Cómo leer un libro, por Joseph Brodsky



Joseph Brodsky fue al colegio en Leningrado, su ciudad natal, hasta los quince años; luego siguió formándose por su cuenta. Empezó a escribir y publicar poemas en su país en 1958, y en el 63 ya estaba en un campo de trabajos forzados acusado de “parasitismo social”. Durante su reclusión aprovechó para aprender inglés, español y polaco. El régimen soviético lo liberó gracias a la presión internacional, y Brodsky se fue a vivir exiliado a Estados Unidos. Dio clases, siguió escribiendo y leyó sus versos ante auditorios cada vez más numerosos y encantados. En su casa, situada en el número 44 de Morton Street, en el Greenwich Village neoyorquino, recibió en 1987 la noticia de que le habían conferido el premio Nobel de literatura. Allí mismo murió de un infarto en 1996. Tenía apenas 55 años.

Lo que viene tiene que ver con la entrada anterior de esta página, “Inspiración exprés para escritores”, y fue el discurso que dio Brodsky en la inauguración de la Feria del Libro de Turín en mayo de 1988. Me gustó tanto que no tuve más remedio que transcribirlo y traerlo acá.


Cómo leer un libro


Entre la idea de celebrar una feria del libro en esta ciudad y el hecho de que fuera aquí donde, hace un siglo, perdió Nietzsche la razón existe un vínculo de lo más interesante. O, para ser más exactos, una cinta de Moebius (comúnmente conocida como “círculo vicioso”), pues en diversos pabellones de esta feria pueden encontrarse antologías o las obras completas de este ilustre alemán. En conjunto, la infinitud constituye un aspecto bastante destacado del negocio editorial, aunque solo sea porque prolonga la existencia de un autor fallecido más allá de los límites previstos por este mismo, o bien confiere a un autor vivo un futuro que todos deseamos que no tenga fin.

Los libros son, en efecto, menos finitos que nosotros mismos. Incluso los peores sobreviven a quienes los escribieron… sobre todo porque ocupan mucho menos espacio que ellos. A menudo reposan en una estantería acumulando polvo, mucho después de que el propio escritor se haya convertido en polvo. Pero incluso esta forma de posteridad es mejor que la del recuerdo de unos cuantos parientes o amigos, de los que poco puede uno fiarse, y suele ser precisamente el ansia de esta dimensión póstuma la que pone en funcionamiento a la pluma.

Así que no nos equivocaremos del todo si, al sostener en nuestras manos estos objetos rectangulares —en octavo, cuarto, duodécimo, etc.—, imaginamos que estamos acariciando, por así decirlo, las urnas, reales o posibles, con nuestras cenizas. Después de todo, lo que se invierte en la escritura de un libro —sea una novela, un tratado filosófico, una colección de poemas, una biografía, o un relato policíaco— es, en última instancia, la única vida de que dispone un hombre: buena o mala pero siempre finita. Quien afirmó que filosofar es ejercitarse en el morir tenía razón en más de un sentido, pues escribiendo un libro nadie rejuvenece.

Tampoco leyendo un libro se rejuvenece. Por esa razón, lo lógico sería escoger buenos libros. La paradoja, sin embargo, reside en el hecho de que en literatura, como en casi cualquier otro ámbito, “bueno” no es una categoría aislada: se define por oposición a “malo”. Y lo que es más, para escribir un buen libro, un escritor debe leer mucha subliteratura; de lo contrario no podrá desarrollar el criterio necesario. Esa podrá ser la mejor defensa de la mala literatura el día del Juicio Final; y esa es también la raison d’être de este acto.


Puesto que todos somos moribundos y leer libros consume tiempo, debemos idear un sistema que nos permita mayor economía. No hay duda de que puede resultar placentero retirarse a algún lugar a leer un largo y mediocre novelón; pero todos sabemos que, en definitiva, muy pocas veces solemos permitírnoslo. Al fin y al cabo, leemos no solo por leer sino para aprender algo. De ahí la necesidad de concisión, de condensación, de fusión, de obras que traten sobre el sufrimiento humano de la forma más directa y exacta posible; en pocas palabras, la necesidad de atajos. De ahí, también, y como consecuencia de nuestra sospecha de que tales atajos no existen (aunque sí existen, como veremos), la necesidad de alguna brújula para navegar por el océano de lo publicado.

Esa función de brújula, por supuesto, es la desempeñada por la crítica literaria. Pero su aguja, ¡ay!, oscila locamente. Lo que para unos es el Norte para otros es el Sur (Sudamérica, para ser más exactos), y lo mismo, pero aún peor, ocurre con el Este y con el Oeste. El problema con los críticos es (como mínimo) triple: a) que se trate de comentaristas mediocres, que saben tan poco como nosotros; b) que manifiesten una clara predilección por un determinado tipo de literatura o, simplemente, que se dejen comprar por la industria editorial; y c) que se trate de escritores de talento que convierten la crítica en género literario autónomo (piénsese por ejemplo en Borges), y acabemos leyendo las reseñas sobre los libros en vez de los propios libros.

En cualquier caso, nos hallaremos a la deriva en pleno océano, rodeados de páginas por todas partes, subidos a una balsa cuya capacidad para mantenerse a flote resulta harto dudosa. Una alternativa sería, por tanto, educar nuestro propio gusto, convertirnos en nuestra propia brújula, familiarizarnos —por así decirlo— con determinadas estrellas y constelaciones, de brillo débil o radiante pero siempre remoto. Sin embargo, esto lleva muchísimo tiempo, y puede ser que entonces seamos ya unos ancianos que hacen su mutis con un mohoso volumen bajo el brazo. Otra alternativa —aunque quizá forme parte de la anterior— consistiría en confiar en lo que otros dicen: la recomendación de un amigo, una referencia en un texto que nos gusta. Aunque no esté institucionalizado (y no sería mala idea), este procedimiento “de oídas” nos es familiar desde la más tierna edad. Pero tampoco resulta un recurso muy seguro, pues el océano de literatura disponible crece de forma continua, como queda ampliamente demostrado en esta feria del libro, que no constituye sino una tormenta más en tan proceloso océano.

Así pues, ¿dónde encontrar nuestra propia tierra firme, aunque se trate de una isla inhóspita? ¿Dónde está nuestro buen Viernes, por no decir nuestra mona Chita?


Antes de aportar mi sugerencia —no, digámoslo claro: la que considero la única solución posible para conseguir un sólido gusto literario—, me gustaría decir unas pocas palabras sobre el artífice de tal solución, es decir, un servidor; y no por vanidad personal sino porque, a mi juicio, el valor de una idea se halla en relación con el contexto del que brota. En efecto, si yo hubiera sido editor, habría hecho constar en las portadas de los libros no solo los nombres de los autores sino también la edad exacta que tenían al escribirlos, para que sus lectores pudieran decidir si les interesaba tener en cuenta el contenido o el punto de vista de un libro escrito por un autor mucho más joven, o mucho mayor, que ellos.

El artífice de tal solución pertenece a ese tipo de personas (ya no puedo, ¡ay!, seguir utilizando el término «generación», que sugiere masa y unidad) para quienes la literatura viene a reducirse a unos cien nombres. A ese tipo de personas cuyos modales sociales estremecerían a Robinson Crusoe e incluso a Tarzán. Personas que se sienten incómodas en reuniones multitudinarias, que no bailan en las fiestas, que tienden a encontrar justificaciones metafísicas para el adulterio y se muestran reacias a hablar de política. Personas más críticas consigo mismas que con sus propios detractores. Que siguen prefiriendo el alcohol y el tabaco a la heroína y marihuana. Personas a las que, en palabras de W. H. Auden, «no vamos a encontrar en las barricadas, y que nunca dispararán un tiro contra sí mismos ni contra sus amantes». Si alguna vez los vemos nadando en su propia sangre en el suelo de una cárcel o halando desde una tribuna, se deberá a un acto de rebelión (o, mejor aún, de objeción), no tanto frente a una injusticia concreta sino contra el orden del mundo en su conjunto. No se hacen ilusión alguna sobre la objetividad de sus opiniones; al contrario, insisten desde el comienzo en su imperdonable subjetividad. Pero no actúan así para protegerse de un posible ataque: tienen por norma ser muy conscientes de la vulnerabilidad de su punto de vista y de sus opiniones. Sin embargo, adoptando una postura de algún modo opuesta a la darwiniana, consideran la vulnerabilidad el principal rasgo de la existencia. Me apresuro a añadir que este hecho no se relaciona tanto con la tendencia masoquista atribuida hoy a casi todo hombre de letras, como con el conocimiento instintivo (y a menudo de primera mano) de que el subjetivismo extremo, el prejuicio y, desde luego, la idiosincrasia ayudan al arte a aludir el cliché. Y la resistencia al cliché es lo que distingue al arte de la vida.

Ahora que ya saben de qué tipo de persona proviene lo que voy a exponer, no me queda sino enunciarlo: el modo de conseguir un buen gusto literario consiste en leer poesía. Y si creen detectar en mi opinión cierto partidismo profesional, alguna voluntad de defender los intereses de mi gremio, se equivocan: no me interesan tales gremios. La cuestión es que la poesía, siendo la forma suprema de elocución humana, no solo constituye el modo más conciso, más sintético de expresar la experiencia vital, sino que permite, asimismo, la mayor creatividad posible en un acto lingüístico, sobre todo en el caso de los escritos.

Cuanta más poesía leemos, más aborrecible nos resulta cualquier tipo de verborrea, tanto en el discurso político o filosófico, como en los estudios históricos y sociales, o en el arte de la ficción. El buen estilo en prosa es siempre rehén de la precisión, de la rapidez y de la lacónica intensidad de la dicción poética. Hija del epitafio y del epigrama, concebida, por lo que parece, como una forma sintética de tratar cualquier tema, la poesía supone una gran disciplina para la prosa. Le enseña no solo el valor de cada palabra sino también los ricos esquemas mentales del ser humano, las posibles alternativas a la composición lineal, la habilidad de omitir lo obvio, el subrayado del detalle, la técnica del anticlímax. Por encima de todo, la poesía despierta en la prosa el ansia metafísica que distingue la obra de arte de las meras belles letres. Reconozcamos, sin embargo, que en este aspecto concreto la prosa ha demostrado ser un alumno más bien perezoso.

Por favor, no se me malinterprete: no pretendo desacreditar la prosa. Lo que ocurre es que la poesía es más antigua que la prosa y, por tanto, ha recorrido una distancia mayor. La literatura comenzó con la poesía, con la canción del hombre nómada, que antecede a los garabatos del hombre sedentario. Y aunque en algún lugar he comparado la diferencia entre poesía y prosa con la existente entre la aviación y la infantería, lo que ahora sugiera nada tiene que ver con la jerarquía o los orígenes antropológicos de la literatura. Solo intento ser práctico y ahorrarles a su vista y a su cerebro un gran número de lecturas inútiles. La poesía, podría decirse, fue creada a este propósito, pues constituye un sinónimo de economía. Así pues, lo que uno debería hacer sería repetir, aunque a pequeña escala, el proceso que tuvo lugar en nuestra civilización durante dos milenios. Es más sencillo de lo que parece, pues el corpus poético resulta muchísimo menos voluminoso que el de la prosa. Y más aún: si lo que interesa es la literatura contemporánea, miel sobre hojuelas. Hay que hacerse con obras de poetas, a ser posible de la primera mitad de este siglo, que escriban en nuestra lengua materna. Como vendrán a ser, calculo, unos doce libros nada gruesos, a finales del verano ya se habrá conseguido una preparación suficiente.

Si la lengua materna es el inglés, yo recomendaría leer a Robert Frost, Thomas Hardy, W. B. Yeats, T. S. Eliot, W. H. Auden, Marianne Moore y Elizabeth Bishop. Si se trata del alemán, a Rainer Maria Rilke, Georg Trakl, Peter Huchel y Gotfried Benn. Si es español, una buena selección incluiría a Antonio Machado, Federico García Lorca, Luis Cernuda, Rafael Alberti, Juan Ramón Jiménez y Octavio Paz. Si es el polaco, o simplemente si se conoce esta lengua (lo cual supondría una gran ventaja, pues la poesía más extraordinaria de este siglo está escrita en polaco), me gustaría mencionar los nombres de Leopold Staff, Czelaw Milosz, Zbigniew Herbert y Wislawa Szymborska. Si es el francés, por supuesto a Gillaume Apollinaire, Jules Supervielle, Pierre Reverdy, Blaise Cendrars, algo de Paul Éluard, un poco de Aragon, Victor Segalen y Henri Michaux. Si es el griego, habría que leer a Constantino Cavafis, Ghiorghios Seferis, Yannis Ritsos. Si es el holandés, debería leerse a Martinus Nijhoff, en especial su deslumbrante obra Awater. Si es el portugués, habría que leer a Fernando Pessoa y quizás a Carlos Drummond de Andrade. Si se trata del sueco, léase a Gunnar Ekelöf, Harry Martinson, Tomas Traströmer. Si es el ruso, hay que conocer, como mínimo, a Marina Tsvetáieva, Ósip Mandelstam, Ana Ajmátova, Borís Pasternak, Vladislav Jodasévich, Velimir Jlébnikov, Nikolái Kliúev. En el caso del italiano, resultaría imprudente por mi parte sugerirles a ustedes algún nombre, y si menciono a Quasimodo, Saba, Ungaretti y Montale es simplemente porque llevo mucho tiempo queriendo reconocer mi gratitud y mi deuda a estos cuatro grandes poetas, cuyos versos han ejercido una influencia crucial en mi vida, y me alegra poder proclamarlo aquí, en suelo italiano.

Si a algunos de ustedes, tras familiarizarse con la obra de cualquiera de estos autores, se les cae de las manos alguna obra en prosa, que hayan empezado a leer, la culpa será del autor. Si continúan leyéndola, el mérito será del autor, pues eso significará que tiene algo que añadir a las verdades que sobre la existencia humana aportaron los grandes poetas antes mencionados; o como mínimo quedará demostrado que este autor no es redundante, que su lenguaje literario presenta vigor estilístico suficiente. Si siguen leyendo aunque el libro no presente tales cualidades, significará que la lectura para ustedes una adicción incurable. Y, comparada con otras adicciones, no parece esta la peor.


Permítanme esbozar ahora una caricatura, pues las caricaturas acentúan lo esencial. Imagínense a un lector cuyas dos manos sostienen sendos libros abiertos: en la izquierda, una colección de poemas; en la derecha, un volumen en prosa. Veamos cuál deja caer primero. Podría, por supuesto, cargar ambas manos de libros en prosa, pero no le serviría para formarse un criterio. Y, por supuesto, podría preguntarse cómo distinguir la buena poesía de la mala y quién le asegura que lo que sostiene en su mano izquierda merece algún interés.

Bien, en primer lugar, el peso de su mano izquierda resultará, con toda probabilidad, más ligero que el de la derecha. En segundo lugar, la poesía, como dijo Montale, es un arte incurablemente semántico, y este hecho deja muy pocas posibilidades a la charlatanería. Al tercer verso un lector ya se ha hecho una idea de lo que tiene entre manos, pues la poesía cobra sentido con rapidez y la calidad de su lenguaje se pone de manifiesto inmediatamente. Después de leer tres versos, ya puede echar un vistazo a lo que tiene en su mano derecha.

Como he dicho, se trata por supuesto de una caricatura. Pero al mismo tiempo creo que muchos de ustedes van a adoptar sin darse cuenta esa misma postura en esta feria. Así que asegúrense al menos de que algunos libros sean en prosa y otros en verso. Sí, ya sé que ese movimiento de ojos de izquierda a derecha puede resultar enloquecedor, pero ya no hay jinetes por las calles de Turín*, y la visión de un cochero azotando a su caballo no agravará el estado en que se encontrarán ustedes al abandonar este recinto. Además, dentro de cien años poco importará que alguien esté loco o no lo esté, cuando el número de los habitantes de la Tierra supere con creces el de las letras negras de todos los libros de esta feria juntos. Así pues, nada les impide probar el pequeño truco que acabo de sugerirles.



*Alusión a la crisis de demencia de Nietzsche, que se manifestó el 3 de enero de 1889 en la Piazza Carlo Alberto, en Turín, cuando se abrazó al cuello de un caballo que estaba siendo azotado por un cochero (N. del T.)




Tomado de:
Joseph Brodsky, Del dolor y la razón, Madrid, Ediciones Siruela, 2015, pp. 85-90. Traducción de Antoni Martí García.


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Comentarios

EMIRO BELTRAN ha dicho que…
Gracias por este regalo del nobel de literatura.
Camilo Jiménez ha dicho que…
Fue un verdadero gusto reencontrarlo, leerlo, releerlo y transcribirlo. Y volverlo a leer. Tesoros así hay que compartirlos, por supuesto. Saludos.