sábado, 28 de abril de 2012

Carta encontrada en un archivador




Estimado amigo:

La diferencia de edades nunca ha sido obstáculo para nuestra amistad, que ya cumple ocho años de amenos paliques y discusiones no pocas veces acaloradas. O de encuentros como el que tuvimos la semana pasada en esa deliciosa cena que ofreció nuestro común amigo Juan Marcelo. No puedo más que darte la razón en los reclamos que me hiciste esa noche: hace ya cerca de cuatro meses me entregaste tu libro de cuentos para que te diera mi opinión, y hasta ahora no has tenido una respuesta de mi parte. Te presento excusas: leí en su momento tu manuscrito, hice anotaciones al margen, preparé un informe detallado de lectura para cuando nos encontráramos. Pero nunca promoví ese encuentro porque nunca estuve satisfecho con mi trabajo. Por considerarte mi amigo sentí que te debía otro tipo de comentarios, distintos a los que hago para los concursos literarios a los que me invitan como jurado y para la editorial de la universidad, donde como bien sabes asesoro la colección literaria. Sentí que tenía otras cosas para decirte, y aquí estoy.
Desde los tiempos en que asistías puntual a mi clase de Introducción a la Literatura intenté advertirte sobre lo tortuoso que podría ser el camino que habías escogido. En esos días te escuchaba la frase “quiero ser escritor”, y la repetiste en la cena de la semana pasada un par de veces. Debo decir ahora que me preocupa un poco ese deseo, pero lo comprendo: se tiende a rodear la figura del escritor de una suerte de glamur, de realce, y por eso tantos jóvenes y adultos quieren ser escritores. Permíteme decirte, estimado Alejandro, que hay una diferencia trascendental entre querer ser escritor y querer escribir. Estimo que quien va por buen camino pone el énfasis en la acción –escribir– y no en el resultado –ser escritor–. ¿A qué me refiero?, te preguntarás. Quien quiere escribir se obliga a permanecer recluido, solo, enfrentado a la palabra y a la tradición, a la duda, mientras quien quiere ser escritor se mostrará en cuanta vernissage literaria se programe. El trabajo de quien escribe es duro, íntimo, y regala pocas satisfacciones. Lo dijo mejor de lo que yo podría decirlo el editor norteamericano Lewis H. Lapham: “En el gueto de la vida literaria el dinero es poco, el alojamiento sencillo, el círculo de amistades necesariamente limitado (como el de un club canino o de motociclistas), la conversación paranoica, la gente casi nunca bella”. Revisa tus prioridades, Alejandro. ¿Buscas el reconocimiento que procura poner en las tarjetas de los hoteles, frente a “Profesión”, la categoría de “Escritor”? ¿O buscas trabajar pacientemente con las palabras durante años, recluido en tu casa con disciplina, para llegar a algo que se acerque al arte literario? Repasa en el fondo de tu pensamiento cuáles son tus ambiciones. Creo que, en últimas, ninguna vale más o menos que otra, la cuestión es tener claras las propias.
En los relatos de tu libro noto que has leído a los autores canónicos del género: Poe, Chéjov, Maupassant, Hemingway, Borges, Cortázar, García Márquez, Onetti, Ribeyro, Rulfo... Conoces el género, y eso es importante. Pareciera un comentario dictado por Perogrullo, pero no: te sorprenderías con la cantidad de personas que quieren escribir poemas sin leer poemas, de novelistas que apenas han leído dos docenas de novelas en su vida, de cuentistas que no reconocen la prosa de Chéjov o una trama de Poe. Y cuando digo leer no estoy pensando en una tumbona o una hamaca, sino en un destornillador y una llave inglesa: quien quiere escribir instala a su lado, cuando lee, un cuaderno de notas. Quien quiere escribir relee, repasa, pregunta, conecta, discute. Quien quiere ser escritor –insisto en la diferencia– se puede contentar con leer solapas y novelas de temporada. Quien quiere ser escritor estará satisfecho con las diez o doce o quince o treinta novelas que ha leído en su vida.
Noto asimismo en tus relatos que no eres muy afecto a leer poesía. La prosa que no está sostenida –podría decir: animada– por la poesía se reconoce a primera vista, y no es amor lo que despierta sino cansancio. Conoces la importancia que le concedo a la poesía porque asististe a mi curso, y recordarás que inciábamos cada sesión con la lectura de un poema y un par de comentarios al margen sobre el autor y la pieza. Quería con ello invitarlos a leer poesía, a conocerla. Quería despertar curiosidad. Veo que no atendiste esa señal. Mis actuales estudiantes tampoco: incluso escucho a algunos –de los que quieren ser escritores, como tú en esos tiempos– vanagloriarse diciendo con la boca llena que no leen poesía. En justicia debo agregar que nunca oí salir de tu boca esa pamplina, nada más eras indiferente al asunto. La lectura permanente de poesía, querido Alejandro, regala economía, mesura, oído. Anima a la asociación inteligente, al adjetivo inesperado. Quien lee poesía de manera frecuente termina por conocer el valor de cada palabra, pero todavía más: conoce la música que esa palabra produce cuando se combina con otras en armonía. La música se pega de manera inevitable, apreciado amigo. Oye la música de la poesía.  
Tener claro qué se quiere: si escribir o ser escritor. Conocer y honrar la tradición: puedes quebrarla, moverla, intentar tumbarla –como veo que quieres hacer en algunos de tus relatos–, pero hay que conocerla. Hay que conocer a los maestros, reconocerlos, releerlos. Buscar la poesía, leerla mucho, leerla siempre. Esos tres, creo yo mi querido Alejandro, son fundamentos irrenunciables si quieres prosperar con seriedad en ese oficio tan poco agradecido. Lo demás es negociable: que una frase vaya así o asá, que una palabra sobre o falte, que una coma pueda ponerse o quitarse. Que el último párrafo quedaría mejor como primero, que un personaje se desvanece y no debería: todo eso es modificable. Para ello te será de mucha ayuda contar con un lector quisquilloso, franco, atento, que te diga por dónde vas bien, que te señale las rugosidades de tus escritos. Que lo haga con franqueza y también con cortesía. Me ofrezco a servirte en esa labor a partir del momento en que recibas esta misiva.    
Tu amigo siempre,

Emiliano Ramón

lunes, 23 de abril de 2012

Tiempo de vida, de Marcos Giralt Torrente



“Todo el mundo tiene padres y todos los padres mueren. Todas las historias de padres e hijos están inconclusas, todas se parecen” leemos en la página 13 de este libro. ¿Para qué entonces una historia más de un padre y un hijo, otra confesión, otra memoria? ¿No se dijo todo en El olvido que seremos de Héctor Abad Faciolince, en Experiencia de Martin Amis, en La maleta de mi padre de Orham Pamuk, en La vida de mi padre de Raymond Carver, en —hágame el favor— la Carta al padre de Kafka, en Papá y yo de Beatriz Caballero?

Lo que se despliega de nuevo en este libro es, para mí, el relato intenso de la separación de los padres desde el punto de vista de un niño, la vida con un papá intermitente, que aparece y desaparece. En este asunto Marcos Giralt Torrente es minucioso, y me ayudó a entender mejor la relación de mi esposa con su padre, otra historia de intermitencias, de silencios y promesas incumplidas, o cumplidas a medias. En este punto, muchos lectores hijos de padres separados podrían firmar estas palabras: “¿De qué lo acuso? De todo. De no verme lo suficiente, de no llamarme lo suficiente, de no acordarse de mis cumpleaños, de no hacerme regalos, de desaparecer cuando sabe que las cosas a mi madre y a mí nos van mal, de veranear y viajar cuando yo no veraneo ni viajo, de incumplir sus promesas…” (pp. 63-64).

Pero no se crea que este libro es un “yo acuso” de 200 páginas: “creo con la convicción de un náufrago que la historia es feliz; de otro modo no la contaría”, dice el autor en la página 16. Giralt Torrente habla por momentos como el niño que extraña y reclama, pero también se expresa por momentos como un igual, como un artista, como un adulto que comprende, que se enreda, que pregunta, que entiende después de un tiempo. Quiere quedar en paz con el pasado, con sus orígenes, y al tiempo conocerlos. “Qué oportunidades perdidas. Qué pocas veces nos permitimos estar juntos y qué paralizados estábamos en la mayoría de ellas, incapaces de atender otra cosa que el enroque de cada uno” (p. 143).

Aquí el entorno social y político no aparece; es como si el autor cerrara la puerta a los ruidos del mundo para contarnos esta historia íntima, familiar. Pero el dinero sí es un tema recurrente, y eso le da humanidad, lo acerca al lector. Se tratan los vaivenes financieros de una familia dedicada a oficios artísticos: “Cuánto más favorable habría sido para él que me dedicase a una profesión estable y bien remunerada, en la que la promoción personal se sustentara en la valía y no en el mercadeo con pulgares que caen o se alzan según caprichosas apetencias. Una profesión de verdad, no esta irresponsable prolongación de la infancia en la que consisten los oficios artísticos” (p. 100).

Lo inmediato es pensar que el autor se hizo escritor por herencia de su abuelo, Gonzalo Torrente Ballester. Pero no: después de revisar con lupa sus motivaciones afirma que se hizo escritor en contraposición a su padre, el pintor Juan Giralt: “Yo lo tenía a él para rebelarme, para construirme en su contra” (p. 139). Su padre “Sabía que en estas profesiones o tienes éxito o el fracaso te deja sin dinero para pagar el recibo de la luz y sabía que el talento, salvo raras excepciones, no es lo determinante para destacar, sino que intervienen otros factores como la suerte o la capacidad, no tan frecuente entre quienes tienen un don, de no concitar odios, prejuicios ni envidias, de no ser invisible pero sí inocuo para el ego de los que sólo tienen ego y un poco de poder” (p. 101).

El autor llega hondo. Y es sincero, se nota. Pero deja claro que esta es nada más su versión, su manera de contar la historia. Un estribillo se repite: “Esta es una historia de dos aunque sólo yo la cuente”. Y está bien que lo recuerde, porque no falta quien recurre a memorias o testimonios buscando verdades absolutas, la manera en que ocurrieron los hechos. Contamos nuestra historia, nuestro parecer, no la historia, los hechos constatables.

Un rasgo particular del estilo de Giralt Torrente son las enumeraciones caudalosas, que parecen imparables. Casi todas son ricas y hermosas. Después de un año y medio de cuidarlo y atenderlo en su enfermedad, el padre muere. Algunas cuentas se pagaron, otras quedaron en la columna del debe. Pero así son las cosas. Y escribe: “Se necesitan muchos días sin oír al teléfono la voz de una persona para acostumbrarnos a su ausencia; se necesitan muchos días reprimiendo el impulso de llamarla para acostumbrarnos a que ya no contestará, se necesitan muchos días guardándonos comentarios que sólo a ella haríamos para acostumbrarnos a que en adelante será así, se necesitan muchos días preguntándonos que dirá de algo sobre lo que, sabemos, tendría una opinión más certera que la nuestra para acostumbrarnos a que a partir de ahora deberá bastarnos con nuestro criterio, se necesitan muchos días mirando sus fotos para acostumbrarnos a que son las fotos de un muerto, se necesitan muchos días contemplando lo que nos legó para acostumbrarnos a que ya no es suyo sino nuestro, se necesitan muchos días haciendo recuento de vivencias comunes para acostumbrarnos a que jamás se repetirán, a que sólo nos queda la memoria. Una memoria, además, que no permanece inalterada” (p. 198).

Pareciera que con este párrafo todo está dicho: se hizo un recuento de agravios mutuos, se evocaron momentos felices y no tanto, se intentó saldar algunas deudas, el hijo acompañó al padre en la enfermedad final y en la muerte. Pero no: en la penúltima página hay una sorpresa que le da otro sentido a las páginas de este libro que está terminando, y que detiene el nudo en la garganta, que frena las lágrimas que van formándose en los ojos del lector. Y, por supuesto, no la voy a arruinar contándola aquí.



Marcos Giralt Torrente, Tiempo de vida, Barcelona, Anagrama, 2011.

jueves, 12 de abril de 2012

Cartas con Geraldino Brasil, de Jaime Jaramillo Escobar






Rolaremos juntos pelo mar…
Carlos Drummond de Andrade

Muchos de los lectores de este libro no han recibido nunca una carta por correo postal. Otros no recibimos una hace ¿diez, quince años? Mientras leía me preguntaba cómo lee un libro de cartas una persona que nunca ha esperado, recibido, estrechado contra su pecho, abierto rasgando el sobre, desdoblado, leído y releído una sola carta en su vida.

Pero la pregunta es casi retórica, y quizá aplique para otros volúmenes de correspondencia, no para este. Porque en determinado punto, a medida que uno avanza por las páginas de este libro, deja de leer la conversación de dos personas sensibles y delicadas que se encontraron en el correo, y comienza a leer, casi sin advertirlo, un monólogo. Esas dos voces, que en las primeras páginas hacen reverencias y se tratan de “usted”, van acercándose, rondándose y confundiéndose hasta disolverse en una sola. Y la conclusión es bonita: los espíritus sensibles y delicados se parecen supongo que los rastreros también. Podrán existir muchos poetas, pero la poesía es una sola. Y allí se encuentran los poetas verdaderos, en la poesía.

“La vida perdió su antigua simplicidad”, dice el poeta Geraldino Brasil al poeta Jaime Jaramillo Escobar en la página 97 de este libro, que recoge fragmentos escogidos de las cartas que se cruzaron los dos entre 1979 y 1996. Pues bien, ambos destacan aquí la antigua simplicidad de la vida mostrándola, compartiéndola, comentando sus detalles: “La tranquila noche de la costa deja pasar el viento entre los dormidos (p. 38)”; “Los pregones cantan los títulos de los periódicos, los helados van por las calles precedidos de música y campanillas” (p. 85); “Hay un adiós en los puertos que se ahonda más en cada uno que llega, un adiós que siempre está creciendo, que se escucha en el mercado y en las noticias de la radio. Cuando tú llegas a un puerto, de una vez te dice adiós, por si acaso ya te vas” (p. 37); “Cuando me comparo con un pintor de paisajes, no es al artista que contempla y transforma, sino al que después de su creación da la espalda al paisaje y regresa a su estudio con el caballete bajo el brazo por praderas y caminos cuyas formas, luces y colores, constituyeron para él las emociones de ese día” (p. 35); “un mal poeta, en su mesa, componiendo pésimos poemas para su amada que los rasgará al recibirlos, eso ya es poesía” (p. 75). Entre las citas hay frases de Geraldino y de Jaime. ¿Podría saber quién dijo una y quién otra? Es una sola voz la que habla en este libro. La voz que habita en la poesía.

Los temas son muchos: libros, poetas amigos, poetas vivos y muertos, descomposición social, música andina y música brasilera, pintura. Pero también hablan de la empleada doméstica que no llegó a casa, de la viejita que no recibía la pensión, de discusiones familiares, de paseos, de caminatas que no llegan a ninguna parte. De la muerte y de la vida, de traducción: el intercambio empezó cuando Jaime Jaramillo quería traducir a Geraldino, y le escribió para conocerlo mejor, para comprender sus intenciones. “He modificado casi todos los títulos, como se hace con las películas para adaptarlas a un nuevo público; he cambiado de lugar algunos versos y he suprimido otros cuya correspondencia en castellano pierde sentido. Los versos suprimidos los he reemplazado por nuevos, que le pertenecen legítimamente al poema, puesto que han sido inspirados en él”, explica un poco su método Jaramillo en la página 32. Y más adelante: “Quizá mis traducciones puedan ser objetadas como abuso de confianza […] Hasta que una traducción no me conmueve, no la considero terminada”.

Este libro está atravesado por la poesía, inspirado por ella, habitado. Dos almas que son una sola, y que nos dejan conocer de pasada la manera en que ven el mundo. Que recuerdan, que sueñan y evocan. Al señalar ellos los paisajes, las atmósferas, las personas que los conmueven, que los animan, nos los muestran a nosotros. Como buenos maestros, nos sugieren hacia dónde mirar para ver lo esencial. “En tierras de mi padre venía de pronto una mañana, sobre los cafetos, la marea de los azahares. El vaho de los potros y de los becerros era inseparable de aquella mañana. Y no hay sobrevivientes” (p. 22). “Voy a demandar a Creusa por daños y perjuicios, pues cuando yo desembalé su cuadro, el mar inundó el apartamento y el diccionario salió navegando por la puerta” (p. 55).

Esta Correspondencia con Geraldino Brasil, de Jaime Jaramillo Escobar, se anuncia como el primer volumen de la Colección Cartero de la editorial Tragaluz, siempre tan fina y atildada. Recuerda esa emoción cuando rasgábamos los sobres que llegaban de lejos, porque tiene un pequeño sello que debe romperse para abrir el libro. Y tiene otras sorpresas en el diseño que no voy a adelantar aquí. Esperemos más bien que vengan otros intercambios epistolares, y así de pronto pueda responder la pregunta que me hacía mientras avanzaba en la lectura: cómo leen cartas quienes no han recibido una. Esa lectura será nueva, y valdrá la pena conocerla. Ya lo dice el propio Jaramillo Escobar en la noticia preliminar: “este volumen recoge sólo fragmentos seleccionados, a fin de llevar a sus numerosos lectores una semblanza de Geraldino Brasil que revela su personalidad, en el modo íntimo de la correspondencia postal que tanta importancia conservara hasta finales del siglo XX, reducida para el XXI a medias palabras y letras sueltas en las populares redes sociales”.


Jaime Jaramillo Escobar, Cartas con Geraldino Brasil, Medellín, Tragaluz Editores, Colección Cartero, 2011. 

martes, 3 de abril de 2012

Fusilado: Boletín de Programas de la Radiotelevisora Nacional de Colombia




El Boletín de Programas de la Radiotelevisora Nacional de Colombia puede verse como una versión precámbrica de Antena, Elenco, 15 minutos, La Guía y otras tonterías mal hechas. El Boletín era un cuadernillo preciosamente editado, en tres tipos de papel —carátula, interiores y cuaderno de programación—, a dos tintas, con ilustraciones selectas. Además de la programación, publicaban artículos de divulgación y ensayos sobre música, teatro, artes plásticas, ópera y literatura, escritos por colombianos o traducidos de publicaciones especializadas de otros países. Eran los primeros tiempos de la televisión en Colombia, cuando la programación ocupaba apenas alrededor de cuatro o seis horas diarias y pasaban, siempre en directo, discursos, misas, conferencias académicas y alguno que otro dramatizado, a la cabeza de Bernardo Romero Lozano y Fernando Gómez Agudelo, los verdaderos pioneros de la televisión colombiana.

En esa cueva deliciosamente oscura, llena de polvo y desordenada que es Dinosaurio, en la calle 45 con carrera 22 en Bogotá, encontré una tarde de sábado un tesoro: una pequeña colección del Boletín de Programas, quince ejemplares a mil pesos cada uno. Me los traje todos, por supuesto, y me han regalado ratos de insano esparcimiento. Adelante.


Santa Clara de Asís, Patrona de la Televisión

S. S. Pío XII proclamó solemnemente, el pasado 17 de febrero, a Santa Clara de Asís como Patrona de la Televisión, mediante un decreto especial, entregado a la Sagrada Congregación de Ritos, en el cual se declara que en lo sucesivo quedarán bajo tan augusto patronato todos los trabajadores de la televisión en el mundo: directores, productores, coordinadores, camarógrafos, luminotécnicos, asistentes, escenógrafos, tramoyistas, ingenieros y operadores de audio y video, locutores y hasta los mismos anunciadores de T. V.

El Boletín de Programas de la Radiotelevisora Nacional, con tan fausto motivo, presenta en esta página algunos datos —harto sucintos, por cierto— acerca de la vida y portentos de la recién declarada Patrona de la Televisión:

Clara Sciffi (1194-1235), hija de los Condes de Saddo Rosso, fue, como San Francisco, oriunda de Asís. Cuando éste abandonó la casa paterna, Clara tenía apenas once años. A sus oídos llegó la fama de los prodigios que obraba Francisco en Umbría, y tomó entonces la resolución de seguirlo y consagrarse totalmente al servicio del Señor. Renunció entonces a los halagos de una vida fastuosa, al amor mundano, al brillo de la corte y al bullicio de los saraos, para seguir en pos del Poverello. Y un día, mientras la joven desposada de Cristo pronunciaba los votos eternos, los franciscanos entonaban, jubilosos, el epitalamio de las divinas bodas. Al convento de Benedictinas, adonde Clara se había acogido provisionalmente, acudieron, en belicoso tropel, sus parientes y amigos para obligarla a renunciar a la vida conventual. Todo fue en vano. Al cabo de poco tiempo, la sigue su hermana Inés. La escena del asalto al monasterio se repite entonces con el mismo resultado negativo. Ante la firme decisión de sus hijas, el Conde de Sasso Rosso creyó más prudente ceder.

La Iglesia de San Damián sirvió de albergue a Santa Clara y sus discípulas. Cuarenta años vivió allí dedicada a la oración, a la penitencia, al servicio de los pobres y de sus hermanas de claustro. Pronto hizo de su comunidad “la torre fuerte de la insigne pobreza”. El Papa Honorio III le dispensó un trato deferente; Gregorio IX mantuvo con ella una frecuente correspondencia e Inocencio IV visitó en dos ocasiones su convento de San Damián.

Clara era de esforzado corazón y ánimo resuelto: cualidades de fundadora. Rigió con mansedumbre y energía la grey numerosa que tuvo a su cargo. Como Santa Teresa, soñó en viajar a tierra de infieles para padecer el martirio por Cristo. Por dos veces —y sin moverse de Umbría— rechazó, con sola su presencia, la acometida de las hordas alárabes sobre Asís indefensa.

En vida fue favorecida Clara con singulares favores y carismas, tales como raptos, éxtasis, y visiones sobrenaturales. Cierto portento, que narran Las florecillas de San Francisco, sirvió de fundamento al actual Obispo de Asís para pedir a la Sagrada Congregación de Ritos la proclamación de Santa Clara como patrona de la Televisión. Hallándose la Santa enferma el día de la Natividad de Cristo, y sintiendo gran dolor por no poder asistir a los oficios en el templo, el Señor, condolido de su pena, la hizo asistir desde su lecho a la Iglesia de Francisco, donde a aquella hora se rezaban Maitinies y se celebraba la Misa del Gallo. Esta visión de Santa Clara fue recordada por S. S. Pío XII en los festejos conmemorativos del séptimo centenario de su muerte, en 1953.

El próximo 12 de agosto, día en que la Iglesia conmemora su fiesta, llamándola con el título de Matris Dei vestigium, se organizarán ceremonias especiales para celebrar su reciente proclamación como Patrona de la Televisión.


Lo fusilamos de: Boletín de Programas de la Radiotelevisora Nacional de Colombia, nº 164, marzo de 1958, p. 24.