Animales domésticos, de Antonio García


En esa inmensa entrevista que Françoise Truffaut le hace a Alfred Hitchcock, y que ocupa las trescientas y pico de páginas de El cine según Hitchcock (Alianza), leí por primera vez una recomendación que hace el maestro inglés a los directores de cine primerizos, pero que puede aplicarse a cualquier artista que quiera contar una historia, no importa el género o el formato: “Todo lo que se dice, en lugar de ser mostrado, se pierde para el público”. Después seguí viendo la misma idea expresada con palabras distintas: “Cuando un escritor explica demasiado, psicologiza en exceso, está pasado de moda desde que empieza. Homero dio imágenes y hechos, y por eso La Ilíada y La Odisea siguen vigentes. Un escritor debe contar una historia, no explicar una historia”, dijo Isaac Bashevis Singer. John Gardner, de quien nada he leído más que esta frase en un manual para escritores, también dijo algo parecido: “El escritor debe evitar los comentarios sobre lo que sienten sus personajes; hay que mostrarlo, no decirlo. No basta con que se nos afirme de manera natural que un personaje es depravado más allá de todo lo creíble: tenemos que verlo degollando un bebé”.


Toda esta introducción para decir que a ratos los narradores de los seis cuentos y la novela breve que componen este volumen intervienen más de lo deseable. Explican, comentan, glosan un pelín en exceso, y por momentos se diluye la fuerza de las imágenes. Un extraordinario cuento como “Gordito” por momentos se enreda en intervenciones del narrador: “Sintió que su boca se pegaba a otra boca, vertical, espesa, y empezó a mover sus labios para besarla. Una exhalación, acompañada del espasmo que le aplastó los cachetes, precedió a que la rubia se echara un poco hacia adelante. Dávila, mientras hacía erupción en los confines de la negra, vio el cielo enmarcado por dos medialunas blancas que estaban suspendidas sobre su cara: parecía un abismo y estaba lleno de estrellas acuosas; flotaban muy cerca, tal vez hasta podría acercar una de ellas con su caña de pescar. ¿En dónde la había dejado? Sintió la tibieza de los cuerpos acostándose sobre él, en la amplitud de su panza, y las respiraciones acompasadas, de animalitos nerviosos” (p. 60). Algo similar sucede en pasajes de otros relatos como “Nuestro Melrose” o “Retrato de familia con Papá Noel”, donde leemos: “Puestos en cartografía, geodesia y otras ciencias afines, diremos que el Datsun había tomado la avenida de las Américas en dirección occidental. La ruta se prestaba para cabrillazos, empellones a otros carros, cruces prohibidos, desprecio de semáforos en rojo y violaciones al límite de velocidad, pero en la telaraña de puentes e intersecciones de la carrera Cincuenta los trancones la convertían en una trampa mortal; por ello, conocedor de la malla vial, avezado en huidas y escaramuzas, el Papá Noel Conductor enfiló por la calle Trece” (pp. 67-68).


En fin: en ocasiones los narradores de estos cuentos intervienen un poco más de lo deseable. Pero en seguida viene el humor, la prosa fresca y desenfadada, la buena onda, y me olvido de esos reclamos menores que tengo para con algunos pasajes de estos cuentos. Me dejo llevar por estas historias que están contadas como por amigos mientras nos tomamos unas cervezas una tarde, en la mesa de lata de una tienda de barrio. Esos amigos que condimentan sus anécdotas con escenas de películas, con pasajes de cuentos, con recuerdos compartidos de barrio, de generación, o con frases de canciones. Porque estos cuentos tienen referencias que vamos a entender y, más que eso, a apreciar, quienes crecimos en Colombia en los ochenta y noventa. Quienes queremos historias y no tanto estados de ánimo 0 flujos de conciencia.


No acostumbro comentar libros de amigos en esta página: puedo decirles a ellos en una llamada o en algún encuentro qué pensé o cómo tomé la lectura. Pero no comentar, o mejor, no recomendar estos cuentos sería una injusticia, porque están muy bien escritos. Y si los relatos son buenos, la nouvelle que le da nombre al volumen la considero sin reservas una obra maestra. La narra en primera persona una empleada doméstica colombiana que ronda los cincuenta años y que trabaja en Miami. Es una voz lograda a la perfección, y que comparte con las de los otros relatos la gracia, la frescura, así como el conocimiento de la idiosincrasia de varios grupos humanos, como la de las empleadas domésticas en Miami o de los viejos, y los amores que emprenden a veces como tan sin esperanza: a medida que pasa la historia la narradora se va enredando poco a poco en una relación de compañía y complicidad con un viejo celador cubano. Y asistimos a conversaciones como esta: “Le pregunto por qué no se hace poner el diente y él me dice que no sabe; cada mes piensa ‘Ahora sí me lo pongo’, pero deja así. Lo regaño. Yo siempre regaño a la gente. Le digo que no sea dejado, que eso lo hace ver pobre y sin el diente no va a progresar. Me dice que él no va a progresar, que está esperando el momento en que el cuerpo no le dé más” (p. 136).


Ese amor viejo, acostumbrado, como sin querer que va apareciendo entre la narradora y el celador dieciséis años mayor es luminoso, enternecedor. Hay un momento en que él sale de su turno por la mañana, la recoge y se van para la casa de él: “Tenía miedo de que fuera un cuchitril, pero era un edificio más o menos decente, de dos pisos, con doce apartamentos. El de Luis era limpio y ordenado, aunque tenía algunos platos sucios que lavé mientras él se bañaba. Se terminó de vestir enfrente de mí, sin pena. Tiene piernas secas y esa barriga de viejo que se vuelve tiesa como un callo. ‘Esta es la barriga de la experiencia, muchacha’, dijo, riéndose. Luego dijo que se iba a recostar un ratico y empezó a roncar. Yo no tenía sueño, pero me quité los zapatos y me le acosté al lado, abrazándolo” (p. 152). Por imágenes como esa es que vale le pena este relato. Y no es la única, ni más faltaba.


Lo dicho: aunque a ratos los narradores comentan o intervienen un poquito más de lo que me gusta, estos cuentos y la noveleta del final son piezas recomendables: creo que es lo mejor que ha hecho Antonio García como escritor hasta el momento. Qué bueno, me alegra por él. Y más por nosotros los lectores, por este buen regalo que nos ha dado.


Antonio García Ángel, Animales domésticos, Bogotá, Norma, 190 páginas.


Comentarios

Martín Franco ha dicho que…
Sabrosísimos los cuentos. Le entré con cierto escepticismo porque el primero que leí (Nuestro Melrose, que publicaron en Soho) fue, casualmente, el que menos me gustó. Para enmarcar: Animales domésticos y El gran Rafa. El de El Gordito, estoy seguro, ya lo había leído en alguna otra parte. Bien por Antonio, un escritor juicioso.
Omar Rivera ha dicho que…
Como no vivo en Bogotá me queda algo complicado comprar estos libros, pero haré un pedido por medio de una librería, y gracias lo que leí, anotare este libro, ademas que me encantó ese diseño, el piso en ajedrez, el balde y el trapero ¡azul!
Laura García ha dicho que…
Camilo: el primer párrafo de tu post vale oro.
Confío plenamente en tu juicio como lector porque eres re atento, así que haré lo que casi siempre hago: quejarme. Si el libro un día llega a Chile, y más encima es recomendado por ti (aún con la pequeña pifia de la que hablas), feliz lo leo y veo si coincido contigo...
Abrazos,
Laura.
Anónimo ha dicho que…
Vos estás ya como Mockus, que no pero que si, que si pero que no, al fin qué, creés en Dios o no creés?
Camilo Jiménez ha dicho que…
Ay, Anónimo... Se equivocó de foro. El suyo es el de El Tiempo.
Camilo Jiménez ha dicho que…
Martín: Me gustó menos el de los Papás Noel. Pero son divertidos y están muy bien hechos.

Margo: Listo.

Omar: A mí no me entusiasmó tanto la carátula. Pero es lo de menos: estos cuentos y sobre todo la noveleta del final regalan unos muy divertidos ratos de lectura.

Laura: Vas a tener que venir a Colombia sin equipaje, y llevarte un par de maletas de libros.
Carlos ha dicho que…
Martín de pronto recuerda Gordito de la antología Aaaaaahhh de 2002; aunque quién sabe si será la misma versión. El de papá Noel, quién sabe si en la misma versión, ya había salido en la antología de cuentos navideños que sacó el Instituto hará un lustro. Saludos para todos.
EdicionesAbsalon ha dicho que…
Un blog muy interesante, sobre todo por dar cabida a tantos géneros y escritores diversos.

Felicidades desde aquí por su magnífico y completo blog.

En Ediciones Absalon, los lectores de su blog también pueden encontrar libros de temática muy variada: desde narrativa y filosofía, a deportes, historia o ensayo... incluso de cocina. Les invitamos a todos ellos a que visiten nuestra web donde pueden ver nuestras últimas novedades y también adquirir los ejemplares que deseen. www.edicionesabsalon.com

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Samuel Andrés Arias ha dicho que…
De nuevo la sospecha: ¿será que lo mejor que se está escribiendo en Colombia es cuento? De Antonio García lo único que he leído son algunas de sus columnas para SoHo, quise meterle el diente a Recursos Humanos, por aquello de haber sido acompañada por Mario Vargas Llosa, pero una buena amiga (y buena Lectora), Carolina Sborovsky, me desanimo. Tal vez le meta el diente luego a estos cuentos.
Ah, de acuerdo con Laura: ese primer párrafo... uff!
Anónimo ha dicho que…
Se le está agotando su lección primestrera, Camilo. A ver si se aprende otros trucos nuevos, que estos ya los tiene muy pajísticamente trillados.
Camilo Jiménez ha dicho que…
Anónimo: disculpe la ignorancia o la lentitud, pero ¿qué es primestrera?
Anónimo ha dicho que…
Le confieso algo: la opera prima de Antonio García Ángel me pareció un libro simple, donde las referencias generacionales eran pataletas y no argumentos a favor de la historia- pienso en la sabia utilización de Foster Wallace de elementos televisivos-. Los textos publicados en Soho no me parecían cómicos- pienso en los de Woody Allen en el Yorker y Play Boy-.
Hace unos años Transmilenio sacó un pequeño libro de cuentos sobre la navidad. Allí García Ángel participó con un relato sobre una banda de salteadores disfrazados de Papa Noel. Algo me gustó. Ante el elogio quedo intrigado sobre el libro.

Angel Castaño
Camilo Jiménez ha dicho que…
Ángel: el cuento de los Papás Noel está en este volumen, se llama "Retrato de familia con Papá Noel". Como le dije al propio Antonio, me pareció divertido, pero fue el que menos me entusiasmó de la colección. Usted es lector juicioso: lea los cuentos y nos comenta por acá qué le parecieron. Un saludo.
Simón Posada ha dicho que…
No recuerdo cuál fue el último libro colombiano que me había emocionado tanto. Y creo que aquí puedo echarle codo a las editoriales colombianas: la nouvelle podría haber sido publicada solita, como libro independiente, muy muy buena.
Anónimo ha dicho que…
Mi preferido es El gran Rafa.

Camilo, yo tampoco sé qué es primestrera.
Pilar Quintana ha dicho que…
El anterior comentario soy yo. Es que no manejo bien estos medios.
Andrés Mauricio Muñoz ha dicho que…
Hola Camilo, gracias a tu comentario en Soho compré el libro. Hasta ahora sólo he leído el de Nuestro Melrose, que me pareció un buen cuento, y el de Números Redondos, que me parece mucho mejor que el de Melrose. Pero bueno, este comentario mío principalmente va por el tema con que comienzas tu entrada. Estoy de acuerdo en cuanto a que el autor no debe decir que el personaje está triste sino mostrarlo triste; sin embargo, no me queda claro cómo debería aplicarse esta regla para cuando el autor decide contar la historia en primera persona o en tercera sin ser omnisciente. Lo que quiero decir es que, por ejemplo, un autor puede decir que el personaje caminaba de un lado para otro, que tenía las manos en el bolsillo y que arrugaba la boca; todo esto para mostrarlo preocupado. Pero si el autor pone al propio personaje a narrar, en primera persona, lo natural es que el personaje cuente que estaba preocupado, así, sin más ni más, pues no resultaría verosimil que él entre a describir sus movimientos y sus gestos sólo para decir que estaba preocupado. ¿Cómo sería la regla en este caso? Algo parecido pasaría con un narrador en tercera, alguien que narra porque está sentado en un banca cerca al tipo preocupado. Lo que creo entonces es que esta regla debe ser dosificada de acuerdo a la voz que sostiene el relato, usando en cada caso más o menos referencias directas o imagenes. De todos modos es muy válido lo que dices en cuanto a que las intervenciones explicativas del narrador deben ser muy bien medidas, para que no sean tan evidentes.
Anónimo ha dicho que…
Un punto pequeño: yo distinguiría entre las intervenciones del narrador y la redundancia en el lenguaje. Ambos, cuando aparecen en la literatura de hoy, son problemáticos. En el primero, el narrador interviene para dirigir la acción, presentar su opinión, etc. En el segundo, el lenguaje es pesado, lleno de palabras de más. Es verdad que en lo segundo podríamos ver la mano del narrador--es el narrador quien selecciona las palabras y por lo tanto nos sirve una porción desmedida. Sin embargo, la distinción me parece útil para decir que en Animales domésticos hay lo segundo mucho más que lo primero. Hay construcciones pesadas y agotadoras. Las que citó Camilo son un buen ejemplo de eso.
noseolvide ha dicho que…
primer libro que usted recomienda aqui y que mando a comprar y leo. a mi me gusto mucho. me lo lei ayer mientras cuidaba un examen. estoy lejos y me senti cerquita. a todos los personajes les tenia una cara, que risa y que tristeza.
Pablo ha dicho que…
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Pablo ha dicho que…
Querido Camilo: me dejaron pensando las citas del comienzo. Recordé ese difícil e importante libro de Ludwig Wittgenstein, Tractatus Logico-philosophicus. En la proposición 4.1212, Wittgenstein dice: “Lo que se puede mostrar no puede decirse”. Es un contexto muy distinto a éste, pero quizá expresa una idea similar. La frase final también es famosa: “7. De lo que no se puede hablar, mejor es callarse”. Creo que las observaciones de Wittgenstein podrían dejar algunas moralejas sobre el arte narrativo, así como las de Hitchock & Co. que vos citás pueden ser educativas para los filósofos. Abrazo.
hugo montero ha dicho que…
Aunque Animales Domésticos es el tema, creo que también podríamos hablar de una obra como la de Antonio García que tiene un gran valor. Empezando por su opera prima:Su casa es mi casa; una novela que divierte y está bien escrita y deja ver a un escritor que sabe contar su historia con riqueza de imágenes, fuerza narrativa y no es para nada una pataleta generacional, que de paso no le veo nada de malo, mientras se haga con humor y sabiendo dosificar los elementos narrativos para su lector. No en vano Vargas Llosa lo escogió para la Rolex por ella. Ya con su segunda: Recursos Humanos, pues está la confirmación de un escritor, con más elementos que se vieron en su primera obra, pero que se siente le sobran unas cuántas páginas,palabras, situaciones, pero sigue mostrando ese rasgo principal que tiene su obra: humor, fuerza narrativa y un sello propio. Así, que leyéndolos en este blog, y considerando especialmente lo que dijo Camilo de Animales Domésticos, la buscaré para seguir en la onda de esa literatura que le hace bien al oficio...
Hugo Montero
Deivis Cortés ha dicho que…
Es un buen libro de cuentos. Nuestro Melrose es bastante divertido, aunque un poco de edición no le hubiera hecho daño. El de lo Papás Noel me parece demasiado truculento y ajeno al universo que plantea todo el libro. Parece un cuento de encargo. El ya famoso "Bobby" es un cuento casi impecable por las sensaciones vicerales que trasmite al lector en su "climax", pero también necesita algo de edición en el arranque. La novela corta no me disgusta, pero más allá del mérito de darle (impostarle) voz a una doméstica en Miami, no le encuentro mayor mérito. El plot central es muy evanescente y el texto parece querer decir "miren, les voy a mostrar cómo es el mundo de estas mujeres, para que aprendan". Me enteré que lo compraron para una serie, pero la verdad veo difícil su adaptación.