Fusilado: Chuck Palahniuk


Periodista, camionero, mecánico, voluntario, escritor: Palahniuk ha sido todo eso, pero lo que más ha querido ser es perturbador. Su primera novela, Insomnia, fue rechazada justo por inquietante, y entonces para la siguiente intentó ir más allá en procacidad y excentricidad. Para su sorpresa esta segunda obra lo lanzó a la fama cuando ya casi llegaba a los cuarenta. Se trata de El club de la lucha, también famosa por la adaptación al cine que hizo David Fincher. Miembro bastante activo de The Cacophony Society, Palahniuk se enorgullece de haber escrito un cuento que siempre que lo lee en público hace vomitar o desmayarse a buena parte del respetable. A mí no me pareció tan tremendo, acá lo puede leer quien no lo conozca.

El tipo es un escritor divertido sin duda, con oficio. Va al grano (y a los granos y pústulas), a ratos es vulgarote, sin concesiones. Pero en últimas, siempre sus escritos agarran, sobre todo a quienes les gusta el (mal llamado, pero voy a usar el término para no dar muchas vueltas) realismo sucio. Ese estilo (diría que esa escuela en general) fascina a ciertos escritores en formación, quienes siempre están buscando lograr los mismos efectos del autor residente en Portland y los demás (Bukowski, Fante, Carver...): emoción, conmoción, atracción, repulsión. Pero no es tan fácil, y no basta con escribir con rabia y soltar tacos y palabrotas en cada párrafo. Acá van algunas claves de cómo hace lo que hace este autor, tomadas de la introducción de su libro de crónicas y perfiles Error humano.


Realidad o ficción

Por si no os habéis dado cuenta, todos mis libros tratan de una persona solitaria que busca alguna forma de conectar con los demás.

En cierta forma, es lo contrario del sueño americano: hacer­se uno tan rico que pueda elevarse por encima de la chusma, de toda esa gente que va por la autopista o, peor todavía, que va en autobús. No, el sueño es una casa grande y solitaria en algu­na parte. Con un ático de lujo, como la de Howard Hughes. O un castillo en lo alto de una colina, como el de William Randolph Hearst. Un nido encantador y aislado donde uno pueda invitar solamente a la chusma que le cae bien. Un entorno que uno pueda controlar, libre de conflictos y de dolor. Donde uno reine.

Sea un rancho en Montana o un apartamento en un sótano con diez mil DVD y acceso a internet de alta velocidad, nun­ca falla. Vamos allí y conseguimos estar solos. Y solitarios.

Cuando llegamos a un límite de tristeza –como el narrador de El club de la lucha en su apartamento, o la narradora de Mons­truos invisibles aislada por su cara bonita– destruimos nuestro nido encantador y nos obligamos a regresar al mundo exterior. En muchos sentidos, es así como se escribe una novela. Prime­ro planeas e investigas. Pasas tiempo a solas, construyendo un mundo encantador donde puedas tenerlo absolutamente todo bajo control. Dejas que suene el teléfono. Que se acumulen los e-mails. Permaneces en el mundo de tu historia hasta que lo destruyes. Entonces regresas para estar con el resto de la gente.

Si el mundo de tu historia se vende lo bastante, te envían de gira promocional. Das entrevistas. Ahora sí que estás con gente. Con un montón de gente. Más y más gente, hasta que estás harto de verdad. Hasta que te mueres de ganas por esca­parte y perderte en...

En el encantador mundo de otra historia.

Y así es como funciona. Solo. Con gente. Solo. Con gente.

Lo más probable es que, si estáis leyendo esto, conozcáis el ciclo. Leer un libro no es una actividad colectiva. No es como ir al cine o a un concierto. Es el extremo solitario del espectro.

Todas las historias de este libro tratan sobre estar con otra gente. Sobre mí en compañía de otra gente. O sobre gente que está reunida.

En el caso de los constructores de castillos, se trata de levan­tar un emblema de piedra tan magnífico que atraiga a gente con el mismo sueño.

En el caso de los participantes en combates de cosechado­ras, se trata de encontrar una forma de juntarse, una estructu­ra social provista de normas y metas y roles que la gente pue­de cumplir mientras reconstruyen su comunidad mediante la destrucción de maquinaria agrícola.

En el caso de Marilyn Manson, se trata de un chico del Medio Oeste que no sabe nadar y que de pronto se muda a Florida, donde la vida social se vive en el océano. Y ese chico sigue intentando conectar con la gente.

Se trata en todos los casos de historias reales y ensayos que escribí entre novelas. Mi propio ciclo va así: Realidad. Fic­ción. Realidad. Ficción.

El único inconveniente de escribir es que estás solo. La fase de la escritura. La fase de la buhardilla solitaria. En la imagi­nación de la gente, eso es lo que distingue a un escritor de un periodista. El periodista, el reportero, siempre anda con pri­sas, de caza, reuniéndose con gente y recogiendo datos. Pre­parando una historia. El periodista escribe en compañía de otra gente y siempre con plazos de entrega. Rodeado de gen­te y con prisas. Es una actividad emocionante y divertida.

El periodista escribe para conectar a la gente con el mun­do exterior. Es un conducto.

Pero un escritor escritor es distinto. Alguien que escribe ficción es alguien –o eso imagina la gente– que está solo. Tal vez porque la ficción parece conectarlo a uno solamente con la voz de otro individuo. Tal vez porque leer es algo que hacemos a solas. Es un pasatiempo que parece separarnos de los demás.

El periodista investiga una historia. El novelista se la imagina.

Lo gracioso es que os sorprendería la cantidad de tiempo que el novelista tiene que pasar con gente a fin de crear esa voz individual y solitaria. Ese mundo en apariencia aislado.

Es difícil llamar “ficción” a alguna de mis novelas.

Si me dedico a escribir es sobre todo porque una vez a la semana la escritura me servía para reunirme con otra gente. Eso fue en un taller que impartía un autor publicado –Tom Spanbauer– en la cocina de su casa los jueves por la noche. Por entonces, la mayoría de mis amistades se basaban en la proximidad: eran vecinos o compañeros de trabajo. Esa gen­te a la que uno conoce porque, bueno, le toca sentarse con ellos todos los días.

La persona más graciosa que conozco, Ina Gebert, llama a sus colegas del trabajo “compañeros de aire”.

El problema de las amistades basadas en la proximidad es que acaban por marcharse. Se despiden o los despiden.

No fue hasta participar en el taller de escritura cuando descubrí la idea de las amistades basadas en una pasión compartida. La escritura. O el teatro. O la música. Alguna visión común. Una búsqueda similar que te hiciera reunirte con otra gente que apreciara aquel talento vago e intangible que tú apreciabas. Se trata de amistades que sobreviven a los trabajos y a los desahucios. Aquel festival de cháchara fijo y regular de los jueves por la noche fue el único incentivo que me hizo escribir durante los años en que escribir no daba ni para pipas. Tom y Suzy y Monica y Steven y Bill y Cory y Rick. Nos peleábamos y nos elogiábamos entre nosotros. Y con aquello bastaba.

Mi teoría favorita sobre el éxito de El club de la lucha es que la historia presentaba una estructura para que la gente se reu­niera. La gente quiere formas nuevas de conectar. Mirad si no libros como Coser y cantar de Whitney Otto, Clan ya-yá de Rebecca Wells y El club de la buena estrella de Amy Tan. Son todos libros que presentan una estructura –hacer una colcha o jugar al mahjong– que permite a la gente reunirse e inter­cambiar historias. Todos esos libros consisten en relatos bre­ves unidos por una actividad común. Por supuesto, se trata en todos los casos de historias de mujeres. No vemos muchos modelos nuevos para la interacción social masculina. Está el deporte. Y construir graneros. Y ya está.

Y ahora hay clubes de lucha. Para bien o para mal.

Antes de escribir El club de la lucha yo trabajaba como vo­luntario en una residencia benéfica para enfermos terminales. Mi trabajo consistía en llevar a gente en coche a citas y reu­niones de grupos de apoyo. Allí me sentaba con otra gente en el sótano de una iglesia para comparar síntomas y hacer ejer­cicios New Age. Aquellas reuniones resultaban incómodas porque no importaba lo mucho que yo intentara esconder­me, la gente siempre daba por sentado que yo tenía la misma enfermedad que ellos. Así que empecé a contarme a mí mis­mo la historia de un tipo que iba a las reuniones de grupos de apoyo para enfermos terminales para tolerar mejor la falta de sentido de su vida.

En muchos aspectos, todos esos lugares –los grupos de apo­yo, los grupos de rehabilitación en doce pasos, los combates de vehículos agrícolas– vienen a cumplir las funciones que antes desempeñaba la religión organizada. Antes íbamos a la iglesia para revelar los peores aspectos de nosotros mismos, nuestros pecados. Para contar nuestras historias. Para que nos reconocieran. Para que nos perdonaran. Y para que nos redi­mieran y nos aceptaran de vuelta en nuestra comunidad. Aquel ritual era nuestra forma de seguir conectados con la gente y de resolver nuestra ansiedad antes de que ésta pudiera llevarnos tan lejos de la humanidad que acabáramos perdidos.

En aquellos lugares encontré las historias más verdaderas. En los grupos de apoyo. En los hospitales. En los sitios donde a la gente no le quedaba nada que perder era donde se contaban las verdades más grandes.

Mientras escribía Monstruos invisibles me dediqué a llamar a números de línea erótica y pedir a la gente que me contara sus historias más obscenas. Uno puede simplemente llamar y decir: “¡Hola a todos, estoy buscando historias de incesto verdaderamente guarras entre hermanos y hermanas, contadme la vuestra!”. O bien: “¡Contadme vuestra fantasía de travestismo más sucia y guarra!”. Y después pasarse horas tomando apuntes. Como no hay más que sonido, es como un programa de radio impúdico. Hay personas que son actores terribles, pero hay otros que te rompen el corazón.

En una de aquellas llamadas, un chico me contó que un policía lo había chantajeado amenazándolo con acusar a sus padres de abusos y abandono si no se acostaba con él. El policía le contagió al chico la gonorrea y los padres a los que estaba intentando salvar... lo echaron de casa. Mientras me estaba contando la historia, cerca del final, el chico se echó a llorar. Si estaba mintiendo, fue una actuación magnífica. Una diminuta pieza de teatro entre dos personas. Aunque no fuera más que una historia, era una historia estupenda.

Así que la usé en el libro.

El mundo está hecho de gente que cuenta historias. Mirad la Bolsa. Mirad la moda. Y cualquier historia larga, cualquier novela, no es más que una combinación de historias cortas.

Mientras hacía investigación para mi cuarto libro, Asfixia, asistí a sesiones de terapia oral para adictos al sexo dos veces por semana durante seis meses. Los miércoles y los viernes por la noche.

En muchos aspectos, aquellas charlas no eran muy distin­as del taller de escritura al que yo asistía los jueves por la no­che. Los dos grupos consistían en gente que contaba sus historias. Puede que a los adictos al sexo les importara menos la “técnica”, pero aun así contaban sus historias de sexo anónimo en el cuarto de baño y de prostitutas con la suficiente pericia como para obtener una reacción positiva de su público. Mu­cha de aquella gente llevaba tantos años hablando en reunio­nes que al escucharlos uno oía soliloquios geniales. Actores brillantes que se interpretaban a sí mismos o a sí mismas. Mo­nólogos que daban fe de su instinto para revelar lentamente la información clave, para crear tensión dramática, para estable­cer desenlaces y para captar por completo al oyente.

Para Asfixia, también hice de voluntario con pacientes de Alzheimer. Mi tarea consistía simplemente en hacerles pre­guntas sobre las fotografías viejas que cada paciente guarda­ba en una caja en su armario para intentar despertar sus re­cuerdos. Era un trabajo que las enfermeras no tenían tiempo de hacer. Y, una vez más, lo importante era contar historias. Una subtrama de Asfixia se fue creando a medida que, día tras día, los pacientes miraban las mismas fotografías y contaban historias distintas sobre ellas. Un día, la hermosa mujer en topless era su esposa. Al día siguiente, era una mujer a la que habían conocido en México mientras estaban en la Marina. Al día siguiente, era una vieja amiga del trabajo. Lo que me im­presionaba era que... tenían que inventarse una historia para explicar quién era la mujer. Aunque se hubieran olvidado, nunca lo admitirían. Una historia incorrecta pero bien con­tada siempre era mejor que admitir que no conocían a aquella persona.

Las líneas eróticas, los grupos de apoyo para enfermos, los grupos de doce pasos, son todos escuelas que te enseñan a contar una historia de forma efectiva. En voz alta. A la gente. No solamente a buscar ideas sino también a interpretar la his­toria en público.

Vivimos nuestras vidas basándonos en historias. Historias sobre ser irlandés o ser negro. Sobre trabajar duro o inyectar­se heroína. Ser hombre o mujer. Y nos pasamos la vida buscando pruebas –datos y testimonios– que apoyen nuestras his­torias. Como escritor, uno reconoce esa parte de la naturaleza humana. Cada vez que uno crea un personaje, ve el mundo con los ojos de ese personaje y busca los detalles que hacen que esa realidad sea la única realidad verdadera.

Como el jurista que defiende un caso en el tribunal, uno se convierte en el abogado que intenta que el lector acepte la verdad de la visión del mundo de su personaje. Uno quiere darle al lector un respiro de su vida. De la historia de su vida.

Así es como creo un personaje. Tiendo a darle a cada per­sonaje una educación y un conjunto de habilidades que limi­ten su visión del mundo. Una mujer de la limpieza ve el mun­do como una serie interminable de manchas que quitar. Una modelo ve el mundo como una serie de competidoras por la atención del público. Un estudiante fracasado de medicina no ve nada más que los lunares y los temblores que pueden ser las señales tempranas de una enfermedad terminal.

Durante el mismo período en que empecé a escribir, mis amigos y yo empezamos una tradición semanal llamada “no­che de juegos”. Cada domingo por la tarde nos reuníamos para jugar a los típicos juegos de fiesta, como la charada. Había noches en que nunca empezábamos a jugar. Lo único que nos lacia falta era una excusa, y a veces una estructura, para reunirnos. Si yo estaba atascado con mi escritura, hacía lo que más adelante llamaría “sembrar en el grupo”. Sacaba un tema de conversación, tal vez contaba alguna breve anécdota graciosa e incitaba a la gente a que me contara sus propias versiones.

Mientras escribía Superviviente, saqué el tema de los trucos de limpieza y la gente se pasó horas dándome consejos. En Asfixia fueron los anuncios en clave de los servicios de segundad. En Diario conté historias sobre lo que me había en­contrado, o bien sobre lo que yo había dejado, sellado entre las paredes de las casas en las que había trabajado. Mis amigos escuchaban mi puñado de historias y me contaban las suyas. Y sus invitados contaban las de ellos. Y en una sola noche ya tuve bastantes para un libro.

De esta forma, incluso el acto solitario de la escritura se convierte en excusa para estar con gente. Y, a su vez, la gente alimenta la narración.

A solas. Con gente. Realidad. Ficción. Es un ciclo. Comedia. Tragedia. Luz. Oscuridad. Se definen entre ellos.

Y funciona, pero solo si uno no se queda demasiado tiempo varado en uno de los dos lados.

Lo fusilamos de: Chuck Palahniuk, Error humano, Buenos Aires, DeBolsillo, 2007, pp. 9-16. Traducción de Javier Calvo.

Comentarios

Samuel Andrés Arias ha dicho que…
Ese librito Error humano tiene varios capítulos que valen la pena, otros no tanto. La primera entrada en serio que pegué en El cuaderno es una transcripción del capítulo No perseguir a Amy sobre el minimalismo en la literatura. http://elcuadernodesamuel.blogspot.com/2008/04/palahniuk-y-el-minimalismo.html
Arciniegas ha dicho que…
realismo sucio... no sólo esta, sino todas las categorías que empleamos, claro que arrastran muchísima imprecisión, y cuanto mayor sea el grupo de expresiones que pretendamos englobar en un término, pues tanta más imprecisión, pero son útiles, en últimas todos sabemos de que se trata, se parte de ahí para encontrar, por ejemplo, que puede haber lirismo en la bajeza, o que tál contenido es simplemente procaz. sobrao’ el pic.
Jorge Sánchez ha dicho que…
Al parecer, así muera el libro, la literatura seguirá existiendo mientras haya seres humanos, por esa manía atroz que tenemos de contar historias. La experiencia demuestra que la vida no es una historia, un relato, sino una sucesión de eventos más o menos sin sentido, pero por alguna razón tenemos que narrarla, enmarcarla en aquel "inicio-nudo-desenlace".

Me gusta esto de Palahniuk. Me pongo a leer el cuento que hace vomitar, a ver qué.
Anónimo ha dicho que…
Rant, hace poco terminé de leerlo, en inglés por supuesto y la manera como Palahniuk narra la historia de Rant, a través de los testimonios de quienes lo conocieron dá la sensación de estar viendo un documental, el tipo me parece genial! (CCC)
Jorge Sánchez ha dicho que…
Bueno, me leí el cuento de Palahniuk. Y sí: es asqueroso. No me vomité pero se me retorcieron las tripas. Me gustó, y puedo decir que, sin ser relato fantástico, es una de las historias más descabelladas que he leído.
Johan Bush Walls ha dicho que…
Palahniuk es un gran escritor, sabe como causar efecto en la gente. El cuento de la tripas es bueno, pero nada que la sensibilidad actual no haya superado; es decir, en estos tiempos no es un relato que de asco. Es el problema de los textos creados para causar efecto.

Otro problema es el que señala Camilo, que los escritores en formación, pero no solo ellos, muchos otros también, tratan de reproducir el lenguaje y forma de narrar del Chuck, pero ya se sabe, el primero que dice algo es un genio, el que lo repite es un idiota.

Con lo del realismo sucio, pues a todo le inventan etiquetas, hasta yo le puse cuentos pajeros a lo que escribo.

Salú pue.
Carolina Andújar Córdoba ha dicho que…
Cami, te recomiendo Snuff, que es de una estrella porno que quiere batir un record: 600 tipos en un solo día. A mí me parece que Palahniuk escribe muy rico; es suelto y chistoso. Yo habría dejado Snuff dos capítulos más corto pero desde que lo cogí no lo pude soltar. Eso es lo que yo espero de un libro y lo que me parece que lo hace a él tan buen escritor.
Carolina Andújar Córdoba ha dicho que…
Olvidé comentar que, lo que me parece menos interesante de C. Palahniuk es la crudeza de las descripciones. Quizá el morbo sea un gancho para muchos pero eso no es lo que lo hace destacarse sino la simplicidad de las frases y el sentido del humor. Los detalles que da no son innecesarios casi nunca.
Frank ha dicho que…
La verdad cero que ese realismo sucio es algo que se ha dado porque ya nada sorprende al lector, excepto el contarle una que otra porquería que él o ella alguna vez inaginaron hacer y no fueron capáces ya sea por cuestiones éticas, morales, religiosas o de seguridad; al verlo reflejado en un personaje de una historia, podría sentirse almenos un poco menos pervertido, ya que no es a la única persona que se le ocurren tremendas "porquerías".
Nanda ha dicho que…
Yo con Palahniuk, más que con cualquier otro escritor, siento que las traducciones no le ayudan. La primera vez que leí algo de él en español me fastidió un poco, pero luego empecé a leer Stranger than fiction en inglés y me morí. A Palahniuk, por alguna razón en el idioma original se siente más 'suave'. Es como si toda esa suciedad pasara por debajito y uno entonces se puede concentrar más en la historia como tal que en esa oración que casi hace vomitar.
yacasinosoynadie ha dicho que…
A mi ese tipo de literatura me cansa tanto o mas que la de Fernando Vallejo. Esa literatura polémica tipo Bukowski, o la del mismo Chuck Palahniuk, que busca escándalo pa ganar lectores, no se, se me hace maluco, aborrecible.

Nunca terminé el Club de la lucha, se me hizo insoportable, en cambio la gran adaptación de David Fincher con la actuación limpia de Norton y Pitt, es una de las películas amadas…
yacasinosoynadie ha dicho que…
Otra cosa: yo no metería en el mismo costal a Palahniuk y a Carver… No le hagan eso al pobre de Carver, que no creo que el quepa dentro de esa cosa llamada Ralismo Sucio.
PADRE RESPONSABLE ha dicho que…
Hey, "Yacasi...", está bien. Pero si vas a pedir que no te pongan a Palahniuk y a Carver en el mismo costal, por simple cortesía deberías comenzar por no poner a Vallejo y a Bukowski en el mismo saco... Yo la verdad creo que si los pusiéramos no ya en la misma frase, sino en la misma mesa, o Vallejo se retira haciendo muecas de señora harta, o Bukowski le da un manazo para cerrarle el morro.
yacasinosoynadie ha dicho que…
jjajajajajajjajajaja ok, intentaré no ponerlo en el mismo saco. Aunque no niego que me encantaría ver la situación que usted describe, es más, me encantaría ver que cualquier persona en este mundo abofetea a Vallejo.
Mónica Palacios ha dicho que…
Cami, el cuento es asqueroso, pero, como dice Johan, nada que la sensibilidad actual no haya superado. A mí la duda que me queda es si eso es literatura. Me pasa lo mismo con el arte contemporáneo; ¿el hecho de que unas latas con mierda de artista estén en una galería las convierte per se en una obra de arte?, ¿que este cuento esté impecablemente escrito, con buen dominio del idioma, excelente ritmo, buena caracterización del personaje, etc., lo hace una obra literaria?, en ambos casos creo que falta, por lo menos, la intención estética.
Y lo que realmente me parece grave es que los nuevos escritores, esos que vos llamás en formación, estén pensando que la literatura es eso, qué tal que el (sí, mal llamado) realismo sucio se convierta en la tendencia dominante y no encontremos más que cuentos y novelas con lujo de detalles en descripción de vómitos, cagadas, peos y demás guarradas. Qué miedo.

No me refiero aquí a Palahniuk en general, a quien no le he hincado el diente como se merece, sino al cuento en particular y las demás narraciones de ese estilo. Lo que fusilás en la entrada me parece un método buenísimo para investigar historias.
Jorge Sánchez ha dicho que…
Obviamente a muchos no les gustará, pero el cuento "Guts" SÍ me parece literatura. Es de una corriente que creo le debe más al cuento de efecto que cultivó Poe, que al que practicó Carver (más chejoviano, tipo iceberg).

Y siguiendo con la discusión de más arriba: ¿Carver, Vallejo, Palahniuk y Bukowski en el mismo saco?
Fernando Ramos ha dicho que…
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Fernando Ramos ha dicho que…
No caben en el mismo saco master, el viejo terrible está en otro nivel, Carver viene un poquito abajo; son Escritores.

Palahniuk es bueno, fuera del efecto que causan sus textos, pienso que hay literatura en ellos.

Vallejo, publica libros.

Saludos
Carlos ha dicho que…
ta bueno
Tim Briceño Torrenegra ha dicho que…
Envolvente lectura la que maneja este senhor Palahniuk.
Aun no he leido el relatoq dicen hace vomitar, pero asi alli me dirijo.
Buena Muerte!!!
Anónimo ha dicho que…
Aquí dejo Tripas en español: http://es.paperblog.com/tripas-chuck-palahniuk-337252/