jueves, 21 de agosto de 2008

Chiquita, de Antonio Orlando Rodríguez



Cuando me dicen que un autor es prolífico, leído y premiado en literatura infantil y juvenil, y que ha publicado una novela o unos relatos “para adultos”, por decirlo de alguna manera, mi primer impulso es confiar en ese autor. Hay que ser un muy hábil narrador para encantar a quienes comienzan a leer y están rodeados de tal cantidad de estímulos para no hacerlo.

Y muy hábil narrador resultó ser Antonio Orlando Rodríguez. Chiquita es un artefacto literario muy inteligente que desde el comienzo nos pone en un sabroso terreno de indefinición, en el cual no sabemos dónde están los puntos cardinales correspondientes a la ficción y la realidad. Toma un personaje excéntrico –una liliputiense, 26 pulgadas de estatura en un cuerpo perfectamente proporcionado– y lo ubica en un espacio geográfico que no se parece a ningún otro –Matanzas, Cuba– en un momento histórico vibrante –su guerra de independencia–. De allí lleva a la protagonista a Estados Unidos no a pasear con las caravanas de freak shows, sino a triunfar en los escenarios más sofisticados del mayestático Nueva York del siglo XIX.

Pero lo más sorprendente de este libro, la verdadera lección de oficio literario que despliega, es la manera en que se cuenta esa historia. Por los años veinte del siglo pasado la liliputiense contrató a Cándido Olazábal, un escritor fantasma cubano, para que escribiera la historia de su fantástica vida (“La Gran Depresión le pusieron luego a esa época, pero cuando nosotros empezamos a vivirla ni nombre tenía”, dice el escritor fantasma en la página 15). Olazábal va recomponiendo esa vida se supone que para Antonio Orlando Rodríguez, pero de tanto en tanto encuentra un capítulo perdido, y lo reconstruye de memoria. Con esta estrategia cambia el discurso, la textura, y el relato fluye más ligero y movido aún. Rodríguez inserta de vez en cuando notas al pie de la página para aclarar un dato, una fecha, un nombre, y sigue el lector en ese terreno donde no están muy bien definidas la realidad y la ficción.

La historia tiene de todo para tocar los límites de la literatura fantástica o las historias para jóvenes (y para mantener al lector pegado a sus páginas): una bruja malvada, la abuela de Chiquita, quien se encarga de organizar las vidas de todos a su antojo y con ello destruye los futuros de todos. Ya con los nombres que les ha puesto a sus nietas tiene para arder en el infierno por toda la eternidad: Exaltación, Blandina y Expedita; la hija de su esclava recibe el nombre de Rústica, quien luego se convertirá en la dama de compañía de la protagonista, y ésta recibe el poco proporcionado nombre de Espiridona (sus apellidos son Cenda del Castillo). Con 26 pulgadas de tamaño y semejante nombre, alguien se preguntará: “¿A quién se le ocurre ponerle un nombre tan grande a una piltrafa de gente?” (p. 28). Pero también hay en esta historia un amuleto misterioso, el robo de ese amuleto y una serie de muertes violentas a su alrededor; manuscritos antiguos; una secta de liliputienses con su propio idioma y con ardides de conspiradores en la Europa medieval; historias de celebridades y del mundo del espectáculo en general; un pescado con personalidad; amores fáciles y amores tormentosos… en últimas, una novela con todas las de la ley: arquitectura inteligente, historia llamativa, personajes recios, anécdotas inolvidables, humor.

Con semejantes razones, todavía me estoy preguntando por qué llegué hasta la página 300 y pico y simplemente la dejé de lado sin remordimientos para emprender otro libro. Raro.

Antonio Orlando Rodríguez, Chiquita, Bogotá, Alfaguara, 2008, 550 páginas.

21 comentarios:

Javier Moreno dijo...

Carajo. Publica esta reseña antier y se la hago traer a mi courier desde Bogotá. Ahora habrá que esperar. Suena divertidísima.

Camilo Jiménez dijo...

Hombre Javier, y la tenía lista desde hace días, pero no me había sentado a pegarla del blog. Lástima.

Aunque, viéndolo bien, TIENE que estar publicada en España, pues fue la ganadora de la última versión del Premio Alfaguara de Novela. Ahí desde Lyon la puede conseguir en el "vecino país", o en alguna librería especializada en libros españoles de ahí o de París. Vale la pena, una lectura como para el verano. Saludos.

Martín Franco dijo...

Mierda, ¿y por qué la dejaste? Tan bien que venía y abandonarla así, de sopetón... no sé: algo tuvo que pasar, ¿no?

Sinar Alvarado dijo...

pasa con las mujeres, pasa en la vida real, pasa en TNT.

buena reseña, cap.

s.

m dijo...

jaja, sinar, si, pasa en la vida real. Premio Alfaguara? se me cayó la ilusión, las malas "elecciones" de Alfaguara me han dado dolor de panza. y prometí no volver a leer un premio, será darle el beneficio de la duda a esta.

Javier Moreno dijo...

Cierto, Camilo. Caí en cuenta al rato de que seguro se consigue en Barcelona. La próxima semana la compro.

Katherinncita dijo...
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rogelio dijo...

Como es de bueno no leer lo que "no se puede dejar de leer"...

rogelio dijo...
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rogelio dijo...

Como es de bueno no leer las mejores cosas...

Samuel Andrés Arias dijo...

La comencé a leer hace un mes y le estoy metiendo el diente a bocados pequeños en medio de otras lecturas. Es muy buena.
M, dale el chance a ésta y a Delirio de Laura Restrepo. Han sido lo mejorcito del Premio Alfaguara, ¿ya te lo había dicho en otro comentario, cierto?

supersalvajuan dijo...

Apuntado queda, buena crítica.

Camilo Jiménez dijo...

Ja ja ja, Sinar, muy bien.

Martin: ni idea, pero la novela no es de dejar. Me pasó a mí y ya.

Maggie, Samuel: Hay otra novela buenísima que fue premio Alfaguara: "Diablo guardián", de Xavier Velasco.

Samuel Andrés Arias dijo...

Tienes razón, Camilo. Esa es buena. También lo son los textos de Xavier Velasco en su página Web (http://www.fullmoontonic.com/), y el blog que tiene en el Boomeran también aguanta.

Anónimo dijo...

Magnífico comentario. Leí el libro y estoy de acuerdo con todo lo que dices. Me encantó la reconstrucción de la época y cómo, a través de una trama tan amena y desenfadada, el autor retrata el mundo político de finales del siglo XIX y principios del XX. Tremenda novela, sin duda. Sólo que yo me la leí de un tirón, no pude soltarla hasta el final. Te aseguro que de la página 300 en adelante te esperan muchas sorpresas...

yacasinosoynadie dijo...
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yacasinosoynadie dijo...

Ve Camilo raro lo que te pasó con esa novela… Deberías volver a cogerla... no dejarla ahí... no dejarla ir… no perder la oportunidad de terminarla… si dejas pasar mucho tiempo jamás vas a saldar esa deuda… Eso pesa en la conciencia y posiblemente pierdas tu alama… Un abrazo… esta semana te hago llegar la revista…

Diego Fonseca dijo...

Tendré que leerlo, finalmente.
Buen blog. Llegué vía Dublín --no la ciudad sino Esteban.

Mónica Palacios dijo...
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Mónica Palacios dijo...

Imaginate, Cami, que encontré que la bilbioteca al frente de mi casa tiene una sección (no muy grande) de libros en español, y el primero que se me asomó en la estantería fue éste. Recordé que escribiste esta reseña hace ya dos años y lo presté. Deliciosa lectura, no entiendo muy bien que no lo hayás terminado (bueno, yo no leí los apéndices del final porque la parte "periodística", por ponerle un nombre, no me pareció tan buena (tampoco leí las notas al pie de página después de un punto, porque me aburrieron)). Esperé a terminarlo para releer esta reseña y, por supuesto, tenías toda la razón. Es una narración muy sabrosa.

Astrid Elena dijo...

empece esta novela y no pude dejar de leerla, fue toda una obsesion, como adentrarse a un mundo totalmente desconocido, a veces inexistente como el de los liliputienses, creo que es una de las mejores novelas que he leido ultimamente...