La enfermedad, de Alberto Barrera Tyszka




Hace unos días me contó Octavio Escobar, de quien he comentado un par de libros aquí y aquí, una anécdota entre aterradora y graciosa: conoce a unos buenos lectores que antes de comprar un libro hacen cálculos de cuánto vale, dividen la cifra por el número de páginas y con el resultado ven si vale la pena comprarlo o no. Si hacen el cálculo con esta novela les va a salir a 360 pesos la página. ¿Eso será caro o barato para ellos? ¿Lo van a comprar?

La enfermedad me pareció un poco costosa, pero cada página me entregó algo más que esos 360 pinches pesos que seguro van a regatear los lectores de la anécdota de Escobar. Esta novela me entregó sorpresa, conocimiento, trama, sentimiento. Me quitó también, hay que decirlo, un par de lágrimas y dos o cuatro sonrisas la historia de un médico que duda si dar o no una noticia, la del hipocondríaco acosador, la del enfermo terminal que se debate entre luchar o entregarse a la muerte inevitable, la de la secretaria que responde mails por otra persona. No voy a dar muchos detalles porque esta novela es contenida, y me da miedo dañar el fino suspenso con alguna noticia puesta a la ligera.

La historia va más allá de exámenes y hospitales: inevitablemente cualquier venezolano, si se le da aire, terminará hablando de la situación de su país, y aquí no pasa lo contrario: “Hablan de todo un poco y terminan, por supuesto, hablando del país. Ya es muy común. Andrés de repente piensa en que la situación política ha salvado a muchos matrimonios que ya no tenían de qué hablar. Ahora las familias se reúnen y tienen tema. La política ha resucitado sus vínculos, sus euforias” (p. 90).

Y esta es una historia de la enfermedad y sus espacios en primer plano, en segundo de Venezuela y su momento, pero también y sobre todo es una historia familiar: cómo se reorganiza la batería de defensa de una familia ante lo inevitable: “Ante los ojos de todos, hay una vida que está siendo arrasada, arrebatada, sin miramientos. Hay mucha gasa, mucha limpieza, mucho personal calificado…, pero no hay ninguna piedad” (p. 170). Y en medio de toda la historia política, familiar, personal y hospitalaria, las reflexiones de su protagonista, el doctor Andrés Miranda sobre la salud y la enfermedad: “La enfermedad también es un acto desleal, una infidelidad inaceptable” (p. 72); “La salud es un ideal inmóvil. La más perversa de todas las utopías” (p. 83). También está exponiendo al lector algunas ideas sobre la práctica médica, a veces con un humor amargo: “Los médicos casi nunca utilizan adjetivos. No los necesitan” (p. 11).

Desde hace una semana me estaban faltando 30 páginas de esta novela, y las estaba leyendo de a poquitos por tristeza de que se me acabara. En fin, este post se estaba demorando mucho, así que tuve que llegar al punto final hace un rato. Ya comencé a extrañar esos buenos momentos de lectura que me dio La enfermedad. Y a sólo 360 pesitos la página. Llévela, llévela.


Alberto Barrera Tyszka, La enfermedad, Barcelona, Anagrama, 2006, 168 páginas. (Esta novela ganó el Premio Herralde el año pasado.)

Comentarios

Sinar Alvarado ha dicho que…
sí, de lo mejor que se ha publicado recientemente en mi país. le recomiendo también "la otra isla", de francisco suniaga, que sucede en la maravillosa isla de margarita entre alemanes y gallos.

abrazo.
Mauricio ha dicho que…
la verdad, es que las novelas de Anagrama son costosas comparadas con otras editoriales, pero rara vez uno se arrepiente de pagar lo que paga por esos libros :), claro hay excepciones de las que ya comentare mas adelante en mi blog
malvisto ha dicho que…
Muy bueno, ehh: lo único malo para la novelita es que vuelvo a cer en las garras de la novela gringa; esta vez es Mccarthy. (Desde hace rato espero una reseña tuya de La Carretera... de hecho prestamela porque no la tengo).
Abrazos!
flaca y malvada ha dicho que…
Luz de la calle, oscuridad de la casa. Esto es una denuncia. Camilo, tan serio y tan bien puesto acá, sale por ahí a participar en orgías de redacción de cuentos pop colectivos. Descúbralo en el blog del maracucho bonachón:

http://vainasmiasweb.blogspot.com/
Sinar Alvarado ha dicho que…
flaca, te iba a decir: dejá la denuncia y unite, pero ya. así que bienvenida.

beso.
LaMovidaLiteraria ha dicho que…
Reseña: La enfermedad de Alberto Barrera Tyszka.
Por Juan Pablo Plata

Y en el recodo de todo camino
la vida me depare "un bel morir":
despéineme un balazo del pecho el vello fino,
destríce un tajo acerbo mi sien osada y frágil:
-de mi cansancio el terco ir y venir:
la fábrica de ensueños -tesoro de Aladino-,
mi vida turbia y tarda, mi ilusión tensa y ágil...-
(un bel morir, un bel morir, un bel morir!)

Canción de Sergio Stepansky. León de Greiff



Una novela corta con un debate en el trasfondo entre la eutanasia y la muerte natural le ganó el Premio Herralde al escritor venezolano Alberto Berrera Tyszka. La trama de la novela sin los personajes secundarios se puede resumir en que Andrés Miranda, un médico venezolano especializado en inmunología, conoce el diagnóstico de cáncer de pulmón de su padre Javier Miranda tras lo cual se ve en el conflicto entre si debe ocultar la verdad o comunicar como si nada una información tan sensible a su progenitor como lo ha hecho durante años con sus pacientes. Con una serie de eufemismos en su habla o gambetas coloquiales Andrés trata de esconder o retardar el conocimiento de la aciaga noticia a su padre, hasta que la devela al regreso de un viaje a Isla Margarita planeado con tal fin. La otra tajada gruesa de la trama corre por cuenta de Ernesto Durán, un hombre sano que se cree enfermo, un hipocondríaco paciente del médico Andrés Miranda.

La primera señal sobre el trasfondo se expone en la oposición entre el lenguaje llano del bienestar físico y mental y la complejidad nominal usada a la hora de hablar de una patología. Dice la voz narrativa: “Andrés cuenta con cada vez menos tolerancia y con más sufrimiento. Incluso el lenguaje clínico le resulta insoportable…. Neoplasia exéresis empiema estafilococócico…biopsia hemostasia prótesis laparotomía...Son palabras que transitan todo el tiempo en el pasillo de los hospitales…Brillan en mitad de cualquier conversación, destacan entre las otras palabras simples, aquellas que sólo sirven para vivir pero no para enfrentar la muerte”. (Barrera, 2006, p.146)

Otras señales más evidentes de la agenda política de generar un debate desde lo profundo sobre la eutanasia y la muerte natural se dan cuando Miguel, un colega de Andrés, refiere el caso de Efraín Salgado, un enfermo de diabetes que lo puso en el dilema moral entre suspender la diálisis y el dolor ,dejándolo morir en un proceso alterno de eutanasia o seguir con un tratamiento innecesario en un caso perdido, pero obedeciendo a un orden de creencias, principios y leyes que se ensañan con el dolor humano; en vez enarbolar la ciencia y el libre albedrío por sobre las taras morales. Miguel ha consultado a un cura sobre el caso de Efraín y ha hallado una paradoja consistente en recibir una venia indirecta para la eutanasia de parte del sacerdote, cuando inquirió sobre si el masoquismo era pecado y el cura respondió, después de pensar un rato, que en efecto había culpa, pecado. Otro guiño son dos menciones librescas: Javier Miranda lee de manera clandestina Morir con dignidad de Hans Küng y Walter Jens hasta que su hijo encuentra el libro escondido en un cajón marcado en un capítulo titulado La eutanasia discutida: la muerte misericordiosa y el narrador inserta la siguiente cita del diario de Juan Ramón Ribeyro para soportar la idea de la eutanasia:
“El dolor físico es el gran regulador de nuestras pasiones y ambiciones. Su presencia neutraliza de inmediato todo otro deseo que no sea la desaparición del dolor. Esa vida que recusamos porque nos parece chata, injusta, mediocre o absurda cobra de inmediato un valor inapreciable: la aceptamos en bloque, con todos sus defectos, con tal de que se nos dé sin su forma de vileza más baja que es el dolor” (Barrera, 2006, p.148)

En sí hay un discurso en la novela que debate la aplicación médica de la eutanasia; de la muerte asistida para evitar alargar el padecimiento.

Si desde la novela se observa el contexto social en que fue producida, tenemos a un escritor venezolano que para cuando tenía dieciocho años trabajó en un hospital oncológico- (“Creo que, desde hace mucho, me interesa el tema de la fragilidad, de nuestra debilidad frente a lo inevitable”, afirma Alberto Barrera Tyszka en relación con la historia que narra en La enfermedad, cuyo germen primigenio se remonta a finales de los 70 cuando, a sus 18 años, trabajó como enfermero en el Hospital Oncológico Padre Machado, el bastión de la Sociedad Anticancerosa fundado en 1959 por el doctor Alejandro Calvo Lairet. “Lo hice por poco tiempo, pero me resultó algo definitivo, fundamental”. El escritor recuerda claramente esa temporada en el piso 4, donde se atendía a enfermos de cáncer genital. “Viví de cerca el sin sentido y la sin razón de la enfermedad, las experiencias —intensas pero también a veces insólitas, trágicas pero a veces también cómicas— que respiran en ese ambiente. Pienso ahora que tal vez eso me marcó, que ahí quizás empieza mi interés por el tema”. (Jorge Gómez Jiménez, entrevista a A. Barrera Tyszka www.letralia.com/156/entrevistas01.htm)-; tenemos un país, Venezuela, que prohíbe hasta la fecha el suicidio asistido y la eutanasia frente a países como Japón, Luxemburgo, Holanda, Canadá, Colombia, Finlandia y Francia con legislaciones en las que se han aprobado la eutanasia y sus variaciones o algún grado de laxitud con el asunto.

En términos de Georg Luckás citado por Licien Golmann en El hombre y lo absoluto. El Dios oculto, es acertado ver la condición de los personajes de La Enfermedad como trágica-“La tragedia es un juego, un juego entre el hombre y su destino, un juego cuyo espectador es Dios. Pero éste es solamente espectador, y sus palabras y sus actos no se mezclan nunca con las palabras y los gestos de los actores. Únicamente sus ojos se fijan en ellos”. – pues el estado de enfermo mental de Ernesto Durán y de Javier Miranda de enfermo de cáncer, rodeados de sus seres queridos o servidores, es trágico porque Dios es un espectador de sus acontecimientos; Dios está siempre presente como observador y, al mismo tiempo, ausente porque no se le ve ni interviene en la realidad de Javier ni Ernesto. Los dioses han muerto, ya no pueden hacer nada ante el devenir humano, sólo observan con cumplido mutismo y ataraxia el deterioro de la existencia.
FRANCO ha dicho que…
uy, no fregués: me quedo con la reseña de Camilo y no con ese bodrio de la-movida-literaria. Me perdonan, pero la empecé a leer y me dio un sueñiiiiiito. Qué pena don Plata: páseme el cemento y pegamos bien esa cantidad de ladrillos que puso ahí. Yo le ayudo, con mucho gusto.
Nanda ha dicho que…
As usual Franco, as usual
Sinar Alvarado ha dicho que…
de la ataraxia y del devenir, libéranos domine.
Camilo Jiménez ha dicho que…
Y de Georg Lukács, Lucien Goldmann et caterva.
flaca y malvada ha dicho que…
¿Georg Lukács es el de la Guerra de las Galaksiács?
LaMovidaLiteraria ha dicho que…
Un poco de Teoría Literaria queridos pirobos no le hace daño a nadie.
Anónimo ha dicho que…
La teoría literaria si le hace daño a mucha gente, a los lectores pero sobre todo a los teóricos.
También le hace daño a la lectura por placer, le hace daño al lenguaje y a los que queremos leer pero no sabemos muy bien por donde empezar o con que y leemos una reseña llena de palabrejas raras conceptos esdrújulos.
Atte.
Luis D. Pennac
flaca y malvada ha dicho que…
"Queridos pirobos y queridas pirobas", por favor.

O:

"querid@s pirob@s".
Nanda ha dicho que…
JAJAJAJJAA, flaca y malvada debe ser como mi persona favorita en el mundo!!
Belladonna Wild ha dicho que…
No, mi precioso jalándole al respetico, Matías acaba de decirme "mami, me cortas esto con bisturín" y a mí se me acabó la voluntad de leerlo.

No es a mal, pero yo no leo una reseña literaria (de hecho me parecen jartas normalmente) para que me den razones y menos teorías para justificar que me gustó un libro o que no me gustó.

A mí la reseña de la movida (perdón, movida, pero bastante estática). Franco, vos le ayudás con los ladrillos, pero yo me quedo con Sinar: libéranos domine...

y, Plata, la teoría sí hace daño si no se sabe pa qué es (que conste que no sé de teoría porque sé que hace daño y no sé cómo usarla)
Belladonna Wild ha dicho que…
Correccioncita: A mí la reseña de la movida (perdón, movida) me parece bastante estática. Franco, vos le ayudás con los ladrillos, pero yo me quedo con Sinar: libéranos domine...
Lucaz ha dicho que…
Belladonna, las reseñas de Luis H. Aristizabal , no él, son muy divertidas, lo mismo que las de Juan Gabriel Vásquez y algunas de Andrés Hoyos...y las de aquí también. Ahora, Sr. Movida, eso de andar soltando epítetos del malevaje de dudosa procedencia solo por que no caló su reseña, está muy mal, sobre todo con esta muchachada tan cortes y atildada de nuestro blogger.
Lucaz ha dicho que…
Ataraxia será la díscola prima-hermana de inteligenxia?? o será la beata de la familia...
adióspues ha dicho que…
Para responder al cara de mico de Sinar http://es.wikipedia.org/wiki/Ataraxia

Ah, entiendo tanto comentario en el blog de Camilo, Sinar, medrar para sacar cosas en EL MALPENSANTE O NO? A LO MEJOR SOY UN MAL PENSANTE? JUA
adióspues ha dicho que…
Ñapa: Ñapa: Ataraxia.

(Del gr. ἀταραξία, imperturbabilidad).

1. f. Fil. Imperturbabilidad, serenidad.
Diccionario Real Academia Española.

Ñapa: Ñapa: Ataraxia.

(Del gr. ἀταραξία, imperturbabilidad).


Quien sabe que diccionario tiene Sinar que no sale la palabrita? Que chevere estos senores y senoras tan antiacademisistas. Que rebeldes. WOW.
adióspues ha dicho que…
Ahora no va a decir sinar que se escribe antiacademicistas porque le recojo firmas pa silla en la real academia. Se me fue la errata.
Capicúa ha dicho que…
No me disgustó esta novela, y no niego que cuenta con suficientes méritos para haber ganado un concurso como el que de hecho ganó: el Premio Herralde de Novela 2006. El texto mantuvo mi interés durante toda la lectura, y me dejó con ideas y personajes interesantes en la mente al terminar. Sin embargo, tiene unos errores que empañaron mi apreciación; los describiré a continuación. El uso del lenguaje también me gustó, pero algunos aciertos en redacción fueron derrumbados por metáforas retorcidas y mal manejadas.
Prefiero ni resumir la trama, para no arruinarla. Pasemos a los problemas.
En primer lugar, una duda que sobrevive al relato y no creo que fue bien manejada concierne el tipo de médico que es Andrés Miranda. Por ejemplo, es claro que Andrés sabe leer radiografías (p. ej., p. 137), que tiene un consultorio dinámico visitado por pacientes como Ernesto Durán (p. ej., p. 51), y que ocasionalmente practica cirugías (p. ej., p. 12). ¿Pero qué hace, en realidad, Andrés Miranda? Sabemos que su vocación por la medicina “no era pura” (p. 108), y que sentía cierta fascinación por los cadáveres más que por los pacientes (“Justamente, en esa condición irreal de la realidad [la de los cadáveres], Andrés encontró su lugar” [p. 110]). Hay un momento en que parece decidirse: “A medida que iba avanzando en la carrera, fue clarificando la idea de que su vida profesional estaba ligada a la investigación o a la docencia. La perspectiva de lidiar con pacientes, de manera diaria, como rutina laboral, cada vez le atraía menos. En el fondo, eso implicaba un riesgo que no sabía si realmente deseaba correr: el error” (p. 110). El texto no vuelve al tema, sino que muestra al Andrés Miranda ya descrito: con pacientes, en consultas, operando, etc. Pareciera que el autor hubiera suprimido el punto de conexión entre la descripción vocacional de Andrés y la cotidianidad de su práctica médica. Además, en su práctica, Andrés recibe pacientes, pero no sabemos de qué tipo; y vemos que una colega lo llamó a una operación en cierto momento para que Andrés viera “dos tumores en el hígado” de un paciente, porque ella “deseaba consultar su opinión en el caso” (p. 146). Esta confluencia de detalles oscurece, más que esclarece.
La incertidumbre sobre el tipo de médico que es Andrés me parece sintomática de otro problema de la novela, este más grave, y es su actitud hacia la experiencia de los médicos. La actitud que parece mantenerse en el texto es la de un extranjero a la medicina, la del señor de la calle que tiene una preconcepción de la práctica médica y no se desembaraza de ella. Hay terminología médica, es indudable, y florece una rápida lección de términos médicos en la página 147, pero hay otras actitudes hacia la medicina que son difíciles de creer (y que contrastan con la compenetración fantástica que logra McEwan con el neurocirujano Perowne en Saturday). El principal problema versa sobre la manera en que Andrés se siente mal por confiar en su instinto: “le irritó sentirse así, secuestrado por un pálpito, rehén de algo tan poco racional, tan escasamente científico, como una mala vibración” (p. 19). Luego dice que los médicos “pueden desconfiar, pero necesitan pruebas. Es un oficio que necesita evidencias. Un médico ve eritemas, hematomas, células, enzimas, variables proteicas; un médico lee síntomas, no atiende vibras, pálpitos interiores, escurridizas visiones” (p. 24). Esta apreciación no le hace justicia a la manera tan intuitiva que los médicos de verdad describen su oficio; un ejemplo flagrante es Atul Gawande en Complications, que constantemente nos recuerda de la coexistencia de pretensiones hiper-racionales y científicas, por un lado, con intuiciones inciertas, por otro. Barrera sólo retrata la primera dimensión, y lo hace parecer como si la segunda fuera pecaminosa.
Dejando ese tema atrás, el principal elemento imperfecto para mí fue el narrador. Se mete en la textura de la narración, pero no es tan consistentemente metido como Vonnegut en Slaughterhouse-Five, por ejemplo; si bien intenta justificar narrativamente algunas de esas intromisiones, las justificaciones son insuficientes e inconstantes. Paso ahora a ilustrar esto con ejemplos. Hay una larga serie de citas que me parecieron incómodas: ¿de dónde salen? Están Susan Sontag (p. 24), Baudelaire (p. 48), William Carlos Williams (p. 55), Foucault (p. 83), Christa Wolf (p. 117), Joseph Roth (p. 130), L. F. Céline (p. 133), J. R. Ribeyro (p. 148), y Chéjov (p. 156). Hay otras citas médicas, que se integran en la narración y se justifican, pero las que he señalado son problemáticas. Cuando ya estaba aceptando el hecho de que las introduce el narrador, viene un intento pusilánime de justificarlas, luego de citar a Christa Wolf: “Andrés no debería leer estos libros, pero los busca, cada vez con más ahínco […]. Algunas noches lee hasta la madrugada. Ha cerrado el consultorio por un mes” (p. 117). ¿Aparecen las citas, entonces, porque Andrés está leyendo los libros? Esto no cuadra, porque las citas han estado apareciendo (por ejemplo, Sontag), antes del cierre de consultorio y la lectura empedernida de libros. Y vienen otros intentos de justificar las citas. El texto cita a Joseph Roth, y luego dice: “Adelaida no lo sabe, jamás lo ha leído y jamás leerá a Joseph Roth, pero piensa más o menos lo mismo” (p. 130). Y luego de citar a Chéjov, el texto dice: “Tal vez, en secreto, algo así piensa ahora Karina mientras los mira” (p. 156). Todo esto me parece bastante fallido. Pudo haber colado las citas sin citarlas (sin referenciar el autor, por ejemplo), o pudo ser más personal la voz narrativa y meterlas sin pena. Esta solución intermedia y pálida me parece fracasada.
Y el problema narrativo continúa. Algunas veces, el narrador mete un zarpazo moralista que no tiene nada qué ver con los personajes, como aquí: “Probablemente todos nacemos con un miedo así, tan impreciso como contundente. Vaga dentro de nosotros, sin saber adónde ir pero sin abandonarnos nunca” (p. 13). Aquí hay otro, dudosamente asociado con los pensamientos de Andrés: “Las mujeres no pueden entender que, a veces, los hombres sientan que el sexo también es un deporte; un deporte que además se puede practicar a cualquier hora, en cualquier momento, y contra cualquiera. Lo masculino es demasiado básico, de escasa elaboración. La ética amorosa suele ser femenina” (p. 23). ¿De dónde salió este tono de sabio pontificante? No sé, y me parece que elementos como este constituyen intromisiones indebidas. De manera semejante, el excursus (pp. 56-60) sobre la empleada de servicio (Merny) y su pobreza es excesivo y rosa; luego se integra en la trama, pero sigue sin justificar su largo desmedido.
Lo último que señalo sobre el problema narrativo es que a veces no se decide entre una tercera persona omnisciente (casi toda la novela es así) y un tercero que no sabe lo que los personajes piensan (un buen ejemplo es el “tal vez” que cité hace dos párrafos: “Tal vez, en secreto, algo así piensa ahora Karina mientras los mira” [p. 156]; ¿cómo así que “tal vez”?).
Habiendo dicho eso, la novela vale la pena. Es una lectura breve pero cautivante, y los dilemas que trata, en particular el de Ernesto (a quien no describiría como hipocondríaco, a pesar de todo lo que se ha dicho al respecto), son poderosos.
Anónimo ha dicho que…
Wow, que buen análisis el de Capicúa...compraré la novela. Gracias por tantos detalles (bueno estudio literatura y para mi este tipo de análisis son bien importantes). Saludos si es que alguien puede ver este post después de los años jeje. Chao.