jueves, 31 de julio de 2008

Fusilado: Luis Jochamowitz





Periodista de estilo elegante sostenido por una investigación obsesiva, colaborador durante muchos años de la revista peruana de actualidad Caretas, formador de periodistas, editor, Jochamowitz escribe tanto notas periodísticas como literarias, y se mete por igual en temas de actualidad y en episodios históricos. En cuanto a los primeros, ha publicado los libros Ciudadano Fujimori (1993) y Vladimiro (2003); de corte histórico es un curioso libro donde recoge noticias de diarios peruanos publicadas a comienzos del siglo pasado, Última noticia (Aguilar, 2006). Sobre este libro dijo el autor en una entrevista: “Leer periódicos antiguos es algo que hago desde hace mucho tiempo, y siempre con fines instrumentales, buscando información. Esta vez como que me liberé de eso, seguí leyendo periódicos pero sin buscar nada, aunque falsamente, claro, porque en realidad estaba buscando qué escribir”. Y más adelante, hablando de su “librito”, dice: “Es la discreción en papel. Es un librito, y me gusta, me enorgullezco de eso, [...] porque abundamos en libros enormes, totalizadores. Ya no se hacen esos libros. La lectura es un acto de tolerancia, de buena educación, cada vez más rara. Por eso cada vez se lee menos. Cómo le vas a pedir a alguien que te acompañe, que se meta en lo que haces y que te lea; eso es un gesto de buena educación enorme, de espíritu de tolerancia, entonces, lo menos que puede hacer el autor es responder a eso con buenas maneras también, como, por ejemplo, con la brevedad y la claridad”. Creo que hay que pararle muchas bolas a este periodista y escritor.

El tenedor y la pluma

Regla única: escribir no es una actividad rentable. Puede llegar a ser rentada, pero no se debe esperar esplendidez, seguridad ni gusto. El mercado de la escritura, o no existe, o es demasiado exiguo para sostener a una familia. La historia de la literatura puede entregar los ejemplos más variados. Cervantes hacía desagradables trabajos estatales como recaudar impuestos. Shakespeare tenía algunas propiedades rurales, pero supo extraer dinero de algo más que la poderosa pero lenta escritura. Su carrera fue asombrosa: cuidador de caballos del público teatral, pinche de la compañía de comedias, figurante, actor, dramaturgo, todo en cuatro años.

El exceso de oferta y la escasa demanda en el mercado de la escritura han producido curiosos resultados que pueden hallarse en las biografías de los grandes o pequeños escritores. Es muy enigmático, por ejemplo, saber que Juan Rulfo tuvo durante muchos años un puesto como capataz en una fábrica de la Goodrich-Euskadi, aunque es posible que un comentador encuentre el lugar adecuado para esa pieza. Arrojado de su propio mercado, cerrada la puerta y perdida la llave, el escritor deambula con toda inocencia por cualquier otro mercado. Sin embargo, es posible que el oficio diurno de estos ambiguos trabajadores sirva para enmascarar algo más secreto. Kafkiano es ocupar un escritorio de la compañía de seguros Assicurazioni Generali, para luego ser empleado público en el Instituto de Accidentes de Trabajo, como le sucedió a Franz Kafka. Las inclinaciones del asalariado parecen infiltrar y aprovecharlo todo. Uno sospecha de la contención y exactitud de T. S. Eliot al enterarse de que fue funcionario del Banco Lloyd’s. Todo puede ser roído y percolado por la manía insolvente de escribir, hasta las más ingratas circunstancias laborales. Borges escribió “La biblioteca de Babel” mientras era empleado en una biblioteca municipal de ínfima categoría, donde ocupaba el cargo de “asistente de segunda”.

Ni siquiera está establecido si tener que trabajar en otra cosa es un inconveniente para quien quiera escribir. Eliot estaba seguro de que si hubiera dispuesto de “recursos independientes” habría tenido más tiempo libre, y eso habría sido una “influencia negativa”. “El peligro, por regla general, de no tener otra cosa que hacer es que uno puede escribir más de la cuenta, en lugar de concentrarse y perfeccionar cantidades más pequeñas”. En cambio, para Katherine Ann Porter, los “recursos independientes” de los que hablaba Eliot no habrían sido ninguna molestia. Citaba a santa Teresa, que se negó a usar el cilicio: “Puedo rezar mejor cuando estoy cómoda”. En su vejez, después de ocupar una infinidad de “empleítos aburridos que no ocupaban toda mi mente ni todo mi tiempo”, dijo una frase terrible: “Probablemente habría escrito mejor si hubiese vivido con un poco más de comodidad”.

Nada debe darse por seguro en esta escurridiza rama de la economía política. Los premios y los castigos pueden ocultarse unos dentro de otros. Los peores empleos pueden resultar una bendición, o lo contrario. El lector agradecido no puede dejar de sentir compasión hacia el niño Charles Dickens, de doce años, que entra a trabajar de noche en la fábrica de betunes Warren’s Blacking, en Londres, en 1824. Esa experiencia antecede y fomenta la atmósfera de sus mejores historias. La afable pero descuidada personalidad económica de su padre, la sombra de la cárcel de los deudores, los sombreros de copa de los malvados hombres mercantiles, los tintes y betunes de la Warren’s Blacking, todo se mezcla en una pesadilla que maravillosamente termina en un final feliz. Con ese descenso a los infiernos, y con su literatura, Dickens hizo algo parecido a una curación por el espanto. Cuando sus libros se vendían por centenares de millares, y ya no tenía que salir de casa para trabajar, seguía atesorando esa experiencia laboral como una fuente de vergüenza y horror que atizaba su pluma.

La relación entre el oficio diurno que el sujeto desempeña y su “actividad solitaria y sedentaria”, como la llamaba Yeats, puede tomar los más contradictorios caminos. Paga, horarios, obligaciones, rutinas, parecen actuar en cada naturaleza de manera distinta. William Faulkner escribió una novela mientras alimentaba con paladas de carbón una bobina eléctrica. El ruido le parecía “apaciguador” y el sótano, “cálido y silencioso”. Rainer María Rilke, en cambio, tenía a su disposición un palacio en Suiza, pero no podía escribir si desde el otro lado del parque llegaba el zumbido de una sierra.


Como empleados, los escritores han sido, en general, poco recomendables. Ellos mismos suelen hablar de cierta “esquizofrenia”, una división entre dos, en el mejor de los casos, que los jefes de personal no pueden dejar de advertir. Aprecian tanto (aunque sea en secreto) su egotismo literario, que no queda lugar para otras lealtades. Algunos incluso pueden llegar a despreciar sus tareas. Faulkner, otra vez, fue despedido de su puesto en el correo porque no repartía las cartas que le entregaban: simplemente las iba acumulando en algún cajón del escritorio. Cuando le preguntaron la causa de su proceder, dijo que no pensaba levantarse porque alguien había pagado una estampilla de diez centavos.

Otro defecto frecuente: son propensos a desarrollar ideas propias o valores inconvenientes al servicio. Graham Greene, que trabajó en la Inteligencia inglesa, se dio cuenta del doble espionaje que hacía su amigo y jefe Kim Philby quince años antes de que fuera descubierto por sus superiores. Sin duda Greene apreciaba más la lealtad hacia los amigos que la seguridad de los secretos de Estado. Las tareas que otros desempeñaban con gusto, a él le parecían una “rutina ingrata y deprimente”, “ridículo e inútil trabajo”. Los que han comprendido o aceptado que lo único, lo mejor que saben hacer es escribir, no pueden dejar de sentir cierto doblez o distanciamiento al acometer las tareas de los simples mortales.

Parece haber acuerdo en que hay ciertos oficios que congenian mejor con la literatura. Se omite de esta enumeración los casos del periodismo y la enseñanza, cuya discusión nos llevaría por caminos demasiado arduos. En cambio, la literatura escrita por médicos se dicta como una especialidad en algunas universidades, y la profesión de marino, particularmente en su rama mercante, tiene una sólida reputación literaria. Los nombres de Herman Melville y Joseph Conrad suelen ser citados juntos. Ambos se embarcaron siendo muy jóvenes y recorrieron los mares del mundo durante un período de sus vidas. Conrad llegó a ser capitán, aunque detestaba viajar. Se ha dicho que esa afinidad entre la marina y la literatura se ha visto favorecida por las muchas horas de reclusión y tiempo libre que deja un largo viaje por mar, aunque tanto Melville como Conrad escribieron su obra en tierra, Melville como un insatisfecho inspector de aduanas en Nueva York. Menos discutible es que los puertos y ciudades que vieron o escucharon, los monstruos marinos, les dieron inmejorable material para escribir. En todo caso el barco era, tal vez sigue siendo, una manera ideal para escapar de la fábrica o la oficina.

Desde luego, muchas de las generalizaciones que tratamos de establecer a partir de algunos casos cesan o se relativizan si el escritor tiene dinero, de preferencia mucho dinero. Buena parte de la literatura universal ha sido escrita en los márgenes o en plena posesión de una herencia. Los especialistas pueden seguir el estado de cuenta bancario de algunos escritores como un documento auxiliar de la literatura. Las cartas cruzadas entre Marcel Proust y su banquero personal proporcionan ejemplos exquisitos de la lucha entre el disparate y el buen juicio. Lamentablemente, la fortuna de Proust no era tan grande para sobrevivir a sus manejos. En los últimos años conoció una moderada, y hasta cierto punto imaginaria, bancarrota.

Menos bueno que ser rico es ser amigo, amante, esposo o esposa de alguien rico. La posición presenta innegables ventajas, aunque no pocas dificultades. Al menos puede decirse que los riesgos de esta clase de vida han proporcionado abundante material para cuentos y novelas. El gran maestro en esta modalidad de sobrevivencia parece haber sido el poeta austriaco Rainer María Rilke, de quien se dice pasó su vida alojado y atendido por una sucesión de amantes o admiradoras, millonarias o aristócratas, o todo a la vez. No se le conoce ningún empleo, salvo el muy ocasional de secretario del escultor Rodin, que le tomaba dos horas en las mañanas. El caso parece extremo, pero no se debe subestimar el efecto de la hospitalidad como factor que propende a la buena literatura. Henry James disponía de unos ingresos suficientes pero moderados, aunque no dejaba de ser un inconveniente tener que alternar con millonarios verdaderos que le proporcionaban material para sus historias. Cada vez que James deja su casa en el campo y regresa a Londres, el lector de su biografía se pregunta inquieto por el estado de sus finanzas. Tranquiliza saber que sus amigos insistían siempre en pagar las cuentas, y que en una sola temporada, la del año 1872, fue invitado a cenar ciento setenta y siete veces.


Escribir, en sentido estricto, es un acto voluntario tan factible y frecuente como hablar o caminar. Basta visitar el interior de una biblioteca, o mejor aun, de una hemeroteca, para intuir la acumulación demencial a la que se ha llegado con la palabra escrita. La invención de la imprenta disparó esta carrera perdida. Escribir es más lento que leer, pero las palabras escritas se preservan por tiempo indefinido y no se gastan ni desaparecen tras sucesivas y diferentes lecturas. La producción diaria, sin contar el stock acumulado, supera muchas veces la capacidad de los consumidores. La palabra escrita, entonces, tiene un valor monetario cercano o equivalente a cero. La oferta ha superado desde siempre a la demanda*.

No es una maldición exclusivamente literaria. Lo mismo sucede con la mayoría de las artes, para no hablar de todos aquellos que no consiguen que les paguen por lo que más les gusta hacer: léase los hinchas de fútbol que se tienen que quedar en la tribuna, los que nunca serán astronautas, los fanáticos del ajedrez, los aeromodelistas, etcétera, media humanidad, salvo un puñado de bienaventurados. No es un inconveniente exclusivo de la literatura, pero por distintas razones en ella parece más notorio. Escritores, periodistas, profesores, agricultores, diplomáticos, abogados, marinos, empleados públicos o privados, la doble vida de estos individuos ya es casi un subgénero en la maraña que ellos mismos tejen.

La libertad sería el resultado de equilibrar o superponer lo mejor posible el deseo con la necesidad, pero mientras ese estado de gracia no sobrevenga, o para que sobrevenga, conviene conseguir un empleo. Aquí terminan las desventajas del escritor. Las oportunidades de ganarse la vida haciendo cualquier cosa, incluso escribiendo, son virtualmente infinitas.


* Rodrigo Fresán cita a un tal Nick Hornby que se topó en algún libro con la siguiente afirmación: la lista completa de todos los títulos publicados en la historia del mundo, y el nombre de sus autores, podría ser completada por un lector que no se detuviera durante quince años seguidos. “La idea, creo, era la de desesperar –escribe Hornby–, pero a mí me hizo sentir muy feliz y optimista: no sólo era una hazaña, sino que además era una hazaña posible”.

Lo fusilamos de: Etiqueta Negra, n° 22, marzo de 2005, pp. 24-28.

lunes, 28 de julio de 2008

Los amantes de Todos los Santos, de Juan Gabriel Vásquez


Paradójico: novelas colombianas recientes con ínfulas utramodernas, pop y qué sé yo qué más, como la que trata sobre un superhéroe (no voy a poner un adjetivo acá) o la que cuenta la historia una bruja (no voy a poner un adjetivo acá) resultan (ahora sí) rancias, aburridas, intrascendentes, y viene a refrescar una quieta tarde de domingo esta colección de cuentos de Juan Gabriel Vásquez, que contiene no pocos rasgos clásicos, una prosa que se siente más del siglo XIX que de este XXI.

Siete historias extensas ambientadas en los campos de Bélgica, casi todas de triángulos amorosos que vienen a interrumpir la rutina de parejas establecidas –o que la interrumpieron años antes del momento de la narración–, con escenas de caza alrededor en varias de ellas, con un invierno permanente, donde actúan personajes maduros y hablan narradores ilustrados. Siete historias como para lectores inteligentes y exigentes. Es un libro... qué diría... profesional. Y eso se agradece después de leer tanto librito que se va a volver viejo en diez años o menos, que no se va a leer más allá de los círculos de amigos o de uno que otro incauto que se deja llevar por la recomendación de avisos de prensa o de entrevistitas de pregunta epidérmica y respuesta rápida. Aquí hay prosa, hay tensión, hay personajes reales.

Es permanente en estos relatos la rutina y el que llega para alterarla, también la reflexión que generan estos estados, estas presencias en los personajes. “ ‘Iba a dejarte’, le dijo Charlotte. Parecía convencida de que el mundo no se transformaría después de esas palabras, o de que ella sabría lidiar con la transformación” (p. 66). En estos relatos, en todos, vive “Esa rutina que se arma en una pareja de su edad, ese recorrido fijo e invariable de todas las noches” (p 78). Y además de personajes, en esas rutinas aparecen eventos: un suicidio (“El inquilino”), un accidente de caza (“Los amantes de Todos los Santos”), una enfermedad y un encuentro con el padre indelicado, así como una promesa de sexo entre dos que ya no están juntos (“En el café de la Repúblique”)...

No hay eventos climáticos aquí, puntos culminantes: lo que hay es tensión permanente, detalles, personajes que se encuentran en cualquier momento de la vida cuando la vida puede cambiar... como en los cuentos que se quedan en la memoria. Creo que ya puse que todos estos personajes están en su madurez. Todos podrían compartir al menos la última parte de este pensamiento del personaje narrador de “En el café de la République”: “En el cine, caminando por el canal Saint-Martin, durante el desayuno, ha empezado a acompañarme la probabilidad de estar muriendo de cáncer linfático. Me faltan algunos médicos por consultar, me falta recibir los resultados de un examen que será definitivo, pero ya he dejado de sentir que el tiempo me sobra” (p. 98). ¿Hay algo que defina con mayor precisión el estado de madurez que eso, dejar de sentir que el tiempo sobra?
Estas historias de gente madura envuelta en costumbres pétreas son de una exigencia máxima para el autor –como lo son las historias de medianía–. Hay apenas un Chejov, un Carver, un Cheever, un Ribeyro... Vásquez se está haciendo su hueco en esta tradición con este libro de relatos. Muy rápido voy a emprender sus novelas. Quedé antojado.


Juan Gabriel Vásquez, Los amantes de Todos los Santos, Bogotá, Alfaguara, 2008, 214 páginas.

lunes, 21 de julio de 2008

Fusilado: E. M. Forster (segunda entrega)


Va demasiado lejos porque no reflexiona sobre el concepto personalidad. Del mismo modo que las palabras tienen dos funciones, la informativa y la creadora, cada persona humana tiene dos personalidades: una aparente y otra más profunda. La personalidad externa es la conocida por el nombre. Se llama S. T. Coleridge, William Shakespeare o Mrs. Humphrey Ward; está alerta y reflexiona; realiza cosas como salir a cenar, contestar cartas, etc., y se diferencia neta y sorprendentemente de las otras personalidades. La personalidad interior, sin embargo, constituye algo muy extraño; en muchos aspectos es una auténtica locura, pero sin ella no es posible lo literario; porque si el hombre no bucea, de vez en cuando, en esta agua, nunca llegará a producir obras importantes. Tiene algo de universal; aunque sea S. T. Coleridge quien la posea, no podrá nunca identificarse con su nombre. Tiene algo en común con todas las demás personalidades interiores; los místicos dicen que esa cualidad común es Dios, y que es ahí, en los oscuros rincones del ser, donde rozamos el límite de lo divino. En cualquier caso, constituye la fuerza que nos impulsa hacia lo anónimo. Emana de lo profundo y se eleva hacia las alturas, por encima de las limitaciones cotidianas; al ser común a todos los hombres, las obras que inspira, principalmente en el ámbito estético, nos atañen a todos. El poeta, sin duda, escribe el poema, pero mientras lo escribe se olvida de sí mismo. Nosotros, al leerlo, a quien olvidamos es al poeta. Lo maravilloso de la buena literatura es que hace a quien la lee partícipe de la condición de quien la escribió, revelando también en nosotros el impulso creador. Perdidos en la belleza en la que él se perdió, recogemos mucho más de lo que habíamos sembrado, alcanzamos la que nos parece nuestra morada espiritual y vislumbramos que en el principio no fue el que habla, sino la palabra.
Aclaremos esto a través de uno o dos escritores que no son dos primeras figuras. Nos servirán para este fin Charles Lamb y R. L. Stevenson. Se tata de dos autores dotados, con sensibilidad, imaginativos, tolerantes y con sentido del humor, pero escribieron siempre con sus personalidades externas y nunca echaron las redes en su mundo interior. Lamb ni siquiera lo intentó: las rrrrredes, hubiera dicho, están fffffuera de mi alcance, según la divertida vitola que lo caracteriza. Stevenson siempre anduvo intentándolo –¡y de qué modo a veces!–, pero las redes, no se sabe si demasiado abiertas o qué, subían una y otra vez repletas del R. L. S. decepcionante, repletas de los amaneramientos, de las inhibiciones, del sentimentalismo y de la extravagancia que estaba deseando evitar. Tanto él como Lamb ponen su nombre completo tras cada frase que escriben. Nos persiguen página a página, impidiendo siempre que gocemos plenamente. Son escritores de cartas, no artistas creadores, y no es una casualidad que los dos escribieran cartas fascinantes. La carta procede de lo externo: trata de lo que pasa o de lo que se intenta hacer cada día y, naturalmente, se firma. La literatura tiende a prescindir de la firma y la prueba es que mientras no dejamos de advertir “¡cuánto se parece a Lamb!”, o “¡qué propio de Stevenson!”, jamás decimos “¡cuánto se parece a Shakespeare!” o “¡qué propio de Dante!”, porque aquí no adquirimos conciencia del universo que han llegado a crear, universo del que, en cierto sentido, somos copartícipes. Coleridge también nos hace copartícipes de sus dominios, aunque éstos sean más reducidos: durante diez minutos nos sentimos capaces de olvidar tanto su nombre como el nuestro y creo que este olvido pasajero, este anonimato momentáneo y mutuo, constituye una prueba cierta de auténtica calidad. El clamor de que la literatura debe manifestar la personalidad es demasiado insistente en nuestros días; por ello, me vuelvo, anhelante, hacia formas anteriores de crítica para las cuales un poema no era una manifestación, sino un descubrimiento con el que, algunas veces, parecía favorecer Dios al poeta.
La personalidad del escritor adquiere importancia después de haber leído su libro y cuando comenzamos a estudiarlo. Cuando cesa el encanto creador, cuando las hojas del divino árbol se vuelven silenciosas, cuando se extingue la coparticipación, entonces el libro cambia de naturaleza y ya podemos preguntarnos cosas como “¿cuál es el nombre del autor?, ¿dónde vivió?, ¿estaba casado?, o ¿cuál era su flor favorita?”. A partir de este momento ya no leemos el libro; lo que hacemos es estudiarlo y procurar que satisfaga nuestros deseos de información. “Estudiar” es algo que suena muy solemne. “Estoy estudiando a Dante” suena mucho más que “estoy leyendo a Dante”, y, en realidad, significa mucho menos. El estudio es únicamente una forma seria de chismorreo; nos enseña todo sobre un libro salvo lo esencial, que se nos oculta mediante una muralla circular sólo superable por las alas del espíritu. El estudio de la ciencia, de la historia, etc., resulta necesario y conveniente, puesto que hay temas que pertenecen al ámbito de la información; pero el estudio de un tema creativo, como es la literatura, resulta excesivamente peligroso y jamás debería emprenderlo gente inmadura. La educación moderna fomenta el estudio indiscriminado de la literatura y orienta los esfuerzos hacia las relaciones mutuas entre la vida del escritor –su vida externa– y su obra. Y esta es una de las razones del mal que nos aflige, Mientras la leemos no nos surgen dudas sobre la literatura, porque la paix succède a la pensèe, que diría Paul Claudel. El viejo marinero no puede analizarse porque habla directamente al corazón del lector, porque fue escrito para hablar al corazón y no hubiera podido escribirse de otro modo. Sólo nos planteamos problemas cuando dejamos de lado lo fundamental y nos volvemos curiosos y metódicos.
Como conclusión, una palabra sobre los periódicos, puesto que constituyen un interesante problema subsidiario. Hemos definido ya el periódico como algo que transmite (o que se supone que transmite) información sobre lo que sucede. Es algo verdadero: no en sí mismo, como el poema, sino en relación con los hechos que se supone describir, como el disco del tranvía. Cuando llega el periódico por la mañana, se coloca en la mesa del desayuno y va derramando, lisa y llanamente, la verdad sobre lo externo. Verdad, verdad y nada más que verdad. Insatisfechos tras el banquete, nos lanzamos a media tarde a comprar el periódico vespertino, que sale, como es de suponer, a mediodía, para darnos un nuevo festín. A fines de semana nos compramos un semanario o un periódico dominical, que, como es de suponer, fue escrito el sábado, y a últimos de mes nos compramos una revista mensual. De este modo, mantenemos el contacto con el mundo de los hechos según el deber del hombre práctico.
Pero ¿quién nos mantiene en contacto?, ¿quién nos suministra esa información de la que depende nuestro razonar y la cual configura, en definitiva, nuestra propia manera de ser? No deja de ser curioso, pero pocas veces lo sabemos. Los periódicos son, en su mayor parte, anónimos. Se hacen en ellos afirmaciones sin que aparezca el nombre del autor. Supongamos que leemos en el periódico que el Emperador de Guatemala ha muerto. La primera impresión es de una moderada consternación; aparte las apariencias, lamentamos lo sucedido, aunque el Emperador no representara mucho en nuestra vida; y en un grupo de mujeres se comentaría: “lo siento mucho por la pobre Emperatriz”. Pero a poco caemos en la cuenta de que el Emperador no puede haber muerto porque Guatemala es una República y de que la Emperatriz no puede haber enviudado porque no existe. Si la noticia hubiera estado redactada y hubiéramos conocido el nombre del bobo que la redactó, dejaríamos de dar importancia a cualquier cosa que volviera a contarnos. Pero si está sin firmar, o firma “nuestro enviado especial”, que es lo más probable, seguiremos estando indefensos frente a futuras noticias erróneas. El tipo de lo de Guatemala podrá volver a escribir sobre la caída del marco y confundirnos otra vez.
Parece paradójico que nos impresione más un artículo sin firma que otro firmado, pero así es en razón de nuestra debilidad de carácter. Las noticias anónimas tienen, como hemos visto, un aire de universalidad. Es como si hablara a través de ellas no la débil voz de un hombre, sino la verdad absoluta, la sabiduría acumulada del universo. El periodismo moderno se ha aprovechado de ello. Se ha convertido en una peligrosa caricatura de lo literario y ha usurpado aquella tendencia divina hacia lo anónimo. Ha utilizado para la información lo que sólo a la creación pertenece. Y lo seguirá utilizando –y explotando nuestros defectos psicológicos– mientras nosotros se lo permitamos. “La Alta Misión de la prensa”, ¡Pobrecita prensa! ¡Como si sus características le permitieran tener una misión! Somos nosotros quienes tenemos una misión respecto a ella. Curar a un hombre a través de los periódicos o de la propaganda de cualquier tipo resulta imposible; lo único que se consigue es cambiar los síntomas de su enfermedad. Sólo nos curaremos expulsando la confusión de nuestra mente. Los periódicos no nos engañan tanto con sus mentiras como con la explotación de nuestras debilidades. Andan siempre mezclando las dos funciones de la palabra, dando a entender que pertenecen a la misma categoría El Emperador de Guatemala ha muerto y Un sueño me arrebató el alma. Usurpan a cada instante los privilegios que sólo puede reclamar lo trascendente y seguirán haciéndolo mientras lo consintamos.
Aquí se acaban nuestras reflexiones. La pregunta “¿deben firmarse los escritos?” aparece, ya que no sencilla, perfectamente definida, pero no puede responderse sin analizar antes lo que son las palabras y perfilar sus funciones. Llegamos así, de un modo bastante fácil y guiados por el sentido común, a la conclusión de que la información debe ir firmada. Los periódicos, en su mayoría sin firmar, han causado por ello estragos en nuestra civilización. El trabajo de creación, sin embargo, nos parece algo más complejo. Opino que la literatura no está hecha para ser firmada. Lo creado procede de lo profundo del ser; de Dios, según los místicos. La firma y el nombre pertenecen a la personalidad superficial que se corresponde con el mundo de la información. Esta personalidad es una etiqueta y no el espíritu de la vida. El autor, al escribir, se olvida de su nombre; nosotros, al leerlo, nos olvidamos de su nombre y del nuestro. Cuando acabamos la lectura nos surgen los interrogantes, impulsándonos a estudiar el libro y el autor para arrastrarlos a los dominios de la información. Es entonces cuando nos enteramos de infinidad de cosas a cambio de la perla preciosa. En la cháchara de los ejercicios académicos, nos olvidamos de por qué se llevó a cabo la creación. No estoy pidiendo veneración: la veneración es fatal para la literatura. Lo que propugno es algo más vital: imaginación. “La imaginación es como el Dios inmortal que debe encarnarse para redimirnos de las pasiones mortales” (Shelley). La imaginación es nuestra única guía a través del mundo creado por las palabras. Que tales palabras estén firmadas o sin firmar se convierte en algo secundario cuando la imaginación ha consumado su obra redentora acercándonos al estado bajo el cual fueron escritas, en cuyo ámbito no hay nombres, ni personalidad en el sentido que nosotros la entendemos, ni casamientos, ni matrimonios. Lo que allí hay…, bueno, eso constituye otro tipo de reflexión y a lo mejor los clérigos y los científicos la llevan a cabo en el futuro con más éxitos que en el pasado.

Lo fusilamos de: E. M. Forster, “En mi biblioteca”, Leer y Releer (Boletín del Sistema de Bibliotecas de la Universidad de Antioquia), n° 47, Medellín, marzo de 2007, pp. 13-28.

viernes, 18 de julio de 2008

Fusilado: E. M. Forster (primera entrega)


“Su reputación aumenta con cada libro que no escribe”, dijo alguien de Edward Morgan Forster, quien murió en 1970 y publicó su última novela, Pasaje a la India, en 1924. En esos casi cincuenta años que le quedaban de vida se dedicó a los relatos cortos, a las obras de teatro, al texto de la ópera Billy Budd de Benjamin Britten y al ensayo, así como a sus clases de literatura en el King’s College de Oxford. También a reflexionar sobre la novela y la poesía, como lo demostró con suficiencia en el ensayo que fusilo a continuación y en la sensacional entrevista que le hicieron en 1952 F. J. H. Haskell y P. N. Furbank para The Paris Review.

Podría uno afirmar que gracias a Forster tenemos una idea muy gráfica de la Inglaterra victoriana, principalmente –y dolorosamente, pues sus obras se leen poco en la actualidad– debido a las adaptaciones para cine de sus novelas: Una habitación con vistas (James Ivory, 1986), Howard’s End (que normalmente no se traduce por tratarse del nombre de una propiedad; la dirigió también Ivory en 1992), Donde los ángeles no se aventuran (Charles Sturridge, 1991), Pasaje a la India (David Lean, 1984) y Maurice (James Ivory, 1987). Esta última novela se publicó luego de la muerte de Forster, quizá por tratar de frente el tema homosexual, aunque en vida el escritor sostuvo relaciones, por cierto muy británicamente discretas, con jovencitos, un policía y con su colega G. L. Dickinson.

El texto que fusilo a continuación es de 1925, lo mismo que la pintura de Dora Carrington que ilustra esta entrada. El lunes cuelgo la segunda entrega.


Reflexiones sobre lo anónimo (I)


¿Es preferible saber quién es el autor de un libro? La pregunta tiene más importancia de la que parece. En el caso de un poema, ¿produce mayor o menor goce su lectura conociendo el nombre del poeta? Tenemos, por ejemplo, el Romance de Sir Patrick Spens. Nadie sabe quién escribió Sir Patrick Spens, que se nos aparece, procedente del norte tenebroso, como un aliento de hielo. Comparémoslo con otro poema de autor conocido: La oda del viejo marinero. También aparecen aquí un funesto viaje y el aliento helado, pero lo firma Samuel Taylor Coleridge y sobre el tal Coleridge poseemos cierta información. Coleridge escribió otros poemas y conoció a otros poetas; huyó de Cambridge; se enroló como dragón bajo el nombre de Soldado Comberbache y se caía tanto del caballo que había que estar sacándolo constantemente de entre las patas; fue trasladado a servicios sanitarios; se casó con la hermana de Southey y estuvo dando clases; se volvió terco, mojigato y deshonesto, le dio por el opio y se murió. Con esa información en la cabeza decimos de El viejo marinero que es un poema de Coleridge, y de Sir Patrick Spens que es un poema, sin más. ¿Qué diferencia produce –si es que produce alguna– ese matiz en nuestra mente? ¿Resulta, asimismo, significativo el conocimiento o la ignorancia que se tenga del autor en el caso de las novelas o de las obras teatrales? Los artículos de periódico con firma, ¿tienen mayor repercusión que los que no la llevan? A partir de estas cuestiones, más bien vagas, iniciaremos el proceso reflexivo.

Los libros se componen de palabras, y las palabras cumplen dos funciones: dar información y crear una atmósfera. A menudo llevan a cabo las dos, porque ambas funciones no son incompatibles, pero aquí seguiremos considerándolas por separado. Tomemos, pues, un ejemplo de entre las señales de información al público en general. Hay una palabra que aparece de vez en cuando en el recorrido del tranvía: la palabra “stop”. Grabada en un disco de metal, junto a los raíles significa que el tranvía debe parar inmediatamente en ese lugar. Constituye un ejemplo de información pura y simple. No crea, al menos para mí, atmósfera alguna. De pie junto al disco espero tiempo y tiempo al tranvía. Si el tranvía llega, la información es correcta, y si no llega, la información es incorrecta; pero, tanto en un caso como en otro, sigue siendo información y el disco constituye un excelente ejemplo de una de las funciones de las palabras.

Comparémoslo con otro aviso al público que suele verse en las ciudades más sombrías de Inglaterra: “Cuidado con los rateros”. También aquí se da una información. De un momento a otro puede actuar el ratero, como en el caso del tranvía, y por eso debemos tomar las precauciones correspondientes. Pero, aparte, hay algo más: la creación de una cierta atmósfera. ¿Quién no siente un ligero estremecimiento al ver esas palabras? Todas las personas a nuestro alrededor parecen honradas y dignas de simpatía, pero no todas lo son; algunas son rateros. Tropiezan con los ancianos y si uno de ellos se descuida, ya ha volado su reloj. Se acercan por detrás, furtivamente, a una señora mayor y le cortan a lo ancho su preciosa chaqueta de piel de foca, por la espalda, con unas afiladas y silenciosas tijeras. Y ese niño pequeño que corre feliz hacia el puesto de caramelos ¿por qué, de pronto, rompe a llorar?: un ratero le ha arrancado de la mano su medio penique. Todo esto, y mucho más quizá, es lo que nos imaginamos al leer el aviso en cuestión. Sospechamos que nuestros semejantes son unos indeseables y notamos que ellos también sospechan de nosotros. Se nos advierte de diversos hechos inquietantes: de la inseguridad de la vida en general, de las debilidades humanas, de la violencia de los pobres y de la absurda confianza que merecen los ricos (que esperan siempre aprobación sin haber hecho nada para merecerla). Es algo así como un “memento mori” pregonado en medio de la feria de las vanidades. Se nos asusta en forma de aviso, aunque no ganemos nada con tener miedo: lo que tenemos que hacer es proteger nuestras bolsas, y para eso, el miedo no nos servirá de mucho. Además de servir de información se ha logrado crear una atmósfera y, en ese sentido, es literatura. “Cuidado con los rateros” no es literatura de la buena, y se hace de forma inconsciente, pero esas palabras cumplen dos funciones, en tanto que la palabra “stop” sólo cumplía una; esta es una diferencia importante y constituye la primera etapa de nuestro recorrido.

Etapa siguiente: acumularemos en un solo montón todo el material impreso que hay en el mundo. Libros de poesía, cuadernos de ejercicios, periódicos, anuncios, carteles… todo. Ordenemos el contenido del montón según una línea, con las obras que sólo transmiten información en un extremo y las que no hacen más que crear un clima en el otro y colocando en posiciones intermedias las obras que cumplen ambas funciones según una cierta graduación del recorrido que nos permita pasar de una posición a otra. En el extremo de la información pura y simple nos encontraremos el disco de “stop” del tranvía y en el extremo opuesto la poesía lírica. La poesía lírica no puede usarse absolutamente para nada. Es la antítesis completa del aviso callejero porque no transmite información de ningún tipo. ¿Para qué sirven “Un sueño me arrebató el alma…”, “Si por las negras cejas de Ida…”, “Así que ya no volveremos de paseo…”, o “Lejos, al oeste, junto a los arroyos…”? No nos dicen dónde tiene la parada el tranvía, ni siquiera si éste existe. Y si pasamos de la poesía lírica al romance, seguirá faltándonos la información. Es cierto que El viejo marinero narra una expedición antártica, pero de una forma tan confusa y con tan escasa precisión acerca de los vientos y las corrientes polares, que no le sirve de nada al explorador. Es cierto que el Romance de Sir Patrick Spens alude a la llegada de la Doncella de Noruega a su patria, en 1285, pero la referencia resulta tan vaga y confusa que desilusiona a los historiadores. La poesía lírica no tiene utilidad práctica, como tampoco la tiene, casi nunca, la poesía en general.

Pero si retrocedemos hacia el otro extremo de la línea, dejamos la poesía y nos tropezamos con el teatro (especialmente cuando los personajes son seres humanos normales), donde ya puede observarse otro panorama. Sigue predominando lo no utilitario, pero al mismo tiempo aparece algún tipo de información. En Julio César encontramos verdaderos datos sobre Roma. Y si pasamos del teatro a la novela, el cambio es todavía más acentuado. ¡Cuánto se puede aprender en Tom Jones acerca de la región oeste de Inglaterra, o en La abadía de Northanger sobre la misma zona rural transcurridos cincuenta años!

Ante tal desfile de material impreso volvemos a preguntarnos: ¿Deseo conocer al autor de lo que leo?, ¿debería llevar su firma? La cuestión se hace ahora más interesante. Resulta claro que, en la medida en que las palabras aportan información, deberían ir firmadas; la información se presume veraz –ésta es su única razón de existir– y quien la da debe indicar su nombre para que puedan pedírsele cuentas si mintió. Después de estar esperando varias horas junto al disco de “stop”, tengo derecho a solicitar que se quite porque no sirve, pero si no sé quién lo puso, no podré hacerlo. Cuando alguien manifiesta algo, es natural que lo firme. Sin embargo, a medida que nos acercamos a la otra función de las palabras –la creación de atmósfera– la cuestión de la firma va perdiendo relieve. No importa quién escribiera “Un sueño me arrebató el alma…”, porque el poema en sí no es utilizable; atribúyase a Ella Wheeler Wilcox, y los tranvías seguirán circulando con toda normalidad. Tampoco importa mucho quién escribiera Julio César o Tom Jones; contienen descripciones de la antigua Roma y de la Inglaterra del siglo XVIII, y en tal sentido nos gustaría saber quién los escribió para poder juzgar, según el nombre del autor, las posibilidades de que la descripción sea fiel; esto aparte, la garantía que ofrecen Shakespeare o Fielding puede equipararse a la de Charles Garvice. De este modo, llegamos a la conclusión, en primer lugar, de que lo que es información debe ir firmado y, en segundo lugar, lo que no es información no es necesario que se firme.

Ahora estamos en condiciones de avanzar un poco más.

¿En qué consiste ese componente de las palabras que no es información? Yo lo he llamado “atmósfera”, pero se necesita una definición más rigurosa. Una definición que no se encuentra en una palabra determinada, sino en el orden bajo el cual se colocan las palabras, o sea, en el estilo. Es el poder que las palabras tienen de emocionarnos o de alterarnos el pulso. También es algo más, pero definirlo sería tanto como explicar el secreto del universo. Este “algo más” de las palabras es indefinible. Tienen potestad para crear, no sólo la atmósfera, sino todo un mundo que mientras vive da la impresión de ser más auténtico y sólido que esa vida cotidiana de rateros y tranvías. Antes de empezar a leer El viejo marinero sabemos que los mares polares no están habitados por espíritus; y que si una persona caza un albatros no se trata de un criminal, sino de un deportista; y que si más tarde diseca el albatros, se convierte en un naturalista. Todo esto son saberes vulgares. Pero cuando leemos El viejo marinero, o lo rememoramos detenidamente, el saber vulgar desaparece y ocupa su lugar un saber insólito; acabamos de entrar en un universo que sólo responde a sus propias leyes, se sostiene por sí mismo, tiene coherencia interna y aplica nuevas formas a la realidad. La información es verdadera si es exacta. Un poema es auténtico si tiene sentido. La información se refiere a algo externo. Un poema no se refiere más que a sí mismo. La información es relativa. Un poema es absoluto. El mundo creado por las palabras no existe ni en el espacio ni en el tiempo, aunque de los dos tenga algo; es eterno e indestructible y, sin embargo, sus efectos no son más intensos que los de la flor; es resistente, aunque sea también –como pensaba uno de sus especialistas– y sobre todo, la sombra de una sombra. Como mejor podemos definirlo es negativamente: no es de este mundo, sus leyes no son las leyes de la ciencia o de la lógica, su sabiduría no es la del sentido común. Y viene a ser la causa de que, temporalmente, prescindamos de nuestras opiniones cotidianas.

Y con esto llegamos al punto crucial. Al leer El viejo marinero nos olvidamos de la astronomía, de la geografía y la ética común, pero ¿nos olvidamos también del autor?, ¿no desaparece –con toda la corriente de lo informativo– Samuel Taylor Coleridge, profesor, opiómano y soldado de caballería? Es verdad que le dedicamos un recuerdo antes de empezar a leer el poema y después de acabarlo, pero mientras dura su lectura no existe más que el poema. En consecuencia, El viejo marinero se transforma al leerlo; se vuelve anónimo, como el Romance de Sir Patrick Spens. En esto consiste la tesis que mantengo: toda la literatura tiende a ser anónima y, en la medida en que las palabras tienen poder creador, la firma no hace más que apartarnos del auténtico significado de esas palabras. No quiero decir que la literatura “debería” ser anónima, porque la literatura es algo vivo y por eso “debería” no es la palabra adecuada. Lo que quiero decir es que tiende a ser anónima. Siempre va en esa dirección y de hecho proclama: “Yo soy, y no mi autor, quien de verdad existe”. Del mismo modo que (a pesar de las recomendaciones en contra de clérigos y científicos) los seres humanos, las flores y los árboles exclaman: “Yo soy quien de verdad existe y no Dios”. Olvidar a su Creador es una de las funciones de la creación; recordarlo es olvidar los días de la juventud. La literatura no quiere recordar. Es una cosa viva, y no en un sentido difuso y accesorio, sino de modo auténtico, tratando siempre de disimular las huellas que la unen con el laboratorio.

Se podría objetar a esto que la literatura es una expresión de la personalidad, que es el resultado de la visión individual del autor, que obramos cuerdamente cuando preguntamos por el nombre de éste; puesto que la obra es algo de su propiedad, justo es que se le atribuyan las ganancias.
Se trata de una objeción importante y moderna porque, en el pasado, ni escritores ni lectores concedían a la personalidad la trascendencia que hoy se le atribuye. Ni a Homero ni al pueblo en general le preocupaba saber quién era Homero. A los genios de la literatura griega les traía sin cuidado quién escribía o volvía a escribir el mismo poema de forma casi idéntica, porque estaban convencidos de que es el poema –y no el poeta– lo que importa, de que el acabado perfecto del poema llegaría a lograrse mediante una constante remodelación. No preocupaba a los trovadores medievales, que dejaron sus obras sin firmar como los constructores de las catedrales. Tampoo preocupaba a los autores ni a los traductores de la Biblia. Actualmente, el libro del Génesis incluye por lo menos tres partes –de Yhavé, de Elohí, de los Sacerdotes– que fueron reunidas bajo una sola versión por un grupo de personas durante el reinado de Josías en Jerusalén, y fue traducido al inglés por otro grupo de personas durante el reinado de Jorge I en Londres. Pues bien, a pesar de esto, el Génesis es literatura. Los escritores y los lectores de la Antigüedad sabían que las palabras que un hombre escribe constituyen su forma de expresión, pero no rendían culto a esa manifestación, como ocurre actualmente. Estaban en lo cierto, indudablemente, y la crítica moderna va demasiado lejos al hacer tanto hincapié en la personalidad.


Lo fusilamos de: E. M. Forster, “En mi biblioteca”, Leer y Releer (Boletín del Sistema de Bibliotecas de la Universidad de Antioquia), n° 47, Medellín, marzo de 2007, pp. 13-28.

lunes, 14 de julio de 2008

El secreto de Joe Gould, de Joseph Mitchell



Recoge este libro dos perfiles de un mismo personaje, Joseph Ferdinand Gould, de diferente extensión y textura, ambos publicados en la revista The New Yorker. El primero, “El profesor Gaviota”, ocupa una tercera parte del libro y apareció el 12 de diciembre de 1942; el segundo, que le da título al volumen, se lleva las otras dos terceras partes y fue publicado en la legendaria revista en dos entregas, las del 12 y el 26 de septiembre de 1964. Gould fue un conocido y extravagante vagabundo del Village desde la década del veinte hasta la del cincuenta del siglo pasado, graduado de Letras en Harvard en 1911, portador de una vasta cultura literaria y empeñado en componer una Historia oral de la humanidad que para el momento del primer perfil andaba por once millones de palabras. Éstas entre otras particularidades.

Mientras se avanza en este reciente clásico de la literatura de no ficción lo primero que llama la atención es la diferencia de estilo y enfoque de ambos perfiles: el primero está compuesto en tiempo presente y es seco, de frases cortas y categóricas, muchas de ellas portadoras de un dato duro que se confirma con alguna cita del perfilado: “En los días más crudos de invierno se pone una capa de periódicos entre la camisa y la camiseta. ‘Soy un esnob’, dice, ‘uso solamente el Times’ ” (p. 19). El segundo está en pasado y es menos categórico, más reflexivo... o con mayor poder evocativo. El primero es casi científico, el segundo tiene algo –o mucho– de poético.

A ver me explico. En el primer perfil Mitchell habla así del vestuario de Gould: “Viste ropa desechada por sus amigos. Invariablemente el abrigo, el traje, la camisa y hasta los zapatos le vienen dos tallas grandes, pero él los usa con una especie de desenfado abatido” (p. 19). En el segundo, escribe: “Pese a la barba, había algo infantil en aquel hombre sucio y sin sombrero que arrastraba el abrigo, algo de niño que ha estado en un desván probándose ropa vieja de mayores y de pronto, cansado, sale a la calle sin quitársela” (p. 60). Dos texturas diferentes para un mismo tema, dos acercamientos igual de efectivos a un mismo personaje.

En ese segundo perfil, además, Mitchell va entreverando su historia personal con la del personaje, y al tiempo va soltando detalles sobre cómo hizo la investigación; este método, exhaustivo y paciente, es toda una lección para los afanados periodistas que revolotean por salas de redacción o para los que limitan la investigación y la reportería al googleo de nombres y frases sin pararse del escritorio. Quizá por este tratamiento tan particular, y por el relato de la investigación, el libro es tan visitado en las facultades de periodismo: “Como cada persona que veía me aconsejaba que viera a otras, ya había conocido alrededor de quince y había hablado por teléfono con quince más [...] Había leído recortes relacionados con él en archivos de tres periódicos [...] A sugerencia de uno de sus compañeros de estudios fui a la biblioteca del Harvard Club y busqué referencias en los informes de su promoción...” (p. 111). Encima, conversa con su personaje a veces durante seis, ocho, diez horas, y no una vez o dos: lo hace por semanas. La sola redacción le toma casi un mes.

Asimismo Mitchell tiene un oído privilegiado para reproducir con vivacidad los monólogos que desgrana cada tanto el personajillo Gould en esas horas de conversaciones. Quiero citar uno en extenso porque me encantaron el tema y lo que dice el personaje: “Los Cuervos son la mayor organización poética del Village, pero en todo el grupo no hay un solo poeta de verdad. Si se juntaran los mejores que tienen no harían un poeta de tercera. Son todos pseudopoetas. Imitadores de imitadores. Son imitadores de malos poetas que a su vez imitan a malos poetas. No los soporto y ellos no me soportan a mí, pero, caray, me lo paso bien con ellos y en sus reuniones. Son tan malos que son buenos. Además, después de cada reunión sirven vino. Luego hay un alto porcentaje de poetisas, y tarde o temprano me camelaré alguna para practicar el amor libre o el matrimonio, aunque tenga que ser una flaca sosa, alta y patizamba en la que he puesto el ojo y al parecer tiene unas rentas y escribe poemas sobre el mar eterno y lleva el pelo a la holandesa, es nariguda y tiene nuez y la falda siempre sucia de ceniza y pelo de gato. ‘Fluye, fluye’ dice, ‘mar eterno’, y ese cacho de nuez le sube y le baja. Pero la razón principal de que no quiera perderme la reunión de esta noche es que veo la ocasión de divertirme un poco. Hoy es la Velada de Poesía Religiosa, y los he convencido de que me pusieran en el programa. Les pedí un sitio al final de todo. Ya se imaginará usted la poesía religiosa que son capaces de hacer ésos. ¡Mística! ¡Espiritual! ¡Extática! Con un ‘no obstante’ y un ‘por ventura’ en cada verso, y profunda... Cuando hayan acabado de recitar todo lo suyo pienso levantarme y recitar mi poema. Escuche, se lo recitaré a usted. ‘Mi religión’, de Joe Gould:
En invierno soy budista
y en verano soy nudista” (pp. 101-102).

Gracias a la investigación rigurosa y extensa, a la paciencia, a la sabia capacidad de escucha de Mitchell es que el personaje aparece en estas páginas vivo, humano en toda su complejidad: “Cuando estaba totalmente sobrio se mostraba tímido; tímido pero desesperado. Era un poco como esas personas demasiado tímidas para hablar con desconocidos pero no tanto como para robar un banco” (p. 130); “Había un montón de aspectos, y me puse a repasarlos mentalmente. Gould era el chico catarroso, el hijo consciente de que ha decepcionado a su padre, el enano, el renacuajo, el alfeñique, el tapón, era el poeta Joe Gould, el historiador Joe Gould, era Joe Gould el salvaje bailarín chippewa, Joe Gould la máxima autoridad mundial en la lengua de las gaviotas, era el proscrito, el ejemplo perfecto de vagabundo nocturno solitario, era la rata de alcantarilla, el único miembro del partido de Joe Gould, el bohemio residente de la Minetta Tavern, era el Profesor, el Gaviota, el Profesor Gaviota, el Mangosta, el Profesor Mangosta, el chico de Bellevue” (pp. 147-148).

Todas esas personalidades desfilan por estos dos magistrales perfiles –además de la del propio Mitchell como periodista–, pero ahí, en ellas, no está el secreto de Joe Gould. Está en la Historia oral de la humanidad, la obra por la que dejó todo, por la que se volvió vagabundo. Y ni crean que lo voy a contar aquí.

Joseph Mitchell, El secreto de Joe Gould, Barcelona, Anagrama, 2000, 178 páginas.


NOTA: El 14 de julio del año pasado apareció el primer comentario en este blog. Como quien dice, anda hoy cumpliendo un añito (agugú agugú). Gracias a todos los habituales por sus comentarios, gracias a los que pasan y no comentan, gracias a los que no comentan sino que gritan y arman bonche. Gracias a todos. Por acá seguiré dando lora.
NOTA 2: Esta es la imagen a la que se refiere Mario Jursich en el comentario a la entrada. Una verdadera rareza que ocupa varias páginas del libro de Mitchell. Le doy las gracias de nuevo, tanto por la permanente recomendación de este gran libro como por la imagen.

miércoles, 9 de julio de 2008

Fusilado: Jaime Alberto Vélez




Jaime Alberto Vélez vivió poco más de cincuenta años, suficientes para dejar una obra honesta que debe revisarse de cuando en cuando. Sus dos ensayos sobre el ensayo iluminan este género difuso: le señalan límites, advierten sobre autores, pulen perspectivas de un género que a primera vista puede con todo, y que por lo mismo con tanta frecuencia se queda en nada. Los que él escribió, de diferente extensión y alcance, muestran puntas filosas, precisión e higiene; inteligencia, en últimas. Los publicó en la Revista Universidad de Antioquia y en El Malpensante, a manera de columnas que quisieron pasar desapercibidas. Como él, como sus cuentos, como sus historias para niños. Un motivo frecuente en los ensayos de Jaime Alberto Vélez era partir de un lugar común, una frase hecha, un conocimiento que se da por sentado e indiscutible y comenzar a sacarle punta hasta remozarlo, o al menos hasta extraerle aristas insospechadas.

Voy a fusilar apenas uno: ahí están en las revistas mencionadas, en bibliotecas, en internet, algo escondidas, las muestras de esta gran pluma que se dio a conocer poco pero que iba en camino firme a la sabiduría, y que la alcanzó por momentos en piezas de unos cuantos párrafos.

El placer de la lectura

El “placer de la lectura” constituye sin duda una frase afortunada de la publicidad bibliográfica, que ha hecho carrera merced a un malentendido tácito: sólo un inculto o un bárbaro podría oponerse a la difusión del libro. La aceptación indiscutida de este postulado, además, le ha permitido entrar en el terreno de las ideas como un fruto de un respetable (aunque inexistente) sistema de pensamiento. Es tal la aceptación general alcanzada en breve tiempo por esta frase que, hoy por hoy, en la escuela primaria y secundaria el placer se ha vuelto obligatorio. Hasta hace algún tiempo, el estudiante tenía que leer, porque la letra entraba con sangre –para felicidad de Algernon Charles Swinburne–; hoy, en cambio, suprimido el dolor, el estudiante debe gozar así porque sí, inevitablemente, por definición. Un decreto unánime ha hecho que como por arte de encantamiento el lector actual abandone su tradicional condición de masoquista. Pero la diferencia entre la vieja y la nueva concepción pedagógica resulta abismal, desde luego: el viejo estudiante no podía decir que le disgustaba lo que leía; el nuevo, por el contrario, está obligado a decir que le gusta.

La diferencia, sin embargo, alcanza aún una mayor profundidad: al mal lector del pasado se le consideraba un ignorante; al de hoy, un tarado. Para la pedagogía actual, leer representa un placer, del mismo modo que la sopa es una golosina, es decir, arrevesadas maneras que usan los adultos para acercar a los niños a la televisión y a los malos hábitos alimenticios. ¿Qué placer, que verdaderamente lo sea, necesita propedéutica, difusión, apostolado?

Ahora bien, el éxito del placer de la lectura, como lema publicitario, se apoya sobre todo en la oferta: hay libros para todos, vale decir, el libro se adapta a la perfección a cualquier clase de lector. Nada de esfuerzo, nada de estorbo, nada de molestias; se trata, como bien se sabe, exclusivamente de placer. La legendaria y fabulosa idea aristotélica de la purificación por medio del terror y la piedad ha caído por fortuna en el olvido. ¿Qué placer, además, podría producir la lectura de un libro pasado de moda como la Poética? El esfuerzo y la concentración necesarios para acometer tal lectura no conducirían de ninguna manera al “ahorro de displacer”, como se dice también en lenguaje de jerga. Atrás han quedado los libros desgarradores, los duros, los densos, los desafiantes, o los simplemente distintos. La lectura no puede pretender cambiar, sacudir o estremecer al lector; tampoco informar o enseñar, si con ello se sacrifica el goce. Esto explica que el mercado se haya inundado de libros fáciles, agradables y entretenidos. En tiempos difíciles como los que corren, no se puede admitir la complejidad, la seriedad o la profundidad. No. Letra de gran tamaño y abundantes ilustraciones constituyen la clave del éxito. Se vive, venturosamente, una época ideal sobre la cual Lavater, filósofo que, según Baudelaire, amó más a los hombres que a los magistrados, escribió proféticamente: “Dios evita, a quienes ama, las lecturas inútiles”. Hasta hace poco existían libros buenos y malos, según un juicio estético; hoy, en cambio, desde un parecer hedonista, los libros se dividen en placenteros y desagradables. En virtud de este nuevo concepto, La Ilíada y La Eneida –para citar como ejemplo dos libros clásicos antiguos– y El Proceso y El sonido y la furia –para citar dos de este siglo– han ingresado de repente, inesperadamente, a este Índex posmoderno.

Una nueva y santa Inquisición, pues, se apresta a redactar su vasto índice de libros prohibidos a nombre del fácil comercio bibliográfico. Alguien dirá que la misma lectura, así sea sólo por placer, podría devolverle a cualquiera una dosis de sensatez capaz de torcer este rumbo. Nada más inútil, sin embargo, que fomentar falsas ilusiones. Alguna vez conviene recordar que una buena parte de los términos referidos al libro proviene de Byblos, nombre de la ciudad fenicia conocida por su codicioso e insaciable comercio con el papiro, simplemente con el papiro, no con la belleza, la verdad o el saber. El libro es, pues, primordialmente, desde su origen, una mercancía; la literatura trata de vez en cuando de hacerlo olvidar.


Lo fusilamos de: Revista Universidad de Antioquia, n° 247, enero-marzo de 1997, pp. 72-73.



viernes, 4 de julio de 2008

Los emigrados, de W. G. Sebald


Detenga la marcha. Reserve para cada sesión de la lectura de este libro al menos un par de horas, ojalá más. Estos cuatro relatos extensos no son para leer mientras espera algo o hace tiempo. Se va a encontrar con párrafos espesos que atraviesan varias páginas: Sebald es tacaño con el punto aparte, pero munificente con las imágenes, las descripciones, los detalles, para componer los retratos de estos personajes que han dejado atrás cultura, trabajos, familia y lengua para instalarse en otro lado.

Personajes que siguen con el lector después de cerrado el libro, como su tío abuelo Ambros Adelwarth; emigrado a Estados Unidos, toda la vida trabajó como mayordomo de familias riquísimas y por eso mismo mostró siempre una compostura desusada. Tanto que el médico que lo atendió en un sanatorio donde pasó los últimos años dijo de él que “cada una de las palabras que dejaba caer, cada uno de sus gestos, todo su porte erguido hasta el final equivalían en realidad a una petición continuamente reiterada para ausentarse” (p. 134); para otro tío de Sebald, “En lo que respecta a Adelwarth, lo único que puedo decir es que me daba pena porque durante toda su vida nunca pudo permitir que nada lo sacara de quicio” (p. 107), o “Retrospectivamente se diría que no existió como persona privada, que todo él ya no era más que mera corrección” (p. 119). Ambros se entregó, al final de su vida, a recios tratamientos con electrochoques que lo dejaron convertido en un vegetal con cefalea.

Casi todos estos personajes comparten ese destino trágico: el protagonista del primer relato, el doctor Henry Selwyn, se pega un tiro en la cabeza con una escopeta que no ha usado en 25 años, y que ensaya como quien no quiere la cosa un par de semanas antes. El profesor Paul Bereyter, otro carácter que se queda con uno por días, se recuesta en la vía del tren… Todos ellos están escindidos, rotos. Uno escribe detrás de una fotografía: “a unos 2.000 km de distancia en línea recta –pero, ¿de dónde?” (p. 71). Buscando recomponer la historia de su tío abuelo Ambros Adelwarth, Sebald viaja a Estados Unidos y conversa con un tío, quien lo lleva a una playa alejada; allí, en la inmensidad oscura de la nada rodeada de mar el tío le cuenta: “Vengo a menudo, aquí me siento como si estuviera muy lejos, sólo que nunca sé muy bien de dónde” (p. 108).

En medio de esas vidas que añoran e intentan rearmarse en otro hábitat al que no se acomodan del todo se leen descripciones extensas de paisajes donde los árboles y plantas tienen nombre propio, y que pueden ser de las más delicadas que he leído en mucho tiempo: “Los prados que se estiraban monte arriba, y que desde hacía tiempo ya nadie labraba, estaban poblados de encinas y tilos negros que formaban pequeñas islas arboladas, y repoblaciones de pinos rectilíneas se alternaban con agrupaciones irregulares de abedules y álamos, cuyas innúmeras hojas temblorosas acababan de abrirse de nuevo hacía un par de semanas, e incluso desde las lomas más oscuras que se alzaban al fondo, con las faldas cubiertas de bosques de abetos relucían al sol de la tarde, aquí y allá, alerces de color verde claro” (p. 128). No sé cómo sonará en alemán, pero en castellano –gracias, señora traductora–, con esas comas en su punto, con esa combinación de palabras largas y cortas, antiguas y modernas, oí música, y sentí el viento de la carretera entre Nueva York e Ithaca.
¿Habrá lecturas que se acomodan mejor a cierta edad? Tengo el pálpito de que disfrutaré mucho más En busca del tiempo perdido a los 70 de lo que lo disfruté a los 24. Siddartha y Damián me revolcaron a los 14 o 15; cuando intenté releerlos pasados los 30 me parecieron cursis y aguados... Si lo anterior es verdad, diría que Los emigrados es un libro que se disfruta más cuando hay cierta madurez, se va llegando o se está pasando de los 40. Quizá me equivoque...

W. G. Sebald, Los emigrados, Barcelona, Debate, 2003. Traducción de Teresa Ruiz Rosas.