Fusilada: Dorothy Parker




Me vale un coco la diferencia de edades: quiero ser el novio de Dorothy Parker. La amo. No me importa que sea la más popular de los bares y que yo ya no vaya a ninguno, que le publiquen en el New Yorker y a mí no —bueno, eso le debe importar más a ella—, que viva en Nueva York y yo en Bogotá. Con tu permiso, Do, te voy a fusilar este cuentito para los lectores de este blog. Termina tu martini, no te afanes, que nos veremos en casa esta noche.
Mañana tengo un día horrible

La mujer del abrigo con manchas de leopardo y el hombre con la bufanda de color azul genciana se deslizaron por el pasillo oscuro, rodeado de mesas, del bar clandestino.

—Siéntate en cualquier sitio que veas libre —dijo él—. Es sólo un minuto. Aquí hay una mesa, esta sirve, ¿no?

—Oh, sí —dijo ella—. Sirve perfectamente.

Se sentaron. Un hombre bajo y fornido con la camisa arremangada apareció junto a la mesa y esbozó una sonrisa amplia y amistosa.

—Hola, Gus —saludó el hombre de la bufanda azul genciana—- Vamos a estar sólo un minuto. ¿Puedes traernos un par de especiales? ¿Te apetece, querida? De acuerdo, Gus, un par de especiales y deprisa, ¿quieres? Tengo que volver temprano a casa, mañana tengo un día horrible.

Gus desapareció.

—¿Quieres quitarte el abrigo? —preguntó el hombre de la bufanda azul genciana.

—Oh, no creo —contestó la mujer de abrigo con manchas de leopardo—. No merece la pena.

—No, la verdad —dijo él—. Tengo que irme a la cama temprano. Tengo que estar en la oficina al amanecer. En serio. ¡Qué día me espera! ¡Menudo día!

—Ah, pobrecito.

—Un individuo de Detroit estará allí a las nueve —dijo él—. Y tengo una reunión a las diez y media, y tenemos que arreglar unos contratos a las doce y después ir a comer con J. G. y darle un informe, y Dios sabe cuántas citas tengo por la tarde. Oh, no tengo gran cosa que hacer mañana. ¡Casi nada!

—¡Ah!

—Tengo que estar en el centro al amanecer —dijo él—. No puedo aparecer por la oficina hacia las once, como otras veces… Gracias, Gus, ponlos aquí. Bueno, adelante. ¿Está bueno el tuyo?

—Oh, buenísimo —dijo ella—. Pero ¡qué fuerte!

—Son bastante fuertes —afirmó él—. Te sentará bien. Si te tomas uno o dos y te vas a la cama temprano, eso no hace daño a nadie. Lo que te hace polvo es quedarte hasta el amanecer. No voy a hacerlo nunca más. Esta noche empiezo, voy a tomar un par de copas y me iré a la cama antes de las doce. Entonces estaré más preparado para ir a trabajar al amanecer.

—Me parece que lo que dices es tremendamente sensato —dijo ella.

—Es lo único que se puede hacer —dijo él—. Estoy harto de todo esto. He estado bebiendo demasiado y todo el mundo ha estado diciendo que tengo muy mal aspecto. ¿No tengo una pinta horrible?

—Vaya, pues a mí no me lo parece —dijo ella—. Algunas veces pareces un poco cansado, como todo el mundo. Pero yo diría que tienes buen aspecto. Estás estupendo.

—¡Eso lo dirás tú! —dijo él—. Estoy horrible. Lo sé. Termínate el tuyo y tomaremos otro. ¡Eh, Gus! Un par de especiales, ¿quieres? Debería haberle dicho que se diera prisa. Tenemos que salir de aquí enseguida. ¡Menudo día tengo mañana!

—Sí, ya lo sé. Pobrecito.

—¿No te desabrochas el abrigo? —dijo él—. Tendrás frío cuando salgas.

—De acuerdo —dijo ella—. ¿Y no sería mejor que te quitaras la bufanda?

—Bueno, de acuerdo —accedió él—. Aquí hace calor. En estos sitios el aire está viciado. Es malo. No voy a ir a más bares clandestinos. Es lo peor que uno puede hacer. Gracias, Gus. Eso es buen servicio. Bueno, adelante.

—¡Oh, qué fuerte! —exclamó ella—. Dios sabe el efecto que nos hará.

—No es malo si tomas un par y te vas a casa. Está bien pasar la noche en vela bebiendo si puedes dormir durante todo el día siguiente, pero es muy distinto si tienes que estar en el centro al amanecer. No voy a emborracharme y pasar la noche despierto nunca más. Quizá con la excepción de los sábados por la noche.

—Me parece una idea buenísima —dijo ella.

—¿Sabes qué puedo hacer? —preguntó él—. Podría dejar de beber por completo. No me haría ningún daño dejarlo una temporada. Ni a ti tampoco.

—No bebo tanto —dijo ella.

—Bueno, bebes bastante —dijo él—. Todo el mundo bebe demasiado. Como para envenenarse. No sé cómo podemos estar vivos con todo lo que bebemos. Voy a dejar de beber. Vamos, termínate la copa. ¿Quieres otra?

—No, gracias.

—¿Estás segura? —preguntó él.

—No, de verdad.

—Te diré lo que me parece que podemos hacer —sugirió él—: mientras me decido a dejar de beber, y a ti te iría muy dejarlo, francamente, podríamos tomar otra copa, ¿qué te parece?

—Vaya… Si quieres… —dijo ella—. La verdad es que estas no me han hecho efecto.

—A mí tampoco —dijo él—. Nos están tomando el pelo. ¡Eh, Gus! Otros dos especiales y esta vez ponles algo dentro, ¿quieres? No te olvides de que tenemos prisa. Dios mío, ¡tengo que llegar a tiempo a la oficina mañana! Será el peor día de mi vida.

—Ah, ya lo sé.

—Eso, quítate el abrigo —dijo él—. Aquí hace un calor infernal. Espera un minuto que me quite el mío y te ayudo. Así. ¿Estás bien, cielo?

—Oh, estupendamente —dijo ella—. Tiene gracia que me hayan hecho tan poco efecto estas copas.

—Eso se debe a que bebemos demasiado —insistió él—. Eso es lo bueno de dejar de beber. Después, cuando tomas un par de copas te sientan tan bien que no necesitas más. Pero si has estado bebiendo, ya me entiendes, tienes que beber mucho para notarlo, ¿sabes? Ah, gracias, Gus. Muy bien. Bueno, adelante.

—Esta está muy bien —dijo ella.

—Claro que sí —dijo él—. Está cargada, para variar. En estos sitios, si no estás pendiente, te toman el pelo. No pienso volver. Me alegro mucho de dejar de beber. Es la mejor idea que he tenido en mucho tiempo. Eh, no la tengas en la mano así, cariño. Bébetela deprisa. Mira, así.

—¿Así?

—Así está mejor. Así a lo mejor te enteras. No irás nunca a ningún lado bebiendo a sorbitos. Vamos, otro trago. Buena chica. ¡Eh, Gus! Un par de copas más, ya que estás en ello.

—¿Estás loco? Si todavía no hemos terminado estas.

—Cuando traiga las otras ya las habremos terminado —dijo él—. Así no tendremos que quedarnos esperando. ¿Ves? Tenemos que ir dándonos prisa. La verdad es que tengo que estar en la oficina en cuanto amanezca, mañana. ¡Qué día!

—Sí, ya lo sé.

—¡Y yo! —dijo él—. Date prisa cariño. Tómatelo. ¿Has terminado? Vamos, termina, no te pares. Así. Aquí está Gus; muy bien, Gus. Gus es amigo mío, ¿verdad, Gus? Claro que sí. Gus y yo somos viejos amigos. Bien, adelante, querida. La última, para dormir bien.

—Siempre duermo bien… —protestó ella.

—No sirve de nada hablar, tengo que dormir más —dijo él—. Tengo un aspecto horrible. Mi madre se preocupa mucho por mí. Cada vez que me escribe una carta me dice “cuídate”. Sí, me cuido. Tiene derecho a preocuparse. Soy un buen chico. ¿Sabes una cosa? No he escrito a mi madre en tres semanas. Ya está bien, ¿verdad?

—Deberías escribirle —dijo ella.

—¿Y de donde demonios saco yo tiempo para escribir? —preguntó él—. No tengo tiempo para escribir cartas. Mierda, debería escribir a mi madre. Le escribiré mañana. Oh, maldita sea, mañana no podré escribir. Tengo un día horrible, ¡horrible!

—Ah, ¿sí?

—Mañana tengo tanto que hacer que ni siquiera tendré tiempo de escribir a mi pobre madre —dijo él—. Estaré muy ocupado. No es de extrañar que mi pobre, mi dulce madre se preocupe por mí. Se preocupa muchísimo por mí. Tú no me quieres.

—¡Claro que sí!

—Sí, ¡claro que sí! —dijo él

—¡Por supuesto que sí! —dijo ella—. ¿Por qué dices esas cosas?

—Lo sé —dijo él—. Lo sé.

—Sabes muchas cosas, ¿verdad? —dijo ella—. Debe ser estupendo saber tanto como tú. Me pones mala.

—Ya lo sé —dijo él. Ya sé que te pongo mala.

—¡No es verdad!

—Oh, ya lo sé —dijo él.

—Lo que sabes, y lo sabes muy bien, es que te quiero —dijo ella—. Pero tú no me quieres a mí, y ese es el problema.

—¡Sí, no te quiero! —dijo él.

—Imagino que crees que no me doy cuenta —dijo ella—. Pues sí. Sé muy bien que no me quieres. Ni siquiera piensas en mí. Solo piensas en ti. No piensas en nada más que en tu vieja oficina. “Tengo que ir a la oficina, tengo que ir a la oficina, tengo que ir a mi oficina preciosa, querida y maravillosa”. No dices otra cosa.

—Bueno, es verdad —dijo él—. Ya te he dicho que tengo que ir a la oficina mañana por la mañana. Tengo un día horrible.

—¡Oh, cállate! —exclamó ella.

—Muchas gracias. Muchísimas gracias. Muy amable por tu parte. Te lo agradezco mucho. ¡Gus! ¿Dónde demonios te has metido? ¿Qué pasa, que aquí no puedo tomar una copa? ¿Soy negro o algo parecido? Trae un par de especiales y date prisa, ¿quieres? ¡Por el amor de Dios!

—Pensaba que no ibas a beber más —dijo ella.

—¿Y a ti qué más te da? —preguntó él—. ¿A ti qué te importa que yo beba o no? Por ti, puedo emborracharme hasta caerme. No te importo nada.

—No digas eso —protestó ella—. Sabes que te quiero, ¿verdad? ¿Verdad? ¿Verdad que sabes que te quiero?

—¿De verdad me quieres un poquito?

—Pero ¡cariño…!

—Quizá sí me quieres —dijo él—. Quizá sí me quieres un poquito. Si me quisieras un poco, te terminarías esta copa para que pudiéramos tomar la última. ¡Así! ¿No te da vergüenza hablarme de esta manera? ¿Verdad que has sido mala? ¿Sabes que me has atacado como si fueras un bulldog? ¿Lo sabes? “Un bulldog, bulldog, guau, guau, guau, Eli Yale; es un bulldog, un bulldog, guau, guau, guau, nuestro equipo nunca perderá; cuando los hijos de Eli…”. ¿Ah, aquí está Gus! Vaya, vaya, vaya, mi viejo amigo Gus. Mira lo que trae, mira lo que nos trae, querida. Bien, adelante. Es estupenda la última copa. Copa, copa, “guau, guau, Eli…”.

—Me gusta oírte cantar —dijo ella—. Suena… Oh, qué buena está esta. Es la mejor de todas.

—¡Tómatela! —dijo él—. Mujer, deberías perder esta costumbre de beber a sorbitos. Por eso vas tan despacio. Si aprendieras a beber deprisa, podrías llegar a casa antes del amanecer. Amanecer amanecer, “guau, guau, guau, Eli Yale”; es un amaneceramanecer, “guau, guau, nuestro equipo nunca…”. No, en serio, cariño, quiero hablar en serio de esto. Sabes que deberías, en serio… ¿qué demonios iba a decir? ¿Te lo imaginas? Tenía algo muy importante que decir y no recuerdo qué era. ¿Qué había empezado a decir?

—¿Cuándo?

—Nada, se fue —dijo él—. Bueno, supongo que no sería muy importante. Dejémoslo correr. ¿Qué tal te va con esta? ¿Sabes lo que vamos a hacer cuando la termines? Vamos a tomar la última. Date prisa, cariño. La verdad, no tenemos toda la noche. Tenemos que dormir un poco. Mañana tengo un día horrible. Horrible, horrible, “guau, guau, Eli Yale”; es un día horrible, horrible, guau… ¡Oh, Gus! ¡Eh, Gus, escucha! Eres amigo mío, ¿verdad? ¿Qué tal si nos preparas un par más de especiales? ¿Quieres, Gus? Para mí y para mi novia… La conoces, ¿verdad? Seguro que sí. Muy bien, Gus, dos especiales más.

Y etcétera, etcétera.

The New Yorker, 11 de febrero de 1928.
Lo fusilamos de: Dorothy Parker, Narrativa completa, Barcelona, Lumen, 2003. $58.000

Comentarios

Roberto ha dicho que…
Dotty estaría muy orgullosa de usted, caballero...
Tirabuzón ha dicho que…
Pues hago mi mejor esfuerzo, Bob querido.
yacasinosoynadie ha dicho que…
Como es que no me habia percatado de este cuento... maravilloso… que ritmo tan bestial… que manera de escribir tan divertida… que ameno leerla. Se me parecio un poco al estilo de Carver, una escritura limpia y con un ritmo inparable… una vez arranca el cuento es imposible liberarse… De verdad maravilloso, que buen fusilado camilo.
Anónimo ha dicho que…
Like si estás aquí por la gorda valles
Anónimo ha dicho que…
me estoy tocando tan fuerte pensando en el cuerpo pensando en la manera bestial de escribir . Pero como queda que la gorda valles te tire las gomoides esas
. GRACIAS
Anónimo ha dicho que…
CANDOMBE