Fusilado: Héctor Abad Faciolince


Va siendo hora, lo comenté en otra entrada, que Seix Barral haga una segunda edición de ese libro imperdible, de los mejores de Héctor Abad si cabe decirlo, que es Palabras sueltas. Y que se pellizque y le haga una promoción decente, que lo ponga en todas las librerías, que patrocine reseñas como lo hace con tantas obras regularcitas que publica. Porque aun siendo un pequeño gran libro, la primera vez tampoco le hizo la difusión que merece, que merecen casi todos los volúmenes que saca una editorial tan grande y con tantos alcances económicos como Seix Barral, que como todos sabemos es parte del Grupo Planeta. A ver si con este humilde fusiladito se acuerda de que tiene semejante título en su catálogo de libros descatalogados. Yo sé que alguna gente por allá revisa este blog.

Héctor tomó material de sus columnas, de ensayos, de presentaciones que había escrito y las organizó en forma de diccionario. Apenas escogí cuatro entradas para no hacer muy extenso este post. Pero creo que no quedé satisfecho y que más adelante me dejaré venir con otras tantas. Por ahora, acá están estas, como abrebocas.


Abogado
Esa disciplina llamada derecho no carece de interés. Lo que es insoportable son los abogados. Nunca he pasado más de cinco minutos en compañía de un abogado sin tener que bostezar –en el mejor de los casos– o sin sentir que un amasijo de bilis y rabia me empieza a subir por el esófago. Detrás de su palabrería retorcida, los abogados no tienen otro oficio que demostrar que aquello que es inconveniente y está mal hecho sí se puede hacer legalmente, y que en cambio aquello que está bien hecho y conveniente es ilegal.

Voy a poner un ejemplo de abogado en acción. Está uno, digamos, en una asamblea de vecinos de un edificio. Nada del otro mundo. Todo parece claro, nítido, decidido y resuelto. Se le aumenta el sueldo al portero, se cogen las goteras y se permiten los perros. Listo. Ya todos (ingenieros, amas de casa, poetas) se pusieron de acuerdo en diez minutos. Va a acabarse la reunión, que por suerte fue tan corta. En ese preciso instante, desde el fondo la sala, con fingida humildad, con una medio sonrisita, pide la palabra el Abogado. Se pone de pie, carraspea para aclararse la voz, se acomoda el nudo de la corbata, une las manitas en ademán de recogimiento, prolonga su silencio dramático, y al fin empieza a pronunciar un enredajo que desbarata todas las decisiones ya tomadas. Parece que lo más conveniente, según un artículo del reglamento de la copropiedad, sería coger al portero, permitir las goteras y prohibir los perros. O bien, eso depende, pagar por los perros, prohibir las goteras y echar al portero. De repente todo el mundo está confundido y en desacuerdo; nace la discordia; todos temen estar violando la ley; lo que parecía claro se vuelve oscuro y eso hace que se formen tres o cuatro bandos; comienza un alegato, la gente empieza a insultarse, la reunión se prolonga tres horas y va ya para eterna.

En ese momento vuelve a pedir la palabra el Abogado (las mismas manitas, el mismo carraspeo, el mismo silencio previo) y se ofrece para mediar. A cambio de una modesta, casi simbólica remuneración, dice, él estaría dispuesto a hacerse cargo de un detallado estudio jurídico del caso. La asamblea aplaude, con ganas de irse a dormir. Y deja todo en manos del jurisperito. Meses después el asunto sigue sin resolverse (las goteras cayendo, el portero bravo, los perros encerrados). El abogado se niega a dar el concepto hasta que no se le cancelen los honorarios. Al fin da su concepto: subirle el sueldo al portero, coger las goteras y permitir los perros. Suspiro de alivio.

En un país de abogados (y sobre todo, de abogados metidos a políticos) el oficio fundamental del gobierno y de la oposición no es ayudar a resolver los problemas, sino buscarle la caída jurídica a cualquier solución. Lo típico de los abogados es que nunca están buscando soluciones, sino problemas. Mejor dicho: ellos le ven el problema a cualquier solución. Y en manos de gente así, desde los tiempos del prócer Santander, está nuestro país. Oyéndolos discutir uno comprende por qué en Colombia no vivimos en “el imperio de la ley”, como dicen ellos, sino en el paraíso de los leguleyos.


Cita
Y entonces uno, harto de soledad y hambriento de pareja, acepta una cita a ciegas. Una vieja amiga hace el contacto. Te asegura que esa que te va a presentar (ella y tú, tú y ella), parecen hechos el uno para el otro, almas gemelas, espíritus mellizos, cerebros clonados que sólo por caprichos de la mala suerte no se han encontrado en el mismo espacio y a su debido tiempo. Y uno confía en esa vieja amiga, sí. Ah, las viejas amigas, esas muchachas que se volvieron señoras sin que nos diéramos cuenta, esas viejas amigas con las que hay mucha confianza y ni un mal pensamiento, esas viejas amigas que nunca sabemos si nos quieren o nos guardan rencor, esas viejas amigos todavía jóvenes, pero que ya están (como tú hace cinco años) al borde de dejar de serlo, esas viejas amigas que dicen conocerte como la palma de la mano, que se dicen expertas en tus gustos y apetencias, sí, ellas se encargan de concertar la cita.

Antes de la cita, como abrebocas, está la descripción de la víctima. La edad nunca la saben bien, es algo indefinido, de más de veinticinco y menos de cuarenta, pero es como te gustan, dice, ni rubia ni morena (¿y de dónde ha sacado que no te gustan ni rubias ni morenas?), culta (¿y quién ha dicho que te chocan las incultas?), alta (¿cuándo ha dicho alguien que la buscas alta?), más delgada que gorda, más paisa que costeña, con unas piernas largas, hizo una maestría en algo que podría ser, da igual, ciencias políticas o arte y decorado. Nada se saca en claro y pedir una foto sería de mal gusto, pues uno busca el alma, no el pecho ni el partido. Habrá que verla. Porque la cita es a ciegas, pero el amor no puede serlo.

Sigue la llamada por teléfono. Es tan difícil, en tres frases, saber por la bocina cómo es alguien. Ni bien ni mal parece, una voz alegre, descomplicada, bien dispuesta, sí, la vieja amiga mutua ya le había avisado, ella nunca lo hace, tampoco, eso de salir a ciegas, pero en fin, ¿cuándo? Y ahí viene un grave error, el viernes por la noche, a comer, te recojo a las ocho, mejor a las siete y media, para tener más tiempo. Viene luego la ilusión de la semana. Estamos en martes, tres días de agonía, cómo será, cómo será. La vieja amiga te asegura que esa es, que esa sí es, que esta al fin sí es, tu media naranja, tu zapatilla de Cenicienta, tu anillo al dedo, tu casa tibia, tu comida caliente, tu agua fresca.

Llega el viernes. La ducha vespertina, la afeitada triple, la loción, la camisa más blanca, los bluyines menos viejos, el carro aspirado. Sigue el timbre, el malestar en la boca del estómago, la impaciencia. Al fin la puerta se abre, ahí viene, algo increíble, qué sonrisa, qué cara inteligente, qué cuello (no sigamos bajando, por pudor). Pero no, hay un error, no es ella, pasa de largo, es de otro, es ajena, se saluda de beso con un muchacho en la esquina, no era ella. Y alguien te toca el hombro, unos dedos largos y afilados, las uñas con barniz, y pronuncia tu nombre entre los signos de interrogación. ¿Sí? Y pronuncia tu nombre en tono afirmativo. No puede ser. Y es. Te queda de consuelo un pensamiento: ojalá sea inteligente.

Quizá lo sea o no, difícil saberlo porque hay algo peor: la decepción fue mutua. Dos especies, un ratón y un pájaro que caen en la misma trampa, en la misma jaula, a la misma hora, y ya no pueden salir de ahí. Apenas son las siete y treinta y cinco, imagínense, es viernes, la noche por delante, la comida, los temas que no llegan. Vas al baño y te miras al espejo. ¿Qué estoy haciendo aquí? Te demoras todo lo que puedes. No importa que piense que sufro de la próstata. Mejor. Miras el reloj: ni siquiera las ocho. Pero antes de las once, un viernes, llevarla, sería una vergüenza. Ponerse una sonrisa en la boca, como una estampilla, y aguantar. Si hubiera sido un cafecito, un jugo por la tarde, todo sería soportable. Si hubiera sido un rato, por la noche, ya el rato estaría llegando a su final. Van a traer el postre, el tinto, otro vasito de agua, otro rato en el baño. Los dos se miran con desesperación. Callados, coinciden al menos en un pensamiento: ambos odian a la misma persona, a esa vieja amiga que tanto los conoce.

Después de la agonía de dos horas que parecen cuatro, dan las once. Es un alivio. Y saber que nunca más volveré a verte.

Claridad
Hay una tira cómica en la que Justo y franco pasan frente a una guardería infantil en cuya puerta hay un cartel que dice: “Lección de hoy: habilidad de comunicación no verbal con énfasis en la capacidad de poner fin en forma simbólica y formal a una relación personal en progreso por medio de normas semánticas gestuales”. Justo le explica al otro: “Quiere decir que les están enseñando a los niños a decir adiós con la mano”. Los comics, para hacer reír, exageran; pero en este caso están copiando literalmente la realidad de la jerga supertécnica y casi incomprensible con que se expresan hoy en día los maestros.

El uso permanente de esta jerga profesional, que complica inútilmente el lenguaje corriente, se debe a que a nuestra universidad le cayó una peste afrancesada: creer que para ser profundos hay que ser oscuros; creer que lo muy culto, lo muy inteligente, es lo poco claro, lo estrictamente técnico. En esta escuela de oscuridad se forman muchos de nuestros maestros y de ahí su tendencia a usar palabras rebuscadas, casi ridículas por altisonantes, giros de lenguaje complicados y a veces incomprensibles.

Tal vez en un congreso de especialistas, en el que la finalidad sea deslumbrar a colegas académicos, se justifique usar el lenguaje técnico de algunos pedagogos. Pero seguir usándolo en las relaciones cotidianas, y lo que es peor, en el contacto con niños, adolescentes y padres de familia, es un error grave. Más todavía, un error sospechoso. La jerga técnica es un escudo de tímidos, en el mejor de los casos. Pero más probablemente esconde una debilidad de pensamiento o un límite de la expresión corriente.

Los padres de familia estamos cansados. Los profesores ya no dicen que les están enseñando a leer y escribir a los niños, como diría cualquier cristiano, sino que están “implementando los mecanismos tendientes a coadyuvar en el proceso de apropiación de competencias en las capacidades de lectoescritura”. Uno queda cansado en el solo intento de descifrar ese tipo de frase; queda tan cansado oyéndola o leyéndola que ya no quiere saber cuál es la idea.

Esta peste es más dañina en la escuela que en cualquier otra institución, porque si un requisito se le debe exigir antes que cualquier otro a un profesor, es el de ser claro. Claridad, claridad, claridad. La primera virtud que debe cultivar un maestro (y por supuesto los maestros de maestros) es la claridad. Entendernos, con palabras sencillas, haciendo simple lo complejo. Hay, es verdad, materias que son difíciles, complejas; pero yo no me refiero a la complejidad intrínseca que tienen, por ejemplo, las nociones de la física cuántica. La complejidad que hay que combatir es esa complejidad adicional e inútil que se pone muchas veces en las materias humanísticas, y cuyo único fin es deslumbrar con grandes palabras en vez de iluminar con palabras simples.

El gran filósofo –que también fue pedagogo– Bertrand Russell era profundo y claro al mismo tiempo y exigía ante todo que las cosas se plantearan de una manera comprensible para todos. Lo que no se puede decir claramente es porque no se lo ha pensado claramente. ¿Para qué decir “el día que viene después de ayer y antes que mañana”, cuando tenemos la clarísima expresión hoy? Hablar y escribir no es poner acertijos y adivinanzas, es comunicarse con otros, hacerlos que participen de lo que pensamos.

La sospecha que se siente al ver que los profesores se escudan en la oscuridad es que tal vez, en el fondo, están envolviendo su ignorancia, su pobreza de ideas, en grandes palabras. Si un rector dice: “la concreción de los objetivos se podrá alcanzar en la medida de las concepciones que al interior del discurso escolar representen los elementos más conspicuos del estamento”, es posible (es seguro) que los oyentes o lectores no le entiendan nada. Pero como todos somos inseguros y el rector es una autoridad, tendemos a atribuirnos a nosotros la incapacidad de comprender el seguramente hondísimo planteamiento del rector. En cambio deberíamos ser capaces de denunciar semejante esperpento y exigir que se nos aclaren los términos, que nos hablen en una lengua comprensible. Es necesario un niño inocente que al fin sea capaz de gritar que el rey está desnudo, como en la famosa fábula. Esos discursos están desnudos, no tienen ningún fondo, son basura retórica. De otra manera no tendremos la posibilidad de evaluar y discutir, de construir un pensamiento crítico. Esta oscuridad desemboca en confusión, y la confusión en silencio, en ausencia de crítica, en oscurantismo.

Elegancia
Algunos preceptos elementales:
1. No hay nada tan de mal gusto como vestir a la última moda.

2. Estrenar es una indiscreción. Cuando los ingleses sabían comportarse con dignidad, no se ponían jamás un par de zapatos nuevos sin que antes los hubiera usado su mayordomo por una buena semana. En este caso la elegancia, como de costumbre, coincidía con la comodidad.

3. Antes y después de la comida se pueden poner los codos en la mesa. Durante no, porque el plato queda así muy lejos de las manos y de los cubiertos.

4. La gente que de verdad tiene autoridad o poder no los demuestra jamás llamándole la atención a alguien delante de otros.

5. Garchamarcuets. ¿Qué es eso? Nadie lo reconocería, pero es la forma como algunos italianos pronuncian el nombre de García Márquez. Pronunciar mal los nombres extranjeros no está bien. Pero es aún peor los que pronuncian toda palabra extranjera como si fueran nativos o como si su lengua materna fuera el esperanto. Lo que está bien es acercarse a la fonética de la lengua original, sin forzar demasiado la de la propia.

6. Una belleza demasiado evidente es ofensiva. Las personas que padezcan esta calidad deberán –como anota Gracián– “disimular la hermosura con desaliño”.

7. No decir que sí la primera vez. No decir que no (si tenemos ganas) la segunda vez. No pedir ni invitar ni insistir después del segundo no.

8. En la mesa: contra toda intuición hay quienes recomiendan comer mucho en casa de los pobres y casi nada en casa de los ricos. En ninguna de las dos llevarse el mejor pedazo, o el más grande. No acabar con los pasantes. No secuestrar la botella de vino que trajo un invitado. Si la salsa está muy buena, no es tan feo recogerla con un trozo de pan. Pero no limpiar tanto el plato que en la cocina se olviden de lavarlo.

9. No dar palmaditas en la espalda. ¿Tal vez a un amigo en un velorio?

10. Hay dos mujeres juntas, una mayor y otra menor. Se parecen. Jamás preguntar s la mayor es la madre. Nunca lo es. Y si lo es, también se ofende. Tampoco preguntar si son hermanas: se ofenderá la hija.

11. En público uno no se corta ni se limpia ni se muerde las uñas; no saca ni se saca espinillas; no se peina; tampoco se rasca parte alguna. Se puede hacer una excepción si acaban de picarlo las hormigas.

12. Después del primer encuentro corporal, dice una experta en buen tono, Lina Sotis, “jamás hay que preguntar: ‘¿te ha gustado?’, como si fuera una película. Eso lo dirá el futuro”.

13. Hay que usar con cautela la verdad y la mentira. La primera puede ser cruda, de una crueldad inútil, y la segunda elegante. Mi abuela, a los ochenta años, fue visitada por un novio que había tenido a los veinte. Él le dijo: “¿Qué se hizo, Victoria, tu pelo negro, tu piel, qué le pasó a tus manos? ¿Cómo es posible que hayas cambiado tanto?”. Mi abuela le respondió: “Tú en cambio estás idéntico, Robertico”.

14. Nada tan inelegante como dictar preceptos sobre la elegancia.


Lo fusilamos de: Héctor Abad Faciolince, Palabras sueltas, Bogotá, Seix Barral, 2002, 250 páginas.








Comentarios

borrasca ha dicho que…
Camilo pues si te identificas con las entradas del Abogado y la Cita lo mejor será que no vuelva por aquí porque me sacas tallada, soy abogada y estoy con ganas de una cita a ciegas jajajajaja

Pero igual te jodes, porque sigo viniendo cada vez que quiera pues me encantan tus fusilados, Héctor Abad Faciolince también es de mis preferidos.

Besos borrascosos
FRANCO ha dicho que…
Difícil opinar sobre Héctor Abad, siendo, en mi caso, su 'fan' irredimible. No cabe duda, eso sí, de que estas 'Palabras sueltas' son un jugoso bocado. ¡Deliciosas!
Lucaz ha dicho que…
Esta suerte de lexicón personal la empezó Hector Abad cuando escribía su columna semanal en Cromos. Una de esas columnas se tituló algo así como "Lloverá, si es que no escampa" y es de lo mejorcito que he leido sobre los economistas, al menos en lo humorístico. Camilo, ¿Será que esa entrada está en el libro?
Anónimo ha dicho que…
Como buen periodista de escritorio: más ínfulas que talento. Pero más risible todavía es la falsa modestia de este blog.
Sinar Alvarado ha dicho que…
ajá, sabrosas palabras sueltas. había leído algunas entradas en la biblioteca del señor jiménez; seguro de este mismo ejemplar, pero en condiciones más amables: en una mano el libro, en la otra un ron.

lo primero que leí de héctor abad fue su novela "angosta", y no me gustó mucho. luego he leído otras cosas, algunos ensayos y columnas, y me ha gustado bastante.

valga ahora la cuña: ¡volvió vainasmías!

saludos, s.
Anónimo ha dicho que…
Ja,ja,ja. Buenísimo!!!!
Sinar Alvarado ha dicho que…
cábala: los comentarios de las últimas tres entradas, todos terminados en uno (61, 41, 31), han ido disminuyendo. ¡ojalá esta no se quede en once!

s.
Anónimo ha dicho que…
Lo que menos importa es número.
m ha dicho que…
mencanta!!!
andres ha dicho que…
Está buena la de los abogados. No sé si ya fusiló la diatriba que Swift le dedica a los abogados en los Viajes de Gulliver.
Jules ha dicho que…
No sé... Me parece una entrada segura con este autor... estás conquistando a las chicas que pasan por acá? Seguro caen las mayorsitas... ñongo ñongo...
Sólo quería coquetearte un poco y mandarte un beso... escríbeme.
Jules ha dicho que…
uf... mayorcitas...
Andrés ha dicho que…
Mmm... mayorcitas...
yacasinosoynadie ha dicho que…
No se a mi don Héctor como que no me ha gustado mucho. No me pude terminar "El olvido que seremos" no se si fue porque de verdad me hartó el tono o porque no resistí la presión de "La pista de hielo" de Bolaño que me miraba inquieta desde la larga fila de espera en mi biblioteca. Aunque hay que aceptar que estos texticos están como sabrositos…

Aprovecho la ocasión para recomendar SOBREMANERA “My blueberry night” de Won Kar-Wai. Es la mejor película de las ultimas 10 que he visto (valga aclarar que No country, There Will Be Blood, La escafandra y la mariposa, y algunas otras muy buenas películas están entre las ultimas diez) De verdad es imperdible. Una delicia completa.
Anónimo ha dicho que…
Yacasinosoywilliam.

Hola, quiero tener un millón de amigos.
Sebastián ha dicho que…
De Héctor prefería no pensar fragmentariamente, es decir, a no guiarme por sus fragmentos sino por su todo; es brillante en algunas definiciones - como también lo es en algunos artículos de "Semana" - pero yo prefiero rodearme mejor de sus novelas que de sus artículos. Hay dos Héctors que no sé explicar bien todavía: ¿"Basura" la hizo con la basura del 2° Héctor que el primero suele guardarse? Y a propósito del "Olvido que seremos", los invito a "Para antes del olvido", de Tomás González
JGR ha dicho que…
A porpósito de Abad, yo aprovecho para recomendar un buen librito suyo, también sin reeditar, pero en este caso por Mondadori. Se llama Oriente empieza en El Cairo, y hace parte de una colección que reunió a un puñado de escritores hispanoamericanos para contar, en textos a caballo entre la realidad y la ficción, sus experiencias en algún punto del mapamundi. Aquí dejo algunas frasecitas:

- Sentimos una extraña nostalgia por lo nunca visto. Nostalgia de todos los lugares menos del nuestro

- Uno necesita un país así sea para marcharse de él

- No hallarás otras tierras ni otros mares; tu ciudad irá contigo a donde vayas (Kavafis)

- Ese fue el primer impacto. En El Cairo no llueve agua sino arena

- Cambiando de país el pudor cambia de sitio

- Esa creencia ciega, sin fundamento, que consiste en la pasajera ilusión de que antes de morir somos eternos. Nuestra razón sabe que vendrá la muerte pero por suerte a esa razón no le creemos

- La caridad cristiana ha derribado más templos y borrado más mitos y ritos que todas las otras religiones juntas (supuestamente más bárbaras)

- Tal vez todos los hombres tenemos dos mujeres: una en la mano y otra en la cabeza

- Occidente es el sitio donde la religión se debilita

- este es el destino feliz y también tragedia del escriba: que todo para él, más que por la vivencia, pasa por el tamiz de las palabras.

Saludos,
Juliana
Zapata Montoya ha dicho que…
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Zapata Montoya ha dicho que…
Anónimo, sinceramente no le encuentro ninguna lógica subliminal a tu relación, pero de todas maneras gracias por las palabras de pésame; sobre todo porque esa figura del perdedor funciona publicitariamente a las mil maravillas, especialmente con las damas, quienes babean por los genios incomprendidos en búsqueda de protección. Y mejor paro aquí antes que nuestra Blanca Nieves no se vuelva a llenar de mocos.
adióspues ha dicho que…
Saludo. Ya salió el libro. Me gustarìa que nos vieramos la proxima semana. Un saludo.
Geisha ha dicho que…
Tu blog es sencillamente irresistible, me encanta por completo y me permito copiar lo de la elegancia que me ha hecho reír mucho (reír de forma elegante por supuesto)