lunes, 29 de octubre de 2007

Fusilado: Julio Ramón Ribeyro


Sí, otra vez. Nada qué hacer. Es que Ribeyro es un escritor muy grande, muy poco leído, muy escasamente reeditado. Por ejemplo, del libro que voy a fusilar abajo no he visto nunca un puñetero ejemplar. Apenas fotocopias. Y la trascripción que hace muchos años me envió Jorge Valencia, y que me ha acompañado de disco duro en disco duro hasta llegar aquí abajo, al paredón de el ojo en la paja. (Un fragmento al menos.)

De quienes conozco, Jorge Valencia es la persona que mejor usa su tiempo libre, que es todo su tiempo. En una casita a menos de media hora de Medellín, entre árboles de tierra fría, Jorge pasa los días repasando matemáticas, diseccionando tipografías, coleccionando atardeceres y afinando dos oficios que conoce como nadie, carpintero y edecán solícito de su perro Bruno. Y alguna tarde la dedicó a transcribir estos
Dichos de Luder, que me envió creo que para que lo dejara en paz. A él las gracias, y los reclamos por algún error que se hubiera podido colar (aunque no creo: Jorge es más cuidadoso que un domador de tigres).

Para rematar, en el número 82 de
El Malpensante aparece un ensayo luminoso de Juan Gabriel Vásquez sobre los diarios de Ribeyro, La tentación del fracaso. Los estoy leyendo página a página, y los voy a comentar cuando los termine y antes de comenzar nuevamente a leerlos.


Dichos de Luder

—Ven con nosotros —le dicen sus amigos. La noche está espléndida, las calles tranquilas. Tenemos entradas al cine y hasta hemos reservado mesa en un restaurante.
—¡Ah, no! —protesta Luder—. Yo sólo salgo cuando hay un grado, aunque sea mínimo, de incertidumbre.

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Le preguntan a Luder por qué no escribe novelas
—Porque soy un corredor de distancias cortas. Si corro maratón me expongo a llegar al estadio cuando el publico se haya ido.

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—Una cualidad que te envidiamos es haber logrado siempre evitar las discusiones —le dicen a Luder.
—No veo por qué. Entrar en una discusión es admitir por anticipado que tu contrincante puede tener la razón.


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Hay autores que fracasan majestuosamente —dice Luder—. Son como un trasatlántico que se va a pique en plena tempestad, con todas sus luces encendidas, entre el ulular de las sirenas. Otros, en cambio, son como el tipo que se ahoga en un estanque fangoso, sin que nadie lo vea, agarrado al mango de una escoba podrida.


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—Por favor —dice Luder a su criada—, deja entrar a quien sea, menos a sociólogos barbudos que están haciendo una tesis sobre "El Escritor y su tiempo".

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Le hacen notar a Luder que nunca ha manifestado celo ni envidia por el triunfo de sus colegas.
—Es verdad. Eso les puede dar una idea de la magnitud de mi soberbia.


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—¡No te des tanta prisa! —le reprocha Luder a un amigo que tiene la costumbre de andar siempre muy rápido—. De todas maneras vas a llegar puntualmente a la hora de la cita que tienes concertada con la muerte.


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Un libro magistral —dice Luder— puede ser un agregado de frases banales, del mismo modo que con una sucesión de frases geniales no se hace un libro magistral. En el arte literario, curiosamente, el todo no es la suma de las partes.

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—¡No por favor! —protesta Luder, cuando vienen a buscarlo una vez más para que firme un manifiesto humanitarista o participe en un mitin a favor del pueblo oprimido—. Amar a la humanidad es fácil, lo difícil es amar al prójimo.

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Se tropiezan con Luder que camina velozmente por los malecones del Sena
—¿Adónde vas?
—A la plaza de la Concordia. A mediodía le cortan la cabeza a Luis XVI.
—¡Pero eso ocurrió hace dos siglos!
—¡Ah caramba! —dice Luder mirando su reloj—. Veo que llevaba un ligero retraso.

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— Estoy preocupado —dice Luder—. He leído que nuestro nuevo presidente no fuma, ni bebe ni juega ni enamora.
—¿Y qué?
—Me espantaría ser gobernado por un hombre que haya ganado un premio de virtud.


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—Soy como un jugador de tercera division —se queja Luder— . Mis mejores goles los metí en una cancha polvorienta de los suburbios, ante cuatro hinchas borrachos que no se acuerdan de nada.


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—Es un escritor tan anticuado —dice Luder— que cuando abres uno de sus libros todas sus letras salen volando, como una nube de polillas.


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—Esas casas en las cuales cada cosa está en su lugar me ponen la carne de gallina —dice Luder—. Se diría que están deshabitadas o que sus habitantes pasan superficialmente sobre todo. Cierto desorden es necesario para sentir la cálida palpitación de la vida.


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—Dile que no estoy —susurra Luder a su criada que le muestra una tarjeta de visita—. Es un semiólogo que anda en busca de una estructura.

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—Estoy arruinado —le dice un amigo que acaba de perder su modesto trabajo de profesor de colegio.
—Exageras —lo consuela Luder—. Los pobres siempre han estado arruinados. Sólo los ricos tienen el privilegio de arruinarse. Aunque también es verdad que un rico arruinado será siempre menos pobre que un pobre rico.

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—¡Cómo me hubiera gustado conocer a Goethe, a Stendhal, a Hugo, a Joyce! —exclama un amigo entusiasta.
—¡Ah, no! —protesta Luder—. No los hubieras aguantado mas de cinco minutos. Casi todos los grandes escritores son unos pesados. Sólo la muerte los vuelve frecuentables.


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—Nunca alcanzarás a los ricos —le dice Luder a un amigo mundano y arribista—. Cuando te mandes hacer tus ternos en Londres, ellos ya se los hacen en Milán. Siempre te llevarán un sastre de ventaja.

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—Lo mismo o algo parecido dice Montaigne en sus Ensayos —le reprocha alguien al escucharlo lanzar una sentencia moralizante.
—¿Y qué? —protesta Luder—. Eso sólo demuestra que los clásicos siguen plagiándonos desde la tumba.


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—No es que yo sea bondadoso —dice Luder—. Sucede simplemente que no soy malo. He escogido el cómodo camino de la virtud por omisión.

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—Lo que diferencia a los escritores franceses de los norteamericanos –dice Luder— es que los primeros se limitan a cultivar un jardín, mientras los segundos se lanzan a roturar un bosque.
—¿Y tú?
—Ah, yo sólo riego una maceta.

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—¿Qué opinas de la vanguardia? —le preguntan a Luder.
—¿La vanguardia? No tengo nada que ver con el arte de la guerra.

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Un amigo irrumpe en su casa para anunciarle que ya se firmó el armisticio.
—¡Bah! —comenta Luder—. Ya te darás cuenta de que la paz solo consiste en cambiar la guerra de lugar.


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—Leí en alguna parte esta frase —dice Luder—: “Nuestro primer deber es sobrevivir, ya luego nos ocuparemos de la victoria”. Pero también podría decirse “Nuestro primer deber es la victoria, que importa si no sobrevivimos”. Todos los aforismos son reversibles.

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—Hoy he amanecido particularmente optimista —dice Luder—. Creo que voy a
poder al fin dedicarme a la redacción de mi epitafio.


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—Me conmueve la desesperación de tantos jóvenes artistas por no perder el carro de la modernidad —dice Luder—. No se dan cuenta que ese carro conduce inexorablemente al Museo de las Antigüedades.


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—El peor de los lectores —dice Luder— es el intelectual zapatón que espera marxistamente sentado en el poyo de los libros la aparición de un mensaje.


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—Le falta una generación para ser realmente distinguida —dice Luder de una amiga de origen modesto que se ha pulido y encumbrado—. Si la observas bien, te das cuenta que debe estar extremadamente atenta pues, al menor descuido, le asoma el rabo de la vulgaridad.

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—Ha publicado un nuevo libro de poemas —le dicen de un escritor premiado .
—Ya lo sé —responde Luder—. Ha añadido una pieza más a su prontuario.

viernes, 26 de octubre de 2007

Las formas de la pereza, de Héctor Abad Faciolince




En todos sus libros, en sus columnas, en su trato, Héctor Abad exhibe dos valores en desuso: la cortesía y la buena conversación. Leyéndolo, tratándolo, uno puede decir que Héctor es delicado. Pero no se crea por esto que estoy hablando de Ned Flanders o del padre Marianito: Héctor es cortés y delicado pero a la vez es enérgico y directo. Les dice a las cosas por su nombre, y entabla no pocas discusiones con vivos y muertos, con poderosos y menesterosos, con ideas y con libros. Pero siempre lo hace en tono conversado, cálido.


En estos ensayos Héctor conversa con un montón de gente: Aristóteles, Karl Kraus, Nietszche, Elías Caneti, Montesquieu, Enzensberger, Cervantes, Claudio Magris, Thomas Mann, Newton, sus queridos Antonio Machado y Quevedo, Lichtenberg, Oscar Wilde, y paro aquí. Con semejante lista se podrá pensar qué jartera, debe ser un ladrillo lleno de citas y referencias y guiños eruditos. Pero no: Héctor pocas veces usa palabras raras, latinajos o expresiones en otro idioma, y si los suelta por ahí no se demora mucho en iluminarlos con la definición o la traducción precisa. Pura y medieval cortesía. Así hable de temas que podrían parecer ariscos, como sus queridos sonetos, el verso endecasílabo o Chateaubriand, Héctor habla para usted, el señor del saco azul y para usted, rubia de la cuarta fila.


Su sintaxis también es amigable, de andar por casa: frases poderosas, efectivas, trabajadas, brillantes y siempre claras, con un ritmo sabroso. Es que Héctor predica y aplica: algunos de estos ensayos —“Apuntes sobre el proceso creativo”, “Trece tesis sobre periodismo y literatura”, “Dogma, doxa y episteme”— tratan el oficio de escritor, de columnista, de opinador y ficcionador, y por aquí y por allí comparte sus principios rectores. Sólo lo voy a citar esta vez: “El trabajo del escritor no está hecho solamente de inspiración y exaltación creativa; buena parte del tiempo la escritura consiste en una paciente carpintería que lima rugosidades, pule contornos poco delineados, quita o añade relieves, esconde junturas, precisa ideas, vuelve eufónicas las cacofonías, amplía escenas y diálogos, elimina aburrimientos, desvíos y distracciones” (p. 35). Cuando lean el libro no se van a dar cuenta de esta paciente carpintería, porque cuando una pieza está bien hecha no se notan las costuras. Héctor nos anuncia sus digresiones, y si no lo hace de manera explícita nos lleva de la mano con suavidad por los ires y venires de sus reflexiones. En estos ensayos no tenemos pierde.


En el capítulo creo que 25 o 26 del Quijote don Alonso se suelta uno de los confites cándidos que tanto se encuentran en esa que es la mejor novela escrita en español: “el que lee mucho y anda mucho, ve mucho y sabe mucho”. Héctor ha leído mucho y ha andado mucho, y en este libro comparte caminos y lecturas con nosotros.


Lo que tengo que decir sobre este libro es que está muy bueno. Y no me voy a detener en argumentos peregrinos: cómprenlo y léanlo. Primero porque como dije está muy bien escrito. Segundo porque los temas son variadísimos: las formas del matrimonio y el amor, las formas de la pereza, las formas de la lectura y la escritura, las formas de la globalización (“globalización MacDonlad's” y “globalización Google”), las telenovelas y la televisión y por qué es tan malo Paulo Coelho. Héctor aquí actualiza los clásicos, los llena de vida: para poner sólo un ejemplo, una frase de Aristóteles le sirve para diferenciar periodismo y literatura. Tercero, porque está muy bien editado, creo que no tiene un solo error desde la sorpresiva carátula hasta el colofón. Y ya no tengo nada más para decir, sólo repetir: cómprenlo y léanlo.


Héctor Abad Faciolince, Las formas de la pereza, Bogotá, Aguilar, 2007, 218 páginas.

lunes, 22 de octubre de 2007

Fusilado: Edgar Rice Burroughs








Escribió 68 libros que se vendían muy muy bien en quioscos, casi todos parte de series de aventuras más amplias. Las más conocidas, Pellucidar, cuyo escenario era el centro de la Tierra, Barsoom, que transcurría en Marte, y la que le dio fama eterna, Tarzán de los Monos, que se desarrollaba en el oriente de África. No voy a mencionar nada de su vida anterior a la escritura porque aquí sigue en sus propias palabras, como él se quiso ver.

Esbozo autobiográfico

Siento mucho no haber tenido un existencia más excitante, que me hubiera permitido ofrecer un esbozo autobiográfico de mayor interés, pero soy una de esas personas que tienen pocas aventuras, de las que siempre llegan al incendio cuando el fuego se ha extinguido.

Nací en Pekín en los tiempos en que mi padre era asesor militar de la emperatriz de la China, y viví allí, en la Ciudad Prohibida, hasta los diez años. El íntimo conocimiento del idioma chino, que adquirí durante esos años, me ha resultado muy útil, sobre todo en el adelanto de dos de mis estudios favoritos: la filosofía y la cerámica chinas.

A poco de que mi familia regresara a los Estados Unidos fui secuestrado por unos gitanos, que me retuvieron casi tres años. No me trataban mal y en muchos respectos esa vida me atraía, aunque eventualmente escapé y regresé a casa de mis padres.

***

Incluso hoy, pasados muchos años, recuerdo con nitidez la noche tormentosa de mi escapatoria. Pedro, el rey de los gitanos, siempre me recluía en su tienda de campaña donde él y su mujer me podían vigilar por las noches. Pedro tenía un sueño muy ligero, lo que siempre constituyó un obstáculo en extremo arduo de salvar para mis intenciones de evadirme de las garras de mis captores.

Esa noche la lluvia, el viento y el trueno me ayudaron. A la espera de que Pedro y su mujer se durmieran, comencé a escurrirme hacia el borde de la carpa. Mientras pasaba junto al rey una de mis manos se posó sobre un duro objeto de metal que yacía a su lado: era su daga. En ese mismo instante despertó. La vívida luz de un relámpago iluminó el interior de la tienda, y vi los ojos de Pedro fijos sobre los míos.

Tal vez fue el miedo lo que me motivó, o tal vez la pura rabia contra mis secuestradores. Mis dedos se cerraron sobre la empuñadura de la daga, y en la oscuridad que siguió al relámpago hundí la delgada hoja de acero hasta el fondo de su corazón. Era el primer hombre que mataba; murió sin decir ni mu.

Mis padres se alegraron con mi regreso, pues hacía tiempo habían perdido toda esperanza de verme de nuevo. Durante un año viajamos por Europa, donde las enseñanzas de un tutor resultaron tan eficaces a la hora de retomar mi interrumpida educación que a la vuelta pude ingresar a la Universidad de Yale.

***
Mientras estuve en Yale obtuve algunos triunfos en cuestiones deportivas, que se sumaron a mis títulos en boxeo de peso pesado y lucha grecorromana; en el último año fui capitán de los equipos de fútbol y de remo. Graduado summa cum laude, estuve dos años en Oxford y luego regresé a los Estados Unidos y me alisté en el ejército en procura de un puesto de oficial.
Pasados dos años obtuve el rango de subteniente y fui adscrito al Séptimo Regimiento de Caballería. Mi primer servicio activo fue con el general Custer en la batalla de Little Big Horn, de la cual fui el único sobreviviente.

La manera como escapé a la muerte durante la masacre es casi milagrosa. Mi caballo había sido ultimado, de modo que yo estaba peleando a pie con los restos de la tropa bajo mi mando. Sólo puedo adivinar lo que realmente ocurrió, pero creo que la bala que me dio en la cabeza ha de haber pasado antes a través de la cabeza del hombre que había frente a mí, de modo que me llegó con un mínimo de fuerza, apenas el suficiente para aturdirme.

Caí redondo entre dos piedras; y luego un caballo recibió un tiro y cayó encima de mí, de modo que su cuerpo sobre el mío me escondía de los ojos del enemigo, al tiempo que las piedras evitaban que me aplastara. Al recobrar el conocimiento había oscurecido, por lo que me escurrí de debajo del caballo y conseguí escapar.

***

Tras la deriva de seis semanas que duró mi esfuerzo por eludir a los indios y regresar con mi gente, llegué hasta un puesto de avanzada del ejército, pero cuando quise reincorporarme al regimiento me dijeron que yo estaba muerto. La consecuente insistencia sobre mis derechos condujo a un arresto por suplantar a un oficial. Todos los miembros de la corte me conocían y deploraban profundamente la acción que se veían obligados a tomar; pero yo estaba oficialmente muerto, y regulaciones son regulaciones. Con ser que llevé el asunto hasta el Congreso, no tuve mejor suerte allí; y finalmente me vi obligado a cambiar de nombre, optando por el que ahora llevo, amén de que debí empezar una nueva vida.

Durante varios años luché contra los apaches en Arizona, pero la monotonía del asunto me agobió, de modo que recibí con inmensa alegría el telegrama del finado Henry M. Stanley en el que me invitaba a sumarme a su expedición africana en procura del doctor Livingstone.
Acepté de inmediato y asimismo puse quinientos dólares a su disposición, con la condición, eso sí, de que mi nombre o mi conexión con la expedición se mantuvieran en secreto, pues siempre he huido de la publicidad.


***

A poco de llegar a África me extravié de la expedición y fui capturado por los árabes de Tippu Tib. La noche en que me iban a ejecutar escapé, pero una semana después caí en manos de una tribu de caníbales. Mi largo y rubio cabello, así como mi bigote y mi barba ondulantes del mismo tono, los sobrecogieron a tal punto que me asignaron la deferencia temerosa que reservaban para sus dioses y demonios primitivos.

No pretendían hacerme daño pero así y todo me tuvieron prisionero por tres años. También tenían en cautiverio a varios grandes antropoides de una especie que creo es totalmente desconocida para la ciencia. Los animales eran de tamaño enorme y poseían una gran inteligencia; y durante el cautiverio aprendí su lenguaje, el cual habría de venirme muy a mano cuando muchos años después decidí relatar algo de esa experiencia en forma de ficción.
Finalmente conseguí escapar del pueblo de caníbales y me dirigí hacia la costa, donde, sin un céntimo y sin amigos, me embarqué en un velero que iba rumbo a la China.

Habiendo naufragado en costas de Asia, eventualmente me abrí camino por tierra hacia Rusia, donde me alisté en la caballería imperial. Un año más tarde fue mi buena fortuna matar a un anarquista que iba a asesinar al zar, servicio por el cual fui ascendido a capitán y asignado al cuerpo de guardaespaldas imperiales.

Fue estando al servicio de Su Majestad donde conocí a mi esposa, una dama de compañía de la zarina; y recién casados, cuando murió mi abuelo y me dejó de herencia ocho millones de dólares, decidimos venir a América a vivir.

Con las fortunas conjuntas de mi esposa y mía, yo no necesitaba trabajar, pero no podía tampoco estar ocioso, de suerte que me puse a escribir, más como un pasatiempo que como una vocación.
Vivimos en Chicago por unos cuantos años y luego nos mudamos al sur de California, donde hemos vivido más de trece años en este abrevadero ahora famoso llamado “Tarzana”.
Tenemos once hijos, diecisiete nietos y tres biznietos.


***

He probado la fama... No es nada. Hallo la felicidad más completa cuando estoy a solas con mi violín.

Julio 9 de 1932
Lo fusilamos de: revista El Malpensante, N° 7, Bogotá, noviembre-diciembre de 1997, pp. 85-86. Traducción de Andrés Hoyos.

jueves, 18 de octubre de 2007

Trilogía sucia de La Habana, de Pedro Juan Gutiérrez




Al menos cuatro palabras vi en la carátula de este libro que llamaron mi atención: “Trilogía”, “sucia”, “La Habana” y “Anagrama”. A por él, entonces, aunque no supiera nada del autor ni de la obra. Desembolsé los 63 mil pesos y salí rapidito para mi casa. Retiré el bulloso papel celofán, abrí una página cualquiera y enterré mi nariz ahí, como hago siempre con un libro nuevo. (Ese olor es más adictivo que la metanfetamina.)

Relatos cortos, lenguaje sin mayores florituras, una Habana que no aparece en las noticias maquilladas que vienen de Miami ni —mucho menos— del Granma. Mucho alcohol, cantidades de sexo explícito, algo de marihuana, contrabando, anécdotas del diario de vecinos y conocidos que si no hubiera estado en esa ciudad no me creería. Me iban gustando.

No le paro muchas bolas a las fajas promocionales de los libros, pero luego del quinto o sexto relato le di una mirada a la que abrazaba la carátula de este volumen y que deseché antes de arrancar con la lectura. Entre las frases de cajón encontré una obvia referencia a Bukowski. Claro, se parecen en la frase corta —cortante—, en la llenadora primera persona del singular, en el uso del eufemismo pero no para ocultar sino para poner en evidencia, en la cadena interminable de trabajos temporales que emprende el narrador, en la crudeza y sabiduría para hablar de sexo (“El sexo es un intercambio de líquidos, de fluidos, saliva, aliento y olores fuertes, orina, semen, mierda, sudor, microbios, bacterias. O no es. Si sólo es ternura y espiritualidad etérea entonces se queda en una parodia estéril de lo que pudo ser”, piensa Pedro Juan en la página 11). Ya por la página 152 encontré una directa referencia a “mi amigo Hank”.

Claro, se parecen Hank y Pedro Juan. Pero también encuentro una gran diferencia: Pedro Juan no tiene humor. A veces uno se ríe, pero es de las situaciones que se desprenden de una isla barroca y salerosa, exuberante en todo, hasta en la escasez: le está ayudando a empacar a una amante española que regresa a su país, y la dama “había dejado algunos objetos valiosos regados por la habitación: unas chancletas de goma usadas pero todavía en buen estado, medio frasco de shampoo, confituras, blocks de notas, pedazos de jabón, una maquinilla de afeitar desechable.
”—¿Vas a dejar todo eso?
”—Sí. Nada sirve.
”Oh, sí sirve [...] Aquí todo sirve” (p. 34).

Cuba está en pleno período especial, los relatos transcurren entre 1994 y 1995. Todo el mundo tiene hambre, todo el mundo está flaco. Y todo el mundo está buscando unos pesos para completar. “La pobreza tiene muchas caras. Quizás su cara más visible es que te despoja de la grandeza de espíritu. Te convierte en un tipo ruin, miserable, calculador. La necesidad única es sobrevivir” (p. 153). “Esta era la etapa del sálvese quien pueda, después de aquella otra del socialismo y no muerdas la mano del que te da la comidita” (p. 173).

Luego de leer estos relatos uno conoce a los cubanos que hacen fila, que rebuscan, que fuman y beben, que pelean, que bailan y se ríen y lloran, los cubanos que se suicidan, los que no aparecen en las noticias. Y eso es bonito, porque Cuba no se parece a ningún otro país del mundo y lo que uno puede conocer de ella está demasiado filtrado, embellecido por la propaganda oficial o afeado por los renegados de Miami. Agradecí eso de este libro. Lo cerré cuando me faltaban algo menos de 100 páginas para acabarlo porque me pareció algo monótona la manera de contar esa Cuba. Pero ahí quedará, y seguro voy a leerme algún relato suelto de vez en cuando.


Pedro Juan Gutiérrez, Trilogía sucia de La Habana, Barcelona, Anagrama, décima edición, 2005, 362 páginas.

sábado, 13 de octubre de 2007

Fusilado: Anthony Bourdain





El único programa de cocina que incluye una advertencia por su contenido explícito es No reservations, que escribe y presenta Tony Bourdain. Y no es raro: allí fuma todo el tiempo, come lo que le pongan, toma cualquier tipo de bebida legal o ilegal —hasta yagé— y dice cosas poco edificantes sobre todo y sobre todos. No hay, gracias, corrección política en su programa. Ni en su vida, parece: no oculta su adicción durante años a la heroína, que pudo cortar enganchándose a la cocaína; el disco que más le gusta es el despelucado Fun House de los Stooges, y… mejor lean cualquiera de sus libros, todos con alusiones a su vida fuera de las cocinas y los viajes. Los de no ficción, al menos, porque Bourdain es también el autor de tres novelas muy bien vendidas: Bone in the Throat, Gone Bamboo y Bobby Gold, sin traducción hasta ahora en español. Los de cocina sí están traducidos literalmente a español (uf, cuándo las editoriales españolas van a dejar de pensar local en las traducciones que encargan… es una pereza verdadera leer tanto gilipollas, capullos y términos parecidos en esos libros): Malos tragos, Confesiones de un chef —de donde fusilamos estos paternales consejos que vienen en
seguida—, y
La cocina de Les Halles, el restaurante donde trabaja desde hace años, en Manhattan. Perdonarán el cliché, pero antes de que le metan el tenedor al artículo que sigue debo desear buen provecho:

De nuestra cocina a tu mesa


El otro día vi un cartel colocado a la entrada de uno de esos híbridos chino-japoneses, que empiezan a brotar por toda la ciudad. Anunciaba “Sushi a precio reducido”. No puedo imaginar mejor ejemplo de “Cosas para no fiarse”, que una ganga de sushi en una casa de comidas. Y, sin embargo, el local estaba lleno. Me pregunté si estaría igual de lleno en caso de que el cartel hubiera dicho “Sushi barato” o “Sushi de hace días”.

La buena comida y el buen yantar están por encima de todo riesgo. Una ostra a cada momento te dañaría el estómago. ¿Quiere eso decir que debes dejar de comer ostras? De ninguna manera. Es cierto que, cuanto más exótica sea la comida, cuanto más atrevido sea el comensal, más posibilidades hay de futuras molestias. No por eso me voy a negar el placer de comer morcillas, sashimi o ropa vieja en el tugurio cubano, sólo porque algunas veces me haya sentido mal unas horas después de haber comido esos platos.

Pero hay algunos principios generales que me parecen razonables. Cosas que he visto a lo largo de los años han quedado grabadas en mi memoria y han alterado mis hábitos alimentarios. Estoy muy dispuesto a probar la langosta a la parrilla en una de esas destartaladas barbacoas al aire libre del Caribe, donde la refrigeración es dudosa y veo con mis propios ojos cómo zumban las moscas alrededor del asador. (Pero, vamos a ver, ¿voy tan a menudo al Caribe? Cuando voy ¡quiero aprovechar todo lo posible!) Por el contrario, en mi país, donde por razones de oficio como a diario en restaurantes, me he fijado algunos síes y noes terminantes que, por propia decisión, rigen mi vida.

Nunca pido pescado los lunes, a menos que coma en Le Bernardin, donde sé que compran el pescado directamente a pie de barca. ¡Sé que los lunes, la mayoría de los mariscos tienen cuatro o cinco días de antigüedad!

Entras una aletargada noche del lunes en un bonito sitio de dos tenedores en Tribeca y ves que está marchando un delicioso y sabroso plato del día: atún de las islas del Pacífico, hinojo guisado, tomate triturado y salsa de azafrán. ¿Por qué no pedirlo? Las dos palabras que te saltan a la vista cuando recorres el menú son lunes y plato del día.

La cosa funciona así: el chef de ese bonito restaurante encarga el pescado los martes, para que se lo entreguen el viernes por la mañana. Encarga una buena cantidad puesto que, hasta la mañana del lunes siguiente, no habrá reparto. Sí, ya sé, algunos proveedores reparten los sábados... Pero el mercado está cerrado los viernes por la noche. ¡Desde el martes el pescado es el mismo! El chef espera deshacerse del grueso de ese pescado —tu atún— el sábado por la noche, cuando supone que la concurrencia será más numerosa. También supone que, si sobra un poco para el domingo, se deshará del resto sirviéndolo en ensalada de mariscos en la comida o como plato del día. ¿El lunes? Es noche de liquidar todo lo que haya sobrado, si es posible sacándole dinero. ¿Te parece muy mal? ¿Por qué no tira las sobras de atún? El tío podrá reabastecerse el lunes, ¿verdad? Sí, seguro que puede... Pero ¿qué impide que su proveedor no piense exactamente lo mismo? ¡El pescadero también está vaciando su refrigerador! Pero ¡si el mercado de la calle Fulton está abierto los lunes por la mañana!, te dices. ¡Puedes conseguir pescado fresco! He estado en el mercado de la calle Fulton a las tres de la mañana del lunes, amigos míos, y os aseguro que no inspira confianza. Hay muchas posibilidades de que el atún que estás pensando pedir el lunes por la noche haya estado dando vueltas —ya cortado— entre los ingredientes que es necesario tener a mano en la puesta a punto de la cadena, mezclado con pollo, salmón y chuletas de cordero durante cuatro días, mientras las puertas de las neveras se abren y cierran cada pocos segundos, conforme los cocineros meten las manos para tantear a ciegas lo que necesitan. Es evidente que ese atún no ha estado en óptimas condiciones de refrigeración.

Ésa es la razón de que no aparezcan el bacalao ni otros productos perecederos en los platos del día de los domingos o lunes por la noche: no aguantan todo lo que sería de desear. El chef lo sabe. Prevé la casi segura posibilidad de tener todavía rodando por ahí algún pescado los lunes por la mañana... Y le gustaría sacarle dinero sin envenenar a los clientes.

Los mariscos son asunto peliagudo. La tortuga roja puede costarle al chef sólo diez dólares el kilo, pero el precio incluye huesos, cabeza, escamas y todo aquello que se corta y tira. Una vez limpia, el precio verdadero de cada pieza de filete le cuesta al chef más del doble y preferirá venderlo que tirarlo a la basura. Si todavía huele bien el lunes por la noche... te lo comerás.

No como mejillones en los restaurantes, a menos que conozca personalmente al chef o haya visto con mis propios ojos cómo los guardan y conservan hasta el momento de servirlos. Me encantan los mejillones. Pero, por experiencia, sé que casi todos los cocineros son menos que escrupulosos cuando los manipulan. La mayor parte de las veces los dejan regodearse en su maloliente meada, al fondo de la nevera de acceso rápido. Estoy seguro de que algunos restaurantes tienen contenedores especiales con cubos perforados, que permiten el drenaje mientras los mejillones están en reserva... Y es posible —sólo digo posible— que los cocineros de esos restaurantes los saquen con cuidado uno por uno cada vez que reciben una orden y se aseguren de que están vivos y sanos, antes de echarlos a la cazuela. No he trabajado en muchos sitios donde se tomen esas precauciones. Los mejillones son demasiado fáciles de hacer. Los cocineros los consideran un regalo. Tardan dos minutos en cocerse, pocos segundos en ir a parar a un cuenco y ¡listo! otro cliente servido, mientras ellos pueden concentrarse en filetear esa condenada pechuga de pato. En una estupenda brasserie de París tuve la desgracia de que me tocara un mejillón en mal estado. El muy ladino estaba escondido entre un montón de otros ejemplares impecables. Me hizo callar como un libro cerrado y me mandó al servicio casi a cuatro patas, sujetándome la barriga con las manos. Cagué como una rata y vomité como si lanzara un proyectil. Esa noche recé. Durante muchas horas. Y, como ya te habrás imaginado, soy ateo perdido. Afortunadamente, los franceses tienen una política muy abierta para pedir asistencia médica a domicilio y ofrecen buenos servicios sanitarios. Pero no pienso repetir la experiencia. ¿Mejillones? No, gracias. Si tengo ganas de mejillones, escogeré los que tengan buena pinta entre los que tú hayas pedido.

Y ¿qué pasa los domingos con los mariscos? Bueno... a veces puedes pedirlos. Pero nunca permitas algo tan obvio como dejarte encajar mariscos a la vinagreta o fritura de pescado en el menú del brunch. Los menús del brunch son una tentación para los chefs pendientes de los costos, un vertedero para cuanto ha sobrado de las noches del viernes y el sábado o para los desperdicios generados durante el servicio normal del negocio. ¿Te imaginas un pescado que estaría mucho mejor con un vuelta y vuelta a la parrilla y una rodaja de limón, aderezado de repente con vinagreta? Cuando en un menú veas cualquier plato a la vinagreta, más vale que leas conservado o disfrazado a la vinagreta.

Y ya que hablamos de brunch, ¿qué decir de la salsa holandesa? A las bacterias les encanta la holandesa. La holandesa, esa delicada emulsión de yema de huevo y mantequilla fundida, hay que mantenerla a una temperatura ni demasiado caliente ni demasiado fría. O se cortará cuando eches la primera cucharada en los huevos pasados por agua. Desgraciadamente, esa temperatura tan difícil de mantener es el caldo de cultivo favorito de las bacterias para copular y reproducirse, ahí mismo. Nadie que yo conozca ha hecho nunca una salsa holandesa en el momento de recibir el pedido. Lo más probable es que lo que le pones a los huevos esté hecho horas antes y mantenido en reserva. También es preocupante la posibilidad de que la mantequilla utilizada para hacer la salsa holandesa sea mantequilla ya servida en alguna mesa, recogida, calentada, clarificada y colada para quitarle las migas de pan y la ceniza de los cigarrillos. Como bien sabes, la mantequilla es cara. La holandesa es una salsa de auténtico riesgo biológico.

¿Cuánto tiempo ha estado ese beicon canadiense poniéndose rancio en la despensa? Recuerda que, en Estados Unidos, el brunch no se sirve más que una vez a la semana (los fines de semana). Aquí la frase de moda es “Brunch menú”. ¿Traducción? “Repugnante montón de sobras variadas y dos huevos por doce dólares, más un Bloody Mary gratis”. Otro detalle sobre el brunch: los cocineros lo aborrecen. Un chef sensato despliega a sus mejores cocineros los viernes y sábados por la noche. En cambio se resiste a designar a esos cocineros para trabajar los domingos por la mañana temprano. Sobre todo porque lo más probable es que, terminada la faena del sábado, hayan salido por ahí y le hayan dado al trago hasta la madrugada. Y lo que es peor, el brunch es desmoralizante para los cocineros serios. No hay nada que haga sentirse a un aspirante a escoffier más parecido a un cantinero de cuartel, o al del Mel from Mel Diner, que tener que echar un par de huevos encima del bacon and eggs los domingos por la mañana. El brunch es un potro de tortura para el equipo de cocineros de segunda. O el sitio donde los recién salidos de la cantera de lavaplatos aprenden a cortar chuletas. La mayoría de los chefs libran los domingos, de modo que la supervisión está bajo mínimos. Tenlo en cuenta antes de pedir fritura de pescado.

Sí... Voy a comer pan en los restaurantes aunque sepa que, probablemente, lo han reciclado de alguna otra mesa. La reutilización del pan es una práctica muy extendida en el oficio. Hace poco vi un reportaje —con cámara oculta y todo—, donde el locutor se mostraba escandalizado... sí, escandalizado, al ver que el pan sin usar volvía a la cocina y, de inmediato, lo llevaban otra vez al comedor. Pendejadas. Estoy seguro de que en algunos restaurantes les enseñan a los ayudantes de camarero bengalíes a tirar todo el pan sin usar —que suele ser el cincuenta por ciento— y es posible que en algunos sitios lo hagan de verdad. Pero, cuando en pleno ajetreo, el muchacho tiene que quitar las migas de la mesa, vaciar ceniceros, llenar los vasos de agua, hacer espressos y cappuccinos, meter a toda pastilla los platos sucios en el lavavajillas... y ve una cesta llena de pan sin tocar, la mayor parte de las veces lo usa. Es la triste realidad. Eso no me preocupa a mí ni debe sorprenderte a ti. Está bien, es posible que de vez en cuando, algún palurdo tuberculoso haya tosido y rociado bacilos en dirección a la cesta del pan. O que algún turista recién llegado de una gira a pie por los pantanos de África occidental haya estornudado. La perspectiva puede provocarte aprensión. Pero, en tal caso, tendrás que privarte de viajar en avión o subir al metro, ambientes igual de peligrosos para las enfermedades transmitidas por el aire. Come pan.

No como en restaurantes con baños apestosos. Es una decisión irrevocable. Hazte enseñar los baños. Si el restaurante no se preocupa por reemplazar el rollo de papel o de toallas descartables, por mantener limpio el váter y el suelo... imagínate cómo estarán los refrigeradores y las mesadas. Los baños son relativamente fáciles de limpiar. Las cocinas no. Si ves al chef sentado en el bar sin afeitar, con el delantal sucio y medio dedo metido en la nariz, ya puedes dar por sentado cómo manipulará la comida cuando esté detrás de las puertas cerradas. ¿Parece que tu camarero se acaba de levantar después de haber dormido bajo un puente? Si la gerencia le permite rondar por el salón de esa guisa, ¡sabe Dios lo que harán con tus langostinos!

¿Bisté a la Parmentier? ¿Pastel del pastor? ¿Plato del día al chili? Me suenan a sobras... ¿Y el pez espada? Me gusta muchísimo. Pero cuando mi proveedor de pescado sale a cenar no lo come. Ha visto pulular por él demasiados parásitos de un metro de largo. Ves unos cuantos bicharracos de ésos —todos los hemos visto— y no vuelves a probar el pez espada en mucho tiempo.

¿Lubina chilena? Está de moda. Es cara. Con seguridad congelada. Para mí fue una sorpresa verla en el mercado hace poco. Es evidente que casi todas llegan congeladas, duras como una piedra, todavía con espinas. Como ya dije, el mercado de la calle Fulton no es muy tentador. El pescado está ahí, sin hielo, en cajones churretosos, al aire libre en pleno agosto. El que no se vende temprano, se vende más barato después. A las siete en punto, los compradores chinos y coreanos, que han estado esperando en los bares de alrededor, caen como aves de presa sobre el pescadero y compran lo que queda a precio de saldo. Los últimos en llegar son los que compran pescado para los gatos. Recuérdalo cuando veas el cartelito de “Sushi a precio reducido”.

“Resérvalos para los bien hechos” es una antigua tradición, que se remonta a los primeros tiempos de la cocina: la carne y el pescado cuestan dinero. Cada plato de comida hecha debe venderse tres y hasta cuatro veces más cara de lo que cuesta, para que el chef pueda ganar el porcentaje que le corresponde. ¿Qué pasa entonces, cuando el chef encuentra la punta de un cuarto trasero de vaca correosa, bastante parecida a una suela de zapato, que ha ido empujando repetidas veces al fondo del refrigerador? La puede tirar sin más. Pero eso significa una pérdida importante, si multiplica por tres lo que ha pagado por kilo. Puede llevársela para alimentar a la familia, que es lo mismo que tirarla. O puede reservarla para los bistés bien hechos... Y servírsela a algún palurdo que prefiere comer el trozo de carne o pescado tan “bien hecho”, que quede convertido en una suela de zapato carbonizada. El buen hombre no sabrá decir si lo que está comiendo es un plato de comida o de desechos. En general, cualquier chef que se precie odia a esos clientes, los mira con desdén por hacerle estropear su estupendo plato. Pero no es el caso. ¡El estúpido cabrón paga por el privilegio de comer basura! ¿Cómo no va a caerle bien?

Los vegetarianos a ultranza —y las ramas escindidas tipo Hezbolá— son motivo de permanente irritación para cualquier chef que valga algo. La vida sin chuletas de ternera, grasa de cerdo, chorizos, carne orgánica, demi-glacé o queso apestoso, no merece ser vivida. Los vegetarianos son el enemigo de todo cuanto tiene de bueno el espíritu humano, una afrenta contra todo lo que yo sostengo: el puro goce de la comida. Esos cabezotas creen que el cuerpo es un templo que no debe ser contaminado por proteínas animales. Insisten en que es más sano aunque, siempre que he trabajado con algún camarero vegetariano, lo he visto derrumbarse al menor asomo de un catarro. Oh, ya les daré yo verduras... Rebuscaré por ahí algo para darles, un plato vegetariano si me lo piden. Catorce dólares por unas cuantas láminas de berenjenas y calabacines a la plancha es el precio que me cuadra. Y déjame que te cuente una anécdota.

Hace varios años, en un antro de damas y caballeros desinhibidos de la avenida Columbus, tuvimos la mala suerte de contratar a un joven muy sensible que, además de llevar una vida social agitada —incluidas muchas y distintas prácticas sexuales poco saludables—, tenía algo de abogado de pobres. Despedido por incompetente, le dio por demandar al restaurante. Alegó que su problema gastrointestinal —provocado por amebas— era consecuencia de las tareas desempeñadas en él. La dirección del restaurante se tomó el litigio muy en serio: contrató los servicios de un epidemiólogo, que analizó la materia fecal de todos los empleados. Los resultados, a los cuales tuve acceso, fueron más que esclarecedores. La conclusión del especialista fue que la cepa de amebas del camarero era común en personas que llevaban su estilo de vida... y en muchas otras. Lo interesante fueron los resultados del análisis de nuestros marmitones mexicanos y sudamericanos. Esos tipos tenían ingente cantidad de bichos varios. Ninguno de ellos les provocaba enfermedad ni molestias. Los resultados obtenidos en nuestro restaurante no eran diferentes de los de cualquier otro. Entre mis recién llegados hermanos latinoamericanos, ese tipo de cosas es normal, su sistema está habituado a ellas y no les causan molestia alguna. Las amebas se transmiten con más facilidad cuando se manipulan verduras crudas y, sobre todo, cuando se lavan productos de hoja verde para ensaladas. Piénsalo la próxima vez que quieras intercambiar profundos besos de lengua con un vegetariano.

Ni siquiera voy a hablar de la sangre. Digamos sólo que en la cocina nos cortamos con mucha frecuencia. Y dejémoslo ahí.

Hay quien dice que el cerdo es un animal apestoso, para explicar por qué se niega el placer de comerlo. Quizá deba visitar un criadero de pollos. El plato favorito en los menús de Estados Unidos es también el que peor impresión te hará. Los pollos disponibles en el comercio (no hablo de pollos y otras aves de granja) están plagados de salmonela. Los pollos son sucios. Se comen sus propias heces, están amontonados unos sobre otros, como nosotros en las horas punta del metro, y, cuando se los manipula en la cocina de un restaurante, es más que probable que infecten otros alimentos o se contaminen entre ellos. El pollo es aburrido. Los chefs lo consideran un plato del menú para la gente que no sabe qué quiere comer.

¿Langostinos? Muy bien, si parecen frescos, huelen a fresco y el restaurante está muy concurrido, cosa que garantiza la renovación permanente de las existencias. Pero ¿tostada de langostinos? Paso. ¿Entro en un restaurante, el comedor está casi vacío y el dueño con cara de desgraciado tiene los ojos clavados en la ventana? No pido langostinos.

El principio se aplica a cualquier plato que de verdad sea exótico y aventurado como, es un decir, la bouillabaisse. Si es un restaurante conocido por sus carnes y no parece demasiado concurrido, ¿cuánto tiempo crees que llevan guardadas en el refrigerador esas pocas raciones de calamares, mejillones, langosta y pescado, a la espera de que alguien como tú la pida? La clave está en la rotación. Si el restaurante está lleno y ves que los platos de bouillabaisse salen volando por las puertas de la cocina cada pocos minutos, es probable que la elección sea acertada. Pero ¿un menú variado y extenso en un sitio medio vacío, con poco movimiento? Los platos menos populares —como la caballa a la plancha o el hígado de ternera— siguen deteriorándose en el rincón más oscuro del vasar porque lucen en el menú. Más vale que no los pidas. Mira la cara del camarero que te atiende. Él sabe. Es otra de las razones para ser cortés con tu camarero: puede salvarte la vida levantando una ceja o dando un suspiro. Si le caes bien, evitará que pidas esa pieza de pescado que sabe puede hacerte daño. Es posible que el chef le haya ordenado bajo pena de muerte que haga marchar ese bacalao antes de que empiece a apestar de verdad. Observa el lenguaje corporal y toma nota.

¿Consignas para comer bien? De martes a sábado. Sitios concurridos. Movimiento. Rotación. Martes y jueves son los mejores días para pedir pescado en Nueva York. Las provisiones que entran los martes son frescas, los preparados están recién hechos, el chef bien descansado después de haber librado domingo y lunes. Es el verdadero comienzo de la semana, cuando tienes la buena voluntad de la cocina de tu parte. Los viernes y sábados las provisiones son frescas, pero hay mucho ajetreo, de modo que ni el chef ni los cocineros pueden prestarle a tu pedido la atención que ellos —y tú— quisierais. A los comensales de fin de semana todos, tanto cocineros como camareros, los miran con recelo, casi con desprecio. Son los que tienen la mandíbula caída de aburrimiento, los palurdos, los vecinos de los suburbios, los que piden que la carne esté bien hecha, los que apenas dejan propina, las hordas que están haciendo tiempo para ir al teatro y ver Cats o Les Miz. Los que nunca vuelven. Los comensales de los días laborables son gente conocida... en general clientes habituales, a quienes todos los involucrados pretenden satisfacer. Descansado y bien dispuesto después de su día libre, los martes el chef da lo mejor de sí. Acaba de recibir los productos de mejor calidad y tiene uno o dos días por delante para pensar en vérselas con platos de nueva creación. El martes por la noche quiere estar contento. Los sábados está más preocupado porque llegue el momento de poner las mesas patas arriba y meterse en la movida.

Si el restaurante está limpio, los cocineros y camareros bien vestidos, el comedor ajetreado y todo el mundo parece de verdad pendiente de lo que hace —no sólo tratando de ganar unas pelas extra, entre audiciones de prueba para aparecer en Los mejores días de nuestra vida—, son muchas las posibilidades de que hayas entrado en un sitio donde te van a servir una comida decente. ¿El dueño, el chef y el camarero con cara de aburridos están en la mesa de enfrente hablando de fútbol? ¿El fontanero cruza el comedor con un trozo de tubería? Mala señal. Si vives en la vecindad, observa los camiones que por la mañana descargan la mercadería a la entrada del local. ¿Son repartidores de pescados, carnes y otros productos de renombre? Buena señal. Si ves tres furgones siniestros sin marca de origen descargando a la vez, o grandes camiones con remolque de cadenas de comercio nacionales —ya sabes, de esos que dicen “Proveedores de restaurantes e instituciones desde hace cincuenta años”—, recuerda a qué restaurantes e instituciones se refieren: cafeterías, escuelas, prisiones. No entres, a menos que te gusten las raciones de comida rápida.

¿Te asustan todas estas horripilantes aseveraciones? ¿Vas a dejar de salir a comer fuera? ¿Te vas a restregar con toallas antisépticas cada vez que pases frente a un restaurante? De ninguna manera. Como dije antes, tu cuerpo no es un templo, es un parque de diversiones. Disfruta de la salida. Es una especie de aventura, tipo si pierdes, la pagas. Pero eso ya lo sabías, cada vez que has pedido un taco o un asqueroso hot dog. Si estás dispuesto a correr apenas un poco menos del riesgo de rigor por una de esas salchichas acarameladas italianas en el mercadillo callejero o por una porción de pizza que sabes lleva horas esperando en el mostrador, ¿por qué no probar suerte con algo que merezca la pena? Todos los grandes avances de la cocina clásica se deben a esos sujetos que fueron los primeros en comer mollejas, probar el Stilton sin pasteurizar, descubrir que los caracoles saben verdaderamente bien con bastante mantequilla de ajo. Eran temerarios, innovadores y desesperados. No sé a quién se le ocurrió que, si haces engullir a un ganso alimentos ricos durante suficiente tiempo hasta que se le hinche el hígado y pese más que el cuerpo, consigues algo tan sabroso como el foie gras. Creo que fue a esos majaretas de los romanos pero, en cualquier caso, les agradezco mucho el esfuerzo. Tragar pescado crudo delante de ti —sobre todo cuando no existía la refrigeración— puede parecerle una locura a quien lo vea y, sin embargo, ha resultado ser una buenísima idea. Dicen que Rasputín acostumbraba a tomar todos los días un poco de arsénico en el desayuno, para tener altas las defensas cuando quisieran envenenarlo. Me parece una medida acertada. A juzgar por lo que se cuenta de su muerte, al Monje Loco no le afectó en absoluto la sustancia venenosa. Para rematar la faena fueron necesarias varias palizas, un par de balazos y la larga caída desde un puente al río helado. Tal vez nosotros, comensales dignos, debamos emular su ejemplo. Después de todo somos ciudadanos del mundo... De un mundo lleno de bacterias, unas inocuas, otras no tanto. ¿Queremos de verdad viajar en papamóviles herméticamente sellados a través de las zonas rurales de Francia, México y el Lejano Oriente, comiendo sólo en Hard Rock Cafés y McDonalds? ¿O queremos comer sin temor, arremeter con los guisos locales, las humildes taquerías de carnes misteriosas, el regalo sinceramente ofrecido de una cabeza de pescado apenas dorada? Yo sé lo que quiero. Quiero de todo. Quiero probarlo todo, por lo menos una vez. Te concederé el beneficio de la duda, Señor Dueño del puesto de tamales, Suchi-chef-san, Monsieur Bucket-head. ¿Qué es esa ave de presa emplumada colgada en el porche, casi a punto de caerse, que va tomando olor a lo largo del día? Dame un poco.

No tengo ninguna gana de morirme ni una afición enfermiza por la disentería. Si sé que guardas los calamares a temperatura ambiente cerca del cajón del gato, tiraré los calamares a la calle. Muchísimas gracias, señor. Seguiré comiendo mariscos martes, miércoles y jueves porque conozco el paño, porque puedo esperar. Pero si, aunque no me hayan presentado personalmente al chef, se presenta la ocasión de probar una auténtica cena de pez globo, estoy en una ciudad extraña del Lejano Oriente y mi avión sale mañana... ¡Pues a él! Sólo pasaré por allí una vez en la vida.

Lo fusilamos de: Anthony Bourdain, Confesiones de un chef. Aventuras en el trasfondo de la cocina, Barcelona, RBA Libros, traducción de Carmen Aguilar, 2001, 286 páginas.

martes, 9 de octubre de 2007

La enfermedad, de Alberto Barrera Tyszka




Hace unos días me contó Octavio Escobar, de quien he comentado un par de libros aquí y aquí, una anécdota entre aterradora y graciosa: conoce a unos buenos lectores que antes de comprar un libro hacen cálculos de cuánto vale, dividen la cifra por el número de páginas y con el resultado ven si vale la pena comprarlo o no. Si hacen el cálculo con esta novela les va a salir a 360 pesos la página. ¿Eso será caro o barato para ellos? ¿Lo van a comprar?

La enfermedad me pareció un poco costosa, pero cada página me entregó algo más que esos 360 pinches pesos que seguro van a regatear los lectores de la anécdota de Escobar. Esta novela me entregó sorpresa, conocimiento, trama, sentimiento. Me quitó también, hay que decirlo, un par de lágrimas y dos o cuatro sonrisas la historia de un médico que duda si dar o no una noticia, la del hipocondríaco acosador, la del enfermo terminal que se debate entre luchar o entregarse a la muerte inevitable, la de la secretaria que responde mails por otra persona. No voy a dar muchos detalles porque esta novela es contenida, y me da miedo dañar el fino suspenso con alguna noticia puesta a la ligera.

La historia va más allá de exámenes y hospitales: inevitablemente cualquier venezolano, si se le da aire, terminará hablando de la situación de su país, y aquí no pasa lo contrario: “Hablan de todo un poco y terminan, por supuesto, hablando del país. Ya es muy común. Andrés de repente piensa en que la situación política ha salvado a muchos matrimonios que ya no tenían de qué hablar. Ahora las familias se reúnen y tienen tema. La política ha resucitado sus vínculos, sus euforias” (p. 90).

Y esta es una historia de la enfermedad y sus espacios en primer plano, en segundo de Venezuela y su momento, pero también y sobre todo es una historia familiar: cómo se reorganiza la batería de defensa de una familia ante lo inevitable: “Ante los ojos de todos, hay una vida que está siendo arrasada, arrebatada, sin miramientos. Hay mucha gasa, mucha limpieza, mucho personal calificado…, pero no hay ninguna piedad” (p. 170). Y en medio de toda la historia política, familiar, personal y hospitalaria, las reflexiones de su protagonista, el doctor Andrés Miranda sobre la salud y la enfermedad: “La enfermedad también es un acto desleal, una infidelidad inaceptable” (p. 72); “La salud es un ideal inmóvil. La más perversa de todas las utopías” (p. 83). También está exponiendo al lector algunas ideas sobre la práctica médica, a veces con un humor amargo: “Los médicos casi nunca utilizan adjetivos. No los necesitan” (p. 11).

Desde hace una semana me estaban faltando 30 páginas de esta novela, y las estaba leyendo de a poquitos por tristeza de que se me acabara. En fin, este post se estaba demorando mucho, así que tuve que llegar al punto final hace un rato. Ya comencé a extrañar esos buenos momentos de lectura que me dio La enfermedad. Y a sólo 360 pesitos la página. Llévela, llévela.


Alberto Barrera Tyszka, La enfermedad, Barcelona, Anagrama, 2006, 168 páginas. (Esta novela ganó el Premio Herralde el año pasado.)

jueves, 4 de octubre de 2007

Cuentos de matrimonios, de Vicente Verdú


Algo más de cuatro decenas de piezas componen este dibujo detallado del matrimonio adulto. Funcionan perfectas sueltas, pueden leerse en orden o desorden, como cualquier colección de cuentos, pero en conjunto nos acercan a la anatomía cotidiana de la relación de pareja.

Gracia y desdicha, abulia y entusiasmo, lumbagos, celos, complacencia y deseo de la mujer del prójimo componen este retrato de las parejas que ven pasar los días en sus apartamentos, oficinas, consultorios de terapistas de pareja y cabañas vacacionales. Algunos son graciosos —“La comida del bebé”, “Toldos Adolfo”—, otros están enmarcados por la tristeza o el desánimo —“La practicante”, “El amante”, que fue para mí el más brillante de todos estos Cuentos de matrimonios.

Casi todos comparten la misma estructura: ante una decisión, un evento —o una serie de acontecimientos casi siempre del diario— le sigue la reflexión del narrador alrededor de dicho evento o decisión: explora posibilidades, adelanta conclusiones, mira desde diversos ángulos. Esta no es una limitación, es un registro de la cantidad de variables que intervienen en el día a día de una pareja que intenta sostenerse. También casi invariablemente el narrador es un varón maduro, de entre cuarenta y cincuenta años, a veces de nombre Vicente, como el autor.

Definitivamente el señor Verdú fue mi gran encuentro literario reciente. Los invito a pasar a su prosa, no les va a tomar mucho tiempo porque don Vicente va al punto; como dije en un comentario a otro libro suyo, no hay aquí recovecos, devaneos, desvíos. Con este autor es a lo que vinimos. Son tan cortos y tan sabrosos estos cuentos que no resisto la tentación de fusilar uno.


Terapia familiar 1

Doctor Simeone: ¿A usted, qué cosas le gustaría cambiar?

Bárbara: Yo querría sacarme de encima la duda que acarreo sobre mí misma. Siempre creo, o creo con frecuencia, que, cuando discutimos, él se coloca en una posición de crítica absoluta sobre lo que represento, y esto me hace cerrarme a sus argumentos. Sólo pienso en defenderme. Me gustaría sufrir menos tensión, actuar más relajada, relativizar las cosas. Al fin y al cabo, yo soy la primera en reconocer algunos puntos en los que me comporto mal, pero me es imposible admitirlo cuando llega el momento adecuado. Me siento acosada, acorralada, y necesito echar la culpa a los demás. No soporto ser inculpada, y cuando me censura lo siento como un ataque injusto, desproporcionado. Siento que no me quiere... Ahora se me ha puesto la mente en blanco.

D.S.: Bueno, bueno.

B.: No quiero dar una impresión equivocada. Pero estoy cansada de discutir, de defenderme. A veces pienso que no puedo soportarlo más. Hay un montón de cosas que necesitaría cambiar.

D.S.: En una primera sesión no podemos resolverlas todas, es necesario ir poco a poco. ¿Y en cuanto a usted, Pedro?

Pedro: Para mí se producen hechos pequeños, cosas quizás sin importancia que me resultan intolerables. Le pondré un ejemplo: no soporto que se vaya acabando el tubo de pasta de dientes, por ejemplo, y que nadie, a excepción de yo mismo, sea capaz de darse cuenta. Entonces espero una mañana, una noche, otro día entero, y, cuando ya es imposible extraer un milímetro más, estallo. No lo considero razonable. Estoy seguro de que habría tenido un nuevo tubo enseguida si lo aviso a mi mujer o a la chica, pero me callo y aguardo.

D.S: ¿Y por qué cree usted que se calla?

P.: ¿Sinceramente? Pues, sinceramente, yo creo que me callo por culpabilizar a los demás. Yo estoy acostumbrado a culpabilizarme. Y en cuanto comprendo que en un caso poseo argumentos sobrados para trasladar la recriminación a otros, lo aprovecho.

B.: Podías comprar la pasta de dientes tú. Hay una farmacia dos portales más abajo.

D.S.: Exactamente. ¿Por qué no compra usted el dentífrico si tanto le molesta que se agote?

P.: Porque si soy el que compra el dentífrico, me siento deprimido y solo.

B.: Eso es una bobada.

D.S.: Déjelo hablar.

P.: No se trata sólo del dentífrico. Pasa igual con el papel higiénico, con el gel. Por otra parte, yo me ocupo de las cosas de afeitar. Pero en las cosas comunes, en el jabón, las bebidas, las cosas de la casa...

B.: El doctor va a sacar la sensación de que yo no me ocupo de nada.

P.: Se ocupa. Se ocupa de los niños y de muchas cosas. Pero ¿sabe usted desde cuándo no me hace un regalo?

B.: ¿Y tú?

P.: Te traje unos pendientes de La Coruña hace menos de un mes. Ni te acuerdas.

B.: Sí, los pendientes dorados. Los redondos con piedrecitas.

P.: Que no te pones.

D.S.: Procuren ser más positivos. Usted, Pedro, parece estar reclamando una atención excesiva. ¿Ha pensado en ello?

P.: Yo sólo aspiro a que reconozca algunas cosas que no hace del todo bien. Es lo único que pido.

B.: Esto depende de cómo se planteen las cosas, de cómo se pidan las cosas. Es muy incómodo sentirse permanentemente vigilada y acusada, esperar de un momento a otro que se te ponga en la picota.

P.: Exagera. No sabe usted lo que exagera. Yo no tengo inconveniente en aceptar las cosas que hago mal. Incluso sé que me atribuyo muchas culpas que a lo mejor no me corresponden.

B.: Le gusta el papel de víctima. Es una de sus constantes. No podría vivir sin sentirse víctima. Considerarse un insatisfecho y un desdichado es la tendencia que más le gusta.

D.S.: ¿Cree usted que su mujer tiene razón?

P.: Tiene razón. Yo también estoy cansado de este papel. Pero ¿cómo hacer?

D.S.: Muy bien. Diga, ¿qué debería hacer?

P.: Supongo que ser más positivo. No sé.

B.: Sí que lo sabe, pero espera que si se muestra como victima tiene más derecho a reclamar.

P.: Ser víctima o presentarse como víctima tampoco es tan agradable.

D.S.: Pero, a la vez, usted lo prefiere. ¿No es así?

P.: En parte.

D.S.: ¿Por qué solicitaron hora para la consulta precisamente la semana pasada? ¿Qué pasó la semana pasada?

B.: Hemos venido porque queremos transformar las cosas. Estamos volviéndonos unos neuróticos, y los chicos nos oyen discutir casi a diario.

P.: El doctor pregunta por qué precisamente pedimos hora la semana pasada. Cuéntale el asunto de las sábanas. Es importante, por favor.

B.: Cuéntaselo tú.

P.: Bueno. Cuando nos fuimos a acostar estuvimos discutiendo sobre si las sábanas estaban sucias o limpias. A mi parecer, las sábanas, o lo que sea, las toallas por ejemplo, no deben cambiarse un día determinado a la semana, como ella pretende. Si están sucias se cambian y en paz. Estuvimos peleando durante más de una hora. Ella sostenía que no podían estar sucias después de cuatro días, y repetía este argumento sin cesar. Pero las sábanas, por lo que sea, no estaban limpias. En mi opinión, lo natural habría sido zanjar la disputa poniendo otras enseguida. Estaba esperando de un momento a otro que saltara de la cama y trajera un nuevo juego del armario. Todo habría quedado resuelto, pero no lo hizo. Lo importante para ella era quedar por encima. No admitir lo que era evidente. Defender sus determinaciones.

B.: Las sábanas estaban pasables. Era lunes y las habíamos cambiado el jueves. O yo me estoy volviendo loca o se está volviendo loco él.

D.S.: Ustedes son personas instruidas. Una vez que se han escuchado, ¿podrían intentar una explicación de por qué se comportan así?

B.: Yo creo que no sabemos hacerlo de otro modo.

P.: Las sábanas estaban sucias. Y con sus obstinaciones llega un momento en que uno ya no sabe lo que es y lo que no es. En este caso o en otro. Éste es el problema.

D.S.: ¿Está usted seguro de que éste es el problema o es su problema?

P.: ¿Usted qué cree?

D.S.: Bueno, bueno. Lo importante aquí es sólo lo que crean ustedes.


Lo fusilamos de: Vicente Verdú, Cuentos de matrimonios, Barcelona, Anagrama, segunda edición, 2000, 190 páginas.

martes, 2 de octubre de 2007

Guías literarias de Bogotá, Cartagena y Medellín




A comienzos de este 2007 la editorial Aguilar publicó las guías literarias de Bogotá, Cartagena y Medellín, tres libros que no tienen precedentes en el país y cuya aparición hay que destacar y celebrar.

Con el formato clásico de las guías turísticas, alargado, portátil, consultable, estas guías literarias recogen atmósferas, recorridos, personajes y episodios de estas tres ciudades, narrados por escritores de todas las épocas, en todos los géneros: historia, poesía, crónica y narrativa, entre otros. Por ejemplo, la de Bogotá incluye fragmentos de escritores en ejercicio como William Ospina, Santiago Gamboa y Ricardo Silva, así como textos históricos de Lucas Caballero Calderón, Luis Vidales, León de Greiff y Rafael Pombo. En la dedicada a Cartagena encuentra uno fragmentos de Gabriel García Márquez, Alberto Salcedo Ramos y Héctor Rojas Herazo, al lado de retazos de la historia de la ciudad escritos en el pasado por Mariano Picón Salas, fray Pedro Simón y Rubén Darío.

Cada fragmento recopilado se acompaña de un mapa que ubica la zona a que hace referencia el fragmento, así como de un comentario sobre la zona en la actualidad, propuestas de recorrido y detalles llamativos, para que el caminante aderece su paseo. Asimismo encontramos fotografías, postales, dibujos y caricaturas. Hay que destacar el fino trabajo en la escogencia del material gráfico y de los textos, que nos dan una visión amplia, abarcadora de estas tres ciudades y sus múltiples apariciones en las letras, a través de escritores, historiadores, periodistas y poetas que las recorrieron en algún momento de sus vidas.

Cada una viene acompañada de una introducción escrita por un autor relacionado estrechamente con la ciudad, titulada “Recorrido personal”: la de Bogotá, publicada con el apoyo de la Alcaldía Mayor y de Bogotá Capital Mundial del Libro, incluye el recorrido personal de Antonio Caballero, que inmortalizó a la capital colombiana en su novela Sin remedio. La de Cartagena arranca con el recorrido de Germán Espinosa, quien en obras como La tejedora de coronas y Noticias de un convento frente al mar ha querido volver a contar la historia de la Heroica. Héctor Abad Faciolince escribe su visión de Medellín, ciudad que ha servido de atmósfera y marco a todas sus novelas y a su último libro de memorias, El olvido que seremos.

En estas guías literarias de Bogotá, Cartagena y Medellín publicadas por Aguilar están estas tres ciudades completicas, sus escritores y sus lugares de referencia literaria, presentados de manera impecable. Vale la pena consultarlas, leerlas y usarlas para recorrer estas ciudades colombianas. Vale la pena hojearlas y leer lo que se ha escrito de ellas.