, un cantor de la provincia, en vena seria, más grande que el grandísimo Fulano de Tal.

Por último, supongamos que haya habido muchos grandes poetas en Chamacuero, o que nos pidan un elogio de magnitud cósmica. La salida sería: Ni Homero, ni Dante, ni Shakespeare, ni San Juan de la Cruz, ni Baudelaire, ni Octavio Paz, lograron, como el grandísimo Fulano, expresar la vivencia poética de una adoles­cencia vivida en Chamacuero por un joven nacido a mediados del siglo XX.

Un solo y mismo elogio, convenientemente categorizado, se puede multiplicar en elogios infinitos, todos ellos únicos. El méto­do cumple simultáneamente la exigencia mecánica industrial (estandarización sobre un solo modelo) y la exigencia de satisfacer cada caso como único, lo cual ya quisiera Ford haber inventado.

Evidentemente, cuando hay que cruzar más de seis o siete cate­gorías, el resultado puede ser un poco enfadoso: Nunca en la historia de la literatura mexicana, hubo un novelista sinaloense que, teniendo un padre tuerto, y habiendo hecho sus estudios en Torreón, para pasar después a Pachuca, y escribir una novela de más de quinientas páginas, en la que no sale un solo enano, tuviese un mayor dominio del monólogo subjetivo. Pero siempre se puede perfilar un sistema de categorías que excluya lo que nos estorbe, y defina algún género de supremacía.

Sin embargo, hay cortacaminos deseables, ficheros de cruce rápido, que permiten abreviar. Es el refinamiento del sistema. Con una mentalidad provinciana, el fichero geográfico pudo haber sido muy útil para esto. Pero ya no estamos en los tiempos en que se podía decir: “para estar hecho en México es extraordinario”, o “Pertenece a la pléyade inmortal de poetas tabasqueños”. Estamos en los tiempos del Juicio Universal Subjetivo. El más sumario, evidentemente, es: “No hay en toda la literatura universal un libro más grande, a Mi Ilustre Juicio, que el tuyo”. Pero tiene el inconve­niente de no servir dos veces, a menos que uno esté dispuesto a contradecirse. Si hay que estar produciendo constantemente elogios rimbombantes, el fichero “A Mi Juicio” puede cruzarse más fecundamente con el fichero cronológico de lecturas personales. El resultado es de una rapidez y fertilidad jupiterina, sobre todo si se disfraza, jupiterinamente, con una o dos categorías adicionales, que, como se comprende, salen sobrando.

Después de La guerra y la paz [categoría innecesaria, pero que hace más tonante el juicio], no se ha visto en la tradición occiden­tal [ídem] una novela más grande que la tuya [ojo:], que ya haya yo leído en los últimos quince días.

Lo fusilamos de: Gabriel Zaid, “Cómo leer en bicicleta”, en: Crítica del mundo cultural, México, El Colegio Nacional, 1999, pp. 140-143.

jueves, 21 de mayo de 2009

La dosis mortal, de Adriana Cantor


En un número reciente de la revista Arcadia su directora, Marianne Ponsford, publica una nota bastante elogiosa sobre este libro y su autora. Me llamó la atención que un libro autoeditado generara semejante efecto positivo en una lectora juiciosa y de amplias miras como Marianne. Luego empecé a ver por todas partes cierto desborde de entusiasmo en muchos medios sobre este libro: en El Tiempo una nota más allá de la información de solapa; en la revista Número una reseña también elogiosa de Ángel Perea; en la revista virtual Entrada Libre (donde ni siquiera se tomaron el trabajo de mirar por encima el libro, porque anuncian que “Adriana Cantor lanza su novela La dosis mortal”) su comentario también, y en otro montón de publicaciones, en papel o en pantalla.

Todos los comentarios destacaban que la autora hubiera publicado el libro por su cuenta, además de la brevedad de los relatos y los giros sorprendentes que Cantor sabía bien incluir en sus narraciones.

Pues bien, ni lo uno ni lo otro ni lo de más allá. Estos relatos y las dos crónicas del final no se salen del lote, no destacan por nada. Abusan del recurso del final inesperado, abundan en símiles facilongos (“Martina sintió el primer dolor. Fue como una punzada con un hierro candente”, dice en la página 37, por poner un único ejemplo), en metáforas aguadas. No vi por ninguna parte esas “pequeñas dosis llenas de sarcasmo e imágenes metamórficas que parecieran venir de un mundo irreal” que mencionaba la nota de El Tiempo. Estas historias buscan sorprender al final con un giro fantástico o macabro o inusual, y de tanto insistir en esa fórmula el lector ya espera eso y ni se sorprende ni se asquea ni se indigna. O sí: quizás esto último.

Ignoro si la autora llevó estos relatos a alguna editorial antes de publicarlos por su cuenta, en la nota de Arcadia dicen que no se le pasó por la cabeza. Si lo hubiera hecho quizás habría encontrado a un editor que le sugiriera algunas variaciones de registro, alternativas al final inesperado, mayor economía de recursos, estrategias retóricas más vivas y variadas, le señalaría esos lugares comunes... en fin, puliría el talento que tiene, porque la autora lo tiene. Y asimismo ese editor pondría el ojo en detalles de la edición que un autor engolosinado con su obra no nota: ilustraciones algo más elaboradas y no tan referenciales, interlineado equilibrado (por favor: en varias páginas de este volumen la interlínea está dispareja: quien lo diagramó perdió la materia diseño básico de página). También le hubiera dicho a esa autora que esta es una colección de relatos, por lo cual no tienen nada qué hacer allí las dos crónicas que aparecen al final sobre dos conciertos de los Rolling Stones. Esas crónicas están allí para ajustar las páginas necesarias para que el pequeño volumen dé lomo. Un editor le dice que espere un poco y que escriba otras historias, nunca le hubiera sugerido que revolviera peras con manzanas.

La autora tiene talento, sí, pero sobre todo tiene buenos amigos en algunas publicaciones: de ahí la profusión de notas elogiosas. Un mejor favor le hubieran hecho si le comentaran aspectos del libro antes de que lo publicara, quizá así podría mejorar este intento que se queda en eso, en intento.

Adriana Cantor, La dosis mortal, Cali, 2009, 66 páginas.

jueves, 14 de mayo de 2009

Fusilado: Hernando Martínez Rueda



En un artículo publicado en la Revista del Banco de la República en 1991 Abelardo Forero Benavides define con dos adjetivos precisos la personalidad paradójica de Hernando Martínez Rueda, “Martinón” para sus amigos (y para mí): “conservador e iconoclasta”. Estudió medicina pero la ejerció por poco tiempo, se dedicó más bien a la conversación con amigos y a escribir poemas festivos “a la manera de...”. Así, compuso poemas a la manera de Poe, de Guillermo Valencia, de Juan Lozano y Lozano, de los piedracielistas, de Luis Carlos López, de León de Greiff. Laureano Gómez, quien lo admiraba, lo nombró suplente de su curul del Senado, pero pronto también Martinón abandonó la carrera y cualquier ambición política, asqueado de las prácticas y del tono que iban tomando los debates hacia la década del cincuenta del siglo pasado en Colombia, cuando comenzaba la Violencia. Se dedicó entonces y hasta el final de sus días a perfeccionar idiomas y a ampliar su ya vasta cultura, entre la biblioteca de la Universidad Nacional, su finca de Tabio y tertulias con amigos. Murió en 1977.

Un libro editado por el Banco de la República en 1980 recoge parte de su obra poética; Planeta reeditó ese libro a finales de la década pasada y debería pensar en una nueva edición, teniendo en cuenta que ambas, la del Banco y la de Planeta, son inconseguibles. Y vale la pena conocer esos versos y reírse con ellos. Acá va una breve muestra.


Historia de Colombia

Éstas, que alguien llamó Nueva Granada,
tierras entre dos mares comprendidas
las descubrió Rodrigo de Bastidas,
las conquistó Jiménez de Quesada.

Fue colonia; por verla emancipada
Torres, Caldas, cien más dieron sus vidas.
Fue Gran Colombia, un breve instante unidas
las hijas de Bolívar y su espada.

Tuvo oidores, repúblicos, virreyes;
tuvo oro, tuvo letras, tuvo leyes;
hay un cóndor y un istmo en el escudo.

Hoy de esas aves nos asusta el vuelo;
huyó el oro; es el istmo ajeno suelo,
y nos queda una ley: la del embudo.


Poemática enfisemática

En cierta prosa hinchada y mema,
tan pesada como enfática,
nunca se trata del problema
sino de la problemática.

La esdrujulación por sistema
que suena tan antipática
me acaba de inspirar un tema.
Perdón, iba a decir temática.

Tal vez de elegancia suprema,
en esta sucesora de Ática,
es que en vez de entrar al cinema
ingresamos a cinemática.

O que siguiendo el mismo esquema
una criada aristocrática
no sahúme ya con alhucema
sino con alhucemática.

O si el que recorta la grama
con su podadora automática
le propone de golpe al ama
arreglarle su gramática.

O si en la Bolsa el accionista,
al mirar la demanda apática,
le pregunta al comisionista:
¿Hoy está cómo? ¿Cómo estática?

Mujer, para quien mi cartera
tiene atracción carismática,
la plata del diario quisiera
yo dártela en forma de plática.


Balada de Juan Guillén

Juan Guillén con Inés y los niños, la criada también,
emprendieron salir un domingo en el Ford de Guillén.

Inés hizo ensalada con huevos, cortó salchichón,
puso leche caliente en el termo para un biberón.

Una válvula estaba golpeando, quizás hasta dos,
Juan estaba con sueño atrasado y un niño con tos;

pero el aire era tibio, el sol claro y el cielo turquí,
y tomaron la ruta de Oriente, que lleva a Choachí.

Un potrero con agua, no mucho después del retén,
pareció ser el sitio indicado a los niños Guillén.

Se bajaron, sacaron el cesto, se dio de almorzar;
Juan sirvió Coca Cola. La criada tomó Popular.

Juan fumó, tejió Inés y los niños jugaron balón;
al moisés del bebé, mientras tanto, se entró un cucarrón.

Al volver, con los niños dormidos, el cielo era gris;
ya brillaba la luz en los postes del barrio San Luis.

Encontraron la casa apagada y abierto el portón;
un cojín y un florero tirados en un escalón;

en el clóset quedaba un chaleco y un lápiz labial;
un perol en el office, un tarro y un poco de sal.

Se llamó a la estación 04; vinieron del SIC.
Dijo Juan: me trastearon la casa durante el picnic.

Descubrieron un hueco en el techo del cuarto de Inés;
lo midieron: dio 0,90 por 2,23.

Se copió la impresión digital que mostraba el perol;
se asustó la sirvienta; tomaron fotos del hall.

Le pusieron a Juan cita para ir a jurar;
él llevó dos testigos y un lazo que halló en el solar.

Un vecino contó haber oído parar un camión.
El juzgado falló que hubo robo y también efracción.

Juan Guillén ya no llega en el Ford: se desmonta del bus
cuando empieza a encenderse en los postes del barrio la luz.

Juan Guillén ya no vive en la casa del barrio San Luis
sino al sur: en la calle 1ª. con carrera 2 bis.


Entreacto sobre arte abstracto

El arte abstracto es un extracto
del snobismo occidental
que tiene puntos de contacto
con la cultura de Natal.

Arte no abstracto y tan exacto
como pintaba Meissonier
es arte muerto, putrefacto,
completamente demodé.

El arte abstracto hace un impacto
en los conceptos del burgués
acostumbrado a verse intacto
con ojos, manos, boca y pies.

El arte abstracto yo me jacto
de que lo sé diagnosticar
pues me persigue el arte abstracto
como lo voy a demostrar:

Mi paragüero es tan abstracto
como una estatua de Negret;
sólo que es algo más compacto
y que no tiene firma al pie.

Un calzador bastante abstracto
a veces suelo utilizar;
cuando se tuerza el artefacto
irá al Museum of Modern Art.

Yo, que no soy pintor abstracto,
abriendo un tarro de barniz,
lo manejé con poco tacto
e hice un Pollock sobre el tapiz.

Y es de un diseño tan abstracto
el pavimento de mi zaguán
que el baldosín es Klee de facto
y la cenefa es un Mondrián.

A mis infantes doy Prolacto,
que en ocasiones sienta mal.
Entonces hacen ipso facto
suprematismo en el pañal.

Y la niñera Juana Cacto
india nacida en Aguazul
hace collage al modo abstracto
bajo la tapa del baúl.

El arte abstracto, haciendo el pacto
de no tomarlo con rigor,
es apropiado para el acto
de provocar buen humor.

Sobre arte abstracto yo redacto
mi comentario semanal;
si es inexacto, me retracto.
De todos modos me da igual.


Lo fusilamos de: Hernando Martínez Rueda, A la manera de..., Bogotá, Fundación Centenario del Banco de la República, 1980, 166 páginas. El retrato de Martinón aparece en el libro, sin crédito.

lunes, 11 de mayo de 2009

El nuevo cuento latinoamericano, compilado por Luis Fernando Afanador



Si juzgamos las antologías por las ausencias se rajan todas: siempre quedará haciendo falta algún autor, esta o aquella pieza tan emblemática. Lo que uno espera, entonces, es que el responsable de la antología ponga en claro en su prólogo los criterios que tuvo en cuenta para hacer la selección: por qué éstos fueron los escogidos y por qué esos otros quedaron descabezados. Y en este libro ese criterio no es claro. Lástima. Queda uno entonces con preguntas: a autores muy jóvenes (Daniel Alarcón, Samanta Schweblin) los acompañan unos cuantos que rondan los cuarenta (Pedro Mairal, Eduadro Halfon), y con ambos, autores que han sobrepasado ya los cincuenta años (Julio Paredes, Tomás González, Juan Villoro). ¿Qué es lo que determina, pues, que estas piezas sean representantes del “nuevo cuento latinoamericano”? ¿No nació ningún cuentista de valor en, por poner un caso, Colombia en los setenta? (y si el compilador considera que no lo hay, pues no lo hay y punto, y no relaja los límites de su selección para incluir autores que no son tan “nuevos”). En fin, me hizo falta saber por qué considera el compilador que estos relatos son representativos de una “nueva” cuentística latinoamericana. También me hizo falta una biografía breve de los elegidos, así como el origen de prácticamente todos los relatos: apenas el de Julio Paredes tiene información en ese sentido.

Otra característica de las antologías es que permiten conocer una variedad de registros, y esta docena de cuentos cumple ese rasgo con suficiencia. Cuentos de corte clásico, chejoviano por decir algo, en “Ausencia”, de Daniel Alarcón; en “Escena en un bosque”, de Paredes; en “Bonsái”, de Guadalupe Nettel. Cuentos algo más experimentales, como “Dochera” de Paz Soldán o el ganador del botín de oro en esta selección, “Hoy temprano” de Pedro Mairal. Dos palabras sobre este relato: como lector de manuscritos veo con frecuencia un afán marcado de algunos escritores en formación por escribir cuentos en clave cortazariana –juegos con el tiempo y el espacio, narración que desafía los límites de lo real y lo fantástico–, y casi siempre se quedan colgados en el intento. A esos escritores en formación que quieren jugar a ser Cortázar les recomiendo leer este relato de Mairal con destornillador y llave inglesa: que lo desbaraten y estudien sus recursos, sus tácticas, sus trucos. Podrían extraer varias claves.

Lo demás es cuestión de gustos, y si me preguntan diría que no voy a olvidar fácil el cuento de Gabriela Alemán, que narra la aventura solitaria de un viejo de ochenta años, negro, en Nueva Orleans, que decide ignorar los avisos de evacuación y se enfrenta solo al paso del huracán Katrina por la ciudad. Diría también que el cuento de Fuguet es vigoroso, con buen suspenso, con digresiones que, caso raro en un cuento, no sobran, como las reflexiones del narrador sobre su madre, que es amante del padre de un compañero del curso preuniversitario. Lástima que en el punto clave de esos pensamientos tres erratas –¡tres!– distraigan la atención del lector y arruinen el efecto dramático: “Me costaba verla con los ojos con que probablemente la miraba la madre de Cristóbal, que seguro le [sic] tildaba de puta o algo peor. Uno crece con la idea que [sic] las amantes son las malas, son aquellas que destrozan las familias y no les importa nada. Lo complicado es cuando tu madre es la otra mujer, es la amante, es que la [sic] está remeciendo lo que ya está destrozado” (p. 52). Diría que me sorprendió el relato de Pedro Mairal, de quien no había leído nada y de quien voy a buscar obra. También contestaría si me preguntaran que el relato de Samanta Schweblin sobra: es más bien una anécdota bien contada, y algo va de eso a un cuento.

Si me preguntan qué me llamó la atención, contestaría que muchos relatos tocan el tema de la migración o suceden en lugares que uno no espera cuando ve en la portada las palabras “cuento latinoamericano”: los de Alarcón y González tratan de inmigrantes en Nueva York, el de Alemán sucede en Nueva Orleans, el de Halfon recupera la historia de un abuelo en la Europa de la Segunda Guerra Mundial, en el de Nettel un matrimonio japonés se encuentra y desencuentra en un jardín de ese país… No están pues las temáticas o los espacios que uno asociaría con esa combinación de palabras de la portada, y esa es una bonita sorpresa. Otra, las citas sobre el cuento al reverso de esta edición de Cara y Cruz, a las que considero habría que darles más espacio y reducir un poco el del extenso y no muy útil –a mi parecer– cronograma que aparece allí.

Con sus ausencias y sus alcances, con sus piezas memorables y otras pocas olvidables, son doce cuentos que vale la pena leer para conocer algunos aspectos del cuento latinoamericano reciente. Que sea representativa o dé un panorama completo del asunto… no lo creo.


Luis Fernando Afanador (selección y prólogo), El nuevo cuento latinoamericano, Bogotá, Norma, 2009, 196 páginas. En el reverso: A propósito del nuevo cuento latinoamericano, 54 páginas.