“Todo el mundo tiene padres y todos los padres mueren. Todas las historias de padres e hijos están inconclusas, todas se parecen” leemos en la página 13 de este libro. ¿Para qué entonces una historia más de un padre y un hijo, otra confesión, otra memoria? ¿No se dijo todo en El olvido que seremos de Héctor Abad Faciolince, en Experiencia de Martin Amis, en La maleta de mi padre de Orham Pamuk, en La vida de mi padre de Raymond Carver, en —hágame el favor— la Carta al padre de Kafka, en Papá y yo de Beatriz Caballero?
Lo que se despliega de nuevo en este libro es, para mí, el
relato intenso de la separación de los padres desde el punto de vista de un
niño, la vida con un papá intermitente, que aparece y desaparece. En este
asunto Marcos Giralt Torrente es minucioso, y me ayudó a entender mejor la
relación de mi esposa con su padre, otra historia de intermitencias, de
silencios y promesas incumplidas, o cumplidas a medias. En este punto, muchos
lectores hijos de padres separados podrían firmar estas palabras: “¿De qué lo
acuso? De todo. De no verme lo suficiente, de no llamarme lo suficiente, de no
acordarse de mis cumpleaños, de no hacerme regalos, de desaparecer cuando sabe
que las cosas a mi madre y a mí nos van mal, de veranear y viajar cuando yo no
veraneo ni viajo, de incumplir sus promesas…” (pp. 63-64).
Pero no se crea que este libro es un “yo acuso” de 200
páginas: “creo con la convicción de un náufrago que la historia es feliz; de
otro modo no la contaría”, dice el autor en la página 16. Giralt Torrente habla
por momentos como el niño que extraña y reclama, pero también se expresa por
momentos como un igual, como un artista, como un adulto que comprende, que se
enreda, que pregunta, que entiende después de un tiempo. Quiere quedar en paz
con el pasado, con sus orígenes, y al tiempo conocerlos. “Qué oportunidades
perdidas. Qué pocas veces nos permitimos estar juntos y qué paralizados
estábamos en la mayoría de ellas, incapaces de atender otra cosa que el enroque
de cada uno” (p. 143).
Aquí el entorno social y político no aparece; es como si el
autor cerrara la puerta a los ruidos del mundo para contarnos esta historia
íntima, familiar. Pero el dinero sí es un tema recurrente, y eso le da
humanidad, lo acerca al lector. Se tratan los vaivenes financieros de una
familia dedicada a oficios artísticos: “Cuánto más favorable habría sido para
él que me dedicase a una profesión estable y bien remunerada, en la que la
promoción personal se sustentara en la valía y no en el mercadeo con pulgares
que caen o se alzan según caprichosas apetencias. Una profesión de verdad, no
esta irresponsable prolongación de la infancia en la que consisten los oficios
artísticos” (p. 100).
Lo inmediato es pensar que el autor se hizo escritor por
herencia de su abuelo, Gonzalo Torrente Ballester. Pero no: después de revisar
con lupa sus motivaciones afirma que se hizo escritor en contraposición a su
padre, el pintor Juan Giralt: “Yo lo tenía a él para rebelarme, para construirme en su contra” (p. 139). Su
padre “Sabía que en estas profesiones o tienes éxito o el fracaso te deja sin
dinero para pagar el recibo de la luz y sabía que el talento, salvo raras
excepciones, no es lo determinante para destacar, sino que intervienen otros
factores como la suerte o la capacidad, no tan frecuente entre quienes tienen
un don, de no concitar odios, prejuicios ni envidias, de no ser invisible pero
sí inocuo para el ego de los que sólo tienen ego y un poco de poder” (p. 101).
El autor llega hondo. Y es sincero, se nota. Pero deja claro
que esta es nada más su versión, su manera de contar la historia. Un estribillo
se repite: “Esta es una historia de dos aunque sólo yo la cuente”. Y está bien
que lo recuerde, porque no falta quien recurre a memorias o testimonios
buscando verdades absolutas, la manera en que ocurrieron los hechos. Contamos
nuestra historia, nuestro parecer, no la historia, los hechos constatables.
Un rasgo particular del estilo de Giralt Torrente son las
enumeraciones caudalosas, que parecen imparables. Casi todas son ricas y hermosas.
Después de un año y medio de cuidarlo y atenderlo en su enfermedad, el padre muere.
Algunas cuentas se pagaron, otras quedaron en la columna del debe. Pero así son
las cosas. Y escribe: “Se necesitan muchos días sin oír al teléfono la voz de
una persona para acostumbrarnos a su ausencia; se necesitan muchos días
reprimiendo el impulso de llamarla para acostumbrarnos a que ya no contestará,
se necesitan muchos días guardándonos comentarios que sólo a ella haríamos para
acostumbrarnos a que en adelante será así, se necesitan muchos días preguntándonos
que dirá de algo sobre lo que, sabemos, tendría una opinión más certera que la
nuestra para acostumbrarnos a que a partir de ahora deberá bastarnos con
nuestro criterio, se necesitan muchos días mirando sus fotos para
acostumbrarnos a que son las fotos de un muerto, se necesitan muchos días
contemplando lo que nos legó para acostumbrarnos a que ya no es suyo sino
nuestro, se necesitan muchos días haciendo recuento de vivencias comunes para
acostumbrarnos a que jamás se repetirán, a que sólo nos queda la memoria. Una
memoria, además, que no permanece inalterada” (p. 198).
Pareciera que con este párrafo todo está dicho: se hizo un
recuento de agravios mutuos, se evocaron momentos felices y no tanto, se intentó
saldar algunas deudas, el hijo acompañó al padre en la enfermedad final y en la
muerte. Pero no: en la penúltima página hay una sorpresa que le da otro sentido
a las páginas de este libro que está terminando, y que detiene el nudo en la
garganta, que frena las lágrimas que van formándose en los ojos del lector. Y,
por supuesto, no la voy a arruinar contándola aquí.
Marcos Giralt Torrente, Tiempo de vida, Barcelona, Anagrama,
2011.

7 comentarios:
Creo que los relatos sobre las relaciones de los hijos con sus padres nunca se van a terminar de escribir, aunque se repitan mil veces, porque cada una de esas veces resulta siendo a la vez única y universal (bueno, no cada una, realmente, pero algo así). Recuerdo que me gustó mucho leer 700 Sundays, de Billy Criystal, aunque no recuerdo si estaba especialmente bien o mal escrito, sino que era una narración bonita, conmovedora y, cómo no, llena de buen humor.
Además de este que comentás aquí, también tengo antojo, desde que supe que estaba escrito, del libro de Jane Chaplin, la hija menor de Charles, sobre, precisamente, la relación entre ellos. Se llama 17 minutos, porque según ella ese fue el tiempo más largo durante el cual su padre le dedicó su atención exclusiva para explicarle cómo actuar en una obra del colegio.
Tres de cada dos veces que entro a este blog salgo con un pendiente más para la lista de antojos.
Las historias de los padres e hijos, a pesar de que son al final lo mismo, cada una nos deja una huella y un mensaje que podemos aplicar a nuestras vidas. Muy buen post y tu forma de ver ese tipo de lecturas.
Interesante tu forma de ver las relaciones entre padres e hijos, es algo por lo cual pasamos todos y algo por lo cual debemos entender... saludos!
Hay historias que a pesar de que las he visto muchas veces, me siento identificado, me trae bonitos recuerdos, y hacen que entienda todo de una mejor manera para ver la vida como padres
Putamente identificado, Camilo. Yo, que acaso conservo dos o tres fotografías del amarillento álbum de de mi padre, no olvido la particular herencia que de él recibí. La cosa más extraña del mundo: una Prieto Beretta calibre 7,65. Todavía me acuerdo el día que salí a venderla para pagar la cuenta del hospital en donde el hombre durmió sus últimas semanas.
wow, me gustaria leerlo todo, se ve que tiene gran inspiración y formas de pensar, saludos.
buen post, saludos
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